mi primo y Rufetillo... yo siempre le llamo Rufetillo... no son
espeluznantes. Gritos y bulla nada más... Puede ser que haya algunos
palos, pero esos no caerán sobre las costillas de ningún eclesiástico.
Siempre se los encontrará algún desdichado que no lo coma ni lo beba. En
esa reunión secreta no hay hombres de gran empuje, ni conspiradores
temibles, ni jacobinos de tente tieso. El más enredador de todos ellos,
el viborezno D. Eugenio Aviraneta ha desaparecido misteriosamente,
cuando más enfrascado parecía en sus intrigas. Y ahora dicen que está
con los carlistas.
Gracián levantó un pisapapeles que en la mesa de su escritorio oprimía
varias cartas. Tenía aquel objeto la forma de un pie de cabrón, y
habiendo salido ileso de los escombros de la casa de D. Felicísimo,
Pipaón lo regaló al padre Gracián como recuerdo de su amantísimo suegro,
que era amigo íntimo del jesuita. Este miró la carta que bajo el pie de
cabrón estaba y dijo:
--Aviraneta llegó a Tolosa de Francia. Me escribe con fecha del 13. Ya ve
usted que le confío mis secretos.
--Y ya sabe Vuestra Reverencia que soy un sepulcro--replicó Cordero
levantándose--. Muchas felicidades y pocos sustos.
Despidiose y fue a ver a Jenara, esperando hallar en su casa las
noticias que no pudo o no quiso darle Gracián. La dama estaba preparando
sus maletas para huir de Madrid y de la epidemia que empezaba a difundir
horroroso pánico en los habitantes de la Villa. De los informes que
Cordero buscaba, nada podía darle Jenara, porque nada había sabido
después de la salida de su esposo enfermo y demente del hospital militar
de Pamplona.
La señora no pensaba más que en huir, huir de aquel azote de Dios que
había empezado hiriendo a los pobres y pronto descargaría sobre los
ricos. Ya había casos, sí, ya había casos de gente acomodada. Un
consejero jubilado, la señora de un Alcalde de Corte, un exento de
guardias, un oficial de correos y un poeta habían caído el día
anterior... ¡Bendito Dios! los que no eran pobres tenían al menos el
recurso de la fuga, siempre que el cólera no fuera con ellos, invisible,
en la zaga del coche, como solía acontecer. Jenara tenía mucho miedo a
la muerte, señal de turbada conciencia; pero ella se esforzaba en
aparecer serena y animábase con sus propias sonrisas, como el soldado
cobarde con sus propias bravatas. Iba, venía, recogiendo ropas, llenando
baúles, haciendo y deshaciendo paquetes, dictando órdenes; contando su
dinero y apuntando encargos. Contestaba breve y fríamente a D. Benigno;
pero cuando este le habló de su matrimonio de fórmula, mediante poder de
un novio ausente, volviose a él con brusco impulso y le dijo:
--¿Por qué no me buscó usted para madrina?... No, no guardo yo rencor.
Deseo perdonar y que me perdonen... Eso de darse las manos con cien
leguas de por medio no está en mis libros... ¡Qué matrimonio tan
desgraciado, D. Benigno! Dios quiera que el cólera no separe más a
marido y mujer.
--¡Señora, por amor de Dios!...
--No crea usted que es mala intención. Es lo contrario... Les deseo toda
clase de felicidades. No crea usted que soy mala... ¡Y ahora que el
hallarse en pecado mortal es tan peligroso!... No, no, reconciliación,
piedad, perdón, amor a todos, conciencia limpia, ese es mi tema. ¿Es
cierto que ha muerto anoche mucha gente?
--Mucha, replicó Cordero observando la palidez que el miedo pintaba en el
agraciado rostro de Jenara.
--No me lo diga usted... Esta tarde me voy. Me confesaré primero. ¿No
cree usted que es buena idea?
--Me parece muy acertada.
--Vivimos casi de milagro.
--Es verdad. Ya que nos coja, que nos coja confesados--dijo Cordero con
algo de sorna.
--Sí, sí... Paz con todo el mundo, paz con Dios...
Pronunció estas palabras con gran zozobra, y siguió ocupándose con
febril actividad en sus preparativos de viaje. Los objetos se le caían
de las manos; equivocaba una cosa con otra; empaquetaba ropas que debían
quedar en la casa, y ponía bajo llaves lo más indispensable para el
viaje.
