Una mañana, o mejor dicho una tarde, casi a fin de curso, salimos
disparados de la Escuela, y como siempre pegamos la gran carrera desde
la calle del Turco hasta la del Clavel, porque conviene advertir que
desde las ocho, hora en que nos desayunábamos con el chocolate de
barro cocido, hasta la una y media, que terminaba la de dibujo, las
clases se empalmaban, no permitiendo sostener el cuerpo sino con alguna
ensaimada que a hurtadillas comprábamos al portero, o algún mendrugo
que escamoteábamos en casa para llevarlo de provisión. Olfateando el
almuerzo, subimos dos a dos las escaleras. Al entrar en el comedor me
sorprendió encontrarme frente a frente con mi tío Felipe, el cual me
dijo sin preámbulos:
--Hoy te vienes conmigo a almorzar a Fornos. Se me figura que aquí anda
medianamente lo de bucólica.
--Iría con mucho gusto... Pero hay tanto que estudiar estos días...
--contesté haciéndome de pencas.
--¡Bah! Por un día de asueto no pierdes año. Anda, que tenemos que
charlar... de muchas cosas --añadió con cierto misterio.
La verdad es (y no me serviría disfrazarla, pues tiene que resaltar en
el curso de esta narración), que yo no sentí jamás por mi tío Felipe no
digamos simpatía o respeto; ni siquiera algo de afecto: ni aun gratitud
por los beneficios que me dispensaba; ¡al contrario! Sé que declaro
contra mí, y que la ingratitud es el vicio más feo; pero sé también
que no soy ingrato por naturaleza; y a fin de justificarme o al menos
de explicarme, dibujaré la silueta física y moral de mi tío Felipe,
para lo cual necesito referir antecedentes, que algunos tienen visos de
secreto de familia.
Mi nombre de pila es Salustio; mis dos apellidos paternos, Meléndez
Ramos; los maternos, Unceta Cardoso. El Unceta dice a las claras
que el padre de mi madre fué vascón, guipuzcoano por más señas; y
el Cardoso... En el Cardoso está el intríngulis. Parece que estos
Cardosos de Marín --yo nací en Pontevedra, y la familia de mi madre,
en el puertecito de Marín residía-- eran rama desgajada del tronco
portugués de Cardozo Pereira, israelita de origen. ¿Cómo llegó a mis
oídos el rumor de que eran _judíos_ los progenitores de mi abuelita
materna? ¡Vaya usted a averiguar quién entera a los niños! Un día,
teniendo yo nueve o diez años, no pude contenerme, y pregunté a mi
madre: «Mamá ¿es cierto que somos de casta de judíos tú y yo?» Ella,
echando lumbres por las pupilas, alzó la mano y me atizó un soplamocos,
exclamando: «¡Negro de ti como vuelvas a decir eso! Te estampo contra
la pared.» La impresión que me causó el correctivo fué que eso de la
casta de judíos era mancha; y dos o tres años más adelante, como uno de
mis condiscípulos en el Instituto de Pontevedra me lo echase en cara
gritando: «Cardoso, Cardoso, judío tramposo,» enarbolé la pizarra que
llevaba debajo del brazo y se la rompí en la pelona.
Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí lo que llaman
_crisis religiosa_, o sea ese período en que los muchachos examinan
sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las arrojan,
sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una
muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales
agonías de la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar
una iglesia gótica. Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en
el ateismo, al menos en la indiferencia, como terreno propio. No me
«pervirtió» la lectura de ningún libro en especial, ni la conversación
con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió los ojos»; imagino que
ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos jóvenes les sería
imposible especificar en qué circunstancias perdieron la inocencia del
espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en que mi
fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca
muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista.
Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el insulto de «judío
tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera de envenenado
hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi
presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo
olvidé. Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya
espigado y talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal,
ente estrafalario, pero sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito
en menudencias estrambóticas, y al corriente de mil cosas raras de
arqueología, epigrafía e historiografía gallegas. Este tal me prestaba
libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por las inmediaciones
de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios ruinosos.
Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde
se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión
hebraica, y armándome de resolución, le dije:
--Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay familias que
descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso?
