Entró a la sazón el padre Zorraquín muerto de frío y se sentó a

horcajadas en una silla, frente a la chimenea, extendiendo sus pies

hacia el fuego. Poco después el vivo calor de la llama le obligó a

apartarse. Empezó a oscurecer, por ser en aquella estación las tardes

más cortas que la esperanza del pobre, y Doña Hermenegilda dio luz a un

esplendoroso quinqué, competidor del sol de invierno. Cerradas las

maderas, se prepararon los cuatro a echarse a pechos la larguísima

velada, que parecía un siglo, cuando no era conllevada de interesantes y

variados entretenimientos. Doña Hermenegilda hacía media con ligereza

suma. Aquella noche necesitó devanar madejas de hilo, y como no tenía

devanadera, prestose, como otras veces, a suplirla el bendito Padre

Zorraquín. Era hombre amabilísimo. El cura charla que charla, y la dueña

devana que devana, parecía que de los labios de aquel salía la palabra,

como de la madeja de sus manos el hilo, y que Doña Hermenegilda iba

envolviendo el interminable discurso, haciendo de él un corpulento

ovillo, que bien podría pasar por abultado libro. El cura hablaba,

moviendo brazos y manos con lenta oscilación para que saliese la hebra,

el ovillo crecía, pasando de nuez a manzana, de manzana a calabaza, y

los dos hermanos oían y callaban, el uno inmóvil, el otro marcando cada

vuelta de la madeja con un golpecito dado con las tenazas en el borde de

la chimenea. Cada vez que el hilo se deslizaba, rozando con el dedo

gordo de la mano derecha del cura, Navarro daba un golpe. Era como el

ritmo de un reloj. Creeríase que los cuatro individuos formaban un

mecanismo dentado construido para hablar ovillando, y para ovillar los

segundos. Salvador habría podido pasar por la muestra de aquel humano

reloj, pues su cara no expresaba nada, a no ser la inmutable tristeza

de un horario.

¿Qué contaba Zorraquín? Las hazañas de Zumalacárregui, que era el asunto

obligado en Pamplona y en toda Navarra. La prolijidad del buen cura no

es para imitada aquí, pues él se había propuesto ser en lo futuro

historiador de aquella gran guerra, y apuntaba todas las noticias para

reunir materiales. Aprovechándolo todo, lo mismo lo cierto que lo

dudoso, y utilizando lo histórico así como lo anecdótico, allegaba

elementos para un colosal almacén literario que, por fortuna, pereció en

un incendio años adelante.

Zorraquín refería las acciones, describía los lugares, reproducía las

palabras, dando a las alocuciones el tono y tamaño de discursos a lo

Tito Livio. Hasta imitaba los gestos de los guerreros, y al llegar un

punto en que hubiese aclamaciones de la muchedumbre, lo hacía tan al

vivo, que era preciso suplicarle que bajase la voz para no alarmar a la

vecindad.

Abreviando todo lo posible la empalagosa narración, sólo diremos que

Zumalacárregui había tropezado con el antagonismo de los díscolos jefes

que se sublevaron antes que él. Aclamado por algunos como jefe de todos

los voluntarios navarros, halló resistencia en Iturralde. El cura de

Irañeta, y Mongelos no vacilaron en ponerse a sus órdenes. Dividiéronse

los carlinos; pero una insurrección pequeña nacida dentro de la

insurrección grande resolvió el problema. El cabecilla Sarasa se sublevó

una mañana, y haciendo prisionero a Iturralde, proclamó a Zumalacárregui

comandante general de Navarra. Por este procedimiento, que más que

navarro era español puro, se unificó la insurrección, y los voluntarios

carlistas no tuvieron ya sino un solo jefe. Este desplegó desde el

primer momento energía colosal. Rebajó a un real la soldada de dos

reales que percibían los voluntarios, y empezó a combatir con gran

fortuna. Dictó aquellas célebres disposiciones que tan extraordinario

vigor infundieron a las armas carlistas, y en todo mostró ser insigne

guerrillero, digno sucesor de los Viriatos, Empecinados y Merinos, con

más saber militar que todos ellos. Sus terribles castigos revelaron un

carácter de hierro tal como se necesitaba en aquella sangrienta ocasión.

Condenó a muerte en un bando que hacía cumplir estrictamente, a todo el

que volviera la espalda al enemigo durante el combate, a todo el que sin

vacilar no se dirigiese al puesto designado por su jefe, aun cuando

viese en él una muerte segura, y a todo el que pronunciase voces

alarmantes, como _que nos cortan_, _que viene la caballería_, etc...

