A la mañana siguiente salieron muchos para Urdax. Los demás tomaron

posiciones en las alturas. Se les vela subir como gatos, escalando los

empinados cerros con agilidad increíble. El calor les hacía tan poca

impresión como les habla hecho el frío. Tenían cara de pergamino,

músculos de acero, corazón de piedra y sesos de algodón, que ni el sol

derretía ni el pensamiento inflamaba jamás. La guerra había llegado a

ser en ellos fenómeno de costumbre, un estado normal, admirablemente

conformado con su naturaleza agreste, dura, sufrida, refractaria a las

fatigas como a las ideas, y con especialidad inclinada al movimiento. Si

no hubiera habido montañas, las habrían hecho para subir y esconderse en

ellas.

Por la noche, tres jinetes llegaron a casa del cura. Seguíales numerosa

escolta. Se apearon y los tres entraron. Uno de ellos era de buena

estatura y a todos infundía un respeto que más bien parecía miedo o

superstición. El cura se arrodilló delante de él y le besó la mano. Su

Majestad (pues no era otro) manifestó deseos de descansar. Tenía mucha

jaqueca y ningún apetito. Subió, encerrose en la habitación que se le

tenía preparada. Ordenose el mayor silencio para no molestar a Su

Majestad, que no quiso tomar más que un huevo cocido y un poco de

chocolate claro. Pidió agua helada; pero en esto no le podían complacer.

Quedose solo, y al poco rato llamó pidiendo le llevaran una venda y un

poco de sebo para ponérselo en la frente. Uno de los que le habían

acompañado entró a darle lo que pedía, y después Su Real Majestad se

acostó y apagó la luz. Durante dos horas reinó el más profundo silencio,

y el cura andaba casi a gatas por no hacer ruido que pudiera turbar el

sueño del primero de los facciosos. Pero de repente sonó en las calles

de Elizondo estrépito de caballería; llegaron muchos jinetes a la casa

del párroco; se apearon y el jefe de ellos entró en la casa sin pedir

permiso ni hacer caso del cura, que salió trinando y bufando a pedir

cuenta de tan irreverentes ruidos. A pesar de esto, la calidad del

personaje exigía que se pasase recado a Su Majestad. Hiciéronlo así y el

Soberano mandó que entrase al momento Zumalacárregui. Oyose la voz del

Rey que decía:

--Traigan una luz.

Zumalacárregui estaba en el pasillo, boina en mano.

--Venga la luz--dijo, cogiéndola de las manos del cura que con ella venía

presuroso.

Era una vela, puesta no muy gallardamente en un candelero de barro. Se

acercó Zumalacárregui y entró en el cuarto oscuro. Su Majestad se había

incorporado en el lecho. Aún tenía puesta la venda. El general avanzó

lentamente, con respeto y cortedad. Extendió la mano con el candelero.

La luz iluminó de lleno el semblante de D. Carlos, en el cual no

resplandecía ningún destello ni aun chispa leve de inteligencia. Con la

venda, la palidez, el bigote afeitado (a causa del disfraz del viaje),

si no era una cara estúpida estaba muy cerca de serlo. Zumalacárregui

dijo con voz ahogada por la emoción: «Señor»: y se inclinó. Parecía un

pino que se dobla.

--Acércate--dijo el Rey alargando su mano.

El general dejó el candelero de barro sobre la mesa, y acercándose al

lecho puso una rodilla en tierra. Seguía conmovido. El Rey recibió, con

júbilo que no podría definirse, aquel primer homenaje tributado a su

reciente majestad por el más ilustre y más poderoso de sus vasallos.

Zumalacárregui encendió después en la vela que había traído la que

apagada estaba en la real estancia. Las dos luces, a pesar de aumentar

la claridad, hacían más lúgubre el desmantelado recinto. El Rey y el

general hablaron.

En tanto dos hombres que en un apartado y estrecho cuarto del piso bajo

de la casa parroquial estaban, entretenían el insomnio charlando acerca

del suceso que motivaba tanto ruido y tan extremosas entradas y salidas

de gente.

--¿Quién anda por ahí, que tanto ruido hace?--preguntó Navarro a su

hermano.

--No es cosa que deba desvelarte, porque ni a ti ni a mí nos interesa.

Esta noche duerme en casa del señor cura un desgraciado loco que va de

paso.

