IV

Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen

una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más

cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera

madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco

oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y

derramé una cascadita sobre el mantel.

El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su

rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y

afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me

observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:

--Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también

la tuya.

Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún

tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A

los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía

decir algo, pregunté con insegura voz.

--¿Mamá lo sabe?

--Ayer se lo escribí.

--¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?

--¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves

qué coincidencia...

Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.

--Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y

ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de

Pontevedra.

--No la conozco. El nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal

vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones...

--¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella

finca bonita que se llama el _Teixo_, por un árbol enorme...

--¿Es única esa señorita? --pregunté incisivamente, pensando que tal

vez el interés era el móvil de la boda.

--Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también.

--Nada; pues no la conozco --repetí--. Pero si se casa con usted ya

tendré tiempo de tratarla.

--¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te

vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del

Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla...

conque ya ves.

--¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?

--Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en

el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un

genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que

no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...

--No le pregunto a usted semejante cosa --exclamé; y por segunda vez

tembló en mi mano la copa de Champagne.

--Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de mis

acciones, y al casarme a nadie ofendo.

--¿Quién habla de ofensas? --prorrumpí sintiéndome palidecer a impulsos

de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre.

--Como lo tomas así...

--No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted por

mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese esta

conversación, para decirle que el dinero que con mi carrera está usted

gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir.

Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas

destellaron una chispa de cólera.

--Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una

barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más

desagradecido y descastado no lo hubo.

--Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no lo

aguantaré --repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la

cara.

--No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de

seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había

de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo,

paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo --añadió

hiriendo con el cuchillo la copa.

Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados

volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y

ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de

levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de

la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa

de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo

(puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata.

Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó

hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de

la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol

desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre

sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y

enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:

--Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de enseñarte

el retrato de tu futura tía.

Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y

sin poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria

que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella

ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando

a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la

descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente.

Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»

--¡Si me importa un pepino que se case! --exclamé dolorido--. ¿Qué me

va ni me viene en eso?

--¡Algo te va y te viene, corcho! --replicó el sesudo orensano--. Algo

le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón,

único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba

el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo

buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige,

rapaz, que vivir es transigir.

--Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!

--Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse con

la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.

--¿Tú la has visto?

--Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los

baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me acuerdo

perfectamente.

--¿Y qué te dijeron?

--Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que

a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre

tiene monises.

--Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo no

prefiere un convento?

--Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta:

influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado

puestos; va para personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda,

sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.

--¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo

estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que

se me escapan...

--¡No se trata de eso, corcho! --insistió mi amigo formalizándose--,

no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si

es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es

que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y

como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir!

¡Mucho ojo!

Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo

tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los

cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad

y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de

leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la

letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que

venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del

labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para no

ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y sosiego de

un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, después del

consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me dejó dueño

de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato

amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres pliegos de

letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de

menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia

del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con

párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a

este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía

y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba

feroz contra la boda del tío Felipe, exornada con datos históricos,

algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios

fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni

quitar repeticiones.

«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin

más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien

hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el

fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si

tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú

te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no

digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu

tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía

sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita, y

tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no

sé como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron

cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé

como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las casas y

solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen

guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió

tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado

del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que

eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo

entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena

hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse

ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas

aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a dar carrera

al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no

te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará

dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar

de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga

al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el

demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío

que yo no mudo ni una palabra.»

Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación se

le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias

las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones

reunidas.

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin

conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró

derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y

salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé

bastantes malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de

su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no

se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen

que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan

a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la

tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la

procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya

ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate

de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que

vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito

mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal

Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es

yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si

te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos

y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta

soltar la camisa.»

Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su lectura obró

en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos

del tío para mermar mi herencia; aquello de la _partijita_, en vez de

causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de

tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya

de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de

mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor.

Podía detestarle menos.

Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba

moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos

ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e

indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones.

Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la

ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de

la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras

al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no

asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma.

Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese

es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos...

Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos

exteriormente; el interior nadie lo ve...»

--¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se

case! ¿Cómo se dicen las cosas? --exclamé lastimado. Portal, a medio

convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí--: Mamá asegura que es fea la

novia de mi tío.

--¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta

tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña

Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de esa

señora --aconsejó Portal después de unos minutos de silencio--. Es la

gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que te

quiera como a un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé

la gana! En fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con

habilidad, sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros.

La edad de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres

así... romanticón, a lo _joven Werther_... Cuidadito, no haya drama de

familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la

patalallana.

V

Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector que

más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel

año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El

zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas

fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia;

Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza

del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros

alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido

por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de

quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos,

las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se

convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel

demontre de año!

Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de

participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la

vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre

el detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D.

Felipe en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de

persona bien informada: «A estas horas suele estar en la casa nueva...

Lo que es aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene

alquilada... sólo que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues

Claudio Coello, número...»

Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y descendí

casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo que

tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un

tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta

estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo

moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi

tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada

de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia.

--¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás todo.

--Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a usted...

--Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué

te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como

la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de

la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las

colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba

ya están más adelantados. Pasa, pasa...

Miré distraídamente el gabinete, que era archivulgar, con su chimenea

de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de borra de seda

recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su tocador

muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos

del tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea

no tenía marco dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas

y sofá. El tío quiso que yo me fijase en tanta elegancia: como todos

los cicateros, cuando se decidía a un gasto extraordinario, gustaba de

que lo notase la gente. «Ya ves el espejito...», me decía. «Ahora se

forran así... Caprichos de la moda. Y no creas que cuesta más barato,

¡quiá!... más caro, hijo. Ese hueco que queda frente a la ventana, para

el piano... La novia es una profesora.» Del gabinete pasamos al nido, o

sea la alcoba, que era de columnas, espaciosa, estucada, y en su centro

el anchísimo tálamo, de madera, muy bajito y de tallado copete. «Faltan

el _sommier_ y el colchón», susurró mi tío con sonrisa de complacencia.

«Figúrate que al tapicero se le había metido en la cabeza hacerlos

de raso. Yo le dije que damasco de algodón era bastante. Si no tengo

la precaución de poner la casa a tu futura tía, que no conoce lo que

es Madrid, la envuelven, la explotan, la saquean... Mira las mesas

de noche: ¿creerás que me costaron veinticinco pesos las dos? Se ha

desarrollado el lujo de una manera... Ven, ven a ver mi despacho...»

Por una puerta de escape salimos al pasillo, y registramos el

despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran

biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos

libros de administración y media docena de noveluchas obscenas, todas

desencuadernadas y llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas

puertas, y cogiendo a dos manos el derrotado grupo en que se mezclaban

Paul de Kock, Amancio Peratoner y el chino Da-gar-li-kao, me lo

presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo regalo, chico...

No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los casados

no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por

ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de

profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían.

Después del despacho, hubo que visitar el comedor, ya provisto de

aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina y

despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana

sobre el horizonte despejado de unos desmontes y solares. «Este sobra;

podremos tener un huésped», indicó mi tío.

Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho y mi tío sacó un

puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no fumo, se

lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra

persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año

aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres

veces le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz

atascada por sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien...

Con que otro añito, otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!...

a ese paso pronto echarás puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te

empujaremos en las obras de la Diputación... Hay que saber tocar los

registros. Tú entenderás de problemas de álgebra, y mucha ecuación por

aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo conozco el teclado.»

Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la mano, no en el

chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una carterita,

de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo

observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de

D. Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o

extremadamente agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta

sin percibir el esfuerzo y la angustia interior del ánimo, la despedida

llena de nostalgia que daba a sus monises. Era evidente que la razón

le imponía el gasto, pero siempre riñendo batallas con el genio. Para

observadores superficiales, si mi tío no pasaba por espléndido, tampoco

era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba con la perspicacia

cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de lechuza, pero

recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la civilización

a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa

individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un avariento

frustrado; la sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha

desarrollado la sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque

actualmente el avaro a la antigua se pondría en ridículo; no podría

alternar. Pero bajo el hombre de nuestra época, que sabe adquirir

para gozar, yo veía al hebreo de la Edad Media, de ávidos y ganchudos

dedos, ahorrador hasta la demencia. Siempre que aflojaba alguna suma,

las mejillas de mi tío palidecían un poco, su boca se hundía y sus

ojos vagaban por el suelo, como si quisiese ocultar la expresión de la

mirada.

En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a mi boda. Ahora hay

unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se toma el billete

por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta arregladísimo.

Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa muy mal. Ya

puedes escribirle a tu madre el día que piensas salir. Cuanto más

pronto mejor, porque respiras aire de campo, y te ahorras posada. Tu

madre está en la Ullosa. Desde allí a Pontevedra y al Teixo... un paso.

Preséntate días antes de la boda... que, no sé si te lo dije, será

el día del Carmen. En el Teixo hay habitación para todo el mundo; es

un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No estorbarás. Anima a tu

madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.»

Caía la tarde y el esterero daba su faena por terminada; mi tío,

embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos calle abajo y

nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del Sol; y

en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce

a la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo

el hebreo. «Ya que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la

distracción. ¡Vas a ver género fino!»

Aunque me sospechaba lo que podía ser el _género fino_, no dejé de

sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la puerta de un

tercero, en la extraviada calle del Rubio. La hermosa vestía bata de

percal granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba ese

peinado de exageradas _peteneras_ sujetas con goma, que las mujeres

del pueblo bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo

puntiagudo. Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus

mejillas, en que una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz,

ordinarios y dados aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero

dulces a la sombra de las pobladas pestañas, claváronse en los míos, y

me dijeron algo a que inmediatamente respondí con el propio lenguaje

mudo. Detrás de este bello ejemplar del tipo madrileño, asomó la

cabeza una mocita más joven, menos guapa, desmedradilla, burlona,

tan repeinada y empolvada como su hermana mayor. Mi tío entró con

fueros de conquistador y amo. «A ver... inmediatamente... aquí todo el

mundo... Hoy os traigo un pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis».

Diciendo así guió por el pasillo de desencajados baldosines a una

salita estrecha, sin otro mobiliario más que un sofá y dos butacas

resguardadas por camisones de percal, una barnizada consola de caoba,

algunos cromos «de frailes», un veladorcito donde se destacaban

varios frascos de goma, platos desportillados, pinceles y tijeras.

Por sillas, sofá, piso, consola y hasta creo que por el techo y las

paredes, andaban esparcidos infinidad de retales de gró, raso y felpa,

azules, morados, verdes, rosa, de todos los colores del arco íris,

mezclados y revueltos con tiras de cartón, redondeles de lo mismo,

recortes de papel dorado y plateado, esterillas y galones, cromos

y estampas, florecitas y otros mil accesorios pertenecientes a la

graciosa industria de cubrir y guarnecer cajas de dulces «para bodas y

bautizos»: que este era el oficio _oficial_ de aquellas barbianas.

Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de ojos muy tiernos,

se ocupaba en decorar una especie de saquito de tafetán lila,

pegándole en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel,

que recortaba de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco

jardines y diez legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices»

bastante seco y continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi

tío, volviéndose hacia las muchachas que nos seguían, las agarró

consecutivamente por la barbilla y me las presentó. «La señorita

Belén... La señorita Cinta...» Después, acercándose al velador, exclamó

en tono chancero: «Está tan ocupado esto... Qué barricada... A ver

si lo desembarazáis un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino».