Fueron llegando unos tras otros los amigos, noticiosos de su viaje. La
veían partir con sentimiento, y ella por su parte les abandonaba con
tristeza, porque la tertulia era el encanto de su vida, y el charlar de
cosas de gobierno la más regalada comidilla de su travieso espíritu.
¿Nombraremos a aquellos señores? Más vale que no, porque algunos han
vivido hasta hace poco; la mayor parte han ocupado altísimos puestos, y
todos llevaron, cual más cual menos, piedra y cascote al edificio de un
partido tan poderoso como impopular. Como nada es duradero en el mundo,
el cielo quiso que a aquel edificio le llegase como a la casa de D.
Felicísimo, su día final, y hoy crece en sus rotos muros el _amarillo
jaramago_, y sus huecos _son ¡ay! de lagartos vil morada_.
Entonces, en los tiempos verdes del gran Martínez de la Rosa, daba gozo
ver la juventud lozana de un partido que hoy es vejete decrépito con
lastimosas pretensiones de andar derecho, de alzar la voz y aun de
infundir algo de miedo. Entonces se nutría de hábiles retóricas, de
erudición doctrinaria carlista, y hacía esgrima de sable con el brazo
valentón y pendenciero de jóvenes oficiales granadinos. En el seno de
este partido, que en un tiempo se llamó de _los sabios_ y en sus albores
se llamó de los _anilleros_, había gente de gran mérito, aleccionados
los unos en la práctica estéril de liberalismo, otros algo amaestrados
en el arte político que faltaba a los liberales. Ellos fueron los
primeros maquiavélicos ante quienes sucumbió la inocencia angélica de
aquellos candorosos doceañistas que principiaban a no servir para nada.
A falta de principios tenían un sistema, compuesto de engaño y energía.
Su credo político fue una comedia de cuarenta años. Su éxito debiose a
haber vigorizado el principio de autoridad, y su descrédito o
impopularidad a haber impedido el desarrollo progresivo de las ideas. En
religión eran volterianos, y en sus costumbres privadas enemigos de la
templanza; pero tenían un _coram vobis_ de santurronería que hacía el
efecto de ver la silueta de Satanás en la sombra de un confesonario. Uno
de los primeros elementos de fuerza que allegaron fue el clero, a quien
adulaban, disponiéndose, no obstante, a comprar por poco dinero sus
bienes, cuando los progresistas los arrancaron de las manos que llamaban
muertas. A excepción de dos o tres individualidades de intachable
pureza, eran gente de economías, y andando el tiempo, con las compras de
bienes desamortizados, formaron una aristocracia que poco a poco se hizo
respetable, y en la cual hay muchos marqueses y un formidable elemento
de orden. En lo militar fueron poco escrupulosos, y se les ha visto
pronunciarse con naturalidad y hasta con gracia.
En los días de nuestra narración presentaban el grato aspecto de un
ejército joven, lleno de bríos y de valor. Su programa de moderación
contrariaba a mucha gente. Aquel habilidoso sistema de ser y no ser, de
equilibrarse entre el absolutismo y los liberales, valiéndose de los
unos contra los otros, de prometer y no cumplir, de encubrir con
fórmulas, retóricas y dicharachos hoy desacreditados, pero entonces muy
en boga, el lazo de la arbitrariedad y el espadón de la fuerza, dio
resultados en época de tanta inocencia política, cuando la libertad era
como un niño generoso y no exento de mimos, más fácil de engañar que de
convencer.
La tertulia de Jenara fue el centro donde las aspiraciones de aquella
gente lista empezaron a tomar cuerpo. Allí fue precisándose el sistema y
haciéndose práctico. Allí se establecieron relaciones que no habían de
romperse sino con la muerte y se conocieron y se escogieron, digámoslo
así, los hombres. Los jóvenes tomaron de los viejos el saber astuto y
estos de aquellos el desenfado y el vigor. Humanamente considerada,
aquella gente tenía una superioridad especial que ha sido la causa de su
dominio durante un tercio de siglo: era la superioridad de los modales,
cosa importantísima en nuestra edad. Había en aquellos tiempos como una
línea divisoria clara y precisa que separaba en dos grandes mitades el
inmenso personal político, creado por las revoluciones. En el trazado de
esta línea tenían alguna parte las tijeras de los sastres. No había
término medio, y fue lástima grande que tantas ideas generosas y
salvadoras no pudieran por fatal destino, emanciparse de la grosería,
del mal vestir y peor hablar.
