posiciones en las alturas. Se les vela subir como gatos, escalando los
empinados cerros con agilidad increíble. El calor les hacía tan poca
impresión como les habla hecho el frío. Tenían cara de pergamino,
músculos de acero, corazón de piedra y sesos de algodón, que ni el sol
derretía ni el pensamiento inflamaba jamás. La guerra había llegado a
ser en ellos fenómeno de costumbre, un estado normal, admirablemente
conformado con su naturaleza agreste, dura, sufrida, refractaria a las
fatigas como a las ideas, y con especialidad inclinada al movimiento. Si
no hubiera habido montañas, las habrían hecho para subir y esconderse en
ellas.
Por la noche, tres jinetes llegaron a casa del cura. Seguíales numerosa
escolta. Se apearon y los tres entraron. Uno de ellos era de buena
estatura y a todos infundía un respeto que más bien parecía miedo o
superstición. El cura se arrodilló delante de él y le besó la mano. Su
Majestad (pues no era otro) manifestó deseos de descansar. Tenía mucha
jaqueca y ningún apetito. Subió, encerrose en la habitación que se le
tenía preparada. Ordenose el mayor silencio para no molestar a Su
Majestad, que no quiso tomar más que un huevo cocido y un poco de
chocolate claro. Pidió agua helada; pero en esto no le podían complacer.
Quedose solo, y al poco rato llamó pidiendo le llevaran una venda y un
poco de sebo para ponérselo en la frente. Uno de los que le habían
acompañado entró a darle lo que pedía, y después Su Real Majestad se
acostó y apagó la luz. Durante dos horas reinó el más profundo silencio,
y el cura andaba casi a gatas por no hacer ruido que pudiera turbar el
sueño del primero de los facciosos. Pero de repente sonó en las calles
de Elizondo estrépito de caballería; llegaron muchos jinetes a la casa
del párroco; se apearon y el jefe de ellos entró en la casa sin pedir
permiso ni hacer caso del cura, que salió trinando y bufando a pedir
cuenta de tan irreverentes ruidos. A pesar de esto, la calidad del
personaje exigía que se pasase recado a Su Majestad. Hiciéronlo así y el
Soberano mandó que entrase al momento Zumalacárregui. Oyose la voz del
Rey que decía:
--Traigan una luz.
Zumalacárregui estaba en el pasillo, boina en mano.
--Venga la luz--dijo, cogiéndola de las manos del cura que con ella venía
presuroso.
Era una vela, puesta no muy gallardamente en un candelero de barro. Se
acercó Zumalacárregui y entró en el cuarto oscuro. Su Majestad se había
incorporado en el lecho. Aún tenía puesta la venda. El general avanzó
lentamente, con respeto y cortedad. Extendió la mano con el candelero.
La luz iluminó de lleno el semblante de D. Carlos, en el cual no
resplandecía ningún destello ni aun chispa leve de inteligencia. Con la
venda, la palidez, el bigote afeitado (a causa del disfraz del viaje),
si no era una cara estúpida estaba muy cerca de serlo. Zumalacárregui
dijo con voz ahogada por la emoción: «Señor»: y se inclinó. Parecía un
pino que se dobla.
--Acércate--dijo el Rey alargando su mano.
El general dejó el candelero de barro sobre la mesa, y acercándose al
lecho puso una rodilla en tierra. Seguía conmovido. El Rey recibió, con
júbilo que no podría definirse, aquel primer homenaje tributado a su
reciente majestad por el más ilustre y más poderoso de sus vasallos.
Zumalacárregui encendió después en la vela que había traído la que
apagada estaba en la real estancia. Las dos luces, a pesar de aumentar
la claridad, hacían más lúgubre el desmantelado recinto. El Rey y el
general hablaron.
En tanto dos hombres que en un apartado y estrecho cuarto del piso bajo
de la casa parroquial estaban, entretenían el insomnio charlando acerca
del suceso que motivaba tanto ruido y tan extremosas entradas y salidas
de gente.
--¿Quién anda por ahí, que tanto ruido hace?--preguntó Navarro a su
hermano.
--No es cosa que deba desvelarte, porque ni a ti ni a mí nos interesa.
Esta noche duerme en casa del señor cura un desgraciado loco que va de
paso.
--¿Para donde?... ¿Y cuál es su manía?
