puerta del establecimiento, digamos cómo de la opulencia y desahogo de
la carnicería pasó aquella desmoralizada familia a la estrechez de un
miserable comercio de agua y vino. En casa donde no existen ni los
vínculos ni los afectos que constituyen la familia, donde la paz deja su
puesto a la discordia y los vicios ocupan el lugar de la economía y la
sobriedad, no pueden de modo alguno afincar las prosperidades. La
actividad de Nazaria y su inteligencia no bastaban a atenuar los malos
efectos de la holgazanería de López, el cual no sólo derrochaba en
torpes fraucachelas lo adquirido con sus malas artes y conexiones
políticas, sino que también sabía apurar, dejándolos en las puras
tablas, los cajones del mostrador, llenos del pingüe esquilmo de la
mañana. Nazaria no gastaba en liviandades, pero sí en lujo y ruinosos
caprichos. Empeñaba una joya para comprar otra, y a ninguna prendera
dejaba salir de su casa sin quitarle de las manos, a cambio de buen
dinero, el rico mantón de Manila, la peineta de concha, el abanico de
marfil, los soberbios encajes flamencos y otras prendas valiosas que las
casas ricas de Madrid arrojan diariamente al oscuro mercado de lance. La
carnicería producía mucho; pero el género de Montánchez y Candelario no
cae llovido del cielo, por lo que pronto empezó a declinar la casa, y
dando tumbos y traspiés cayó, a la vuelta de un año, en el abismo del
descrédito. Los acreedores se repartieron el botín y hubo una desbandada
de chorizos y una dispersión de jamones, que dieron mucho que hablar a
todo el barrio de San Millán. Los muebles de la casa fueron embargados,
y salieron en busca de más seguro domicilio las imágenes y santicos,
juntamente con los toreros. Tres o cuatro puestos del Rastro lucieron
durante una semana parte muy principal del ajuar de la Pimentosa, que
sólo pudo retener lo indispensable para no pedir un hueco en San
Bernardino, fundado por Pontejos en aquel mismo año. Ciertos dineros no
muy lucidos que se salvaron del desastre casi por milagro sirvieron a la
viuda de Peralvillo para poner la tienda acuática antes descrita; y
entre aquellos cuatro fementidos trastos la infeliz mujer se mecía otra
vez en locas ilusiones, pensando en volver a ser favorecida de la
fortuna, para sacar del comercio pequeñito un tráfico grande y rico.
Ella tenía genio, sabía comprar, sabía vender, pero ignoraba el arte de
guardar, que es el arte de enriquecer. Su mala estrella o su naturaleza
física y moral (que esto no está bien averiguado) le agravaron el mal
que ha tiempo padecía, llegando al extremo de no tener hora de completo
sosiego; y si los duelos con pan son menos, la enfermedad acompañada de
duelos y quebrantos cierra la puerta a todo remedio. A la escasez se
unían las continuas reyertas domésticas para abatir más el espíritu de
la pobre viuda de Peralvillo y poner su estómago más dolorido. Un hecho
importante ocurrió poco después de la ruina. No lo pasemos en silencio
por lo mucho que a ambos favorece. Se casaron; pero la legalización de
aquella inmoral alianza no la hizo más pacífica, y después de los
desposorios llevó López más arañazos en su rostro y ella mayor número de
cardenales en su hermoso cuerpo.
El desastroso acabamiento de D. Felicísimo y el desplome de la casa en
que vivía pusieron a Tablas en gran desesperación, porque él creía
segura una buena manda en el testamento de su protector. Como el
testamento no se encontró entre los escombros, o si se encontró lo
inutilizaron hábilmente Bragas y los de la curia, quedáronse en ayunas
López y los señores eclesiásticos, que también tenían sus cinco sentidos
en las mandas de misas y legados piadosos. Del abintestato del Sr. de
Carnicero se había aprovechado a sus anchas, sin el estorbo de repartir,
el siempre venturosísimo Pipaón, a quien el cielo deparó un vástago a
los nueve meses (día más día menos) de su matrimonio.
