Sola se resistió a ir a los Cigarrales mientras no tuviese noticias de

su marido o no le viese entrar sano y salvo. Aquel día pasó en soledades

y suspiros, en mirar al suelo y al cielo, en interrogarse con los ojos,

sin atreverse a formular verbalmente el triste pensamiento. Pero si

agitada estaba el alma de la señora, no lo estaba menos la del bendito

héroe del Arco famoso, pues al paso que ganaba terreno en ella la idea

de que no parecería jamás el _marido de su mujer_, se iba apoderando

traidoramente de aquel mismo espíritu suyo un sentimiento expansivo, un

no sé qué, una cosa semejante a la alegría... El pobre señor, cuya

rectitud, aún sometida a las mayores pruebas, era siempre grande y

firme, padeció muchísimo con esto que llamaba _caricia del Demonio_, con

esta tentación o asomos de pecado grave. Pero como podía tanto en él la

voluntad, se sobrepuso a todo, arrojó de su pecho la culebrilla que se

deslizara en él furtivamente, o invocando a Dios primero y al Ginebrino

después, exclamó con enérgico arrebato de cristiano y filósofo: «Lejos

de mí esa infame alegría por la desaparición del que triunfó de mí. Si

Dios le mata y paso a heredar su dicha, enhorabuena; pero maldito sea yo

si deseo su muerte, y antes me vea comido de gusanos que envidioso. Bien

dijo aquel gran pensador en el libro V del _Emilio_, que _la virtud que

sólo se funda en las acciones es virtud falsa y postiza_».

Por la noche se retiró a su casa lleno de congoja, por no poder ya

aliviar con palabras y ficciones la de su infeliz amiga. Esta acostó a

Juanito Jacobo, que no había querido separarse de ella y dormía junto a

su cuarto; mandó a los criados que se acostaran también, y sola en su

alcoba estuvo rezando hasta muy avanzada la noche. Durmiose al fin en su

lecho, y en sueños creyó sentir desusado estrépito en la calle y en la

casa. Era una pesadilla. Parecíale que la casa se hundía, o que un

ejército entraba en ella o que un gigante la hacía pedazos con su pesado

pie. Despertose sobresaltada. El corazón le palpitaba tanto que por la

mucha viveza estuvo a punto de producirse la inercia cardíaca y por

consiguiente el síncope. Pero al reconocerse bien despierta y al

observar que continuaba el ruido, se incorporó en el lecho, puso

atención... Se oían pasos en la casa... tocaron suavemente a la puerta

de su alcoba... sonó una voz...

Sola saltó instintivamente 25 de su lecho. Empezó a vestirse a toda

prisa... No acertaba a vestirse...

--Soy yo...

--Espera... un momento... Espera que me vista...

Y a medio vestir corrió a la puerta y abrió a su esposo.

--Pero no te veo...--le dijo dejándose abrazar.

El criado se acercó con luz, a punto que él soltaba capa y sombrero.

Cuando D. Benigno llegó a la mañana siguiente, se quedó pasmado, y

absorto en la mitad del pasillo al saber que el _marido de la señora_

estaba sano y salvo en Madrid y en su casa. El héroe dio un gran

suspiro. Mirando después al cielo, lanzó un piadoso apóstrofe y dijo

así:

--¡Barástolis! Por Dios trino y uno, por la Virgen del Sagrario, por

Rousseau, por mi vida honrada y por mi conciencia de cristiano juro y

rejuro que me alegro con toda el alma.

Cuando Salvador salió de su alcoba, abrazáronse estrechamente ambos

señores y juraron ser amigos fieles en lo que les quedara de vida.

Muchos conocidos visitaron al recién llegado, y aquel mismo día tuvo

éste ocasión de hacer una obra de caridad, mejor dicho, de aprobarla y

sancionarla, pues ya estaba hecha condicionalmente por su esposa. Sola

había cedido gratuitamente la bohardilla de la casa a las señoras de

Porreño, en quienes la rancia nobleza no fue parte a poner un dique a la

invasora miseria. Muerto Fernando VII, faltoles la modesta pensión qué

este les daba. Su dignidad no les permitía implorar la caridad pública.