--La más extraña y disparatada que puedes imaginar. Ha dado en creer y
sostener que es Rey de España.
--¿Y quién lo conduce?
--Otros tan locos como él.
--Eso no puede ser--dijo Navarro prontamente--, porque los locos no
conducen a los locos... Alguien habrá entre ellos que tenga razón.
Aquella tarde había hablado el anciano cura de la probable entrada de D.
Carlos en el Baztán y de la aproximación de las tropas de Zumalacárregui
y Eraso para proteger la entrada del Rey y hacerle los primeros honores.
Recordándolo, dijo Navarro con cierta exaltación que encandilaba sus
extraviados ojos.
--Este ruido, este ir y venir, este pisar de caballos, no pueden ser otra
cosa más que la entrada de Su Majestad, y como yo he venido aquí con mi
ejército para esperarle, conferenciar con él y recibir sus reales
órdenes, voy a vestirme al momento y a subir, porque no conviene que
aguarde nuestro señor.
Arrojose del lecho, y no poco trabajo costó a Salvador detenerle.
Empleando argumentos ingeniosos, y a ratos la fuerza, pudo calmarle
repitiendo lo del loco conducido por locos.
--Su Majestad no vendrá todavía--añadió--. Yo te juro por el nombre que
llevas que serás el primero que sepa su llegada.
Poco después Navarro dormía, y en su febril sueño recibió a Su Majestad,
le rindió pleito homenaje; oídas sus órdenes, le llevó consigo al teatro
de la guerra. Al despertar, su decaimiento era tan grande como si
acabara de ganar treinta batallas y de recorrer a caballo sin descanso
toda Navarra. Ardiente fiebre le consumía, y la inercia de la mitad de
su cuerpo era casi absoluta. Salvador tenía ya dispuesto todo lo
necesario para llevárselo. No le faltaba más que un salvo-conducto para
recorrer sin tropiezo el territorio dominado por los carlistas, y
Zumalacárregui se lo dio aquella noche de muy buena voluntad. Pero un
médico que acompañaba al General en jefe vio a Navarro y examinándole
cuidadosamente, aseguró que, si bien el cambio de clima le sería de
grandísima ventaja, no estaba en situación de emprender un viaje. Sus
días estaban contados. La parálisis haría pronto nuevas invasiones y los
centros nerviosos no tenían poder para defenderse. En vista de esto
resolvió Salvador esperar allí el triste desenlace, aunque tardara algún
tiempo; pero no quiso Dios que el martirio del uno y la dolorosa
expectación del otro se prolongasen mucho, porque a la tarde siguiente
Navarro fue acometido de un accidente convulsivo, después del cual quedó
sin conocimiento. Toda la noche la pasó así, de lo que Salvador y el
cura coligieron que entregaba su alma al Señor, sin decir ni hacer más
locuras. Pero por la mañana volvió en su acuerdo, y dando una gran voz
llamó a su hermano y le rogó que se sentara junto a la cama para
responder a las preguntas que a hacerle iba. Garrote empezó por
desperezarse, estirándose tanto que cada remo parecía dispuesto a
arrancarse por sí mismo del tronco y a caer al suelo por los lados de la
cama. Las contracciones de la cara y el crujir de huesos eran como si el
hombre despertase, más que del sueño de una noche, de un encantamiento
de siglos. Luego clavó los ojos en su hermano y le dijo:
--Vas a hablarme con franqueza. ¿He hecho muchos disparates? ¿he dicho
muchas necedades?
--Ni una cosa ni otra--replicó caritativamente Monsalud--. Todos están
acordes en juzgarte bien y es cosa indudable que diriges admirablemente
la guerra, llevando la bandera absolutista de victoria en victoria.
--No, no, no--dijo Navarro demostrando grandísimo dolor--, yo no soy
Zumalacárregui, yo no soy lo que mi cerebro abrasado y enfermo me
fingió. De repente, lo mismo que se rasga un velo, se ha roto en mi
cerebro no sé qué cortina de telarañas, y aquí me tienes con una
claridad en el pensar y un tino en el discurrir cual creo no los he
tenido en mi vida. Pasmado estoy de que un hombre como yo, jamás
inclinado a fantasías ni figuraciones, haya estado por tanto tiempo... y
a propósito de tiempo... ¿en qué día vivimos? Vuelvo del país de la
necedad, donde no rigen almanaques.