Por esto el advenimiento de la clase media fue laborioso y pesado.
Aquella clase, frailunamente educada, no supo echar de sí ciertas
asperezas, por lo que sólo prevalecieron en la vida pública los pocos
que supieron ponerse el frac.
Despidieron a Jenara aquel día, 16 de Julio de 1834, y se retiraron
todos, los unos a su oficina, pues casi todos eran empleados, los otros
a dormir la siesta. Todavía en aquellos tiempos se dormía la siesta, y
al día siguiente de aquel 16 da Julio fue cuando la Providencia dispuso
que el Gobierno durmiera una siesta célebre.
La dama partió llena de pena y miedo, de miedo porque ignoraba si
alejándose de Madrid se alejaría del aire ponzoñoso; de pena, porque
dejaba su vida dulce y regalada, sus tertulias llenas de amenidad o
interés, su influencia en el partido dominante, y quizás, quizás algo
que más vivamente interesaba a su corazón. Renunciar al brillo de su
ingenio y hermosura, a las adulaciones de la pequeña corte masculina que
la festejaba un día y otro día; abdicar esta corona y huir de la capital
de su reino de galanterías para sepultarse en un rústico lugarón donde
no había de tener más solaz que lecturas insípidas y donde había de
recibir la noticia del fin tristísimo de su marido, era fuerte cosa para
un corazón amigo de impresiones lisonjeras, para una fantasía siempre
joven y siempre soñadora, para una conciencia alarmada.
Esta mujer acabó ya para nosotros. Dentro de los límites señalados a
estas historias, no cabe ya el resto de su vida llena de accidentes, y
que no tomarán por modelo los cenobitas ni los que se propongan ser
santos o algo que a santos se parezca. Sólo diremos, que vivió muchos
años y que a los sesenta todavía era guapa. Ingeniosa, amable y algo
intrigante, lo fue hasta los setenta, y durante dos años más fue un
modelo de devoción cristiana y de edificante trato con clérigos y
cofradías, hasta que Dios quiso llevársela de este mundo. No se le cayó
la casa encima como a D. Felicísimo, sino que murió de repente hacia el
último tercio del 68, si no están equivocadas las crónicas.
Aquel día (volvemos a nuestro 16 de Julio del 34), D. Benigno fue el
último que le apretó la mano. Después el héroe dio una vuelta por la
calle de Toledo y plazuela de la Cebada, porque oyó decir que había
agitación en aquellos barrios y gustaba de curiosear. Un espectáculo
horrible le detuvo en su excursión. Vio asesinar cruelmente a un chico
por echar tierra en las cubas de los aguadores. Esta travesura frecuente
entonces, se castigaba comúnmente a pescozones. Las cosas habían
variado, y los ángeles traviesos eran tratados como los mis grandes
criminales. Cordero retrocedió para entrar en la calle del Duque de
Alba, y en la de los Estudios recibió un testarazo que le hizo saltar de
la acera al arroyo. El duro objeto que le embistió era un ataúd. Un
hombre le llevaba sobre su cabeza, dando porrazos a cuantos transeúntes
hallaba en su camino.
--¡Bestia!--gritó Cordero.
Al punto reconoció a Tablas, y suavizando la voz le preguntó:
--¿Para quién es, hermano?
--Para aquella, para aquella--replicó López sin detener el paso. Cordero
vio algunas mujeres que lloraban.
-XXVII-
Desgreñada, lívida, con los ojos chispeando furia, las manos
temblorosas, los dedos tiesos y esgrimidos al modo de cuchillos, la boca
seca, por ser las voces que de ella salían más bien ascuas que palabras;
más parecida a demonio hembra que a mujer, estaba Maricadalso en la
puerta de una casa humildísima de la calle del Peñón. Sus gritos
pusieron en alarma a la calle toda, como las campanadas de un incendio,
y por ventanas y puertas aparecieron los vecinos. ¡Qué caras y qué
fachas! El gritar de Maricadalso era por momentos lastimero y dolorido,
a veces amenazador y delirante. Sus cláusulas sueltas, saliendo de la
boca en chispazos violentos, no entran en la jurisdicción del lenguaje
escrito, porque lo característico de ellas dejaría de serlo al separarse
de lo grosero. Palabras eran de esas que matizan y salpimentan las
disputas populares; equivalen al siniestro brillo de la navaja en el
aire y al salpicar de sangre soez entre las inmundicias que de un
corazón rudo salen a una boca sedienta de injuria. Entre lo que no puede
reproducirse se destacaban estas frases.--¡Mi hija muerta!... ¡Cosas
malas en el agua!... ¡Esos pillos!...