--¿Para donde?... ¿Y cuál es su manía?

--La más extraña y disparatada que puedes imaginar. Ha dado en creer y

sostener que es Rey de España.

--¿Y quién lo conduce?

--Otros tan locos como él.

--Eso no puede ser--dijo Navarro prontamente--, porque los locos no

conducen a los locos... Alguien habrá entre ellos que tenga razón.

Aquella tarde había hablado el anciano cura de la probable entrada de D.

Carlos en el Baztán y de la aproximación de las tropas de Zumalacárregui

y Eraso para proteger la entrada del Rey y hacerle los primeros honores.

Recordándolo, dijo Navarro con cierta exaltación que encandilaba sus

extraviados ojos.

--Este ruido, este ir y venir, este pisar de caballos, no pueden ser otra

cosa más que la entrada de Su Majestad, y como yo he venido aquí con mi

ejército para esperarle, conferenciar con él y recibir sus reales

órdenes, voy a vestirme al momento y a subir, porque no conviene que

aguarde nuestro señor.

Arrojose del lecho, y no poco trabajo costó a Salvador detenerle.

Empleando argumentos ingeniosos, y a ratos la fuerza, pudo calmarle

repitiendo lo del loco conducido por locos.

--Su Majestad no vendrá todavía--añadió--. Yo te juro por el nombre que

llevas que serás el primero que sepa su llegada.

Poco después Navarro dormía, y en su febril sueño recibió a Su Majestad,

le rindió pleito homenaje; oídas sus órdenes, le llevó consigo al teatro

de la guerra. Al despertar, su decaimiento era tan grande como si

acabara de ganar treinta batallas y de recorrer a caballo sin descanso

toda Navarra. Ardiente fiebre le consumía, y la inercia de la mitad de

su cuerpo era casi absoluta. Salvador tenía ya dispuesto todo lo

necesario para llevárselo. No le faltaba más que un salvo-conducto para

recorrer sin tropiezo el territorio dominado por los carlistas, y

Zumalacárregui se lo dio aquella noche de muy buena voluntad. Pero un

médico que acompañaba al General en jefe vio a Navarro y examinándole

cuidadosamente, aseguró que, si bien el cambio de clima le sería de

grandísima ventaja, no estaba en situación de emprender un viaje. Sus

días estaban contados. La parálisis haría pronto nuevas invasiones y los

centros nerviosos no tenían poder para defenderse. En vista de esto

resolvió Salvador esperar allí el triste desenlace, aunque tardara algún

tiempo; pero no quiso Dios que el martirio del uno y la dolorosa

expectación del otro se prolongasen mucho, porque a la tarde siguiente

Navarro fue acometido de un accidente convulsivo, después del cual quedó

sin conocimiento. Toda la noche la pasó así, de lo que Salvador y el

cura coligieron que entregaba su alma al Señor, sin decir ni hacer más

locuras. Pero por la mañana volvió en su acuerdo, y dando una gran voz

llamó a su hermano y le rogó que se sentara junto a la cama para

responder a las preguntas que a hacerle iba. Garrote empezó por

desperezarse, estirándose tanto que cada remo parecía dispuesto a

arrancarse por sí mismo del tronco y a caer al suelo por los lados de la

cama. Las contracciones de la cara y el crujir de huesos eran como si el

hombre despertase, más que del sueño de una noche, de un encantamiento

de siglos. Luego clavó los ojos en su hermano y le dijo:

--Vas a hablarme con franqueza. ¿He hecho muchos disparates? ¿he dicho

muchas necedades?

--Ni una cosa ni otra--replicó caritativamente Monsalud--. Todos están

acordes en juzgarte bien y es cosa indudable que diriges admirablemente

la guerra, llevando la bandera absolutista de victoria en victoria.

--No, no, no--dijo Navarro demostrando grandísimo dolor--, yo no soy

Zumalacárregui, yo no soy lo que mi cerebro abrasado y enfermo me

fingió. De repente, lo mismo que se rasga un velo, se ha roto en mi

cerebro no sé qué cortina de telarañas, y aquí me tienes con una

claridad en el pensar y un tino en el discurrir cual creo no los he

tenido en mi vida. Pasmado estoy de que un hombre como yo, jamás

inclinado a fantasías ni figuraciones, haya estado por tanto tiempo... y

a propósito de tiempo... ¿en qué día vivimos? Vuelvo del país de la

necedad, donde no rigen almanaques.

Salvador le dijo la fecha, y Navarro prosiguió:

--No se han borrado de mi mente estos días tristes, pero la noción que

tengo de ellos es muy oscura. Sé que he creído ser Zumalacárregui,

aunque si he de decirte verdad, aún en los momentos de más exaltada

demencia había en el fondo de mi alma ciertas dudas... quiero decir, que

no estaba yo completamente seguro de ser lo que decía, y mis dos

personas, la verídica y la falsa se confundían y se separaban por

momentos... La manía de ser Zumalacárregui nació en mí del deseo de

emularle. Yo vine al Norte convencido de mi valer y seguro de formar con

las facciones de este país un ejército irresistible. En suma, yo pensaba

hacer todo lo que hace Zumalacárregui, y dicho sea sin jactancia ni

locura, creo firmemente que lo habría hecho lo mismo y quizás mejor, si

Dios no hubiera dispuesto que se trocaran los papeles; que todas mis

ideas las pusiese él en práctica y mis planes todos pasasen a ser obra y

provecho suyo... Ya es tarde; pasa el tiempo y yo me muero, porque

seguramente esta vuelta mía a la razón, es como en D. Quijote, señal de

muerte próxima.

No lo creyó así Salvador, viéndole con tan buenas explicaderas, sereno

de aspecto y fácil de palabra. Contento de este cambio que parecía

milagro, le reanimó con palabras cariñosas y le hizo un resumen del

estado de la guerra y de la política. Pero Navarro no pareció

interesarse mucho en estas cosas profanas, y dando un gran suspiro, dijo

así:

--La salvación de mi alma es lo que me interesa; que lo demás, como cosa

del mundo, acabó para mí. Venga un cura, que me quiero confesar.

Salvador pensó en el cura de Elizondo, a cuya generosidad debían su

asilo; pero como Navarro se enterase de que había venido con las tropas

el padre Zorraquín, su antiguo amigo, quiso verle y que fuese él quien

le ayudara a bien morir oyendo la confesión sincera de sus culpas.

Salvador le buscó por todo el pueblo y al fin halló al cura historiador

y guerrero en una taberna, escanciando con marcial donaire una azumbre

de vino, ganada al juego de las damas la noche antes.

Acudió Zorraquín al llamamiento de su amigo. Cuando este salía del

segundo desmayo, que fue más profundo y grave que el primero, vio entrar

en la alcoba, anunciándose antes con rechinar de espuelas y resoplidos

de cansancio, un figurón inverosímil y que en otras circunstancias

habría traído al moribundo, en vez de consuelo, una agonía mayor que la

de la misma muerte. También vinieron a verle Oricaín y Zugarramurdi, que

le habían abandonado cuando cayó prisionero. Recibioles con

indiferencia, y ellos se retiraron pronto.

La cara de Zorraquín, que rapada era bondadosa, desaparecía ya entre un

vellón áspero, negro y erizado, como bala de lana sin cardar. Los ojos

pequeños, la nariz agarbanzada y la desabrida sonrisa del capellán

apenas se abrían paso por tan enmarañado bosque de pelos. La boina

blanca caída de un lado parecía impedir con su peso que el cabello, no

menos áspero que la barba, tomase la dirección del techo, como un

escobillón que se cree ciprés. En la zamarreta del cura veíanse diversos

cintajos que manifestaban sus grados y condecoraciones. El sable le

arrastraba por el suelo, sonando a pandereta rota. Las botas

desaparecían bajo salpicaduras de fango; las pistolas eran negras como

la zamarra, y las manos de color de hierro viejo. Por donde quiera que

iba el guerrero, difundía en torno suyo un complejo olor a pólvora, a

cuadra y a vino.

--Vamos, vamos, Sr. D. Carlos--dijo Zorraquín abrazando al enfermo--. Ahora

que los dedos se nos hacen triunfos, y tenemos a nuestro Rey con

nosotros, y nos preparamos para ir sobre Madrid ¿se le antoja a usted

morirse? Eso no se puede consentir.

Navarro se acongojó mucho y dijo que la voluntad de Dios no le permitía

guerrear en aquella grande y sublime campaña. Hablaron un momento del

alma y de la bondad de Dios. Zorraquín halló en su espíritu cierta

dificultad para retrotraerse a su antiguo oficio, tan distinto del que

entonces tenía; pero al fin pudo vencer su desgana de oír pecados.

Quitose la boina, sentose, apoyó el codo izquierdo en la cama, y

acariciando con la derecha mano el sable, preparose a escuchar la

confesión de su infeliz amigo.

Navarro no fue breve en aquella ocasión, y los escrúpulos sucedían a los

escrúpulos, las consultas a las consultas. Al principio le oyó con

paciencia y bondad Zorraquín, dirigiendo al penitente los más

edificantes consuelos; pero tanto y tanto machacaba Navarro, y

dimensiones tales daba al acto de limpiar su conciencia, que el buen

clérigo no pudo menos de considerar cuán incompatibles eran en aquel

caso las funciones de comandante de armas y las de pastor de almas.

Empezó a sonar en el pueblo ruido de tambores tocando llamada. El

ejército se iba a poner en marcha, y héteme aquí a uno de los más

importantes jefes clavado al lecho de un moribundo. Abandonar a este

cuando más contrito parecía y más necesitado de consuelos, era

imposible, y dejar de acudir a donde el honor militar y el deber le

llamaban también era imposible para Zorraquín. Colocado él entre estos

dos imposibles, padeció horriblemente en breves instantes. Los toques de

clarín y tambor arreciaban y se sentían pasar las tropas por la calle

con algazara y gritos. Las pisadas de tantos hombres producían hondo

rumor, como mugido lejanísimo de la tierra por tantos pies herida.

Cuando Zorraquín oyó el piafar de los caballos, no supo lo que por sí

pasaba y un sudor se le iba y otro se le venía, mientras D. Carlos

Garrote, charla que charla, no se contentaba con hablar de sí y de su

conciencia, sino que se entraba en ciertos laberintos de teologías. No

le hacía ya maldito caso Zorraquín, y acariciaba el sable, como si fuera

aquella arma necesaria para encaminar almas al cielo; movía

alternativamente una y otra pierna, resollaba fuerte, se acariciaba la

cerdosa barba, hasta que una destemplada voz sonó en la calle,

gritando... «¡Zorraquín!» y tras esta palabra otra no muy edificante ni

culta. Como si estallara dentro de su cuerpo un petardo, se levantó el

confesor. No se había podido contener.

--Usted me... dispensará, Sr. D. Carlos--dijo con torpe lengua--, pero mis

deberes militares... No se pertenece uno desde que se mete en ciertos

trotes.

--Sí, sí... vaya usted... ¿Cuántos hombres hay en Elizondo?

--Doce mil y ochenta caballos. Con permiso de usted...

Y extendiendo su brazo, murmuró muy a prisa latines que más bien

parecían escupidos que hablados. Desde la puerta dijo _ego te absolvo_;

hizo la señal de la cruz como quien da bofetadas en el aire, y echó a

correr, arrastrando el sable y tropezando contra todo lo que se hallaba

a su paso. Parecía una bestia recién escapada de la jaula, que busca su

libertad entre la muchedumbre. Navarro, al verle salir, dio un gran

suspiro. ¿Era porque su conciencia estaba aún algo turbada o por

desconsuelo de que sus amigos guerrearan mientras él se moría?

Dejemos a Zorraquín subiendo a su caballo, cosa para él bien distinta de

subir al púlpito. La tropa carlista salía de Elizondo. En el centro iba

D. Carlos con su Estado Mayor de clérigos y generales, y a la cola

algunos carros con vituallas y coches con damas y palaciegos de la corte

que empezaba a formarse. El reino apócrifo no se habría creído con visos

de verdadero, si no tuviera su cola de rabillos de lagartija.

Navarro empezó a decaer después de la confesión, y se aplanó tanto

aquella noche, que no podía moverse y hablaba con mucha dificultad. Su

hermano no se movía de su lado.

--Tengo que hablarte--le dijo Carlos, esforzándose en sacar del pecho la

voz--. Yo me muero y no quiero morirme sin confesar que te debo inmensos

beneficios, que te has conducido cristianamente conmigo. Si viviera más,

¿podría llegar a quererte?

--Si vives (y no debemos perder la esperanza de ello), nos separaremos, y

no tendrás tú el enojo de agradecerme ni yo la necesidad de servirte.

--Pues bien, por más que se empeñen en unirnos la Naturaleza y el mundo,

tienes unas cosas... Dame agua...

Salvador le dio agua. El beber reanimó un tanto al enfermo, que pudo

decir esto:

--¡Qué habría sido de mí sin tu ayuda, sin tu generosidad en estos meses

de locura y abandono!... Mucho te debo, mucho. Se me viene a la boca la

palabra hermano, las palabras hermano querido, y sin embargo... Dame

más agua.

--No te sofoques. Tiempo tendrás de decirme lo que quieras... No

necesitas darme satisfacción de nada. Lo que he hecho contigo, por deber

lo hice, no por jactancia, por impulso de mi conciencia, no por

humillarte con beneficios que contrastaran con tus crueldades. Si vives,

no quiero de ti más que olvido, olvido de todo.

--Sé que debo perdón a todos los que me han ofendido; pero hay ofensas

que no se pueden perdonar. No está en nuestro poder perdonar, por más

que lo digan Zorraquín y todos los clérigos juntos... Yo me

muero--añadió haciendo un esfuerzo para detener la palabra que se iba,

abriendo paso a la vida que se iba también--, yo me acabo. Tú vivirás,

volverás a Madrid, verás a la que fue tormento y bochorno de mi vida.

Dile... dile que no la perdono, que no la puedo perdonar.

Salvador le dio la mano. Navarro, tomándola, la apretó en la suya

fuertemente. Le miró con espanto. En aquel momento postrero parecía que

se reproducían en su alma todas las amarguras de su vida y que

espantosas imágenes le turbaban la vista. Con voz que parecía un

suspiro, pronunció estas palabras, aflojando los músculos de la mano con

que estrechaba la de su hermano:

--¡Ni a ti tampoco!

Y dejando caer la cabeza sobre el pecho, dejó de existir.

¡Extraña cosa! Cuando llegó el momento de dar sepultura al valiente

soldado, víctima de una dolencia nacida de sus propias melancolías y de

su irritable carácter, no se encontraron hombres que cargaran aquel

desfigurado y un tiempo hermoso cuerpo. Todos los hombres de Elizondo

estaban en la facción. Las mujeres prestáronse gustosas a conducir el

cadáver; pero como el cementerio estaba muy cerca de la casa del cura,

Salvador tomó en sus brazos el cuerpo frío, y acompañado del cura y

sacristán, precedido de una turba de chiquillos y seguido de dos docenas

de mujeres curiosas, le depositó junto al hoyo. Con ayuda de femeninas

manos fue bajado a lo profundo y se le echó mucha tierra encima. El día

estaba húmedo, la tierra blanda, el cielo triste y lacrimoso.

Aquella misma tarde partió Salvador de Elizondo, deseando huir de un

país que le infundía repugnancia y miedo, a causa de las muchas locuras

que en él había visto; y así como el que visita una casa de orates se

siente tocado de enajenación y con cierto misterioso impulso de imitar

los disparates que ve, sentía nuestro hombre en sí cierta levadura

recóndita de demencia, por lo cual se echó fuera a toda prisa. Un hombre

que se cree Zumalacárregui, un Zumalacárregui auténtico que sacrifica su

genio y su dignidad militar a ambicioso príncipe sin más talento que su

fatuidad ni más idea que su ambición; un país que abandona en masa

hogares, trabajo, campo y familia por conquistar una soberanía que no es

la suya y una corona que no ha de aumentar sus derechos; ríos de sangre

derramados diariamente entre hombres de una misma Nación; clérigos que

esgrimen espadas, moribundos que se confiesan con capitanes, villas

pobladas por mujeres y chiquillos; cerros erizados de frailes y poblados

de hombres lobos, que deliran con la matanza y el pillaje, son

incongruencias que repetidas y condensadas en un solo día y lugar pueden

hacer perder el juicio a la mejor templada cabeza y hacer dudar de que

habitamos un país cristiano y de que el Rey de la civilización es el

hombre. Así lo pensaba Salvador, huyendo de Elizondo y de Navarra, como

el que huye de una epidemia, Deseando perder de vista pronto a la gente

facciosa y el sangriento teatro de sus hazañas, tomó el camino de Urdax

con ánimo de salir de Navarra por los Pirineos y entrar en la España

Isabelina por la Francia Orleanista.