Intervino la vieja, exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la

tarde tocan! Cuando venga la de entregar la labor, le decimos al de

la fábrica que hubo palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay

aquí ná, sino una pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi

tío sufrieron aquella contracción especial que precedía a un gasto;

pero fué instantáneo el estremecimiento, y sacando del bolsillo del

chaleco algo que abultaba más que un billete, se lo puso en la mano a

la mozuela, diciendo: «Cintita, súbete Jerez y pasteles... y también

aceitunillas y naranjas». El argumento fué convincente para la vieja.

«Amos, me largaré al otro cuarto con la música de pegar estos muñecos.

Pa que desocupen el velador y estén ustés a gusto».

Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron algunos vasos verdosos,

traídos de las profundidades del antro de la cocina, y se animó la

escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó no sé qué,

con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la paloma, y con

el salero de su belleza meridional, luciendo el pie tentador y curvo

apoyado sobre las barras de la silla. Cinta trajo una pandereta, y se

la puso a guisa de calañés, sacudiendo la cabeza, riendo a borbotones

y divirtiéndose en arrojarnos cáscaras de naranja: después desenterró

de un cajón un viejo mantoncillo de Manila, con flecos y bordado

charro, y empezó a hacer contorsiones declarando que quería _matar la

culebra_. Hubo olés, empujones, carreras, butacas volcadas y recortes

de seda volando por los aires; después nos obligaron a nosotros a

rascar la guitarra y a jalear, mientras bailaban las señoritas. Armóse

la juerga, y el Jerez corría que era una bendición de Dios. Por falta

de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la arista del velador

de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente, mandó a Cinta

subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi

tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...»

Intervino la señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí

estamos necesitando horror de cosas, y en la tienda no les da la gana

de fiarnos por nuestra cara bonita... Cállese usted, cuentacominos,

miserable». Entre regaños y monerías, aflojó el pagano otros dos pesos;

y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La cara de mi tío echaba

chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una gota de

sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad;

en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de

beatitud, el regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo

también advertía los efectos del licor, que con no ser muy auténtico,

se subía al piso alto, y entre esta excitación y otras muy naturales en

la mocedad y en presencia de dos ninfas --la una arrogante y la otra

picante y salada, pero ambas capaces de volver tarumba a un ermitaño,

cuanto más a un estudiante--, encontrábame fuera de quicio.

No sería justo decir que me achispé. El innoble embrutecimiento por

la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar nunca. Con

frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando aquí

y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba

el espectáculo de aquella hermosa criatura convertida en bestia,

profiriendo absurdos o llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre

del justo medio en el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para

sacar partido, hay que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado:

debe conservarse cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los

borrachines». Observé esta máxima, y pude mantenerme en el límite de la

animación sin embriaguez; hice disparates comprendiendo que los hacía,

y saboreando el placer de hacerlos.

La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros tres

pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una

ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora,

sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa

comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la

cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato

casero no salió a relucir.

De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y media.

Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la mano

un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y cuando

nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente puro

me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don Felipe,

se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se gasta por

nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es de órdago!

¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina! ¡Por supuesto,

me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De estas pavas

que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son guasas

inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico, por lo

mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una cana al

aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las más

exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando

pesetillas».

--¿Por qué no les dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera

eso que regatear el duro ahora y el duro después.

--¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas

pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera...

Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede

ocurrir...

Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez,

alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó:

--Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios

coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán

cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que

no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!

--Mire usted bien... --murmuré disimulando a duras penas el asco--.

Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta

el sobretodo...

Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y

se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido

estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones

de la cartera añadió:

--Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se armaba

si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con un

alfiler de a ochavo.

Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro juvenil,

un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa, y unos

ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió, pues yo

me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a todas las

imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué tan fea como

aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin irradiación de

belleza, atraen la mirada segunda vez.

Dejé a mi tío a la puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy

distantes de la del alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente!

Me olfateaba la ropa y luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha,

perdis, apunte! _¡Odor di femina!_» De repente soltó la carcajada.

«¿Qué es esto?»

En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de

angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más.

No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel,

circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.

Una Cristiana · 第 9 / 27 题