Todo esto lo oía Navarro sin decir nada, cejijunto y torvo, hasta que al

fin rompió la palabra:

--Basta ya de charla, Sr. Zorraquín. Si eso ha de escribirse que se

escriba; pero conste que no es por mandato mío, pues no tengo vanidad en

ello.

Salvador y Doña Hermenegilda se miraron a las diez de la noche, cuando

los dos hermanos se quedaron solos, después de cenar, Salvador rogó a

Navarro que se acostase.

--No será malo--dijo este con mucha naturalidad--, pues fatiga sobre

fatiga, se llega a un punto en que no hay cuerpo que resista. Sigo tu

consejo, pues no ha sido mala la jornada de este día.

Salvador le acompañó a su alcoba. Acostose Navarro, y sumergido en el

lecho con el rebozo de las sábanas en la boca, sin mostrar de su persona

más que media cara y tres dedos de una mano, habló a su hermano de este

modo:

--Natural era que se supiese ya en Navarra y aun en toda España la

resistencia que hallé en Iturralde, la sublevación de Sarasa, y por

último, la concentración de todas las fuerzas de este país bajo mi

mando. Lo que extraño mucho es que se sepa ya, y aun que ande escrita y

parlada, la orden del día que di en la Amezcoa, mandando fusilar a los

que vuelvan la espalda, a los que pronuncien voces subversivas y a los

que no acudan a los puestos de peligro... Esta idea, que hace tiempo

tenía yo y que acabo de poner en ejecución, será la clave de esta gran

guerra y la base sobre que se forme el más temido y belicoso ejército

que han visto las naciones.

Salvador no pudo contenerse.

--No eres tú--le dijo--, quien ha hecho esas cosas, sino Zumalacárregui.

Sonrió con desdén Navarro, y como si su hermano hubiese dicho una gran

necedad, le contestó de este modo:

--¿Pero no sabes, pobre hombre, que ese infeliz Zumalacárregui fue hecho

prisionero en la Rioja, conducido a Estella, en cuya cárcel se agravó su

enfermedad del hígado, y después trasportado en un carro a Pamplona? ¿No

sabes que está en el hospital con un mal gravísimo, que algunos tienen

por hepatitis y otros por locura? ¡Lástima de hombre! le aprecio mucho y

deseo que sane.

Dijo, y volviéndose del otro lado se fue aletargando. Poco después

dormía profundamente. Después de contemplarle un rato, considerando que

era cosa perdida, Salvador se retiró con el alma llena de tristeza.

Pasaron tres días. Una mañana entró Salvador en su casa y halló a Doña

Hermenegilda consternada, llorosa. La buena señora no se atrevía a darle

la tristísima nueva del suceso ocurrido durante la ausencia del amo de

la casa. Salvador creyó comprenderlo, corrió a la habitación de su

hermano, pasó de una estancia a otra... No estaba.

--Se escapó, sí señor, se escapó no hace media hora... En un momento que

me descuidé... Salí a comprar varias cosas... Le dejé paseando en el

comedor con el capote puesto y la espada ceñida. Como otras veces andaba

en el mismo empaque, no sospeché... Todavía no habrá salido de la

ciudad. Todavía se le podrá detener... ¡Qué desgracia!... Cuando

parecía curado... ¡Esta mañana me hablaba con tan buen juicio!...

-XXII-

Sin perder un instante se empezaron las indagaciones. Algunos vecinos

de la calle le vieron, y según la dirección que llevaba, debió de

salir por la puerta de la Rochapea. Salvador preguntaba a todo el

mundo, y como el pobre enfermo era bastante conocido en Pamplona, no

tardó en tener noticias del rumbo que había tomado. En compañía del

Padre Zorraquín, que se le unió desde que tuvo noticia del suceso,

recorrió inmediatamente todo el arrabal de la Rochapea. Al principio

las indicaciones que recibió eran vagas y contradictorias; pero al fin

supo que Carlos había comprado un caballo y había partido a escape en

dirección de Villaba. La circunstancia de estar el pobre Navarro en

posesión de su dinero fue causa de esta fuga, porque si no tuviera oro

no habría encontrado caballo, y a pie no hubiera podido alejarse mucho.

En el acto trató Salvador de adquirir dos cabalgaduras, una para sí

y otra para Zorraquín, que se brindó a acompañarle en la humanitaria

empresa que iba a acometer; pero la escasez de caballería era tal con

motivo de la guerra, que en toda aquella noche y en parte del siguiente

día no pudieron obtener nada de provecho. Por fin, después de recorrer

todos los arrabales exteriores y las cuadras de la ciudad, lograron

obtener a precio muy alto dos cuartagos de desecho, veteranos del

trabajo de arrastre, cuya presencia infundía veneración y un vivo deseo

de andar a pie. Al verse dueño de aquellas dos piezas, Salvador no pudo

tener la risa; pero, pues no había otras mejores, forzoso era tomarlas,

y dispuso que antes de emprender la primera jornada se les diera una

copiosa ración de cebada, a ver si de este modo recordaban su mocedad.