-XXIV-

--_Rodfriquine, ¿vidiste hodie ceremoniam in capella Dolorosae?_

_--¡Eheu! amice. Vidi (et invideo) satisfactionem Agni Benedictinei (vel

Benigni Corderi) in desposorium suum cum puella._

_--¿Quid tibi videtur?_

_--Ille senex, superlative frescachona illa. ¡Matrimonius slultus!

Acababerit sicut rosarium albae matutinae._

_--¡Oh fortunate senex!_

_--¡Oh terque quaterque beatus! Ille laetificat senectutem suam cum moza

matrimoniale (vel uxore) dum nobis nulla res amatoria licet. ¡Miserere

nobis, Domine, miserere nobis, qui Thesaurum Calepinum et horridos

mamotretos desposamus! Gramatica muchacha nostra est._

_--¡Eheu!... ¡pergaminosa et frigidissima uxor semper nobiscum in aula,

in mensa, in thoro!..._

Al oír este diálogo se comprenderá que anda por aquí el maligno y

siempre macarrónico D. Rodriguín. En efecto, él era quien sostenía esta

conversación latina con otro colegial no menos travieso, valiéndose para

ello de una especie de comunicación postal establecida debajo de las

carpetas por medio de un hilo corredizo que funcionaba de un puesto a

otro a escondidas de los demás colegiales y de los padres. Ambos amigos

afectaban hallarse muy ocupados en sus tareas estudiantiles. Ni con

rumor, ni con miradas, turbaban el silencio plácido de la sala de

estudio. Los asientos de uno y otro estaban cerca. El hilo corría

suavemente por debajo de las mesas, llevando y trayendo un papelito, en

el cual cada uno escribía su macarrón, referente por lo común a los

sucesos del día, y así pasaban las horas dulcemente entretenidos con

gran detrimento de la lección señalada. A veces funcionaba el telégrafo

sub--carpetano tan sólo para observar que al padre Fernández se le caía

la baba o que al padre Solís se le rodaba el bonete. Por poco versado

que el lector esté en humanidades macarrónicas, habrá deducido del

diálogo trascrito que aquella mañana se había casado D. Benigno Cordero

en la capilla de los Dolores de San Isidro. Este gran suceso se verificó

a fines de Junio.

Estuvo D. Benigno en aquella ocasión sereno y grave, como hombre que da

cumplimiento al más importante de los deberes. Sola parecía contenta sin

afectación, los muchachos estaban alegres y Crucita renegando. La

bendición fue dada por el padre Gracián, con quien celebró Cordero larga

conferencia en la tarde de aquel día cien veces fausto.

Dejemos ahora a esta digna familia, para quien parecerán siempre pocas

todas las bendiciones del cielo, y sigamos al venerable jesuita, cuyos

pasos son ahora del mayor interés. Acompañado del joven que solía pasear

con él, salió del Colegio Imperial, tomó por la calle de los Estudios, y

entrando en la de las Maldonadas, detuvo sus pasos en la puerta de un

llamado establecimiento, cuyo nombre más propio fuera tenducho. Miró

adentro, no vio a nadie, volvió a mirar, llamando, y al conjuro de la

voz, moviose un enorme tinajón de hacer buñuelos que arrinconado estaba.

Cayó de él una estera vieja, apartáronse dos escobas, y por el hueco que

del movimiento de estas piezas resultara, viose aparecer una figura de

mujercilla raquítica, que se adelantó cojeando.

--Romualda, ¿qué hacías ahí?

La muchacha se restregó los ojos.

--Estaba durmiendo--replicó.

--¿Y así cuidas tú la tienda?

¡La tienda! Sólo por prurito de hacer hipérboles podía darse este nombre

al mezquino aguaducho, consistente en media docena de botellas, un gran

tarro de cerezas en aguardiente, caja de latón con delantera de vidrio,

medio llena de bollos y azucarillos, y un par de botijos de agua de la

Arganzuela.

--Tenía mucho sueño--dijo Romualda--. Anoche me tuvieron en vela esperando

a padre López, que vino entre dos luces.

--Embriagado tal vez... ¡Bendito Dios!... ¿Y ahora está tu padre en

casa?

--No lo sé... subiré. Mi madrastra está en la cama.

--Sube, y si está tu padre, dile que baje al momento. Necesito darle un

recado.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 14 / 19 段