su marido o no le viese entrar sano y salvo. Aquel día pasó en soledades
y suspiros, en mirar al suelo y al cielo, en interrogarse con los ojos,
sin atreverse a formular verbalmente el triste pensamiento. Pero si
agitada estaba el alma de la señora, no lo estaba menos la del bendito
héroe del Arco famoso, pues al paso que ganaba terreno en ella la idea
de que no parecería jamás el _marido de su mujer_, se iba apoderando
traidoramente de aquel mismo espíritu suyo un sentimiento expansivo, un
no sé qué, una cosa semejante a la alegría... El pobre señor, cuya
rectitud, aún sometida a las mayores pruebas, era siempre grande y
firme, padeció muchísimo con esto que llamaba _caricia del Demonio_, con
esta tentación o asomos de pecado grave. Pero como podía tanto en él la
voluntad, se sobrepuso a todo, arrojó de su pecho la culebrilla que se
deslizara en él furtivamente, o invocando a Dios primero y al Ginebrino
después, exclamó con enérgico arrebato de cristiano y filósofo: «Lejos
de mí esa infame alegría por la desaparición del que triunfó de mí. Si
Dios le mata y paso a heredar su dicha, enhorabuena; pero maldito sea yo
si deseo su muerte, y antes me vea comido de gusanos que envidioso. Bien
dijo aquel gran pensador en el libro V del _Emilio_, que _la virtud que
sólo se funda en las acciones es virtud falsa y postiza_».
Por la noche se retiró a su casa lleno de congoja, por no poder ya
aliviar con palabras y ficciones la de su infeliz amiga. Esta acostó a
Juanito Jacobo, que no había querido separarse de ella y dormía junto a
su cuarto; mandó a los criados que se acostaran también, y sola en su
alcoba estuvo rezando hasta muy avanzada la noche. Durmiose al fin en su
lecho, y en sueños creyó sentir desusado estrépito en la calle y en la
casa. Era una pesadilla. Parecíale que la casa se hundía, o que un
ejército entraba en ella o que un gigante la hacía pedazos con su pesado
pie. Despertose sobresaltada. El corazón le palpitaba tanto que por la
mucha viveza estuvo a punto de producirse la inercia cardíaca y por
consiguiente el síncope. Pero al reconocerse bien despierta y al
observar que continuaba el ruido, se incorporó en el lecho, puso
atención... Se oían pasos en la casa... tocaron suavemente a la puerta
de su alcoba... sonó una voz...
Sola saltó instintivamente 25 de su lecho. Empezó a vestirse a toda
prisa... No acertaba a vestirse...
--Soy yo...
--Espera... un momento... Espera que me vista...
Y a medio vestir corrió a la puerta y abrió a su esposo.
--Pero no te veo...--le dijo dejándose abrazar.
El criado se acercó con luz, a punto que él soltaba capa y sombrero.
Cuando D. Benigno llegó a la mañana siguiente, se quedó pasmado, y
absorto en la mitad del pasillo al saber que el _marido de la señora_
estaba sano y salvo en Madrid y en su casa. El héroe dio un gran
suspiro. Mirando después al cielo, lanzó un piadoso apóstrofe y dijo
así:
--¡Barástolis! Por Dios trino y uno, por la Virgen del Sagrario, por
Rousseau, por mi vida honrada y por mi conciencia de cristiano juro y
rejuro que me alegro con toda el alma.
Cuando Salvador salió de su alcoba, abrazáronse estrechamente ambos
señores y juraron ser amigos fieles en lo que les quedara de vida.
Muchos conocidos visitaron al recién llegado, y aquel mismo día tuvo
éste ocasión de hacer una obra de caridad, mejor dicho, de aprobarla y
sancionarla, pues ya estaba hecha condicionalmente por su esposa. Sola
había cedido gratuitamente la bohardilla de la casa a las señoras de
Porreño, en quienes la rancia nobleza no fue parte a poner un dique a la
invasora miseria. Muerto Fernando VII, faltoles la modesta pensión qué
este les daba. Su dignidad no les permitía implorar la caridad pública.
