I
Verán ustedes las asignaturas que el Estado me obligó a echarme al
cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la Escuela de Caminos.
Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que Geometría. A
más, Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva y Cálculo
diferencial. Luego (prendidito con alfileres, si he de ser franco)
idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés, porque al
señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me inspiraban
profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los infinitos
«dibujos»: el lineal, el topográfico y también el de paisaje, que
supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira,
pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su
álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las _mises_ cuando
viajan.
Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en diminutivo para que no
nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas para hacer boca:
Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante el año
del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente (que es
el primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban --aparte de
profundizar los Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la
Geología y la Estereotomía-- dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma,
«de sólidos», y el «lavado».
Yo no fuí de los alumnos más exageradamente _empollones_, pero como
tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo),
supe machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir
a la paciencia y a la tenacidad en asignaturas donde no bastando
el ejercicio del entendimiento hay que forzar el automatismo de la
memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es fácil evitarlos al seguir una
carrera en que deliberadamente se aprietan las clavijas a los alumnos,
con el fin de sacar el número justo para cubrir las plazas vacantes.
Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que costeaba mi
carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa resignación,
cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no eran
muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo
los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que
pueden evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año
estuve enfermo de anemia, complicada después con viruelas locas; y este
incidente y otros que no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama
de joven estudioso y persona medianamente culta, hube de encontrarme
a los ventiún años cursando el segundo de la carrera; es decir,
faltándome tres para terminarla.
El año anterior, o sea el primero de la carrera propiamente dicha, me
ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes de Septiembre.
Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la influencia maléfica
de cierta posada donde me alojé por tentación del diablo. El tiempo
pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen risa a los labios
y vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuando los evoco. Algo
referiré de esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería
capaz de estudiar en semejante madriguera.
Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas --verbigracia, la de
los Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame Roque-- muy
semejantes a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el
vecindario de un mediano poblachón; tenía sus tres patios con
balconada, sobre la cual se abrían las puertas de los cuchitriles
o tabucos, numeradas en los dinteles; y no faltaban sus inquilinas
desvergonzadas y reñidoras, sus ciegos entonando coplejas al son de
destemplado guitarrillo, sus gatos atacados de neurosis correteando
de bohardilla a bohardilla y de baranda a baranda --ya a impulsos de
amorosas emociones, ya en virtud de algún tremendo ladrillazo--, sus
tiestos de clavellinas y albahaca, sus pañales puestos a secar en
compañía de desflecados refajos y remendadas camisas; en fin, todo
lo que abunda en este género de guaridas de la villa y corte, mil
veces retratadas por los novelistas y los pintores de costumbres. El
cuarto tercero de la derecha había sido alquilado a Josefa Urrutia,
vizcaína, ex doncella de la Marquesa de Torres-Nobles, y ex doncella
en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De los devaneos de la
Josefa había resultado lo de costumbre: al principio muchas carantoñas,
luego frutos de bendición sin la del cura, luego hastío del seductor,
lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de venganza y planes
de exterminio, escándalos callejeros con presentación de rorro en
mantillas, reclamación ante el juez, y providencia de éste a favor
de la ofendida, señalando una pensión de seis reales diarios a cada
vastaguito. Sólo que ¡vaya por Dios! de pago andábamos muy mal. Por fas
o por nefas, hoy que el papá se encuentra en Montevideo y la letra no
ha llegado; mañana que el cambio sobre España está por las nubes y no
se puede girar, ello es que la desdichada Pepa no hubiera conseguido
valerse y sacar adelante a los dos críos, si no tiene la feliz
ocurrencia de arrendar el consabido piso tercero, arañar unos cuantos
muebles en las prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de
desecho, regalo de la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes,
nido de estudiantes y de chinches.
Al principio el negocio se presentó medianito: trampeando, trampeando.