Chasqueado por aquella parte, Tablas se obstinó más y más en apretar los
lazos que le unían a las sociedades secretas y al conventículo formado
por Aviraneta, Rufete y comparsa. Bien se comprende que López, hombre
sin letras ni palabra, incapaz de formular discretamente un juicio ni de
aposentar una idea en la espesura de su cerebro, no podía ser en el club
populachero más que un instrumento brutal para funcionar en días de
escándalo y griterío. Todos cuantos han tenido la desgracia de trabajar
en conspiraciones burdas saben perfectamente que los despabilados y
parlanchines forman a sus espaldas una guardia de hombres soeces y
brutales, que sirven para dar a la idea, en la ocasión precisa, su voz
estentórea, su brazo salvaje y su representación apasionadamente
popular. Tablas era de esta guardia, mejor dicho, era el jefe de ella, y
había conseguido llevar al club a otros mocetones, que ni desmerecían de
él en fuerzas corporales, ni le ganaban un ardite en talento.
Pero, desgraciadamente para él, las conspiraciones de aquel tiempo
carecían de fondos. Eran conspiraciones pobres, no por esto honradas. Se
esperaban auxilios; pero los auxilios no venían, porque los destinados a
darlos no habían llegado aún a ese grado de candidez en que la ambición
cierra los ojos y abre la mano.
Para atender a sus gastos, que no había sabido disminuir después de la
miseria, Tablas se colocó en el establecimiento de coches de la posada
del Dragón, con cuyo dueño tenía amistad antigua. Pero su holgazanería
le vedaba siempre entrar en faenas duras, y sólo se ocupaba de cuidar el
almacén de equipajes y encargos. En destino tan poco brillante aguardaba
el imaginario triunfo de aquellos buenos señores del club, tan sabios,
según él, o la señal de armar camorra a las autoridades. El majadero de
López estaba dispuesto a todo, apretado por la miseria, la envidia y los
apetitos que devoraban su alma.
-XXV-
Ya se cansaba de esperar el venerable Gracián, cuando apareció Romualda,
jadeante y sofocada. Por su conducto la señora Nazaria suplicaba al
Padre tuviera la bondad de subir, porque se encontraba muy mala. No
desoía jamás esta clase de ruegos Gracián, que además de eclesiástico
bondadoso era médico hábil, y precedido de la coja, llevando tras sí al
cleriguito joven que le acompañaba, acometidos cien escalones que
conducían a la morada del infeliz matrimonio. Esta era muy humilde; pero
Nazaria, que tenía instintos de embellecimiento doméstico, la había
arreglado de modo que pareciese menos fea de lo que realmente era.
Estaba la Pimentosa postrada en desvencijado sofá. Había desmerecido
tanto su persona desde el año anterior que no parecía la misma. Aquel
continente de matrona, aquel aire simpático, aquel rostro lleno de
atractivos no eran ya sino sombra de sí mismos. Gordura fofa en su
cuerpo, languidez en su semblante y un decaimiento general en su persona
toda anunciaban que la maja no volvería a ser lo que fue. A su lado
estaba la mujer demacrada, pálida y huesuda que vimos en la buñolería
algunos meses antes, y que había permanecido al lado de su ama, como uno
de esos cortesanos de la desgracia que con menos mérito alardean de
fidelidad en esferas más altas. A primera vista la mujer aquella parecía
imagen de la Muerte esperando su presa. Su brazo, que no debía de tener
más que el hueso seco, se extendía oscilando con lúgubre cadencia. Su
mano empuñaba una rama de acacia, para espantar con ella las moscas que
molestaban a Nazaria.
Gracián y el otro clérigo se sentaron después de saludar a la enferma
con mucho interés. Nazaria agradeció mucho la visita y estuvo quejándose
durante diez minutos, dando cuenta prolija de los distintos dolores que
sentía, en partes diversas, los unos afilados como cuchillos, los otros
duros como pedradas, y algunos múltiples y horripilantes como el rasgar
de una sierra. Después calló. Gracián dijo solemnemente que más, mucho
más había padecido Cristo por nosotros, y luego reinó un silencio
tristísimo, durante el cual no se oía más que el rumor de las hojuelas
de acacia, batiendo el aire y desconcertando las bandadas de moscas. Al
punto que estas vieron a los dos clérigos, se fueron derechas a ellos,
manifestando singular preferencia por el joven acompañante.
--Lo pasaría menos mal--dijo Nazaria--, si no tuviera miedo, muchísimo
miedo a esa enfermedad que ha entrado ahora, y que, según dicen, mata a
la gente en un abrir y cerrar de ojos.
--Se llama el _Cólera_--dijo la flaca con vocecilla ronca que hizo
estremecer al curita.
Al decir esto Maricadalso (que así la llamaban) se asemejó más que nunca
a la madre Muerte, nombrando a una de las más fúnebres herramientas de
su oficio.