Su arreglo, las distintas aptitudes de Doña María de la Paz les

permitían aspirar a sostenerse, aunque mal, de su honrado trabajo. Sola

les ayudó en trances tan aflictivos, dándoles la casa y encargándoles no

se sabe cuanta obra de ropa blanca. La gratitud de las dos dignísimas

cuanto infelices damas era extraordinaria. Doña Salomé bajó de punta en

blanco a dar las gracias al generoso dueño de la casa. Presentose

envuelta en ajadísimos tafetanes, adornada de podridas pieles y plumas

pulverulentas. Con toda la finura y dignidad de su carácter, con toda la

cortesía de su educación y toda la tiesura de su embalsamado cuerpo

expresó sus sentimientos, diciendo que aquel caso de liberalidad debía

agradecerse más en una época funesta ¡ay! en que habían desaparecido,

por completo los caballeros.

Partieron a los Cigarrales. Allí trascurrían dulces y lentas las horas.

El sosiego era completo, el tiempo delicioso, la salud admirable, en

concierto dulcísimo con la paz y alegría de las almas.

Salvador y D. Benigno hablaban de política, cada cual según su criterio,

su experiencia y diversos conocimientos; el segundo inclinado, a las

generalidades, a las teorías; el primero más aferrado a los hechos, y

deduciendo de la incompatibilidad de estos con la idea, desconsoladoras

consecuencias; Cordero dejándose llevar del optimismo y confiando mucho

en el entusiasmo, en la virtud de los hombres y en la fuerza de ciertas

ideas; Salvador inclinándose al pesimismo, revelándose muy aleccionado

por la experiencia, creyendo poco en las personas y menos en las ideas

verdes y desazonadas. D. Benigno opinaba que todos los españoles debían

abrazar la bandera de la libertad, respetando y enalteciendo siempre la

Religión y el Trono: admitir todos los progresos del siglo, y aplicarlos

a las leyes, a las costumbres, al vivir y al pensar, evitando las

guerras y colisiones. Añadía que si todos los españoles no gustaban de

entrar por este camino, los rebeldes debían ser convencidos a palos,

para lo cual convenía que los libres se armaran formando una milicia

organizada, ni más ni menos que como la famosísima de Julio del 22,

émula de los espartanos en el famoso Arco de Boteros.

Salvador no desaprobaba estas ideas, pero fiaba poco en los buenos

propósitos de los que pensaban como su amigo; fiaba también poquísimo en

la milicia, en los palos de la milicia y en la soñada concordia entre la

libertad y la Iglesia. Declarando todo su pensamiento, aseguró que no

esperaba ver en toda su vida más que desaciertos, errores, luchas

estériles, ensayos, tentativas, saltos atrás y adelante, corrupciones de

los nuevos sistemas, que aumentarían los partidarios del antiguo, nobles

ideas bastardeadas por la mala fe, y el progreso casi siempre vencido en

su lucha con la ignorancia.

--Los días mejores--dijo señalando con su bastón el horizonte--, están aún

tan lejos que seguramente ni usted ni yo los veremos. La reforma es

lenta, porque el mal es grave y profundo, y sólo se ha de curar

trabajándose a sí mismo. Pienso vivir alejado de toda acción política.

Estoy abrumado de experiencias; he visto mucho; cumplí mi misión. Hay

mil caminos abiertos por donde pueden lanzarse los hombres nuevos. Los

que no lo son, deben quedarse a un lado mirando y viviendo. Mi ideal

está lejos. El tiempo le tiene tan guardado aún, que no se le vislumbra

aquí por ninguna parte. Pero vendrá, y aunque no hemos de ver esa

realidad, digna de ser admirada, desde aquí nos consuela el penetrar con

el pensamiento en un porvenir oscuro, y contemplar las hermosas

novedades de la España de nuestros nietos. En tanto, no puedo tener

entusiasmo como usted, porque no creo en el presente. Me parece que

asisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni silbo. Callo, y quizás me

duermo en mi luneta. No tengo que soñar en mi felicidad doméstica, que

es ya un hecho positivo; soñaré con ese porvenir lejano de nuestra

patria, con ese tiempo, querido amigo mío, en que la mayoría de los

españoles se reirá de la angelical inocencia política de usted.

-XXXI-

Basta ya.

Aquí concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeñado muy

imperfectamente, pero también de haberla terminado en tiempo oportuno

(váyase lo uno por lo otro) y cuando el continuarla habría sido causa de

que las imperfecciones y faltas de la obra llegaran a ser imperdonables.