Su arreglo, las distintas aptitudes de Doña María de la Paz les
permitían aspirar a sostenerse, aunque mal, de su honrado trabajo. Sola
les ayudó en trances tan aflictivos, dándoles la casa y encargándoles no
se sabe cuanta obra de ropa blanca. La gratitud de las dos dignísimas
cuanto infelices damas era extraordinaria. Doña Salomé bajó de punta en
blanco a dar las gracias al generoso dueño de la casa. Presentose
envuelta en ajadísimos tafetanes, adornada de podridas pieles y plumas
pulverulentas. Con toda la finura y dignidad de su carácter, con toda la
cortesía de su educación y toda la tiesura de su embalsamado cuerpo
expresó sus sentimientos, diciendo que aquel caso de liberalidad debía
agradecerse más en una época funesta ¡ay! en que habían desaparecido,
por completo los caballeros.
Partieron a los Cigarrales. Allí trascurrían dulces y lentas las horas.
El sosiego era completo, el tiempo delicioso, la salud admirable, en
concierto dulcísimo con la paz y alegría de las almas.
Salvador y D. Benigno hablaban de política, cada cual según su criterio,
su experiencia y diversos conocimientos; el segundo inclinado, a las
generalidades, a las teorías; el primero más aferrado a los hechos, y
deduciendo de la incompatibilidad de estos con la idea, desconsoladoras
consecuencias; Cordero dejándose llevar del optimismo y confiando mucho
en el entusiasmo, en la virtud de los hombres y en la fuerza de ciertas
ideas; Salvador inclinándose al pesimismo, revelándose muy aleccionado
por la experiencia, creyendo poco en las personas y menos en las ideas
verdes y desazonadas. D. Benigno opinaba que todos los españoles debían
abrazar la bandera de la libertad, respetando y enalteciendo siempre la
Religión y el Trono: admitir todos los progresos del siglo, y aplicarlos
a las leyes, a las costumbres, al vivir y al pensar, evitando las
guerras y colisiones. Añadía que si todos los españoles no gustaban de
entrar por este camino, los rebeldes debían ser convencidos a palos,
para lo cual convenía que los libres se armaran formando una milicia
organizada, ni más ni menos que como la famosísima de Julio del 22,
émula de los espartanos en el famoso Arco de Boteros.
Salvador no desaprobaba estas ideas, pero fiaba poco en los buenos
propósitos de los que pensaban como su amigo; fiaba también poquísimo en
la milicia, en los palos de la milicia y en la soñada concordia entre la
libertad y la Iglesia. Declarando todo su pensamiento, aseguró que no
esperaba ver en toda su vida más que desaciertos, errores, luchas
estériles, ensayos, tentativas, saltos atrás y adelante, corrupciones de
los nuevos sistemas, que aumentarían los partidarios del antiguo, nobles
ideas bastardeadas por la mala fe, y el progreso casi siempre vencido en
su lucha con la ignorancia.
--Los días mejores--dijo señalando con su bastón el horizonte--, están aún
tan lejos que seguramente ni usted ni yo los veremos. La reforma es
lenta, porque el mal es grave y profundo, y sólo se ha de curar
trabajándose a sí mismo. Pienso vivir alejado de toda acción política.
Estoy abrumado de experiencias; he visto mucho; cumplí mi misión. Hay
mil caminos abiertos por donde pueden lanzarse los hombres nuevos. Los
que no lo son, deben quedarse a un lado mirando y viviendo. Mi ideal
está lejos. El tiempo le tiene tan guardado aún, que no se le vislumbra
aquí por ninguna parte. Pero vendrá, y aunque no hemos de ver esa
realidad, digna de ser admirada, desde aquí nos consuela el penetrar con
el pensamiento en un porvenir oscuro, y contemplar las hermosas
novedades de la España de nuestros nietos. En tanto, no puedo tener
entusiasmo como usted, porque no creo en el presente. Me parece que
asisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni silbo. Callo, y quizás me
duermo en mi luneta. No tengo que soñar en mi felicidad doméstica, que
es ya un hecho positivo; soñaré con ese porvenir lejano de nuestra
patria, con ese tiempo, querido amigo mío, en que la mayoría de los
españoles se reirá de la angelical inocencia política de usted.
-XXXI-
Basta ya.
Aquí concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeñado muy
imperfectamente, pero también de haberla terminado en tiempo oportuno
(váyase lo uno por lo otro) y cuando el continuarla habría sido causa de
que las imperfecciones y faltas de la obra llegaran a ser imperdonables.