--El cólera, sí--dijo Gracián--. Esta epidemia viene del Ganges, de donde
saca su apellido de _asiática_. Ha empezado a hacer grandes estragos en
Europa, y Dios no ha querido librar a España de tan tremendo azote.
Tengamos paciencia. Hasta ahora Madrid va librando bien. Las invasiones
no son muchas. Empezó en Vallecas y parece como que va pasando de Norte
a Sur.
Nazaria le preguntó por los remedios que para tan atroz dolencia habían
descubierto las facultades, y Gracián, con apariencias de no creer mucho
en ellos, habló de varios, tales como friegas, infusiones teínas y
revulsivos. El mejor antídoto contra el mal era, a su juicio, el valor y
el desprecio del mal mismo.
--Entonces--dijo Nazaria con temblor y abatimiento--, esa maldita _cólera
de Dios_ no me perdonará a mí, porque le tengo más miedo que a una
centella, y si miro a la puerta me parece que entra en figura de gente,
si miro a la ventana me parece que entra con el aire, con el sol y con
el polvo de la calle. No como, por miedo a que entre en mi cuerpo con la
comida, ni duermo temiendo que me coja en sueños y me lleve antes de
despertar.
Gracián se rió de estos pueriles temores, y también se habría reído el
subdiácono si no estuviera muy ocupado en ahuyentar las moscas que
invadían su cara. Maricadalso le vio dando manotadas. Alargando la rama,
diole un escobazo en el rostro para líbrarle de la ferocidad insectil.
--Confianza en Dios y no dar a esta miserable existencia mundana más
valor del que tiene, son los más eficaces remedios--afirmó Gracián con
autorizada voz.
La vocecilla ronca de Maricadalso se dejó oír. Parecía una corneja que
cantaba en la propia rama de acacia. Moviendo su cabeza con aire de
incredulidad, cantó estas palabras:
--A mí no me emboban. Esto no es epidemia que venga de las Asias, sino
_malos quereres_.
--¿Y a qué llama malos quereres, buena mujer?--preguntó Gracián riendo, no
tan fuerte como el subdiácono, que soltó una carcajada.
--Al mal tercio que hacen algunos, los malos... los pillos que quieren
que se acabe medio mundo para quedarse ellos solos.
--¿Y qué pillos son esos?
--Yo me lo sé--dijo la imagen de la Muerte, cuyos ojos lucían en el
amarillo casco como agujeros de calavera--. ¡Llaman cólera al mal
querer!... ya, ya... Más vale que nos lleven a la horca que no
acabarnos de esta manera.
Estas misteriosas apreciaciones sobre cosa tan notoria como la
existencia de la epidemia no llamó la atención de Gracián, porque su
trato frecuente con el pueblo bajo de Madrid le había acostumbrado a oír
sin sorpresa los despropósitos del vulgo. Todo lo que es razonable y
conforme al sentido común se resiste a la mente del vulgo. Para que en
él halle resonancia y acogida una idea es necesario que sea
perfectamente absurda.
--Señora Cadahalso--manifestó con bondad el jesuita--, usted es de las que
ponen en duda que vuelan los pájaros, y creerá que los bueyes se pasean
por los aires. Muy bien, con su pan se lo coma.
--Otros se comen nuestro pan, que no yo--dijo la espantosa mujer,
enseñando sus dos filas de dientes iguales y puntiagudos--. Yo me sé lo
que creo, y creo lo que yo me sé... Y toque su paternidad a otra
puerta, que ya vamos abriendo el ojo.
--Todo sea por Dios...
--Más respeto, canalla, más respeto--añadió Nazaria, tomando a su vez la
rama y azotando suavemente a la estampa de la Muerte--... Señor cura, no
haga su merced caso, y dígame si para mi mal debo tomar una medicina que
me han recomendado.
--¿Cuál es?...
--No es cosa de la botica, sino del cielo.
--No entiendo.
--Es cosa santa. Es un polvillo que dicen se saca de la cueva en que hizo
oración San Ignacio.
--¡Ave María Purísima!--dijo Gracián llevándose las manos a la cabeza.
--¿Se espanta su merced?... Ese polvillo lo tiene, como gran reliquia, mi
señora Doña Josefa, la mujer de D. Pedro Rey. Dice que su niña
Perfectita sanó con él.