Muchas damas de candil, vestigio envilecido de las que inmortalizó D.
Ramón de la Cruz, rodearon a Maricadalso. Una harpía que grita en medio
de la calle del Peñón o de otra cualquiera de aquellos barrios, tiene la
seguridad de llevar el convencimiento más profundo al ánimo de su
auditorio, sobre todo si lo que dice es un disparate de esos que no
entran jamás en cabeza discreta. Con mágica rapidez, todas las mujeres
que rodearon a Maricadalso se asimilaron las opiniones y sentimientos de
esta. El pueblo es conductor admirable de las buenas como de las malas
ideas, y cuando una de estas cae bien en él, le gana por completo y le
invade en masa. Bien pronto la harpía individual fue una harpía
colectiva, un monstruo horripilante que ocupaba media calle y tenía
cuatrocientas manos para amenazar y doscientas bocas para decir: _¡Cosas
malas en el agua!_
Quien no piensa nunca, acepta con júbilo el pensamiento extraño,
mayormente si es un pensamiento grande por lo terrorífico, nuevo por lo
absurdo. Aquel día habían ocurrido muchas defunciones. Varias familias
tenían en su casa un muerto o agonizante. En presencia de una catástrofe
o desventura enorme, al pueblo no le ocurren las razones naturales de lo
que ve y padece. Su ignorancia no lo permite saber lo que es contagio,
infección morbosa, desarrollo miasmático. ¿Y cómo lo ha de saber la
ignorancia, si aún lo sabe apenas la ciencia? El pueblo se ve morir con
síntomas y caracteres espantosos, y no puede pensar en causas
patológicas. Cristiano de rutina, tampoco puede pensar en rigores de
Dios. Bestial y grosero en todo, no sabe decir sino: _¡Cosas malas en el
agua!_
Esta idea de las _cosas malas_ arrojadas infamemente en la riquísima
agua de Madrid, con el objeto puro y simple de _matar a la gente_, cayó
en el magín del populacho como la llama en la paja. No ha habido idea
que más pronto se propagase ni que más velozmente corriese, ni que más
presto fuera elevada a artículo de fe. ¿Cómo no, si era el absurdo
mismo?
Algunas mujeres subieron a ver el cadáver de la hija de Maricadalso,
cuyo ataúd acababa de traer López. Era una muchacha bonita, cigarrera,
con opinión de honrada. Maricadalso subía a su casa, lloraba junto al
cuerpo de su hija, bajaba a gritar de nuevo, blasfemando, volvía a subir
y a llorar... Ya no parecía la Muerte sino la Locura cantando a su modo
el _Dies irae_. En tanto veinte, treinta, cuarenta hombres subían hacia
la plaza de la Cebada propagando aquel satánico evangelio de las _cosas
malas en el agua_. Encontraron a Timoteo Pelumbres, esposo de
Maricadalso y padre de la muerta. Oyó este el griterío y soltando las
herramientas que llevaba, corrió presuroso a una taberna donde varios
hombres disputaban.
--¿Veis?--gritó mostrando el puño--. Todo el mundo lo dice... ¡Han
envenenado las aguas!
Inquieto, feroz y pequeño, Timoteo tenía todas las apariencias del
chacal, la mirada baja y traidora, los músculos ágiles, el golpe
certero. Atacaba de salto. Era el mismo a quien vimos haciendo buñuelos
en la tienda inmediata a la gran carnecería de la Pimentosa, de quien
era protegido, lo mismo que su mujer. Era el mismo a quien vimos hace
mucho tiempo, acaudillando la fiera cáfila que asesinó a martillazos al
cura Vinuesa en la cárcel de la calle de la Cabeza. Aquel tigre pequeño
vivió mucho. Alcanzó los tiempos de Chico.
En la taberna hacía falta un orador para electrizar el selecto concurso.
Aquel orador fue Pelumbres, que hablaba mostrando el puño y frunciendo
las cejas. Las mujeres pasaron gritando. Entre ellas se divulgó una de
esas noticias que electrizan, que redoblan el entusiasmo y aguzan el
soez pensamiento. La noticia era esta: De los dos chicos a quienes se
había sorprendido poco más arriba echando _unas tierras amarillas_ en
las cubas de los aguadores, el uno fue muerto al instante, el otro logró
escaparse y se refugió... ¿dónde? en el mismo San Isidro.
