Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér prefiere su
elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la
posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un
cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen
ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína
la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien
distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente
guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas
porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras,
al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes
saldaban sus cuentas o salían pitando.
En la casa de doña Jesusa --por ser de edad madura le aplicábamos el
doña-- las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas; la
criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de la
cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía
sopa de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de
humilde bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y
justo: de ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos
a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía
tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado
de ladrillo; ni de la tortilla coriácea; ni de las manzanas y peras
del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención
que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de
los sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano Luis
Portal, que era, a lo serio, bastante guasón. Pasaré también por
alto la eterna monotonía de la sopa de pasta, calificada por Luis de
«alfabética» o «astronómica», según representaba letras o estrellitas.
Prescindiré de la penuria del cocido, con su tocino oculto detrás de
un garbanzo y partido ya en raciones para que un huésped solo no se
engullese las de los demás; y no delataré las gusaneras del pescado,
ni las flacideces de la carne. A mi edad es raro que el sibaritismo y
la gula den mucha guerra. Por otra parte, los días del santo de cada
pupilo o de fiestas muy señaladas y de repique gordo, doña Jesusa nos
obsequiaba con algún guisote en que había puesto los cinco sentidos,
y entonces nos desquitábamos. Siempre observaba doña Jesusa los días
clásicos, y los distinguía con algún refinamiento en la mesa, y estos
extraordinarios ayudaban a conllevar la habitual estrechez, remedando
las gratas alternativas del hogar doméstico.
Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y
habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana
y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas;
por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café
tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los
gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje.
Si pudiésemos llegar a la media copita de _fine_ o de _mono_... Pero
ahí nos estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac
era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo
del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un
dedalito, y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le
vimos el fondo a la botella.
Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía
estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra
patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto
no alcanzaba a distraernos. Cada cual según la extensión de sus
facultades, empollábamos todos, procurando no tener que _excusarnos_
cuando los profesores nos preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba
un poquillo de miedo, por su gran afición a _salir de pesca_, o sea a
alterar el orden establecido para preguntar la lección. Ya he dicho que
yo no sobresalía entre mis compañeros por extremar la asiduidad, ni
Luis Portal tampoco: ambos nos dábamos maña para poner en ejercicio el
entendimiento, sacándole a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo
el peso de la memoria, porque temíamos la depresión especial que causan
estos estudios áridos y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis
llamaba «la guilladura matemática». En cambio, dos chicos de los que
vivían con nosotros estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos
que al acabar la carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era
el uno de ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda
de esta facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte
cubre las faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre
que no se tratase de discurrir, ni de poner o quitar al texto, se
presentaba con admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción,
la interrupción más leve, cualquiera circunstancia de esas que obligan
a apelar a la inteligencia, le mataban; aturrullábase todo y no había
manera de que contestase derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le
llamaba «el lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido,
de verle siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba
los libros, era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden
un collar de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para
manejar garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias
exactas, mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante
fantasía, toda luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas
y fuegos fatuos. En boca suya, la frase más vulgar revestía forma
poética; rimaba sin sentirlo y al sonsonete; era capaz de estarse
una hora hablando en verso bien medido y armonioso; pero el satírico
Portal decía que los versos del cubano tenían exactamente tanto valor
artístico como la música que componemos y tarareamos al extender
distraídamente por los carrillos el jabón para afeitarnos, y que hacían
el mismo sentido leídos de arriba abajo que de abajo arriba. «Vamos a
llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía cada vez que el cubano
nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de vidrio, lo cual solía
ocurrir después que se atiborraba de café.
El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso magín,
huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas de una
abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: «No quiero
morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los estudios
y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo a la
viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una energía
silenciosa y feroz. Así como el cubano araba con la memoria, el
zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas
facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de
sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con novias, ni
nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación
viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento,
sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese
animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero
antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a
veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo
que ya el estómago no rige. Claro, ni ejercicio, ni distracción...
Salustiño, bueno es salir avante, pero también hay que mirar por el
número uno.»
Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer estrecha
amistad, aunque nuestras ideas y aspiraciones eran muy diferentes.
Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos
daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se fija
la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en nuestro
criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba
partidario del _self-help_; aborrecía tutelas e imposiciones; creía
que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años
de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad
viril. «No parecemos gallegos --me decía a veces-- por la actividad que
desplegamos en todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y
aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá.
«Desengáñate --repetía con obstinación--, tenemos más de catalanes que
de gallegos, chacho.» Si en el modo de entender la dirección de la vida
nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin
principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa
siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando
moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años
entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro
en puño; no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de
muchas cositas buenas. No sé si por las vías de la profesión estoy en
camino de catarlas; se me figura que, en cuanto a sacar partido, los
políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos:
verdad que lo uno no está declarado incompatible con lo otro, y que
Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos libres, y
me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo
la gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de
porvenir se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas
buenas» el comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios
tabacos, acaso sostener a una bella pecadora, quizás casarse con una
señorita linda y bien acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no
aspiraba concretamente a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad,
presintiendo que con ella vendría algo muy hermoso y merecedor de ser
saboreado y gozado, pero no en el sentido descarnadamente material:
algo que podía ser gloria, celebridad, pasión, aventura, millones,
mando, hogar, hijos, viajes, luchas, hasta infortunio; pero que al
fin sería vida, vida completa y digna del ser racional, que no ha de
reducirse a vegetar ni a golosear los placeres, sino que debe recorrer
toda la escala del pensamiento, del sentimiento y de la acción. No
podía definir en qué consistían mis esperanzas; pero me parecería que
las rebajaba si las redujese a algo positivo y sensual, como mi amigo
Luis. No por esto me creía un visionario, un entusiasta ni un soñador.
Comprendía, al contrario, que si mi frente se alzaba a veces hacia la
región de las nubes, mis pies permanecían firmes en la tierra, y que
todas mis acciones eran propias de hombre resuelto a abrirse camino sin
dejarse embaucar por la sirena del entusiasmo.
Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto,
en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos
republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista,
casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de
Pí, convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto
con lo pasado; al contrario, debemos entrar resueltamente y de una
vez por la senda de la transformación honda y progresiva. «Esas
transacciones nos pierden, son funestas --objetábale yo--. Transacción,
en este caso, equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir
capitulación y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada
del 12 al 40, hubiesen andado con paños calientes y contemplaciones,
bonitos estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo,
y se producen perturbaciones en la economía, pero el lobanillo
extirpado queda. No comprendo esa manía de contemporizar con el ayer,
con la España absoluta y fanática. Tu _ilustre jefe_ --a Castelar le
llamábamos así-- es un vividor, amigo de agradar a las duquesas, a las
testas coronadas, y a eso llama él conservar la tradición. Palabrería.
Por fortuna ni los franceses en 93, ni nosotros más adelante, hemos
seguido ese método. Déjeme de historias. Al paso que vamos, dentro de
pocos años España volverá a poblarse de conventos. Es absurdo tolerar
semejante artimaña, y hasta protegerla, como nuestro liberalísimo
Gobierno hace. Los jesuítas tienen vuelta a tender la red; a cada rato
aprietan un poquito más la malla. Cualquier día nos envuelven del
todo. Claro que a los pájaros gordos, como ellos saquen su escote, les
importa un pepino lo que venga detrás. En pos de mí el diluvio, que
decía aquel peine de Luis XV. No cabe en cabeza medianamente organizada
eso de que para debilitar y desarraigar una institución como la
Monarquía se empiece por afianzarla, halagarla, implantarla suavemente
en el corazón del pueblo. Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A
mí que no me vengan con ese _choyo_.»
Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente.
«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan como
tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús volvíamos
a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha un hervidero
de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que sucedería con
vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido el cantón
gallego, ni los rabos: todos habíamos de querer mandar y nadie
obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos de una
nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la Revolución
de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo. Esto es la
minoría de una República, no la de un Rey. Que nos caiga la República
por su peso, como una perita madura...»
«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir
mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario
que lo resucitemos, créeme...»
«Déjame de ideales y de monsergas --replicaba Portal enojándose--. Por
los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más ideal que
la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».
Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me andaba con
chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la
anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero
a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca
Monarquía, y asentir a la «federación ibérica».
--No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese cochino _ideal_
sólo veinticuatro horas --exclamaba Luis--. Lo que es en Galicia, como
se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa:
en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con
propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú
le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales
hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un
millón... Afortunadamente hablar de la independencia galáica es como si
hablásemos de la mar con peces y arenas.
--¿De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir,
como los individuos, _cada cual para sí_?
--Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en esta materia, es
echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy capaz
de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que
su nieto la usurpa el trono. En política racional no hay derechos ni
mojigangas, hay lo que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo
desacertado, hay un olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en
qué consisten, pero que se manifiestan en los resultados. Con las ideas
radicales se va a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a
la política. Y déjate de independencias. Es una realidad indiscutible
la patria española, aunque tú creas que no.
Irritado por esta contradicción, solía exclamar:
--Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los grandes pensadores
se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás.
--Diles a esos grandes pensadores, que vayan a pensar a un pesebre.
Si suprimen poco a poco los resortes por que se ha movido siempre
la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes
que no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia,
que maldito si se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para
quererla y defenderla hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar
el Cristo de la antigualla. Pues las antiguallas son inevitables,
y precisas, y convenientes. De antiguallas vivimos. Y no es esta
antigualla de la patria la única que llevamos en la masa de la sangre.
Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte siglos.
Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las
antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras razas; todos los
que nos ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!...
A veces por estas metafísicas nos liábamos y pegábamos grandes voces,
de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por lo regular nos
infundían estas disputas mayor afán de comunicación y roce intelectual;
insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el uno al otro, por el
convencimiento de que, aun profesando opiniones distintas, éramos
capaces de entendernos y de darnos mutuamente un poquillo del alma.
Habíamos llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio;
paseábamos juntos, hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta
novia cursi que se había echado; juntos nos sentábamos a la mesa del
café de Levante; juntos íbamos, cuando danzaban en nuestro bolsillo
algunos realejos, a nuestra distracción favorita, el paraíso del Teatro
Real. Todos los estudiantes alojados en casa de doña Jesusa éramos
filarmónicos, todos nos perecíamos por la _Africana_ o los _Hugonotes_,
especialmente el cubano, melómano furioso, que padecía accesos de
epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para la notación
que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver,
haciéndole tararear la ópera enterita.
--Trinidad --le decíamos, porque el cubano se llamaba así--, anda,
cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika.
--Trinidad, los puñales.
--Trini, el _o paradiso_.
--Trinidad, aquello del _coprefuoco_.
--Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la entrada de los
violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo.
El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo con pasmosa
exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último,
cansado ya, nos decía en tono suplicante:
--Déjenme acostar, que esto ya parece songa.