Los años que siguen al 34 están demasiado cerca, nos tocan, nos codean,

se familiarizan con nosotros. Los hombres de ellos casi se confunden con

nuestros hombres. Son años a quienes no se puede disecar, porque algo

vive en ellos que duele y salta al ser tocado con escalpelo. Quédese,

pues, aquí este largo trabajo sobre cuya última página (a la cual

suplico que me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de la

bondad del público, añadiendo más cuartillas a las diez mil de que

constan los _Episodios Nacionales_. Aquí concluyen definitivamente

estos. Si algún bien intencionado no lo cree así y quiere continuarlos,

hechos históricos y curiosidades políticas y sociales en gran número

tiene a su disposición. Pero los personajes novelescos, que han quedado

vivos en esta dilatadísima jornada, los guardo, como legítima

pertenencia mía, y los conservará para casta de tipos contemporáneos,

como verá el lector que no me abandone al abandonar yo para siempre y

con entera resolución el llamado _género histórico_.

FIN DE LA NOVELA Y DE LOS EPISODIOS NACIONALES

Santander.--Noviembre-Diciembre de 1879.

En el breve Prólogo impreso a la cabeza de la presente edición me dejé

decir que tenía preparado un largo escrito sobre el origen e intención

de esta obra, los elementos históricos de que dispuse, y los datos y

anécdotas que recogí, comprendiendo además algunos desahogos _sobre la

novela española contemporánea_. Pronto me arrepentí de esta precipitada

oferta, y la tuve por grandísima tontería en la parte que se refiere a

juicios generales de crítica y a opiniones sobre el género literario que

más se cultiva en España. Y al desempolvar los papelotes en que estaba

el mal pensado y peor escrito _Ensayo_, me revolví airado contra mí

mismo por la pícara maña de ofrecer lo que en manera alguna puedo ahora

cumplir.

Me desdigo resueltamente, recojo mi palabra, y como en aquella

espontaneidad pueril no hubo nada de juramento, ni se trata de un caso

de conducta moral, espero quedar bien con mis lectores y con mi

conciencia. Y si me apuran, prefiero pasar por poco formal a meterme en

sabidurías y honduras de crítica, investigando las recónditas leyes de

la belleza o las mudanzas que el tiempo y la moda les imprimen, y

olfateando los caminos que este y el otro autor siguieron para su gloria

o descrédito. Para cumplir lo prometido sería preciso que me saliese de

las filas de la procesión y me pusiese a repicar. Hay escritores

dichosos que desempeñan admirablemente este doble trabajo, y andan en la

procesión y repican que se las pelan. Estos tienen el don maravilloso de

practicar el arte y de legislar sobre él, y son maestros en todo cuanto

cae debajo del fuero de la pluma. Sabe Dios que daría cualquier cosa por

que me infundiesen algo de su aptitud, aunque no fuera sino para salir

airoso en la ocasión presente; pero como esto no puede ser, me resigno,

y queda circunscrito el compromiso a la primera parte tan sólo de lo

ofrecido, es decir, que no tengo ya más obligación que hablar un poco de

cómo y cuándo se escribieron estas páginas. Esto me lo tengo muy sabido,

no es cosa de ciencia sino de experiencia; pertenece a la erudición

fácil y profunda de las propias acciones, y saldrá como una seda, sin

temor de opiniones adversas ni de que los descontentadizos lo tengan por

más o menos aproximado a la verdad; como que es la certeza misma.