--En efecto --contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó el afán
con que yo preguntaba--. Son familias oriundas de Portugal. En Marín
les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que aún siguen el
rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los domingos, y que no
comen un pedazo de tocino aunque los desuellen.
--¿Y usted cree eso?
--Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir
ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa
gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos
papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño,
natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas
vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era
además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo
buscaré...
--No, no, no hace falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad
tonta. No se moleste, D. Wenceslao.
Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el
diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que
ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato
inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo
reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de
los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa
yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más
adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de
empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos,
me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un
criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en
nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los
judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción
religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de
la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran
importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social,
tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad
Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se
enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan
lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando
aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor
elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o
Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta
Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que
no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a
no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones
hereditarias. No cabía duda: la sangre de cristiano viejo que giraba
por mis venas era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse
con gotas de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más
íntimo de nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del
entendimiento, y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un
fondo autónomo, instintivo, donde reina la tradición y triunfa el
pasado.
Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era hermano
de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este relato,
frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por «buen
mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con abundantes
cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe de vista,
mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No se parecía
ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo semítico,
el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de escenas
de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de la
ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío
Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes,
sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada
suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el
craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío,
pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan
de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de
_deicida_ del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la
niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira
el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron
desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico,
ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser.
«Estas son --calculaba yo-- jugarretas del arte. De quinientos años
acá se dedican los pintores a juntar en media docena de fisonomías
la expresión de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la
hipocresía y el egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante
el tipo judaico. Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y
adherente, moho que se nos cría en el alma, es más fuerte que la
cultura y que el progreso. En vez de pensar, sentimos; y más bien son
los muertos quienes sienten por nosotros.»
Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones
tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío
Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado
en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas
no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También
redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno,
sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una
posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más
bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias,
un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin
ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado
a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo
le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las
gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros
caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para
herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud.
Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio compuesto
de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no llegaría
a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. Cómo
esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada en
acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. Mi
tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele ser
para los españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte.
Politiqueó cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y
guardando la ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a
su sabor en el cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar
en batallas electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez
sola, en una de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones
generales, y que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D.
Vicente Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga,
saliendo sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de
cerrarse la legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar
a gobernador, y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado
o de Instrucción pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces
interino, otras en propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en
Pontevedra se habló bastante de la expropiación de ciertos ranchos de
mi tío, pagados por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón.
Don Felipe se contaba en el número de los políticos cucos de tercera
fila, olvidados, y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su
método consistía en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él,
en son de elogio, que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía
otra señal de hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto,
porque hartos caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son
más cortos.
A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente.
Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía.
Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte
de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él
me demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el
teatro; dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o
comer en Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me trataba como
se trata a los muchachos, bromeando y riendo; me preguntaba por mis
trapicheos y líos, por las travesuras de mis compañeros de hospedaje,
por las vecinas de enfrente que eran graciosas, y hasta se metía en
vedado, echándola de doctor y maestro en todas las asignaturas del
amor licencioso y venal. De sobremesa, cuando el vino, el café y los
licores le arrebataban la sangre a las mejillas, lucía su ciencia
tratando puntos intrincados que a veces me sublevaban el estómago.
No me atrevía a protestar, porque los hombres nos avergonzamos de no
parecer corrompidos; pero la verdad es que mi paladar juvenil rechazaba
aquella pimienta rabiosa. De noche las torpes imágenes evocadas por la
conversación me importunaban y me ponían febril, hasta que con la jarra
llena de agua fría me propinaba duchas por el espinazo abajo. Este
remedio heróico despejaba mi cerebro y me permitía enfrascarme otra
vez en los libros. El odio es un resorte tan poderoso como el amor,
y yo veía en el término de mi carrera el fin de un protectorado para
mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con qué vivir, resarcir
a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía a sus alas para no
caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la Construcción y la
Topografía.
Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos en
el obscuro saloncito bajo de Fornos --ante la mesa donde el mozo iba
depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca, bollos
de Viena, y luego los platos del almuerzo-- el anfitrión me dijo,
dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:
--Adivina lo que tengo que participarte.
--¿Cómo quiere usted que adivine?
--Pues no sé de qué sirve tanto estudio --observó con pretensiones
festivas.
Me encogí de hombros, y él añadió:
--Es que me caso.