Un reloj dio la hora. Eran las tres de la tarde. Ya en la puerta que el
Seminario tiene por la calle del Duque de Alba, los sicarios del lego
formaban un grupo imponente, montón de humanidad digno de un basurero,
en el cual brillaban aceros de navajas y burbujeaban blasfemias.
Gritaron, golpeando la puerta. Tablas se presentó, quiso mandar; pero no
le hicieron caso. Abriose la puerta, o franqueada por dentro o rota
desde fuera, que esto no se sabe bien. El populacho entró. Detúvose en
el vestíbulo ante una figura que estaba allí sola, imponente, inmóvil,
como imagen bajada de los altares. Era el Padre Sauri, joven, flaco,
pálido, valiente. La palidez, la energía de las facciones del jesuita,
sus ropas negras, su valor quizás contuvieron un instante al populacho.
Aquella repentina quietud parecía la perplejidad del arrepentimiento. El
jesuita dijo con voz sonora y conmovida: _¿qué queréis?_
Difícil era contestar a esta pregunta con palabras. Los sicarios no
sabían bien lo que querían. De entre ellos salió una voz que gritó:
_Queremos tu sangre, perro_. No fue preciso más. El Padre Sauri
desapareció. No puede describirse su horroroso martirio. De manos de los
monstruos pasó a las de unas cuantas harpías que le arrastraron hasta la
plazuela de San Millán, mutilando su cadáver en el sangriento camino.
En tanto los asesinos se difundieron por los inmensos claustros del
vasto edificio. Oíanse pasos precipitados y ayes lastimeros en lo alto
violentos golpes de puertas que se cerraban. Era jueves, y los
colegiales externos estaban en sus casas. Muchos jovenzuelos internos
fueron acometidos. Para saber si eran realmente colegiales o Padres
disfrazados de alumnos, los sicarios les quitaban el bonete buscando la
corona sacerdotal.
-XXVIII-
Aquella mañana había funcionado con mayor actividad que otros días el
aparato de trasmisión, establecido por D. Rodriguín entre su carpeta y
la de su amigo.
_--Amice, ¿exaudisti hodie susurrationes trapisondarum?_
_--Utique; videte carátulam Gratiani. ¡Quantum est ille canguelatus!_
_--Ecce Ferdinandez, vel a Ferdinando. Ille ahorcabitur cum capillo._
¡Quién le había de decir al juguetón estudiante que a las pocas horas de
estas bromas había de ver morir trágicamente al infeliz Fernández,
maestro dulce, tolerante amigo de los buenos alumnos y docto humanista!
Rodriguín le vio sorprendido por los sicarios al salir de su celda.
Espantado el jesuita ante el horrendo aspecto de la multitud, permaneció
un instante perplejo o inmóvil sin acertar a huir, ni a defenderse, ni
siquiera a traducir su terror en palabras. La plebe aprovechó aquel
momento. Fue devorado en un soplo como seca arista en el fuego.
Rodriguín bajó la escalera. Su temor le daba alas. En el patio vio matar
al Padre Artigas, bibliotecario, y al hermano Elola, ambos cazados
ferozmente a lo largo de los claustros, y siguiendo la dirección de
algunos escolares que huían, refugiose en la capilla doméstica. Allí
estaba el Padre Carasa con algunos colegiales rezando el rosario.
Rodriguín les vio a todos arrodillados pidiendo a Dios misericordia, y
quiso imitarles; pero sus piernas no podían doblarse y eran incapaces de
todo lo que no fuera correr, huir, desaparecer. Salió de la capilla. Era
todo pies. Bajó, volvió a subir, y en aquel viaje anheloso, semejante al
de la liebre perseguida, vio morir al Hermano Sancho, el que acompañaba
a Gracián en sus paseos y excursiones, y al Hermano coadjutor Ostolazo,
que pereció en el patio y fue arrastrado a la calle por las mujeres. El
pánico horrible redoblaba las fuerzas del macarrónico para correr. Subió
a los desvanes, pasó por el sitio a que él y los de su pandilla
nombraban _chupatorium_ por ser el escondrijo donde fumaban, y al fin se
encontró solo. Los rugidos de la plebe sonaban lejos abajo. Rodriguín,
al sentirse en salvo, perdió súbitamente las milagrosas fuerzas que le
habían hecho volar, y cayó sin sentido. La colosal energía contractil
que desplegara se concentró en su cerebro, haciéndole delirar. La fiebre
reprodújole los mismos peligros de que ya parecía libre, y vio los
puñales corriendo tras sí. Imaginose que corría con sobrehumana
presteza, sin poder apartarse de los ensangrentados aceros; imaginose
que subía a los tejados, seguido tan cerca por los sicarios que sentía
su abrasador aliento. Soñaba (pues como sueño eran sus figuraciones) que
se arrojaba de cabeza al patio, y que los sayones se arrojaban también
detrás de él. Después subía como desesperado gato por la cuerda de las
campanas, y por la misma vía subían también los puñales terribles. Luego
se lanzaba por el interior angosto y húmedo de las cañerías que recibían
el agua de los tejados, y la turba se precipitaba también por el
interior del tubo, haciendo un ruido semejante al del agua. Seguido
siempre y nunca alcanzado, pero tampoco en salvo, se precipitaba en la
iglesia, subía por las paredes, bajaba por los empolvados altares, y la
plebe subía y bajaba con él. Se metía al fin entre las hojas de los
misales, como una cinta de marcar, y allí, en aquel doblez seguro, le
seguían también las manos armadas de puñales. Las navajas brillaban
entre las doradas letras.
Refugiábase luego entre los vestidos de la Virgen, en el aceite de la
lámpara, en el recinto sagrado del copón; y en los vestidos, en el
aceite, en el copón, los tigres no se apartaban de él, siguiéndole sin
descanso y tocándolo sin llegar a cogerle... Al fin acabó este
espantoso delirio y quedó el escolar en inacción parecida a la de la
muerte. Cuando terminó aquel estado y cobró el conocimiento, hallose
tendido boca abajo en el suelo del oscuro desván. Puso atención a los
ruidos de abajo y le pareció que se alejaban. Arrastrándose trató de
subir al tejado y salió al fin aunque con dificultades, porque le dolía
una rodilla y movía muy mal el brazo derecho. Desde el tejado que daba a
la calle del Duque de Alba, vio la multitud que parecía abandonar el
edificio; pero él ni por todos los tesoros del orbe, fuera capaz de
descender al Colegio... Dos o tres gatos le salieron al encuentro, y
con tan buena compañía avanzó un buen trecho. El espacio vacío donde un
año antes estuviera la casa de D. Felicísimo, le detuvo en su penoso
viaje aéreo; pero dando algunos saltos llegó a una casa que parecía
brindar al pobre fugitivo seguro y cómodo asilo. Por una de las ventanas
de las bohardillas veíase ropa tendida; en obra había dos chicuelos que
se entretenían en izar banderas de toallas y servilletas a un asta de
caña, que muy bien amarrada en el antepecho estaba. Alrededor de este
cuadro revoloteaban pardas palomas que no lejos de allí tenían su
vivienda. D. Rodriguín indicó por señas a los chicos que iba a entrar
por el hueco de la bohardilla, con lo que ambos se asustaron y huyeron
adentro. Mas sin arredrarse por esto el atrevido estudiante escurriose
tejas abajo. Trepando gatunamente con los cuatro remos, penetró en la
casa. Una mujer y un señor mayor le salieron al encuentro; pero D.
Rodriguín no supo darse cuenta de lo que le dijeron, porque extenuado de
fatiga y perdidas las fuerzas, se arrojó sobre un montón de ropa blanca.
Dejémosle allí.
El Padre Gracián estaba tranquilo en su celda escribiendo algunas
cartas, cuando sintió el tumulto. Sin creer que este tuviera la
importancia que realmente tenía, pensó que la Casa y sus pacíficos
habitantes corrían peligro. Saliendo a la galería miró al patio, y lo
primero que vieron sus ojos aterrados fue el cadáver del Hermano
Artigas, bárbaramente acribillado. Retrocedió con espanto al interior de
su celda; sacó precipitadamente cartas y papeles, encendió lumbre, y en
poco más tiempo del necesario para contarlo, hizo un auto de fe que
redujo a cenizas preciosos documentos, cartas elocuentes fechadas en el
Carrascal, en la Amezcua, en la Borunda y en los Alduides, curiosísimas
notas y apuntes. Con el humo que se levantó en la celda llenándola toda,
sintió picor en los ojos y salió como quien llora. El santo varón quiso
revestir su fisonomía y su persona de las apariencias de severidad y
estoicismo que tan propias eran del momento, y aunque la proximidad y el
aullido de los asesinos hicieron palpitar de temor su corazón fuerte, se
sobrepuso a la angustia del momento y avanzó con paso seguro por la
galería. Encomendándose mentalmente a Dios, hizo propósito firme de no
perderse con una exhibición imprudente ni envilecerse con cobarde fuga.
A su lado pasó despavorido el Hermano Fermín Barba, que huía de los
sicarios. Gracián no se animó a seguirle ni se atrevió a detenerle.
Aturdido el infeliz Hermano, que había logrado ponerse a salvo de los
primeros perseguidores, cayó en manos de otro grupo no menos feroz,
mientras Gracián, sin salir de su paso acertó a encontrarse junto a la
puerta que conducía al coro de la Iglesia. Entró... Dos o tres,
estancias oscuras llenas de muebles viejos y de objetos de culto, de
esos que bien podrían llamarse decoraciones, tales como cortinas,
escalinatas, templetes, pabellones, piezas de monumento, etc., separaban
el coro del claustro alto. Los asesinos no habían penetrado aún allí.
Gracián llegó al coro, y arrodillándose junto a la barandilla, oró en
silencio, con las manos sobre los hierros y la frente en las coyunturas.
¿Se creía ya salvo y seguro? ¿Daba gracias o le pedía misericordia? ¿Le
ofrecía su vida, aceptando gustoso su martirio, que ni buscaba ni rehuía
para que fuese más meritorio? Imposible será sondear aquella alma en
momentos de tanta turbación. Pero si la apariencia y el rostro, el gesto
reposado y la lengua muda son señales de un espíritu fuerte y sereno,
Gracián tenía serenidad y fortaleza. O más bien sofocaba los estímulos
de ese instinto invencible que es quizás el sello de humanidad puesto a
las criaturas, instinto que nos encarece con elocuente modo las ventajas
de vivir, contrapesando los alientos del espíritu, ansioso a veces de la
muerte.
Así, cuando llegaron al coro, donde Gracián estaba solo con su
fortaleza, los bramidos de la plebe; cuando se oyó distintamente una voz
que dijo _por aquí_; cuando las pisadas de los asesinos sonaron en las
baldosas mismas del coro, Gracián no abandonó su recogida postura. Fue
preciso, para hacerlo mover, que una mano descortés y ensangrentada le
tocase en el hombro. Volvió la cabeza, vio a Tablas con aires de capitán
matón, armado de pistolas y cuchillo... Entonces el hombre se sobrepuso
bruscamente al asceta. Dentro de Gracián estalló una mina de
indignación. No supo lo que hacía, y sus fuerzas hercúleas asumieron
todas sus facultades, oscureciendo al filósofo, al místico, al clérigo,
para revelar el gigante.
En el coro había, junto al facistol grande, otro pequeño, pero
suficientemente pesado para que no lo levantase con facilidad un solo
hombre. Gracián lo cogió con formidable y rápido movimiento. Parecía que
arrancaba un árbol del suelo, y al levantarlo asemejose a San Cristóbal
apoyado en su palma. Estrépito de carcajadas acogió este movimiento.
Fulminando ira de sus ojos, Gracián gritó: _¡Canallas!... ¡Masones!_ y
alzando el mueble apuntó a la cabeza del capitán de la vil tropa...
Pero en mitad de su movimiento fue herido en el costado con golpe
certero, instantáneo. Vaciló en el aire el facistol. El mueble y el
cuerpo enorme del clérigo cayeron de un golpe. Estremeciose el piso.
Inmóviles y espantados los asesinos, contemplaron el cuerpo a la
distancia del terror.
--Era el peor de todos--murmuró sordamente López, apartando sus ojos de a
víctima.
Salieron. Un instante después reinaba en el coro y en la Iglesia, en
torno a lo que fue Padre Gracián, el silencio del olvido.
-XXIX-
Tan turbado estaba D. Rodriguín, que las primeras palabras salidas de su
boca fueron un latinajo incomprensible. No acertaba a pedir socorro en
castellano ni a expresarse tampoco en vulgar latín.
--Ya, ya sabemos lo que usted desea--dijo cariñosamente el señor mayor,
poniéndole la mano en el hombro--. Usted viene huyendo de la degollina de
San Isidro... Aquí no hay que temer... Sola, querida hija, a este
caballerito le vendrá bien una taza de caldo.
--_Utique... gratias agere..._
--O un vasito de vino blanco con bizcochos.
--Mejor vino que caldo--dijo entonces en claro español el estudiante.
Y no se saciaba de mirar al señor de los espejuelos de oro, y a la
joven, y a los chicos, que no menos espantados que él le rodeaban.
Sola (pues no era otra la señora de aquella casa) salió en busca del
reconfortante, y D. Rodriguín, ya completamente recobrado el sentido,
pudo reconocer a D. Benigno.
--Ya sé donde estoy--dijo--. Ya sé que debo esta hospitalidad a don Benigno
Cordero y a su digna esposa.
--No es esta señora mi mujer--replicó el de Boteros algo amostazado--,
aunque sí lo fuera nada tendría de particular... Esta casa, no es mi
casa, es de un amigo que está ausente, es del esposo de esa dignísima
señora, ¿entiende usted?... Vamos a otra cosa... Podrían verlo a usted
desde el tejado, si a los sicarios se les antoja subir para que no
queden vivos ni los gatos... ¡qué horrible día, Virgen del Sagrario!...
Bajemos, señor subdiácono...
--No soy subdiácono, sino colegial--dijo Rodriguín, siguiendo a don
Benigno 24 por la escalera abajo--. _Suum cuique_.
La casa no era de vecindad. Tenía dos pisos altos, ocupados por un solo
inquilino. Demasiado grande para un soltero, era tal que para un casado
sin hijos, sobraba más de la mitad. Sola se instaló en ella desde el día
de su boda para limpiarla y tenerla en tal disposición que todo lo
hallase a punto su marido cuando viniese. Una criada elegida por ella,
Juanito Jacobo y el criado que Salvador había dejado en la casa, daban
compañía y custodia a Sola por la noche, y por el día D. Benigno, su
hermana y sus hijos mayores apenas salían de allí. Todos ayudaban a la
grande obra de la limpieza y buena distribución de los muebles, al
adorno y arreglo de la casa, que estaba primorosa. No faltaba en ella
más que una cosa, el amo. Esperábanle cada semana, cada día, cada hora.
Se habían recibido cartas suyas. Su esposa no cesaba de cavilar y de
calentarse el cerebro, ya contando horas y minutos, ya imaginando
obstáculos, o bien discurriendo el modo de ir al encuentro de su cara
mitad, cosa harto difícil ciertamente por no saber qué camino traía.
El cólera había llenado de consternación y luto el alma de la señora,
afectando también a sus leales amigos. Más que por sí mismos, temían
ella y ellos por el ausente. ¡Santo Dios, si la epidemia le atacara en
el camino!... ¿Tendría Dios dispuesto que no llegara a disfrutar el bien
por tanto tiempo esperado?
--Lo peor de todo--decía Cordero, constante en su entrañable afecto--,
sería que Dios te llevase a ti antes o después de que tu marido viniese,
porque entonces... Y... yo pregunto: «¿dónde se encontrará otra Sola?»
Y añadía para sí:
--Si esta idea no implicara la pérdida de un ser tan querido, me
regocijaría con ella... ¡Qué chasco para el amiguito! ¿eh?... ¡Pero no,
Señor Dios Poderoso! ¡Barástolis, no! Antes de matarla a ella, mátame
tres veces a mí, y que mi salvación me consuele de su felicidad.
El tremendo día 16 fue para todos los que en aquella casa habitaban, día
de grandísima angustia, por la proximidad de la catástrofe. Reproducir
aquí los apóstrofes que de su venerable boca echó D. Benigno al ver la
matanza, las observaciones atinadísimas que hizo acerca de las justicias
populares y del aborrecido imperio del vulgo, fuera imposible, sin dar a
este relato dimensiones desproporcionadas. Puede ser que todos estos
dichos sean recogidos escrupulosamente por algún cachazudo historiador
que los perpetúe, como sin duda merecen.
Por la noche, cuando el barrio quedó tranquilo y se supo la verdad de lo
ocurrido, viendo el hecho en todo su horror, el héroe no daba paz a la
lengua para maldecir a aquel indolente Gobierno, que tales crímenes
había permitido, si no por expreso consentimiento, por pereza y descuido
casi tan execrables como el consentimiento mismo. Y aquí tenía el
compadecer a la libertad, deplorando que su causa estuviese en tales
manos, y el sacar a relucir ejemplos de Grecia y de Roma para sentar el
principio de que las manos bárbaras y sucias del vulgo envilecen cuanto
tocan y destrozan aquello mismo que quieren defender.
D. Rodriguín oía esto y callaba, admirando la elocuencia del buen señor;
pero como las palabras carlista y liberal saliesen a relucir, tal vez
impensadamente, en la perorata de Cordero, encrespose el colegial,
cambiáronse serias réplicas y reticencias, y trabose al fin una
disputilla que no se sabe a dónde habría parado, si Sola no ordenase el
silencio para restablecer la paz. Al día siguiente, D. Benigno dijo a su
amiga con mucho misterio:
--Es preciso mandar a su casa a este subdiácono. Es un espía carlista...
¡Barástolis! tan bueno es Juan como Pedro, y entre las chaquetas de los
desalmados y las sotanas de estas culebrillas no se sabe qué escoger.
Dicho y hecho. Avisose a la familia del colegial, y vestido este de
seglar abandonó la casa, aunque ningún peligro había ya de que saliera
en traje eclesiástico. Despidiose chuscamente hasta las _kalendas
carolinas_, a lo que contestó el héroe con disparates latini-parlantes,
que también se le alcanzaba algo de macarronismo.
Al ver Sola que pasaba un día y otro, que arreciaba la epidemia, que se
cometían asesinatos horrorosos a ciencia y paciencia de las autoridades,
pareciole que el Universo se descuajaba, que la máquina social y física
del mundo se hacía pedazos, y que por jamás de los jamases se vería al
lado de su legítimo dueño y consorte. Amarga tristeza se apoderó de
ella, y no se le ocurría pensamiento alguno que no fuese de muerte o
duelo. Pensó salir de Madrid, corriendo a la ventura en busca del esposo
que Dios y la ley le habían dado; pero Cordero le quitó de la cabeza
esta atrevida idea, impropia de persona tan razonable. Durante tres días
el héroe no se ocupaba más que de reunir datos para escribir una memoria
sobre el sangriento acontecimiento del día 16, y buscaba referencias,
interrogaba a los testigos oculares, bebía en las mismas fuentes de la
verdad histórica, perseguía detalles, frases, accidentes mil, y esas
pequeñeces de que tanto jugo suele sacar la diligente Clio. Escudriñando
tan escandalosos sucesos, vio que a los horrores del colegio Imperial y
de Santo Tomás habían excedido los de San Francisco el Grande, donde
perecieron a navajazos cincuenta individuos. En la Merced Calzada
también fue grande el estrago. De los de San Francisco dio noticias
prolijas el menguado Rufete, que estaba de guardia aquel día y adquirió
cierta fama no envidiable, por haber dado seguridades al general de la
Orden de que nada ocurriría en la casa, y haber poco después permitido
el libre paso de los viles asesinos. Rufete desfiguraba los hechos para
velar su cobardía, que quizás, o sin quizás, más que cobardía, fue
complicidad con los infames asesinos. El oficialete declaraba haber
salvado de la muerte a muchos franciscanos; pero los que lograron salir
vivos de la infame jornada aseguraban que en el momento del conflicto no
se vio al señor oficial por ninguna parte. Había razones sobradas para
afirmar que el Sr. Rufete hubo de esconderse en los sótanos del
edificio, no dando señales de vida hasta que, muerta ya media comunidad,
apareció muy fiero, echando ternos y venablos contra la _pillería_.
Todos estos datos, noticias y versiones las iba recogiendo Cordero de
los mismos héroes de la tragedia, para poner luego a cada cual en el
lugar que le correspondía. Es indudable que el exaltado Rufete ocupó el
que por sí mismo eligiera en lo más crudo del degüello, es a saber, la
alcantarilla.
Faltara a todas las exigencias de la Historia el buen Cordero, si
omitiera lo que se dijo de envenenamiento de aguas, y la parte que tuvo
en esta brutal creencia la bendita y entonces malhadada _tierra de San
Ignacio_. Este ingrediente desempeñó en aquellos sucesos terribles un
papel de primer orden. Fue arma odiosa de la mala fe, de la ignorancia,
y absurdo pretexto, ya que no causa, de uno de los más feos crímenes
políticos que se han cometido en España. Conocemos la víctima y el
grosero instrumento. La mano, ¿qué mano era y dónde estaba? ¿Creeremos
en el espontáneo error del populacho y en un movimiento instintivo y
ciego de su barbarie?... Difícil es creer esto. Pero el aguijón que
inquietó al bruto, haciéndole morder y cocear, quedó escondido en el
misterio. ¿Fue el degüello cosa resuelta y ordenada en círculos oscuros,
ávidos de maldad y escándalo? También es difícil asegurar esto, que por
su enormidad se resiste a la razón humana. La Fatalidad, causa cómoda de
los hechos oscuros, y luz mentirosa de lo que no puede alumbrarse, se
presenta aquí reclamando su página, la página a que le dan derecho las
perplejidades del narrador y el convencionalismo de la Historia...
Bienvenida sea esa madrastra Fatalidad, que tan bondadosamente se presta
a adoptar todo hijo abandonado, por lo general feo y enclenque, a quien
rechaza la misma Lógica que en las tinieblas lo engendró.
Rumores corrieron de que el bondadoso Padre Alelí había perecido en las
ferocidades del 16. Esto no resultó cierto por fortuna. Hallábase el
anciano en la enfermería de su convento, ya completamente perturbado y
sin juicio, cuando acaecieron los asesinatos. De nada se dio cuenta.
Cordero le acompañaba un buen rato todos los días, hasta el de su
muerte, la cual fue por lo tranquila y suave, casi inadvertida. Una
siesta más larga que las de costumbre ocultó el momento de su tránsito,
ocurrido a fines de Julio.
Nazaria murió del colera al siguiente día de la matanza. Heredó Tablas
su mal; pero por aquel don de inmunidad que acompaña, según un viejo
refrán, a la mala hierba, el animal venció a la epidemia asiática, o
esta quizás asustose de él, dejándole libre, aunque muy bien recomendado
a un cáncer que le tomó por su cuenta algunos años adelante. Por
Romualda, a quien hallamos una mañana subiendo casi a gatas la empinada
escalera de una casa de la calle de la Ruda, supimos que López llevaba
con poca resignación su desgracia. Romualda subió tanto y tanto, que una
noche la hallaron detenida en el peldaño octogésimo. Estaba prosternada,
como besando la escalera. Tanto subió que sin pensarlo había llegado al
cielo. López fue al hospital. Que murió no puede dudarse, por la índole
incurable de su mal, pero nadie sabe cuándo ni cómo se extinguió aquella
miserable vida, ni hay noticias del lugar de su sepultura. Acabó en el
misterio, enteramente a solas si no le acompañaran el dolor y su
conciencia, única compañía que le cuadraba.
-XXX-
Era sábado. Habían pasado seis días desde el nunca bastante execrado 16
de Julio, y Sola, desesperanzada ya y sin sosiego, incapaz de encontrar
un consuelo en su propio pensamiento, convocó a los amigos en familiar
consejo. Crucita opinó que no debía pensarse ya en que aquel endiablado
hombre viniese; los chicos mayores se ofrecieron a salir y recorrer toda
la Península para buscarle, y D. Benigno propuso que se fueran todos a
los Cigarrales donde le aguardarían más tranquilos, libres de la zozobra
que embargaba el espíritu de todos en la Corte y Villa.