--¡Sacrilegio, profanación!--exclamó el jesuita--. ¡Abuso nefando de las
cosas piadosas! Esa tierra bendita es un objeto de piedad que debe
venerarse como recuerdo de uno de los varones más insignes que ha habido
en el mundo. Las cosas santas han de ser tratadas con mucho respeto y
puestas a tanta altura que no pueda llegar a ellas el charlatanismo. Dad
a Dios lo que es de Dios, y a la botica lo que a la botica pertenece, y
no mezcléis berzas con capachos, o sea santidades con vomitivos.
Más, mucho más hubiera dicho el discreto clérigo, si en lo mejor de su
perorata no entrase Tablas, sorprendiendo a todos con los _buenos días_
que dio desde la puerta. Detenido en ella estuvo un buen rato mirando el
cuadro que las dos mujeres y los dos eclesiásticos ofrecían. Entró al
fin; limpiose el sudor que mojaba su frente, y tomando una silla la
colocó con fuerte golpazo en el punto en que quería sentarse. Después,
gesticulando con recia manotada, echó de sí las moscas y dijo:
--Se ha muerto el boticario de la calle de Rodas y el carbonero de la
calle de las Velas. En la casa del tío Caro no ha quedado más que el
gato. Anoche no había novedad, y esta mañana la casa era un cementerio.
--No exagere usted--dijo amostazado el Padre Gracián, observando el mal
efecto que aquellas nuevas hacían en Nazaria--. Defunciones hay; pero no
en tal número.
--No se llaman defunciones; se llaman _casos_--replicó con estúpida risa
Tablas--. Y podrá ser verdad lo que vuestra Paternidad dice; pero yo sé
que anoche Gregorio Tinajas y yo, bebimos juntos una copa al salir de
cierta parte, y sé también que le he visto hace un momento tieso y frío.
--¡Se ha muerto!--exclamó Maricadalso con espanto.
--Como mi abuelo. ¿Lo sientes tú?
--Dígolo porque ya las pagó todas juntas.
--También se ha muerto la _Fraila_.
Nazaria cerró los ojos, no pudiendo cerrar los oídos. Pero el atleta se
volvió a Maricadalso, y a boca de jarro le disparó estas palabras:
--Y tu hija, Maricadalso, tu hija Ildefonsa, iba ahora con un cántaro de
agua por la calle de la Paloma, y se cayó en la calle, diciendo que se
moría...
--¡Mi hija!... Tú mientes... Corro a ver...
Diciendo esto con entrecortados rugidos, Maricadalso saltó de su
asiento, como azorado gato, y salió a escape. Oyéronse sus violentes
pasos extinguiéndose en la escalera, como se apaga el ruido de la piedra
que chocando y rebotando se precipita en el abismo.
--Rumalda--dijo Tablas mirando a la cojuela que acababa de subir después
de cerrada la tienda--; baja y tráeme tabaco.
Romualda bajó, y sus pasos lentos y fatigados resonaron por largo rato
en la escalera. Después Tablas siguió enumerando muertos y enfermos, y
volvió a limpiarse el sudor. El calor era sofocante. La habitación, no
bien templada por la oscuridad, parecía un horno por la proximidad del
tejado, donde caía como lluvia de fuego el ardiente sol de Julio.
Empezaba a caer la tarde, y el calor parecía aumentar en aquella hora a
causa de los vapores que del suelo se desprendían. El aire en calma no
daba ningún consuelo a los pulmones, y sólo las moscas parecían
regocijarse en la pesada y miasmática atmósfera, como sibaritas viviendo
en medio de todas las delicias que puede apetecer su naturaleza.
Gracián reprendió con cierta aspereza a Pedro López su afán de dar
noticias fúnebres que afligían y apocaban a la pobre enferma. Echose a
reír el bárbaro, diciendo que él no tenía miedo a _los cóleras_ ni a
muertes de ninguna clase. Después hablaron de lo que motivó la visita de
Gracián.
--Tengo aviso de Cataluña de la remisión de un encargo que me interesa
mucho--dijo este sacando una carta--. Me dicen que recoja el bulto...
porque es un costal como de media fanega, Sr. López... en la posada del
Dragón. He pasado varios avisos, y mi encargo no parece. Sr. López, ¿me
hará usted el favor de buscar bien en el almacén, de preguntar a los
ordinarios y arrieros, de hacer, en fin, cuanto de su parte esté para
que parezca ese bulto?
--¿Es fruta?
--No señor.
--¿Jamones?
--Tampoco. Es cosa de poco valor en sí; pero que yo estimo en mucho. Es
un saco lleno de tierra. Debe venir perfectamente dispuesto y liado en
esteras.