Por fin adquirió la Urrutia clientela, y cuando yo entré a morar en
«la alcoba del comedor», estaba en su apogeo el establecimiento: ni
una habitación desocupada, y todos huéspedes que pagaban honradamente
(si podían) aparte de ciertas quiebras, cuyo origen descubriré en
gran secreto. Habitaba la sala, lo mejorcito del cuarto, un cierto D.
Julián, valenciano jaranero y alegre, derrochador sempiterno, amigo
de francachelas y bromas y jugador empedernido. Decía que estaba en
Madrid pretendiendo un destino, destino que no llegaba nunca; pero el
pretendiente vivía como un príncipe y en vez de ayudar con los dineros
de su pupilaje a sostener el negocio de Pepa, se susurraba entre
nosotros que comía gratis y aun recibía de tiempo en tiempo tal cual
doblilla destinada a derretirse en el peligroso faldellín de la sota
de copas. Estas interioridades y flaquezas de Pepa Urrutia no hubieran
trascendido (como ahora se dice) a no ser por el _monstruo de verdes
ojos_, los empecatados celos. Teníalos rabiosos la vizcaína, de una
vecinita guapa y fácil en tomar varas de los huéspedes fronterizos,
según puedo atestiguar. Aguijada por la desesperación, Pepa gritaba
sin reparo, y había lo de «pillo, estafador» por aquí, y lo de «si
vergüenza tuviese usted, lo que me chupa y lo que me debe me pagaría
volando» por allá. D. Julián, en casos tales, envainaba las manos en
los bolsillos, apretaba los dientes, y callado como un muerto paseaba
de arriba abajo por la sala. Aquel silencio encendía más el furor
de la mujer, que a veces se deshacía en crisis nerviosa de llanto; y
después de abofetear al valenciano con los últimos denuestos, salía
pegando un portazo que retumbaba en todo el edificio. Entonces solía
asomarse al pasillo un hombre grueso, rubio, calvo, como de cincuenta
y tantos años, de semblante afable y complaciente, quien con marcado
acento portugués preguntaba a la colérica patrona:
--Pepiña, ¿qui tiene?
--Nada tengo yo... --respondía ella metiéndose de estampía en la cocina
y mascullando en vascuence terribles imprecaciones. La oíamos lidiar a
porrazos con sartenes y cacerolas, y a poco el chirrido consolador del
aceite nos anunciaba que, a pesar de todo, se freían patatas y huevos y
el almuerzo no andaba muy lejos ya.
El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del patio», llamada así
por tomar luz del principal de la casa, era un médico portuense, venido
a España con el fin de entablar un litigio contra la Administración,
por no sé qué infundios referentes a un patronato. Admirador
entusiasta, como los portugueses en general, de la música popular
española, pasábase el santo día en una silleta cerca del balcón,
vestido lo más ligeramente posible, en calzoncillos y elástica (he
de advertir que esto ocurría en el mes de Junio), cubriendo su calva
una gorrita escocesa con dos cintas flotantes atrás, y rascando una
guitarra, a cuyo compás gatuno y desafinado entonaba la letra siguiente:
«Quiérimi sivillana -- niña lousana -- cándida flor
qui al son di mi guitarra -- pur ti palpita -- mi corasaun...»
Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el ventanuco de una chica
planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y comunicativa. Ella
estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un suspiro el
portugués, exclamaba en voz estentórea «Moy bunita», y con dobles
bríos martirizaba el guitarro, continuando la letra:
«Ay qui plaser -- is il amor -- si s’halla un alma
angilical. -- Y qui dolor -- si hay falsidad -- no, no, no, no,
no, no, no, no -- ¡huye di mí -- duda fataaaal!»
Terminada la canción, sacaba de la abertura de la elástica una petaca
de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros. Aún no
había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del
portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también,
a quien por largo tiempo consideré genuina personificación del artista.