Los años que siguen al 34 están demasiado cerca, nos tocan, nos codean,
se familiarizan con nosotros. Los hombres de ellos casi se confunden con
nuestros hombres. Son años a quienes no se puede disecar, porque algo
vive en ellos que duele y salta al ser tocado con escalpelo. Quédese,
pues, aquí este largo trabajo sobre cuya última página (a la cual
suplico que me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de la
bondad del público, añadiendo más cuartillas a las diez mil de que
constan los _Episodios Nacionales_. Aquí concluyen definitivamente
estos. Si algún bien intencionado no lo cree así y quiere continuarlos,
hechos históricos y curiosidades políticas y sociales en gran número
tiene a su disposición. Pero los personajes novelescos, que han quedado
vivos en esta dilatadísima jornada, los guardo, como legítima
pertenencia mía, y los conservará para casta de tipos contemporáneos,
como verá el lector que no me abandone al abandonar yo para siempre y
con entera resolución el llamado _género histórico_.
FIN DE LA NOVELA Y DE LOS EPISODIOS NACIONALES
Santander.--Noviembre-Diciembre de 1879.
En el breve Prólogo impreso a la cabeza de la presente edición me dejé
decir que tenía preparado un largo escrito sobre el origen e intención
de esta obra, los elementos históricos de que dispuse, y los datos y
anécdotas que recogí, comprendiendo además algunos desahogos _sobre la
novela española contemporánea_. Pronto me arrepentí de esta precipitada
oferta, y la tuve por grandísima tontería en la parte que se refiere a
juicios generales de crítica y a opiniones sobre el género literario que
más se cultiva en España. Y al desempolvar los papelotes en que estaba
el mal pensado y peor escrito _Ensayo_, me revolví airado contra mí
mismo por la pícara maña de ofrecer lo que en manera alguna puedo ahora
cumplir.
Me desdigo resueltamente, recojo mi palabra, y como en aquella
espontaneidad pueril no hubo nada de juramento, ni se trata de un caso
de conducta moral, espero quedar bien con mis lectores y con mi
conciencia. Y si me apuran, prefiero pasar por poco formal a meterme en
sabidurías y honduras de crítica, investigando las recónditas leyes de
la belleza o las mudanzas que el tiempo y la moda les imprimen, y
olfateando los caminos que este y el otro autor siguieron para su gloria
o descrédito. Para cumplir lo prometido sería preciso que me saliese de
las filas de la procesión y me pusiese a repicar. Hay escritores
dichosos que desempeñan admirablemente este doble trabajo, y andan en la
procesión y repican que se las pelan. Estos tienen el don maravilloso de
practicar el arte y de legislar sobre él, y son maestros en todo cuanto
cae debajo del fuero de la pluma. Sabe Dios que daría cualquier cosa por
que me infundiesen algo de su aptitud, aunque no fuera sino para salir
airoso en la ocasión presente; pero como esto no puede ser, me resigno,
y queda circunscrito el compromiso a la primera parte tan sólo de lo
ofrecido, es decir, que no tengo ya más obligación que hablar un poco de
cómo y cuándo se escribieron estas páginas. Esto me lo tengo muy sabido,
no es cosa de ciencia sino de experiencia; pertenece a la erudición
fácil y profunda de las propias acciones, y saldrá como una seda, sin
temor de opiniones adversas ni de que los descontentadizos lo tengan por
más o menos aproximado a la verdad; como que es la certeza misma.