--¡Ah!... Será tierra de limpiar metales.
--Pagaré dos veces el porte si parece y está intacto--dijo el reverendo
levantándose.
--¿No recibió vuestra Paternidad el año pasado otro saco como ese por
conducto de D. Felicísimo?
--Justamente. Los padres de Manresa lo consignaron a D. Felicísimo. Y
usted mismo, Sr. López, me lo llevó a mi casa.
--Pues este lo llevaré también.
--Gracias. Vámonos, Sancho.
Este nombre, aplicado al subdiácono, dio por un momento al padre Gracián
cierta apariencia quijotesca. Pero no es aquel nombre capricho del
narrador. Llamábase en efecto el subdiácono José Sancho; era natural de
Palma de Mallorca, y tenía veinticuatro años de edad y siete de
Compañía.
Gracián procuró animar con palabras consoladoras a Nazaria, exhortándola
a desechar su infundado temor, y después de reiterar a Tablas la súplica
que le hizo poco antes, salió de la casa escoltado por las moscas.
Aproximábase al Colegio Imperial, cuando un vil pillete que rasguñaba
una destemplada guitarra se le puso delante, cortándole el paso, y con
voz que más tenía de infernal que de humana, cantó esta copla:
¡Muera Cristo,
viva Luzbel!
¡Muera D. Carlos,
viva Isabel!
Apartó suavemente el jesuita al cantor y siguió adelante. Pero Sancho
fue más expresivo, y empujó al pillastre, expulsándole con violencia de
la acera. Instantáneamente recibió en el hombro un golpe dado con la
guitarra. Los dos se hallaron frente a frente mirándose con ojos de ira.
Quizás habría seguido adelante la contienda, si Gracián no dijera con
voz reposada:--Sancho, ¿qué es eso?
Ambos entraron en el Colegio. En la puerta oíase un rugidillo que no por
ser infantil dejaba de ser insolente. Parecía el rumor de un poco de
plebe menuda de esa que suele encresparse en las plazuelas de verdura, y
que la autoridad sabe contener sin más artillería que las escobas
municipales.
-XXVI-
En el claustro halló Gracián al Padre Francisco Sauri, buen sujeto,
catalán, ministro y procurador del seminario. Tenía 39 años y llevaba ya
17 de Compañía. Su celo por el esplendor de la casa era extraordinario.
Refiriole Gracián lo que había oído cantar en la puerta, y Sauri le dijo
que aquel día había recibido el rector diferentes avisos misteriosos,
unos amenazando, otros recomendando precauciones. El profesor de Ética
no dio importancia al hecho, porque otras veces habían llegado a la casa
anónimos espeluznantes, sin que ocurriese después de ellos nada de
particular. En su celda le visitó más tarde el Padre Artigas,
bibliotecario, y hablaron de la guerra, leyendo luego muchas cartas y
papeles. Después del refectorio se habló mucho de los anónimos, de las
voces que corrían, poco lisonjeras para los regulares, del cólera
reciente y de otras zarandajas. Algo más tarde los colegiales dormían
con la dulce tranquilidad de la infancia, y los Padres o dormían o
hacían penitencia en sus celdas.
Sin temor de equivocación se habría podido asegurar que Gracián pasó la
noche en austeridades atroces sólo de él acometidas. La _inescobata
cellula_, había perdido cantidad no pequeña del _humus manresianus_ que
cubría su suelo; pero Gracián tuvo el gusto de recibir la nueva y
abundante remesa de aquel polvo al día siguiente de hacer al Sr. Tablas
la recomendación que nuestros lectores conocen. Ocupábase aquella
mañana, después de la clase de Ética, en extender por el suelo parte de
la tierra, cuando lo anunciaron la visita de D. Benigno Cordero. Hízole
entrar suspendiendo su tarea. El héroe popular y el jesuita se apretaron
afectuosamente las manos.
--Vamos--dijo Cordero sonriendo--, que bien podría entrar el arado en la
celda de usted... Esto es un campo.
--Los árboles que nacen aquí no se ven--replicó gravemente el jesuita
cortando las bromas--. Vamos a otra cosa. Ya sé a lo que viene usted...
Siento decirle que no hay nada.
--¿No hay noticias?
--Ninguna.
Cordero cerró el pico y apretó los labios.