Salvador le dijo la fecha, y Navarro prosiguió:
--No se han borrado de mi mente estos días tristes, pero la noción que
tengo de ellos es muy oscura. Sé que he creído ser Zumalacárregui,
aunque si he de decirte verdad, aún en los momentos de más exaltada
demencia había en el fondo de mi alma ciertas dudas... quiero decir, que
no estaba yo completamente seguro de ser lo que decía, y mis dos
personas, la verídica y la falsa se confundían y se separaban por
momentos... La manía de ser Zumalacárregui nació en mí del deseo de
emularle. Yo vine al Norte convencido de mi valer y seguro de formar con
las facciones de este país un ejército irresistible. En suma, yo pensaba
hacer todo lo que hace Zumalacárregui, y dicho sea sin jactancia ni
locura, creo firmemente que lo habría hecho lo mismo y quizás mejor, si
Dios no hubiera dispuesto que se trocaran los papeles; que todas mis
ideas las pusiese él en práctica y mis planes todos pasasen a ser obra y
provecho suyo... Ya es tarde; pasa el tiempo y yo me muero, porque
seguramente esta vuelta mía a la razón, es como en D. Quijote, señal de
muerte próxima.
No lo creyó así Salvador, viéndole con tan buenas explicaderas, sereno
de aspecto y fácil de palabra. Contento de este cambio que parecía
milagro, le reanimó con palabras cariñosas y le hizo un resumen del
estado de la guerra y de la política. Pero Navarro no pareció
interesarse mucho en estas cosas profanas, y dando un gran suspiro, dijo
así:
--La salvación de mi alma es lo que me interesa; que lo demás, como cosa
del mundo, acabó para mí. Venga un cura, que me quiero confesar.
Salvador pensó en el cura de Elizondo, a cuya generosidad debían su
asilo; pero como Navarro se enterase de que había venido con las tropas
el padre Zorraquín, su antiguo amigo, quiso verle y que fuese él quien
le ayudara a bien morir oyendo la confesión sincera de sus culpas.
Salvador le buscó por todo el pueblo y al fin halló al cura historiador
y guerrero en una taberna, escanciando con marcial donaire una azumbre
de vino, ganada al juego de las damas la noche antes.
Acudió Zorraquín al llamamiento de su amigo. Cuando este salía del
segundo desmayo, que fue más profundo y grave que el primero, vio entrar
en la alcoba, anunciándose antes con rechinar de espuelas y resoplidos
de cansancio, un figurón inverosímil y que en otras circunstancias
habría traído al moribundo, en vez de consuelo, una agonía mayor que la
de la misma muerte. También vinieron a verle Oricaín y Zugarramurdi, que
le habían abandonado cuando cayó prisionero. Recibioles con
indiferencia, y ellos se retiraron pronto.
La cara de Zorraquín, que rapada era bondadosa, desaparecía ya entre un
vellón áspero, negro y erizado, como bala de lana sin cardar. Los ojos
pequeños, la nariz agarbanzada y la desabrida sonrisa del capellán
apenas se abrían paso por tan enmarañado bosque de pelos. La boina
blanca caída de un lado parecía impedir con su peso que el cabello, no
menos áspero que la barba, tomase la dirección del techo, como un
escobillón que se cree ciprés. En la zamarreta del cura veíanse diversos
cintajos que manifestaban sus grados y condecoraciones. El sable le
arrastraba por el suelo, sonando a pandereta rota. Las botas
desaparecían bajo salpicaduras de fango; las pistolas eran negras como
la zamarra, y las manos de color de hierro viejo. Por donde quiera que
iba el guerrero, difundía en torno suyo un complejo olor a pólvora, a
cuadra y a vino.
--Vamos, vamos, Sr. D. Carlos--dijo Zorraquín abrazando al enfermo--. Ahora
que los dedos se nos hacen triunfos, y tenemos a nuestro Rey con
nosotros, y nos preparamos para ir sobre Madrid ¿se le antoja a usted
morirse? Eso no se puede consentir.
Navarro se acongojó mucho y dijo que la voluntad de Dios no le permitía
guerrear en aquella grande y sublime campaña. Hablaron un momento del
alma y de la bondad de Dios. Zorraquín halló en su espíritu cierta
dificultad para retrotraerse a su antiguo oficio, tan distinto del que
entonces tenía; pero al fin pudo vencer su desgana de oír pecados.
Quitose la boina, sentose, apoyó el codo izquierdo en la cama, y
acariciando con la derecha mano el sable, preparose a escuchar la
confesión de su infeliz amigo.
Navarro no fue breve en aquella ocasión, y los escrúpulos sucedían a los
escrúpulos, las consultas a las consultas. Al principio le oyó con
paciencia y bondad Zorraquín, dirigiendo al penitente los más
edificantes consuelos; pero tanto y tanto machacaba Navarro, y
dimensiones tales daba al acto de limpiar su conciencia, que el buen
clérigo no pudo menos de considerar cuán incompatibles eran en aquel
caso las funciones de comandante de armas y las de pastor de almas.
Empezó a sonar en el pueblo ruido de tambores tocando llamada. El
ejército se iba a poner en marcha, y héteme aquí a uno de los más
importantes jefes clavado al lecho de un moribundo. Abandonar a este
cuando más contrito parecía y más necesitado de consuelos, era
imposible, y dejar de acudir a donde el honor militar y el deber le
llamaban también era imposible para Zorraquín. Colocado él entre estos
dos imposibles, padeció horriblemente en breves instantes. Los toques de
clarín y tambor arreciaban y se sentían pasar las tropas por la calle
con algazara y gritos. Las pisadas de tantos hombres producían hondo
rumor, como mugido lejanísimo de la tierra por tantos pies herida.
Cuando Zorraquín oyó el piafar de los caballos, no supo lo que por sí
pasaba y un sudor se le iba y otro se le venía, mientras D. Carlos
Garrote, charla que charla, no se contentaba con hablar de sí y de su
conciencia, sino que se entraba en ciertos laberintos de teologías. No
le hacía ya maldito caso Zorraquín, y acariciaba el sable, como si fuera
aquella arma necesaria para encaminar almas al cielo; movía
alternativamente una y otra pierna, resollaba fuerte, se acariciaba la
cerdosa barba, hasta que una destemplada voz sonó en la calle,
gritando... «¡Zorraquín!» y tras esta palabra otra no muy edificante ni
culta. Como si estallara dentro de su cuerpo un petardo, se levantó el
confesor. No se había podido contener.
--Usted me... dispensará, Sr. D. Carlos--dijo con torpe lengua--, pero mis
deberes militares... No se pertenece uno desde que se mete en ciertos
trotes.
--Sí, sí... vaya usted... ¿Cuántos hombres hay en Elizondo?
--Doce mil y ochenta caballos. Con permiso de usted...
Y extendiendo su brazo, murmuró muy a prisa latines que más bien
parecían escupidos que hablados. Desde la puerta dijo _ego te absolvo_;
hizo la señal de la cruz como quien da bofetadas en el aire, y echó a
correr, arrastrando el sable y tropezando contra todo lo que se hallaba
a su paso. Parecía una bestia recién escapada de la jaula, que busca su
libertad entre la muchedumbre. Navarro, al verle salir, dio un gran
suspiro. ¿Era porque su conciencia estaba aún algo turbada o por
desconsuelo de que sus amigos guerrearan mientras él se moría?
Dejemos a Zorraquín subiendo a su caballo, cosa para él bien distinta de
subir al púlpito. La tropa carlista salía de Elizondo. En el centro iba
D. Carlos con su Estado Mayor de clérigos y generales, y a la cola
algunos carros con vituallas y coches con damas y palaciegos de la corte
que empezaba a formarse. El reino apócrifo no se habría creído con visos
de verdadero, si no tuviera su cola de rabillos de lagartija.
Navarro empezó a decaer después de la confesión, y se aplanó tanto
aquella noche, que no podía moverse y hablaba con mucha dificultad. Su
hermano no se movía de su lado.
--Tengo que hablarte--le dijo Carlos, esforzándose en sacar del pecho la
voz--. Yo me muero y no quiero morirme sin confesar que te debo inmensos
beneficios, que te has conducido cristianamente conmigo. Si viviera más,
¿podría llegar a quererte?
--Si vives (y no debemos perder la esperanza de ello), nos separaremos, y
no tendrás tú el enojo de agradecerme ni yo la necesidad de servirte.
--Pues bien, por más que se empeñen en unirnos la Naturaleza y el mundo,
tienes unas cosas... Dame agua...
Salvador le dio agua. El beber reanimó un tanto al enfermo, que pudo
decir esto:
--¡Qué habría sido de mí sin tu ayuda, sin tu generosidad en estos meses
de locura y abandono!... Mucho te debo, mucho. Se me viene a la boca la
palabra hermano, las palabras hermano querido, y sin embargo... Dame
más agua.
--No te sofoques. Tiempo tendrás de decirme lo que quieras... No
necesitas darme satisfacción de nada. Lo que he hecho contigo, por deber
lo hice, no por jactancia, por impulso de mi conciencia, no por
humillarte con beneficios que contrastaran con tus crueldades. Si vives,
no quiero de ti más que olvido, olvido de todo.
--Sé que debo perdón a todos los que me han ofendido; pero hay ofensas
que no se pueden perdonar. No está en nuestro poder perdonar, por más
que lo digan Zorraquín y todos los clérigos juntos... Yo me
muero--añadió haciendo un esfuerzo para detener la palabra que se iba,
abriendo paso a la vida que se iba también--, yo me acabo. Tú vivirás,
volverás a Madrid, verás a la que fue tormento y bochorno de mi vida.
Dile... dile que no la perdono, que no la puedo perdonar.
Salvador le dio la mano. Navarro, tomándola, la apretó en la suya
fuertemente. Le miró con espanto. En aquel momento postrero parecía que
se reproducían en su alma todas las amarguras de su vida y que
espantosas imágenes le turbaban la vista. Con voz que parecía un
suspiro, pronunció estas palabras, aflojando los músculos de la mano con
que estrechaba la de su hermano:
--¡Ni a ti tampoco!
Y dejando caer la cabeza sobre el pecho, dejó de existir.
¡Extraña cosa! Cuando llegó el momento de dar sepultura al valiente
soldado, víctima de una dolencia nacida de sus propias melancolías y de
su irritable carácter, no se encontraron hombres que cargaran aquel
desfigurado y un tiempo hermoso cuerpo. Todos los hombres de Elizondo
estaban en la facción. Las mujeres prestáronse gustosas a conducir el
cadáver; pero como el cementerio estaba muy cerca de la casa del cura,
Salvador tomó en sus brazos el cuerpo frío, y acompañado del cura y
sacristán, precedido de una turba de chiquillos y seguido de dos docenas
de mujeres curiosas, le depositó junto al hoyo. Con ayuda de femeninas
manos fue bajado a lo profundo y se le echó mucha tierra encima. El día
estaba húmedo, la tierra blanda, el cielo triste y lacrimoso.
Aquella misma tarde partió Salvador de Elizondo, deseando huir de un
país que le infundía repugnancia y miedo, a causa de las muchas locuras
que en él había visto; y así como el que visita una casa de orates se
siente tocado de enajenación y con cierto misterioso impulso de imitar
los disparates que ve, sentía nuestro hombre en sí cierta levadura
recóndita de demencia, por lo cual se echó fuera a toda prisa. Un hombre
que se cree Zumalacárregui, un Zumalacárregui auténtico que sacrifica su
genio y su dignidad militar a ambicioso príncipe sin más talento que su
fatuidad ni más idea que su ambición; un país que abandona en masa
hogares, trabajo, campo y familia por conquistar una soberanía que no es
la suya y una corona que no ha de aumentar sus derechos; ríos de sangre
derramados diariamente entre hombres de una misma Nación; clérigos que
esgrimen espadas, moribundos que se confiesan con capitanes, villas
pobladas por mujeres y chiquillos; cerros erizados de frailes y poblados
de hombres lobos, que deliran con la matanza y el pillaje, son
incongruencias que repetidas y condensadas en un solo día y lugar pueden
hacer perder el juicio a la mejor templada cabeza y hacer dudar de que
habitamos un país cristiano y de que el Rey de la civilización es el
hombre. Así lo pensaba Salvador, huyendo de Elizondo y de Navarra, como
el que huye de una epidemia, Deseando perder de vista pronto a la gente
facciosa y el sangriento teatro de sus hazañas, tomó el camino de Urdax
con ánimo de salir de Navarra por los Pirineos y entrar en la España
Isabelina por la Francia Orleanista.
-XXIV-
--_Rodfriquine, ¿vidiste hodie ceremoniam in capella Dolorosae?_
_--¡Eheu! amice. Vidi (et invideo) satisfactionem Agni Benedictinei (vel
Benigni Corderi) in desposorium suum cum puella._
_--¿Quid tibi videtur?_
_--Ille senex, superlative frescachona illa. ¡Matrimonius slultus!
Acababerit sicut rosarium albae matutinae._
_--¡Oh fortunate senex!_
_--¡Oh terque quaterque beatus! Ille laetificat senectutem suam cum moza
matrimoniale (vel uxore) dum nobis nulla res amatoria licet. ¡Miserere
nobis, Domine, miserere nobis, qui Thesaurum Calepinum et horridos
mamotretos desposamus! Gramatica muchacha nostra est._
_--¡Eheu!... ¡pergaminosa et frigidissima uxor semper nobiscum in aula,
in mensa, in thoro!..._
Al oír este diálogo se comprenderá que anda por aquí el maligno y
siempre macarrónico D. Rodriguín. En efecto, él era quien sostenía esta
conversación latina con otro colegial no menos travieso, valiéndose para
ello de una especie de comunicación postal establecida debajo de las
carpetas por medio de un hilo corredizo que funcionaba de un puesto a
otro a escondidas de los demás colegiales y de los padres. Ambos amigos
afectaban hallarse muy ocupados en sus tareas estudiantiles. Ni con
rumor, ni con miradas, turbaban el silencio plácido de la sala de
estudio. Los asientos de uno y otro estaban cerca. El hilo corría
suavemente por debajo de las mesas, llevando y trayendo un papelito, en
el cual cada uno escribía su macarrón, referente por lo común a los
sucesos del día, y así pasaban las horas dulcemente entretenidos con
gran detrimento de la lección señalada. A veces funcionaba el telégrafo
sub--carpetano tan sólo para observar que al padre Fernández se le caía
la baba o que al padre Solís se le rodaba el bonete. Por poco versado
que el lector esté en humanidades macarrónicas, habrá deducido del
diálogo trascrito que aquella mañana se había casado D. Benigno Cordero
en la capilla de los Dolores de San Isidro. Este gran suceso se verificó
a fines de Junio.
Estuvo D. Benigno en aquella ocasión sereno y grave, como hombre que da
cumplimiento al más importante de los deberes. Sola parecía contenta sin
afectación, los muchachos estaban alegres y Crucita renegando. La
bendición fue dada por el padre Gracián, con quien celebró Cordero larga
conferencia en la tarde de aquel día cien veces fausto.
Dejemos ahora a esta digna familia, para quien parecerán siempre pocas
todas las bendiciones del cielo, y sigamos al venerable jesuita, cuyos
pasos son ahora del mayor interés. Acompañado del joven que solía pasear
con él, salió del Colegio Imperial, tomó por la calle de los Estudios, y
entrando en la de las Maldonadas, detuvo sus pasos en la puerta de un
llamado establecimiento, cuyo nombre más propio fuera tenducho. Miró
adentro, no vio a nadie, volvió a mirar, llamando, y al conjuro de la
voz, moviose un enorme tinajón de hacer buñuelos que arrinconado estaba.
Cayó de él una estera vieja, apartáronse dos escobas, y por el hueco que
del movimiento de estas piezas resultara, viose aparecer una figura de
mujercilla raquítica, que se adelantó cojeando.
--Romualda, ¿qué hacías ahí?
La muchacha se restregó los ojos.
--Estaba durmiendo--replicó.
--¿Y así cuidas tú la tienda?
¡La tienda! Sólo por prurito de hacer hipérboles podía darse este nombre
al mezquino aguaducho, consistente en media docena de botellas, un gran
tarro de cerezas en aguardiente, caja de latón con delantera de vidrio,
medio llena de bollos y azucarillos, y un par de botijos de agua de la
Arganzuela.
--Tenía mucho sueño--dijo Romualda--. Anoche me tuvieron en vela esperando
a padre López, que vino entre dos luces.
--Embriagado tal vez... ¡Bendito Dios!... ¿Y ahora está tu padre en
casa?
--No lo sé... subiré. Mi madrastra está en la cama.
--Sube, y si está tu padre, dile que baje al momento. Necesito darle un
recado.