A principios de 1873, año de grandes trastornos, fue escrita y publicada
la primera de estas novelas, hallándome tan indeciso respecto al plan,
desarrollo y extensión de mi trabajo, que ni aun había fijado los
títulos de las novelas que debían componer la serie anunciada y
prometida con más entusiasmo que reflexión. Pero el agrado con que el
público recibió _La Corte de Carlos IV_ sirviome como de luz o
inspiración, sugiriéndome, con el plan completo de los EPISODIOS
NACIONALES, el enlace de las diez obritas de que se compone y la
distribución graduada, de los asuntos, de modo que resultase toda la
unidad posible en la extremada variedad que esta clase de narraciones
exige. Cuatro novelas aparecieron puntualmente cada año con regularidad
de Almanaque, y en la Primavera de 1875 quedó terminada con _La Batalla
de los Arapiles_ la primera serie. Tantos lectores tuvo (dentro de la
cifra reducida de lectores españoles), que creí oportuno emprender una
segunda serie. Verdaderamente, la pintura de la guerra quedaba manca,
incompleta y como descabalada si no se le ponía pareja en el cuadro de
las alteraciones y trapisondas que a la campaña siguieron. El furor de
los guerreros de 1808 sólo había cambiado de lugar y de forma, porque
continuaba en el campo de las Conciencias y de las ideas. Esta segunda
guerra, más ardiente tal vez aunque menos brillante que la anterior,
pareciome buen asunto para otras diez narraciones, consagradas a la
política, a los partidos y a las luchas entre la tradición y la
libertad, soldado veterano la primera, soldado bisoño la segunda; pero
ambos tan frenéticos y encarnizados, que aun en nuestros días, y cuando
los dos van para viejos, no se nota en sus acometidas síntoma alguno de
cansancio.
Con _Un Faccioso más y algunos frailes menos_ quedaron terminados los
EPISODIOS NACIONALES, y no obstante las excitaciones de algunos
aficionados a estas lecturas, me pareció juicioso dejar en aquel punto
mi trabajo, porque la excesiva extensión habría mermado su escaso valor,
y porque, pasado el año 34, los sucesos son demasiado recientes para
tener el hechizo de la historia y no tan cercanos que puedan llevar en
sí los elementos de verdad de lo contemporáneo. Abrazan, pues, los
EPISODIOS NACIONALES veintinueve años, los cuales, de fijo, dieron de sí
más acontecimientos y produjeron más hombres, y, en una palabra,
hicieron más historia que todo el siglo precedente. Si damos valor a una
ilusión de tiempo, podremos decir que aquellos veintinueve años fueron
nuestro siglo décimo octavo, la paternidad verdadera de la civilización
presente, o del conjunto de progresos y resabios, de vicios y cualidades
que por tal nombre conocemos.
Por más que la generación actual se precie de vivir casi exclusivamente
de sus propias ideas, la verdad es que no hay adelanto en nuestros días
que no haya tenido su ensayo más o menos feliz, ni error al cual no se
le encuentre fácilmente la veta a poco que se escarbe en la historia
para buscarla. Todos los disparates que hacemos hoy los hemos hecho
antes en mayor grado. Y si parece que faltan ahora los grandes impulsos
que en otro tiempo determinaron hechos inmortales, es porque no se
producen las circunstancias que los estimulan; que si se produjeran,
aquellos impulsos saldrían. Y si no, que lo prueben de veras.
Es y será siempre un gran placer para toda generación el mirarse en el
espejo de la que le ha precedido inmediatamente. De esto, en primer
término, y de la circunstancia, feliz para mí, de no existir en la
literatura española contemporánea novelas de historia reciente, ha
dependido el buen éxito de estos libros y la estimación que por sus
condiciones literarias no habrían alcanzado nunca.
Esta obra fue empezada antes de que estuvieran en boga las tendencias en
literatura, al menos aquí; pero aunque se hubiera escrito un poco más
tarde, seguro que habría nacido limpia de toda intención que no fuera la
de presentar en forma agradable los principales hechos militares y
políticos del período más dramático del siglo, con objeto de recrear (y
enseñar también, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de
lecturas. Ni remotamente se me ocurrió mortificar poco ni mucho a los
naturales de un país enemistado con el nuestro en aquellos trágicos
días. La demencia patriótica que nuestros vecinos llaman _chauvinisme_
es tan contraria a mi manera de sentir, que me tengo por libre de tal
enfermedad ahora y siempre. Consigno aquí esta declaración como
respuesta, tardía sí, pero categórica a lo escrito en una célebre
revista de circulación universal por un discretísimo y malogrado
publicista francés, que al mismo tiempo que favorecía mi obra con
apreciaciones lisonjeras, indicaba que el autor de ella se proponía
concitar los ánimos de sus compatriotas contra Francia. De que en una o
varias novelas aparezcan pintados los sentimientos de los españoles de
1808 con la vehemencia que exige la propiedad histórica, no se puede
deducir que los presentes sintamos antipatía hacia una nación a la cual
nos unen hoy vínculos más fuertes que todas las alianzas políticas. La
proximidad entre ambos países es tan grande a causa del mutuo comercio y
de las fáciles comunicaciones; es tan incontrastable la influencia que
en nosotros ejercen las ideas, las costumbres, la industria y aun la
riqueza de nuestros vecinos, que aunque existiera aquí el _chauvinisme_,
los hechos lo curarían de golpe. Por lo demás, los franceses mismos, en
su literatura patriótica, no han sido nunca tan escrupulosos ni se han
parado en barras en lo de molestar con más o menos justicia a naciones
que han tenido con ellos algún altercado. Otros dos escritores
extranjeros, al ocuparse ligeramente del mismo asunto, han seguido el
criterio de Mr. Louis-Lande. A ellos dirijo también estas observaciones.