--Es particular--dijo--. Desde que me mandó el poder para casarse... (y fue
con fecha 15 de Abril), no hemos tenido más noticias suyas... Aquí me
tiene usted en la mayor zozobra. Me he casado por otro... Soy un marido
de fórmula, un marido de procedimientos, y tengo que ocuparme del marido
verdadero más de lo que yo quisiera. La esposa de mi amigo... la que me
dio su mano, casándose conmigo como se podría casar con un documento...
está también en gran zozobra.
--Pues no hay más noticias--dijo Gracián--, que las del otro día. Zorraquín
me escribe con fecha del 14 y dice que se había separado del amigo,
porque él (Zorraquín) fue solicitado por el carlismo militante para
ocupar una plaza que hacía mucha falta en las filas de Zumalacárregui,
la plaza de capellán o director espiritual. Es posible que después de
separarse Zorraquín, no haya tenido ese señor medio seguro para enviar a
Madrid sus cartas, que antes venían por conducto de aquel dignísimo
sacerdote. Esperemos.
Cordero dio un suspiro, diciendo:
--Tranquilizaré como pueda a la señora de mi amigo. Y ya que estoy aquí
no quiero marcharme sin advertir a usted de ciertos rumores...
--¡Ah! Hemos recibido anónimos y cartas amenazadoras. Es la vigésima vez.
--No creo yo que esto sea cosa de gran importancia--dijo el héroe
dándosela a sí mismo en grado sumo--. Con todo, no está de más el
prevenirse, porque las bromas populares se sabe donde empiezan... pero
no se sabe nunca dónde ni cómo acaban.
El clérigo hizo un mohín desdeñoso, manifestando ocuparse poco de lo que
Cordero decía. Este prosiguió así:
--Yo tengo un primo a quien llaman Primitivo Cordero, el cual si en el
tratado de la honradez no tiene pero, en el de la tontería tiene
manzanas, quiero decir que es un politicastro de estos que con cuatro
palabras pescadas en un mal libro, media idea que se les pegó de
cualquiera de nuestros grandes hombres, porción no pequeña de envidia y
algunos granos de patriotismo mal entendido, se entretienen en fabricar
castillos de viento, fundando instituciones, dictando leyes, mudando
personas. Yo siempre he creído a mi primo tan inofensivo como una
paloma; pero los que le rodean no lo son. Como la mariposa es impulsada
al fuego por un secreto anhelo de quemarse, mi primo Primitivo es
arrastrado a los clubs por un desdichado prurito de bullanga que puede
en él más que la razón, si es que razón hay dentro de aquella cabeza.
Pues bien, amigo y Padre: por mi bendito primo y por un tal Rufete que
sería igual a mi primo si no fuera más exagerado, más vacío de mollera y
de peores intenciones, sé que en una reunión semi-secreta que varios
patriotas tienen en la plaza de San Javier han acordado dar un susto a
Vuestras Paternidades.
Al decir esto, Cordero le miró atentamente, por sorprender en su cara el
efecto que aquella declaración le causaba; pero la cara del jesuita no
expresó nada. Era una cara de palo.
--Llevaremos el susto con paciencia--dijo el Padre Gracián, ofreciendo al
héroe un polvo, que por no ser de Manresa, aceptó gustoso D. Benigno.
--Según mi informe--añadió este--y son informes verdaderos, procedentes
del horno mismo donde se cuecen tales pasteles, la broma, susto o
como queramos llamarlo, no pasará a mayores. Los patriotas sólo
quieren manifestar su antipatía a Vuestras Reverencias y protestar
de la protección que Vuestras Reverencias dan al carlismo. Es cierto
que esa protección existe por la misma naturaleza de las cosas y los
antecedentes de las personas. ¡Hecho lógico, imprescindible, abrumador!
Es cierto también que el régimen liberal no puede coexistir con el
carlismo, de donde resulta un antagonismo imponente entre dos hechos,
entre dos verdades, entre...
--Y usted no cuenta para nada con Dios--dijo Gracián, siempre con desdén.
--Sí, cuento con Èl, y en Èl espero que lo que se anuncia no será nada,
en provecho de todos. Pero algún día, Señor y Padre, ha de haber una
como la de San Quintín, porque o Vuestras Reverencias dejan de amparar a
los carlistas, o los carlistas absorben al liberalismo, o el liberalismo
se los traga a ellos y a Vuestras reverendísimas Paternidades.
--Grandes fauces ha menester... pero por falta de apetito no lo
dejará--indicó Gracián dignándose sonreír un poco.
Cordero dio un suspiro y dijo: