No he de ocultar que la escasez de medios industriales en nuestro país

ha sido parte a mermar los efectos que habrían podido obtenerse en esta

ilustración, utilizando todos los progresos que la zincografía ha

realizado últimamente en Europa. Pero en la ruda campaña que ha sido

preciso sostener con la carencia de elementos materiales se ha llegado

hasta donde se ha podido, y sólo han cesado los esfuerzos ante el

convencimiento de no poder avanzar más en esta senda de asperezas y

entorpecimientos de todas clases. Se ha ido hasta el fin del terreno

conocido en nuestra limitada vida industrial, no retrocediendo sino

cuando era humanamente imposible dar un paso más. La tristeza que

produce el no haber llegado a la perfección se atenúa con la idea de

haber puesto los cinco sentidos y los recursos todos en la empresa, y

con la seguridad de que otros llegarían hasta donde hemos llegado: pero

no más allá.

Cuatro años y medio ha durado la publicación, plazo relativamente corto

y que aún lo parecerá más si se atiende a que la obra consta de

_quinientos veintiocho pliegos_, a que ha sido preciso obtener de

nuestros artistas, algunos de ellos avecindados en Barcelona y en el

extranjero, mil doscientos dibujos próximamente, enviarlos fuera de

Madrid casi siempre, para la elaboración de los clisés, y estampar al

fin estos con la prolijidad y el esmero que exige tal trabajo. Los que

conozcan de cerca las faenas tipográficas y además hayan visto

experimentalmente los horizontes que tiene en España el comercio de

libros, se pondrán de mi parte cuando me oigan repetir lo que dijo

primero el loco de Cervantes y después Pereda en esta forma: _«no es

para todos la tarea de hinchar perros en esta catadura»_.

Los nombres de los colaboradores artísticos de esta edición, pintores

eximios los unos, dibujantes habilísimos los otros, van a la cabeza de

los diez tomos. Estos nombres, algunos de los cuales gozan ya de

universal fama, y los demás la obtendrán seguramente, son demasiado

conocidos y no necesitan que se les haga aquí un panegírico. Poco

añadirían a su reputación mis encarecimientos, que, por otra parte,

parecerían quizás interesados. Es ocioso encomiar lo que está a la

vista. Ponerse a describir bellezas fácilmente apreciables por cuantos

tienen ojos y gusto es más de _cicerone_ que de crítico. Penetrad por la

primera página, salid por la última después de haber recorrido esta

inmensa galería, y tengo por cierto que haréis justicia, sin necesidad

de apuntador, al ingenio, la fuerza de expresión y la gracia con que el

arte del dibujo ha hermoseado estas pobres letras.

Otros colaboradores ha tenido, en esfera más modesta, la presente

edición, los cuales nadie conoce, y que, no obstante, merecen que sus

nombres sean sacados de la oscuridad. Yo lo haré como recompensa a los

constantes esfuerzos, a la inteligencia y buena voluntad con que han

coadyuvado al éxito de este difícil trabajo. Servicios, tan útiles no

son los menos importantes, ni la parte de gloria que les corresponde en

el resultado total es la más pequeña. Merece, pues, una mención aquí el

encargado de los trabajos tipográficos de la edición, D. Guillermo Cano,

por cuyas manos han pasado todas mis obras desde _La Fontana de Oro_

hasta la última que he compuesto, y todas las ediciones, grandes y

chicas, buenas y malas que de ellas se han hecho. La tirada de los

EPISODIOS NACIONALES ilustrados y de sus innumerables grabados ha sido

hecha con el mayor esmero, desde el principio hasta el fin, por el

maquinista D. Antonio López.

Creo haber dicho todo lo que tenía que decir, cumpliendo la oferta de

marras, y pagando el acostumbrado tributo de cortesía a un público con

el cual se ha estado en comunicación no interrumpida durante muchos

años. A este público que me admitió la edición primitiva de estos

libros, que recibe bien la ilustrada, y que tal vez, andando el tiempo,

no ponga mala cara a otra, presentada en forma y condiciones diferentes,

debo gratitud eterna. Mientras su favor me dure, yo no he de pecar de

ingrato ni de perezoso. Este es el único poderoso de la tierra, cuya

munificencia no tiene límites y cuyos dones se pueden admitir siempre

sin ofensa del decoro, porque es el único que sabe y puede ser Mecenas

en los tiempos que corren. Cuando el favor desmaye y observe yo en el

inmenso semblante asomos de ceño o de cansancio, me dejaré caer poco a

poco del lado de la oscuridad, hasta quitarme de en medio completamente,

siempre con la debida reverencia.

Madrid.--Noviembre de 1885

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 19 / 19 段