Lo que comúnmente se llama _Historia_, es decir, los abultados libros en
que sólo se trata de casamientos de Reyes y Príncipes, de tratados y
alianzas, de las campañas de mar y tierra, dejando en olvido todo lo
demás que constituye la existencia de los pueblos, no bastaba para
fundamento de estas relaciones, que o no son nada, o son el vivir, el
sentir y hasta el respirar de la gente. Era forzoso pedir datos a los
olvidados anales de las costumbres y aun de los trajes, a todo eso que
la tradición no sabe defender de las revoluciones de la moda, y que se
pierde en la marejada del tiempo, dejando rastro muy débil en los
archivos del Estado. Era indispensable pedir también auxilio a la
literatura anecdótica y personal, como Memorias y colecciones
epistolares. Pero de estos tesoros están muy pobres nuestras
bibliotecas. Son pocos los que han referido los lances verídicos de su
vida. Hay en nuestro carácter un fondo de modestia que perjudica a la
formación de la verdadera historia, y adolecemos además de falta de
sinceridad. Lo que llaman _vida pública_ es una fastidiosa comedia
representada por confabulación de todos, amigos y enemigos. La vida
efectiva no aparece nunca, y nos apresuramos a hacer desaparecer los
documentos de ella, arrebatando a la publicidad las cartas de personajes
fenecidos, por ese ridículo miedo a la verdad que es propia de los que
se habitúan a vivir en una atmósfera de artificios. De aquí la oscuridad
que envuelve sucesos casi recientes. Las cartas escritas _para el
público_ no llenan este vacío, y las verdaderas no salen nunca a luz, o
por la razón de falsos respetos, o quizás porque el público mismo no
manifiesta inclinación a esta literatura de verdad palpitante, y protege
con su demanda las cosas sobadas, compuestas y mentirosas. Poco o ningún
fruto obtuve, pues, de la literatura familiar.
La prensa periódica ha podido, en algún caso, prestar servicios al
novelista, aunque en las épocas de régimen autoritario es difícil
hallar en los papeles públicos un reflejo, ni aun siquiera pálido, de
la vida común. En cuanto a la _Gaceta_ de aquellos tiempos, justo es
reconocer que arroja gran luz sobre los sucesos de Turquía, Moscovia,
Transilvania y Galitzia, observando, respecto a lo que en Madrid pasaba,
una discreción tal, que no es posible imaginar papel más estúpido. Pero
donde menos se piensa hallamos un tesoro. El _Diario de Avisos_, que en
estupidez iguala a la _Gaceta_ y le supera en garrulería, ha sido para
mí de grande utilidad, por los infinitos datos de la vida ordinaria que
atesora... ¿dónde creeréis? en sus anuncios. En esta parte del periódico
más antiguo de España he hallado una mina inagotable para sacar noticias
del vestir, del comer, de las pequeñas industrias, de las grandes
tonterías, de los placeres y diversiones, de la supina inocencia de
aquella generación. Créanlo o no, digo que todo lo que en esta obra es
colorido, acento de época y deje nacional, procede casi exclusivamente
de los anuncios del _Diario de Avisos_. Para la ensambladura histórica
tuve siempre a la vista la historia anónima de Fernando VII, que se
atribuye a D. Estanislao de Koska Bayo, y para _Zaragoza_ los _Sitios_
de Alcaide Ibieca. Con esto, las _Memorias_ de algunos generales del
Imperio y otras historias menos conocidas y una buena dosis de buena
voluntad, que suple a veces la falta de ciertas facultades, salí del
paso como Dios me dio a entender.