--Como que de allí ha salido todo...--dijo una voz que se esforzaba en ser
autorizada y convincente a pesar de ser la voz de un salvaje.
--¿Qué ha salido de allí?
--Los polvos.
--¡Los polvos!
El que esto aseguraba era un hombrón, un animal de esos que aparecen en
las tempestades populares, sin que se sepa bien quien los trajo, y en
todas ellas dejan señal sangrienta de su paso. Seguíale una docena de
individuos de esos que al mirarnos muestran cara humana, si bien es muy
dudoso que sean hombres.
--Sí, señores, todo está averiguado--añadió el desaliñado orador, que era
Tablas en persona--. Y si faltase testimonio, aquí estoy yo para darlo.
Dos mujeres se le colgaron de cada brazo. En torno suyo hízose un
corrillo. Formábalo esa curiosidad de lo horrible que reúne gente en
derredor de los patíbulos, del charco de sangre, señal de un crimen, o
junto a la oscura agonía de un perro. Tablas se enorgulleció de su
papel. Aquel día era un día suyo, un día en que iba a mostrar su poder
con pretensiones de poder político, ¡oh! ¡qué gran momento! Dos docenas
de perdidos le obedecían, como obedece la piedra a la honda. Tablas era
la honda; pero distaba mucho de ser la mano.
--Pues, sí señores--añadió López--. ¡Yo mismo les he llevado ayer un saco
con media fanega de veneno!
--¡Media fanega de veneno!
--¿Y tú se lo has llevado?
--Sí, porque no sabía lo que era. No es la primera vez que esos malvados
reciben remesas de veneno. El saco que les llevé ayer vino de Cataluña
para ese... No le quiero nombrar.
--Di tú, parlanchín--gritó una voz detrás del corrillo--. ¿Se ha muerto
también la Pimentosa?
--Para eso va. Esta mañana despertó con el mal.
--¿Ha bebido agua?
--Ha tomado los mismos polvos como medicina.
Una exclamación de horror acogió esta terrorífica aseveración.
--¿Quién se los ha dado?
--Curas y frailes que todos son unos. Diéronselos como medicina santa, y
tomarlos y empezar a sentir las arcadas del cólera, fue todo una misma
cosa.
Esto era demasiado espantoso para que el digno concurso pudiera hacer
comentarios. El silencio torvo con que lo oyó probaba su escasez de
ideas ante aquel hecho y el alarmante recogimiento de sus pasiones, que
se concentraron para brotar en seguida con más fuerza. Tablas puso cara
afligida. Deseaba excitar en favor suyo la compasión de la multitud y
pasar por una víctima de las malas artes de cierta gente. Pero en su
rudeza no acertaba a ingerir la idea política en aquella serie de locos
desatinos. Tratándose de difundir un disparate y de darle la
inverosimilitud que le hace más asequible a la mente del vulgo, Tablas
no carecía de habilidad, porque así como el búho ve en las tinieblas,
ciertos entendimientos tienen la aptitud del absurdo. Pero él quería
razonar, emitir un fundamento, más que por justificar la asonada, por
darse satisfacción a sí mismo, como hombre de opiniones políticas.
Necesitaba una fórmula que le diese prestigio entre sus oyentes
adjudicándole cierta iniciativa con asomos de jefatura.
Frunció el ceño, bajó la cabeza, recogió su pensamiento para buscar la
fórmula que necesitaba. Como en ocasiones parecidas, en aquella su
frente semejaba el duro testuz del toro, previniendo la acometida. La
chispa brotó entre las nieblas de aquel caletre, pues no hay cerebro por
tenebroso que sea, que no tenga sus rehendijas por donde entre a veces
algo de luz.
--¿No sabéis lo que es esto?--dijo con gran animación--, sintiendo
vislumbres de genio--. ¿No sabéis lo que esto significa? Envenenar por
gusto de envenenar no es...
Buscaba la palabra _lógico_, que había oído muchas veces en el club:
pero no daba con ella. La palabra se le atarugaba sin querer pasar, como
una moneda grande que no puede entrar por la pequeña hendidura de una
hucha.
--No es, no es...--añadió forcejeando con el vocablo y echándole fuera al
fin, aunque desfigurado, no es _ilógico_. ¿Por qué envenenan a la gente?
Para acabar con los liberales. Ellos dicen: «No podemos aniquilar a
nuestros enemigos uno a uno, pues acabemos con todo el género humano».
(Sensación profundísima.)
Comprendió que le vendría muy bien en aquel caso un recuerdo histórico,
y volvió a fruncir el ceño. Esto era difícil en extremo y su cerebro no
tenía capacidad para contener un suceso histórico. Equivalía a querer
meter, no ya una moneda, sino un camello dentro de la hucha. Pensó mucho
y se rascó la frente. Había oído en el club multitud de menciones y
referencias de acontecimientos pretéritos; pero a él ninguna se le venía
a las mientes. De pronto una mujer, ¡oh genio de la mujer! dijo esto:
--Es como lo de Herodes.
Tablas se estremeció de júbilo. Tenía lo que necesitaba. Ahuecando la
voz y marcando con su manaza un compasillo oratorio, prosiguió su
discurso así:
--Sí, señores; así como el tirano Herodes, para ver de perder al niño
Jesús, mandó matar a todos los niños, según rezan los Evangelistas,
estos canallas, para ver de acabar con un partido, con el partido
liberal, quieren matar a todos los españoles, a todo el género humano, a
todo el globo terráqueo.
Describió con el brazo extendido un vasto y rapidísimo círculo. Sabe
Dios hasta donde habrían llegado las retóricas del antiguo tablajero, si
en aquel momento no permitiese Dios una repentina tragedia. Era el
primer hecho terrible, brotando de la última palabra de López. En el
populacho las palabras ardientes tienen una propagación pasmosa, y pasma
también la rapidez con que de estas flores de la barbarie salen frutos
de sangre. Un lego atravesó por delante de la Latina, dobló la esquina
de la plazuela siguiendo en dirección a Puerta de Moros. Iba presuroso y
acobardado, llevando un paquete de papel en la mano, algo como dos
libras de azúcar, recién compradas en la tienda.
--¡Aquel lleva veneno!--gritaron varias mujeres corriendo hacia él.
El lego fue rodeado por un grupo y desapareció en él. No se vio más que
un estremecimiento de brazos y cabezas, un enjambre de cuerpos que
forcejearon entre gritos. Algunos ayes lastimeros se deslizaron entre el
vocerío. Después sólo se veía una masa de gente en lúgubre cerco
silencioso mirando al suelo.
Tablas había tomado otra dirección. Por un momento el populacho se
dividió. Los girones de aquella nube negra vagaron un rato por las
calles de los Estudios, Toledo, plazuelas de San Millán y de la Cebada.
Gran confusión reinaba. El atleta, con su media docena de facinerosos
caminó hacia la calle de las Maldonadas. Cerca de la puerta de su casa
vio a Romualda que salía presurosa, y la llamó:
--¿Y Nazaria?
--Lo mismo.
--¿Hay alguien arriba?
--Nadie, yo sola; digo, yo he bajado.
--Sube y tráeme mi navaja grande que está sobre la cómoda.
--Madre Nazaria me ha mandado por agua. Tiene sed.
--Ve primero por la navaja.
Romualda subió, mientras Tablas y sus amigos conferenciaban gravemente
en la puerta. Era un consejo de guerra de caníbales en la expectativa de
una gran batalla-merienda. Cuando Romualda bajó con la navaja, López
dijo a los amigos:
--El Gobierno mandará tropas a defenderles. Bueno es estar prevenido.
Mira, Rumalda...
Romualda había pasado ya a la otra acera, y desde allí les miraba con
espanto. Su cara de hambre y miseria, su aspecto de cansancio no
excitaban la compasión de aquellos caballeros andantes de la plebe.
--Rumalda.
--Señor.
--Sube y tráeme las dos pistolas que están colgadas junto a la cama...
Después llevarás el agua a Nazaria.
--Madre Nazaria no me ha mandado por agua. Ya no tiene sed. Me ha mandado
por un cura. Dice que se muere.
--¿Por un cura?... ¿Y dónde están los curas, mentecata?... Di a Nazaria
que no se muera, que volveré pronto... Corre y tráeme las pistolas.
--Voy por el cura.
--Sube y trae las pistolas--gritó López.
La coja entró en el portal, y emprendió su lucha con la escalera. Esto
empezaba a ser para ella como beberse el mar. Y se lo bebía.