Llamábase de apellido Botello --nunca pensé en averiguar su nombre
de pila--; era muy apuesto, de cumplida estatura; gastaba melena, no
excesivamente larga, pero abundante y rizosa; tenía el tipo mulato,
a lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y rojos, bigote diminuto,
ojos brillantes y piel morena finísima, y nosotros le mareábamos
diciéndole _Dumillas_ a cada momento. ¿Por qué nos habíamos empeñado
los huéspedes de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy no lo
entiendo. Botello no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una
sonata, ni emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama,
ni siquiera un _juguete_ en un acto, y sin embargo, teníamos metido
entre ceja y ceja que Botello no podía ser sino artista y artista
consumado. Sospecho que era una convicción nacida --más aún que de su
original y simpática fisonomía, y su género de vida especial-- de su
modo de vestir derrotado y mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo
entallado de paño azul, que él nombraba el _gabán del toisón_, porque
tenía en cuello y solapas ancho collar de mugre, con su borrego de
manchas delante. Esta prenda estaba tan adherida a su cuerpo, que con
ella salía a la calle, con ella se lavaba y afeitaba y hasta la echaba
sobre la cama para dormir. Los pantalones lucían orla de flecos; las
botas eran de tacón torcido, y la piel rota ya descubría el calcetín,
embadurnado de tinta por Botello a fin de que no asomase su indiscreto
blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de _Dumillas_, embutidas
en atavío semejante, no habían conseguido perder todo su encanto,
antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante torso, adquirían
misteriosa nobleza.
Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse al tipo artístico, y
era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio del trabajo,
su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un
magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el
padre de Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual
le daba casa y comida y le entregaba sus cinco mil reales anuales de
alimentos, exigiéndole únicamente que se retirase a las doce de la
noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo por darle educación, y cuando
hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba todas las veladas en
la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las tantas y tenía
llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y en
vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente.
Sin oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal,
Botello rodó de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor
y más desastrada, hasta que en un garito trabó conocimiento con el
insigne D. Julián, tirano del corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por
esta amistad se vino a nuestro albergue. Desde entonces Botello tuvo
curador ejemplar en el valenciano. Encargábase D. Julián de cobrar la
mesada del mozo, y acto continuo, a la timba a probar fortuna. Si venía
una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno de Botello se le
entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna propineja. Si la
suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio de difuntos.
Como necesitaba la guita, el pupilo solía armar con su curador unas
zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?»
Y entonces --aparición providencial-- surgía la Pepa en defensa de su
caro estafador, y chillaba amenazando a Botello.
--Usted calla... Usted calla... Yo me espero...
--¡Sí! --respondía el mísero--; pero el caso es que ni para tabaco me
ha dejado un real.
La Pepa echaba mano a la faltriquera, y sacando una peseta roñosa:
--Usted tome... Una cajetilla compre...
Cuando las pesetas de la Pepa escaseaban --y aunque no escaseasen--
Botello recurría a colarse en la habitación del portugués, no bien
le oía restallar el fósforo para encender el cigarro; y entre bromas
y veras, la mitad de la cajetilla pasaba al bolso del bohemio.
Acostumbrado el portugués al carácter y modos de Dumillas (de quien
aseguraba con profunda fe que era _muito artista_), no se formalizaba
jamás ni por sus guasas, ni por sus merodeos y depredaciones. Al
contrario, diríase que las travesuras de Botello despertaban en el
médico guitarrista afecto y benevolencia inexplicables. Y cuidado que a
veces las jugarretas del bohemio pasaban de castaño obscuro. Citaré una
para muestra.
Obligado el portugués a hacer visitas y presentar recomendaciones para
activar el despacho de su asunto, encargó un ciento de tarjetas muy
satinadas y litografiadas, donde en preciosa letra cursiva se leía su
nombre: «Miguel de los Santos Pinto». Acertó a verlas Botello, y nos
las fué enseñando por todos los cuartos, asombrándose de que tuviese
tan pocos apellidos un portugués. Él quería añadir cuando menos:
«Teixeira de Vasconcellos Palmeirim Junior de Santarem do Morgado
das Ameixeiras», para que estuviese en carácter. Se lo quitamos
de la cabeza; pero fué todavía peor lo que se le ocurrió después.
Escamoteándome la pluma topográfica y la tinta china que yo usaba
para mis planos y mis dibujos, escribió delicadamente debajo del
«Miguel de los Santos Pinto» esta coletilla: «Corno de Boy». A fin
de no molestarse en añadirlo a todas las tarjetas, hízolo sólo con
veinticinco, escondiendo las restantes. Al otro día justamente salió de
visiteo el lusitano, y repartió diez o doce de las tarjetas adicionadas
por Botello. El domingo siguiente encontrose en la calle del Arenal a
un conocido, que le detuvo y le preguntó sofocando la risa:
--Pero don Miguel, ¿usted se llama efectivamente _Corno de Boy_? ¿Hay
en su país de usted ese apellido?
--¿Yo? --respondió amoscado el lusitano--. Yo mi llamo Santos Pinto
nada más.
--Pues mire usted esta tarjeta.
--A ver... a ver... --murmuró el pobre hombre--. ¡Y dis eso! --exclamó
atónito al leer la coletilla.
--Será alguna equivocación del litógrafo --indicó maliciosamente el
amigo. Pero don Miguel no se la tragó, y apenas llegado a casa enseñó
la tarjeta a Botello, pidiéndole estrecha cuenta del desaguisado. Tan
calurosas protestas de inocencia hizo el grandísimo truhán, que logró
convertir hacia mí las sospechas.
--¿No ve usted --decía-- que la tinta y la pluma con que eso se
escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las
mosquitas muertas. El que parece más formal...
De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en la vida me metía
con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él miraba con
prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria,
pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más
leve. Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para
encasquetarle una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que
se desternillase de risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto
en la habitación ocurría. Otra vez le prendió rabitos de papel en los
faldones, y así salió Pinto a la calle, siendo la irrisión de los
granujas. No obstante, la indulgencia del portugués hacia el bohemio no
se desmintió jamás. Cuando a Botello le faltaba parné con que pagar la
entrada en algún baile, a D. Miguel acudía en demanda de medio duro.
Después agotaba la elocuencia para convencerle de que debía echar una
cana al aire y acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués,
que alegaba no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello
llamándole _panoli_; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y
se mostrase algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el
medio duro.
--Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo --exclamaba el muy
lagarto--. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien me ve con
malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado?
--Yo con usted no mi puedo enfadar nunca --declaró el portugués
metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia los
que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad
que nunca he visto en rostro humano--: Este rapaz... ¡muito artista!--
Después se volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo.
Vamos, convengan ustedes en ello: no hay posibilidad de consagrarse
a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa donde a cada
instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las risotadas
alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las
continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a
matar el tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la
irregularidad en las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda
con que todos nos metíamos a vivir en las habitaciones de los demás;
el trasnochar y el despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares
para las tareas de la Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio
de la broma y de la cháchara es inevitable en mi edad. Allí había otros
estudiantes de la Universidad, de Montes, de Arquitectura; ninguno era
un prodigio de aprovechamiento. Yo quizás les vencía a todos; pero como
mis asignaturas ofrecían mayores dificultades, el caso es que aquel año
me quedé colgado hasta Septiembre, y hube de pasarme las vacaciones en
Madrid sin gozar las frescas brisas de mi tierra. Sería aquel un verano
aburrido, interminable, a no rodearme gente tan levantisca y retozona,
y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del inagotable buen
humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había modo de
entretener la tarde, _Dumillas_ castañeteaba los dedos y nos decía,
sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena
negrísima que le sofocaba:
--Vamos a hacerle una _sarracinada_ a Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a
coger chinches?
--¿A coger chinches?
--Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais de chinches gordas,
bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera magnitud.
Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan extraña caza. Por
desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos en nuestros
jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran esfuerzo
una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo al
inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las chinches
de todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués, a
oscuras, descalzos y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta
de su cuarto. Así que don Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba
suavemente el pestillo, y como la cabecera de la cama estaba contigua
al marqueado de la puerta, no necesitaba el diablo del _artista_ más
que destapar el cucurucho y desparramar las chinches contenidas en el
papelón sobre la cara y cabeza del durmiente. Terminada esta operación,
cerraba Botello con mucha cautela, y nosotros, hechos una piña y
pellizcándonos mutuamente de puro excitados, aguardábamos a que se
iniciase la campal batalla.
No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos rebullirse al
portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles, luego
claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición
azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando
si estaba enfermo, si le ocurría algo.
--¡Credo! --respondía el buen hombre--. ¡Credo! ¡Persevejos por aquí,
persevejos por allí! ¡Credo! ¡Irra!
Al día siguiente le proponíamos variar de cuarto, y así lo hacía,
esperando hallar remedio a sus males; sólo que, como repetíamos la
caza, repetíase también el sainete. Con semejantes chanzas pesadas
fuímos engañando la canícula; y lo que más me asombra es que al bendito
portugués, blanco de todas ellas, no se le ocurriese ni remotamente
cambiar de hospedaje, ni plantarle un día un bofetón de cuello vuelto a
su verdugo.
Cuando aprobé en Septiembre las asignaturas que me faltaban, necesité
hacer un enérgico llamamiento a la potencia superior del alma, o sea
a la voluntad, para resolverme a poner por obra lo que en mi opinión
convenía al lusitano; mudar de alojamiento. El cebo de la pereza y
de la vida alegre; lo entretenido del trato de Botello, a quien era
imposible no profesar cierta lástima muy análoga a la ternura; los
mismos defectos e inconvenientes de aquella posada iban apegándome a
ella más de lo justo. Sin embargo, venció mi razón en la contienda. «La
vida es un tesoro y no hemos de despilfarrarla en chiquilladas y en
insulsas bromas», pensaba yo al arreglar mis bártulos para irme con la
música a otra parte. «Si ese infeliz de Botello es un sonámbulo y se
ha propuesto morir en el hospital, yo, en cambio, estoy determinado
a tener una carrera, tomarla por lo serio y ser libre y dueño de mis
acciones. Aquí no hay más que ilusos y gente predestinada a la miseria
anónima. Vámonos a donde se pueda trabajar.» No obstante, la despedida
me oprimió unas miajas el corazón. La Pepa lloraba a lágrima viva por
tan buen huésped, que pagaba religiosamente y nunca «daba que sentir
ni así tanto.» Mis ojos no se humedecieron, pero, lo repito, sentí
pena, como si me apartase de seres muy queridos, al abrazar a Botello
y apretar la mano del bonachón portugués. Según iba andando detrás del
mozo de cuerda que cargaba mi baúl, hice las siguientes reflexiones
para explicarme mi emoción:
«Esta irregularidad pintoresca, este predominio del sentimiento y del
humorismo, y este desprecio de la realidad que noto en la casa y en los
huéspedes de Pepa Urrutia, son atractivos, porque constituyen una forma
del romanticismo innato en nuestra raza, romanticismo que yo padezco
también. La tal casa parece un familisterio, basado no en la comunión
socialista, sino en la falta de hiel y de sal en la mollera. Me he
encontrado ahí con varias personas que, a fuerza de ser excelentes, no
tienen ni tendrán nunca un adarme de juicio ni de sentido común. Por lo
mismo, sospecho que las echaré muy en falta los primeros tiempos; que
siempre las recordaré con nostalgia, y que, al ir corriendo años, se me
figurará poético y precioso hasta lo de las chinches. Sin embargo, yo
valgo más que lo que dejo, pues soy capaz de dejarlo.» Y me consolaba
el orgullo de tenerme por más formal y positivo que los pupilos de la
vizcaína.