Gran ventura habría sido para mí tropezar con testigos presenciales;
pero no habiendo hallado ninguno que pudiera contar hechos de la primera
época, tuve que fiar la empresa a las fatigas del trabajo inductivo y de
probabilidades, auxiliado por datos de tercera mano y referencias
incompletas o desvirtuadas. Después, al acometer la segunda serie, pude
obtener ventajas de la conversación con personas de tanto ingenio,
sagacidad y feliz memoria como el Sr. Mesonero Romanos y algún otro. En
las obras de este insigne fundador de la literatura de costumbres en
España, en las de Larra, Miñano, Gallardo, Quintana, etc., y aun en las
comedias, sainetes o articulillos de escritores oscuros, así como en
diferentes periódicos no políticos, sin excluir los de modas, he
allegado elementos indirectos para sortear las dificultades de empresa
tan ruda.
En la primera serie adopté la forma autobiográfica, que tiene por sí
mucho atractivo y favorece la unidad; pero impone cierta rigidez de
procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Difícil es
sostenerla en el género novelesco con base histórica, porque la acción y
trama se construyen aquí con multitud de sucesos que no debe alterar la
fantasía, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no
puede, las más de las veces, escoger a su albedrío ni el lugar de la
escena ni los móviles de la acción. Tales dificultades obligáronme a
preferir en casi todas las novelas de la segunda serie la narración
libre, y como en ellas la acción pasa de los campos de batalla y de las
plazas sitiadas a los palenques políticos y al gran teatro de la vida
común, resulta más movimiento, más novela, y por tanto, un interés
mayor. La novela histórica viene a confundirse así con la de costumbres.
En los tipos presentados en las dos series y que pasan de quinientos,
traté de buscar la configuración, los rasgos y aun los mohines de la
fisonomía nacional, mirando mucho los semblantes de hoy para aprender en
ellos la verdad de los pasados. Y la diferencia entre unos y otros, o no
existe, o es muy débil. Si en el orden material las trasformaciones de
nuestro país han sido tan grandes y rápidas que apenas se conoce ya lo
que fue, en el orden espiritual la raza defiende del tiempo sus
acentuados caracteres con la tenacidad que pone siempre en sus defensas,
ya lo sean de una ciudad, como en Numancia y Zaragoza, ya de una
costumbre, como se muestra en la perpetuidad de los Toros y de otras
mañas nacionales. No es difícil, pues, encontrar el español de ayer, a
poco que se observe el que tenemos delante.
Al pensar en la ilustración de esta obra, quise, como he dicho al
principio de la edición, que manos de otros artistas vinieran a dar a
las escenas y figuras presentadas por mí la vida, la variedad, el acento
y relieve que yo no podía darles. Poco tengo que añadir a lo que dije al
principio de la edición. Bien se ha visto que el plan primitivo ha
sufrido alguna mudanza. Anuncié que la ilustración total estaba a cargo
de dos artistas eminentes; pero las dificultades que en la práctica
ofreció lo excesivo del trabajo en obra tan extensa, obligáronme a
repartir la ilustración entre mayor número de artistas. Tuve la suerte
de que todos cuantos llamé en mi auxilio respondieron con entusiasmo;
todos han trabajado con fe, encariñados con la obra más de lo que esta
merecía. El resultado ha sido admirable. La habilidad de los insignes
pintores y dibujantes que han trabajado en esta edición, su entusiasmo y
mi constancia (que no quiero renunciar a la parte de gloria que me
toca), han producido una obra editorial de relevante mérito, un
verdadero museo de las artes del diseño aplicadas a la tipografía, y
marcan un verdadero progreso en el gusto nacional. Creo haber acertado
al preferir los facsímiles ejecutados sobre zinc a los antiguos
procedimientos del boj, pues si la madera bien trabajada da finezas y
matices, que en el clisé directo se obtienen pocas veces, en cambio este
reproduce fielmente la creación del artista, y traslada el acento, el
trazo, la personalidad. De aquí la seducción que ejerce en el observador
entendido un relieve de zinc cuando es de manos bien ejercitadas en el
lápiz o la pluma. Muy grande tiene que ser la destreza de un grabador
para arrancar de la madera efectos iguales, y sobre todo, para imprimir
con el buril ese sello de espontaneidad y frescura que en el clisé
directo compensa la tosquedad del trazo.