A principios de 1873, año de grandes trastornos, fue escrita y publicada

la primera de estas novelas, hallándome tan indeciso respecto al plan,

desarrollo y extensión de mi trabajo, que ni aun había fijado los

títulos de las novelas que debían componer la serie anunciada y

prometida con más entusiasmo que reflexión. Pero el agrado con que el

público recibió _La Corte de Carlos IV_ sirviome como de luz o

inspiración, sugiriéndome, con el plan completo de los EPISODIOS

NACIONALES, el enlace de las diez obritas de que se compone y la

distribución graduada, de los asuntos, de modo que resultase toda la

unidad posible en la extremada variedad que esta clase de narraciones

exige. Cuatro novelas aparecieron puntualmente cada año con regularidad

de Almanaque, y en la Primavera de 1875 quedó terminada con _La Batalla

de los Arapiles_ la primera serie. Tantos lectores tuvo (dentro de la

cifra reducida de lectores españoles), que creí oportuno emprender una

segunda serie. Verdaderamente, la pintura de la guerra quedaba manca,

incompleta y como descabalada si no se le ponía pareja en el cuadro de

las alteraciones y trapisondas que a la campaña siguieron. El furor de

los guerreros de 1808 sólo había cambiado de lugar y de forma, porque

continuaba en el campo de las Conciencias y de las ideas. Esta segunda

guerra, más ardiente tal vez aunque menos brillante que la anterior,

pareciome buen asunto para otras diez narraciones, consagradas a la

política, a los partidos y a las luchas entre la tradición y la

libertad, soldado veterano la primera, soldado bisoño la segunda; pero

ambos tan frenéticos y encarnizados, que aun en nuestros días, y cuando

los dos van para viejos, no se nota en sus acometidas síntoma alguno de

cansancio.

Con _Un Faccioso más y algunos frailes menos_ quedaron terminados los

EPISODIOS NACIONALES, y no obstante las excitaciones de algunos

aficionados a estas lecturas, me pareció juicioso dejar en aquel punto

mi trabajo, porque la excesiva extensión habría mermado su escaso valor,

y porque, pasado el año 34, los sucesos son demasiado recientes para

tener el hechizo de la historia y no tan cercanos que puedan llevar en

sí los elementos de verdad de lo contemporáneo. Abrazan, pues, los

EPISODIOS NACIONALES veintinueve años, los cuales, de fijo, dieron de sí

más acontecimientos y produjeron más hombres, y, en una palabra,

hicieron más historia que todo el siglo precedente. Si damos valor a una

ilusión de tiempo, podremos decir que aquellos veintinueve años fueron

nuestro siglo décimo octavo, la paternidad verdadera de la civilización

presente, o del conjunto de progresos y resabios, de vicios y cualidades

que por tal nombre conocemos.

Por más que la generación actual se precie de vivir casi exclusivamente

de sus propias ideas, la verdad es que no hay adelanto en nuestros días

que no haya tenido su ensayo más o menos feliz, ni error al cual no se

le encuentre fácilmente la veta a poco que se escarbe en la historia

para buscarla. Todos los disparates que hacemos hoy los hemos hecho

antes en mayor grado. Y si parece que faltan ahora los grandes impulsos

que en otro tiempo determinaron hechos inmortales, es porque no se

producen las circunstancias que los estimulan; que si se produjeran,

aquellos impulsos saldrían. Y si no, que lo prueben de veras.

Es y será siempre un gran placer para toda generación el mirarse en el

espejo de la que le ha precedido inmediatamente. De esto, en primer

término, y de la circunstancia, feliz para mí, de no existir en la

literatura española contemporánea novelas de historia reciente, ha

dependido el buen éxito de estos libros y la estimación que por sus

condiciones literarias no habrían alcanzado nunca.

Esta obra fue empezada antes de que estuvieran en boga las tendencias en

literatura, al menos aquí; pero aunque se hubiera escrito un poco más

tarde, seguro que habría nacido limpia de toda intención que no fuera la

de presentar en forma agradable los principales hechos militares y

políticos del período más dramático del siglo, con objeto de recrear (y

enseñar también, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de

lecturas. Ni remotamente se me ocurrió mortificar poco ni mucho a los

naturales de un país enemistado con el nuestro en aquellos trágicos

días. La demencia patriótica que nuestros vecinos llaman _chauvinisme_

es tan contraria a mi manera de sentir, que me tengo por libre de tal

enfermedad ahora y siempre. Consigno aquí esta declaración como

respuesta, tardía sí, pero categórica a lo escrito en una célebre

revista de circulación universal por un discretísimo y malogrado

publicista francés, que al mismo tiempo que favorecía mi obra con

apreciaciones lisonjeras, indicaba que el autor de ella se proponía

concitar los ánimos de sus compatriotas contra Francia. De que en una o

varias novelas aparezcan pintados los sentimientos de los españoles de

1808 con la vehemencia que exige la propiedad histórica, no se puede

deducir que los presentes sintamos antipatía hacia una nación a la cual

nos unen hoy vínculos más fuertes que todas las alianzas políticas. La

proximidad entre ambos países es tan grande a causa del mutuo comercio y

de las fáciles comunicaciones; es tan incontrastable la influencia que

en nosotros ejercen las ideas, las costumbres, la industria y aun la

riqueza de nuestros vecinos, que aunque existiera aquí el _chauvinisme_,

los hechos lo curarían de golpe. Por lo demás, los franceses mismos, en

su literatura patriótica, no han sido nunca tan escrupulosos ni se han

parado en barras en lo de molestar con más o menos justicia a naciones

que han tenido con ellos algún altercado. Otros dos escritores

extranjeros, al ocuparse ligeramente del mismo asunto, han seguido el

criterio de Mr. Louis-Lande. A ellos dirijo también estas observaciones.

Lo que comúnmente se llama _Historia_, es decir, los abultados libros en

que sólo se trata de casamientos de Reyes y Príncipes, de tratados y

alianzas, de las campañas de mar y tierra, dejando en olvido todo lo

demás que constituye la existencia de los pueblos, no bastaba para

fundamento de estas relaciones, que o no son nada, o son el vivir, el

sentir y hasta el respirar de la gente. Era forzoso pedir datos a los

olvidados anales de las costumbres y aun de los trajes, a todo eso que

la tradición no sabe defender de las revoluciones de la moda, y que se

pierde en la marejada del tiempo, dejando rastro muy débil en los

archivos del Estado. Era indispensable pedir también auxilio a la

literatura anecdótica y personal, como Memorias y colecciones

epistolares. Pero de estos tesoros están muy pobres nuestras

bibliotecas. Son pocos los que han referido los lances verídicos de su

vida. Hay en nuestro carácter un fondo de modestia que perjudica a la

formación de la verdadera historia, y adolecemos además de falta de

sinceridad. Lo que llaman _vida pública_ es una fastidiosa comedia

representada por confabulación de todos, amigos y enemigos. La vida

efectiva no aparece nunca, y nos apresuramos a hacer desaparecer los

documentos de ella, arrebatando a la publicidad las cartas de personajes

fenecidos, por ese ridículo miedo a la verdad que es propia de los que

se habitúan a vivir en una atmósfera de artificios. De aquí la oscuridad

que envuelve sucesos casi recientes. Las cartas escritas _para el

público_ no llenan este vacío, y las verdaderas no salen nunca a luz, o

por la razón de falsos respetos, o quizás porque el público mismo no

manifiesta inclinación a esta literatura de verdad palpitante, y protege

con su demanda las cosas sobadas, compuestas y mentirosas. Poco o ningún

fruto obtuve, pues, de la literatura familiar.

La prensa periódica ha podido, en algún caso, prestar servicios al

novelista, aunque en las épocas de régimen autoritario es difícil

hallar en los papeles públicos un reflejo, ni aun siquiera pálido, de

la vida común. En cuanto a la _Gaceta_ de aquellos tiempos, justo es

reconocer que arroja gran luz sobre los sucesos de Turquía, Moscovia,

Transilvania y Galitzia, observando, respecto a lo que en Madrid pasaba,

una discreción tal, que no es posible imaginar papel más estúpido. Pero

donde menos se piensa hallamos un tesoro. El _Diario de Avisos_, que en

estupidez iguala a la _Gaceta_ y le supera en garrulería, ha sido para

mí de grande utilidad, por los infinitos datos de la vida ordinaria que

atesora... ¿dónde creeréis? en sus anuncios. En esta parte del periódico

más antiguo de España he hallado una mina inagotable para sacar noticias

del vestir, del comer, de las pequeñas industrias, de las grandes

tonterías, de los placeres y diversiones, de la supina inocencia de

aquella generación. Créanlo o no, digo que todo lo que en esta obra es

colorido, acento de época y deje nacional, procede casi exclusivamente

de los anuncios del _Diario de Avisos_. Para la ensambladura histórica

tuve siempre a la vista la historia anónima de Fernando VII, que se

atribuye a D. Estanislao de Koska Bayo, y para _Zaragoza_ los _Sitios_

de Alcaide Ibieca. Con esto, las _Memorias_ de algunos generales del

Imperio y otras historias menos conocidas y una buena dosis de buena

voluntad, que suple a veces la falta de ciertas facultades, salí del

paso como Dios me dio a entender.

Gran ventura habría sido para mí tropezar con testigos presenciales;

pero no habiendo hallado ninguno que pudiera contar hechos de la primera

época, tuve que fiar la empresa a las fatigas del trabajo inductivo y de

probabilidades, auxiliado por datos de tercera mano y referencias

incompletas o desvirtuadas. Después, al acometer la segunda serie, pude

obtener ventajas de la conversación con personas de tanto ingenio,

sagacidad y feliz memoria como el Sr. Mesonero Romanos y algún otro. En

las obras de este insigne fundador de la literatura de costumbres en

España, en las de Larra, Miñano, Gallardo, Quintana, etc., y aun en las

comedias, sainetes o articulillos de escritores oscuros, así como en

diferentes periódicos no políticos, sin excluir los de modas, he

allegado elementos indirectos para sortear las dificultades de empresa

tan ruda.

En la primera serie adopté la forma autobiográfica, que tiene por sí

mucho atractivo y favorece la unidad; pero impone cierta rigidez de

procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Difícil es

sostenerla en el género novelesco con base histórica, porque la acción y

trama se construyen aquí con multitud de sucesos que no debe alterar la

fantasía, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no

puede, las más de las veces, escoger a su albedrío ni el lugar de la

escena ni los móviles de la acción. Tales dificultades obligáronme a

preferir en casi todas las novelas de la segunda serie la narración

libre, y como en ellas la acción pasa de los campos de batalla y de las

plazas sitiadas a los palenques políticos y al gran teatro de la vida

común, resulta más movimiento, más novela, y por tanto, un interés

mayor. La novela histórica viene a confundirse así con la de costumbres.

En los tipos presentados en las dos series y que pasan de quinientos,

traté de buscar la configuración, los rasgos y aun los mohines de la

fisonomía nacional, mirando mucho los semblantes de hoy para aprender en

ellos la verdad de los pasados. Y la diferencia entre unos y otros, o no

existe, o es muy débil. Si en el orden material las trasformaciones de

nuestro país han sido tan grandes y rápidas que apenas se conoce ya lo

que fue, en el orden espiritual la raza defiende del tiempo sus

acentuados caracteres con la tenacidad que pone siempre en sus defensas,

ya lo sean de una ciudad, como en Numancia y Zaragoza, ya de una

costumbre, como se muestra en la perpetuidad de los Toros y de otras

mañas nacionales. No es difícil, pues, encontrar el español de ayer, a

poco que se observe el que tenemos delante.

Al pensar en la ilustración de esta obra, quise, como he dicho al

principio de la edición, que manos de otros artistas vinieran a dar a

las escenas y figuras presentadas por mí la vida, la variedad, el acento

y relieve que yo no podía darles. Poco tengo que añadir a lo que dije al

principio de la edición. Bien se ha visto que el plan primitivo ha

sufrido alguna mudanza. Anuncié que la ilustración total estaba a cargo

de dos artistas eminentes; pero las dificultades que en la práctica

ofreció lo excesivo del trabajo en obra tan extensa, obligáronme a

repartir la ilustración entre mayor número de artistas. Tuve la suerte

de que todos cuantos llamé en mi auxilio respondieron con entusiasmo;

todos han trabajado con fe, encariñados con la obra más de lo que esta

merecía. El resultado ha sido admirable. La habilidad de los insignes

pintores y dibujantes que han trabajado en esta edición, su entusiasmo y

mi constancia (que no quiero renunciar a la parte de gloria que me

toca), han producido una obra editorial de relevante mérito, un

verdadero museo de las artes del diseño aplicadas a la tipografía, y

marcan un verdadero progreso en el gusto nacional. Creo haber acertado

al preferir los facsímiles ejecutados sobre zinc a los antiguos

procedimientos del boj, pues si la madera bien trabajada da finezas y

matices, que en el clisé directo se obtienen pocas veces, en cambio este

reproduce fielmente la creación del artista, y traslada el acento, el

trazo, la personalidad. De aquí la seducción que ejerce en el observador

entendido un relieve de zinc cuando es de manos bien ejercitadas en el

lápiz o la pluma. Muy grande tiene que ser la destreza de un grabador

para arrancar de la madera efectos iguales, y sobre todo, para imprimir

con el buril ese sello de espontaneidad y frescura que en el clisé

directo compensa la tosquedad del trazo.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 18 / 19 段