Hartáronse de tal manera, que después fue preciso darles igual ración de

palos para hacerles abandonar la cuadra y el desusado sibaritismo que

les permitió su nuevo dueño. Al fin aquellas desvencijadas máquinas se

pusieron en movimiento, llevando a nuestros dos jinetes por el camino de

Villaba. Era de noche y la helada dejábase sentir con intensidad. Iba

Salvador en traje de camino y Zorraquín en un pergenio mixto de viajero

y eclesiástico, sin sotana, con botas negras, capa de cura y un gorro de

terciopelo negro, cuyo borlón bailaba al duro compás de la caballería.

Durante las primeras horas de su expedición hablaron del objeto de ella,

discutiendo las probabilidades de éxito. Zorraquín opinaba que Navarro

no había tomado el camino del Baztán, sino el de las Amezcuas, donde a

la sazón estaba empeñada la guerra, a lo que objetó Salvador que, siendo

esta dirección la razonable, no debía creerse que la había tomado el

fugitivo, pues lo lógico parecía que este caminara siempre en contra del

sentido común. Con todo, las noticias que adquirieron en la madrugada

confirmaron la sospecha del buen cura. Antes de llegar a Villaba

dijéronles que el demente había retrocedido y vuelto hasta cerca de

Pamplona, tomando después, al parecer, el camino de Lecumberri.

Volvieron grupas los dos jinetes y se encaminaron a la Amezcua, sin

hallar noticia alguna en seis días de molestísimo viaje, entre sustos y

contrariedades. Frecuentemente tenían que apartarse del camino por no

tropezar con una guerrilla que apostada en las alturas hacía fuego sobre

todo viajante sospechoso, y las columnas isabelinas inspiraban tanto

recelo al capellán, que no pasara cerca de ellas por nada de este mundo,

temiendo infundir sospechas con su empaque de cura jinete. Los

hospedajes eran infernales, pero los suplía con ventaja la caridad de

los aldeanos, excitada por el Sr. Zorraquín. En algunas partes les

trataron tan a cuerpo de rey, como si fueran familiares del Infante, y

el astuto sacerdote no disimulaba sus opiniones para verse de este modo

mejor agasajado y atendido.

Un día perdió Zorraquín su gorro negro, no se sabe cómo (aunque hay

opiniones diversas sobre este suceso, sosteniendo algunos que el mismo

cura lo arrojó a un muladar). Los dueños de la casa en que ambos amigos

se habían hospedado le ofrecieron una boina blanca, también de borla,

ancha, redonda, con aro de madera para sostener la forma de plato.

Púsosela el cura historiador, mirose al espejo, echose a reír, y dijo

que no se la había de quitar más, pues le caía que ni pintada.

Partieron, y admitidos en el campo carlista corrieron toda la áspera

sierra sin encontrar al individuo que buscaban, ni siquiera indicios de

que hubiera estado por allí en ninguna época.

En todas estas andaduras y averiguaciones pasaron el mes de Febrero y

parte de Marzo, Salvador muy contrariado y melancólico, Zorraquín

contento y satisfecho de verse entre aquella gente. Una mañana,

regresando de visitar el caserío donde los carlistas tenían sus

hospitales, se le enredó la capa en un espino y quedó en dos mitades

como la de San Martín. Un oficial carlista le ofreció al punto una

zamarreta de piel; púsosela nuestro cura y se encontró tan bien, tan

ágil, tan a gusto con aquella prenda, propia para abrigar sin impedir

los movimientos, que gustosísimo la tuvo por suya y prometió llevarla

siempre de allí en adelante. Como le crecía la barba, y no había querido

afeitarse, ya no parecía tal cura sino un capitán de malhechores, jefe

de guerrilla o cosa así. Él se reía, se reía y estaba cada vez más

contento.

Con la certidumbre de que Navarro no estaba en la Amezcua, partieron

para Levante. Pero el temor de encontrar alguna columna del ejército de

Saarsfield les obligó a tomar precauciones. «Aunque son impropias de

mí--dijo el cura--, no será malo que llevemos algún arma». Un guerrillero

que les acompañaba, por ser amigo o hijo espiritual de Zorraquín, dio a

este un sable. Al ponérselo ¡cómo se reía el buen cura!... Salvador le

regaló un cinto con dos pistolas que no necesitaba. Cuando se vio con

tales arreos el capellán, a quien ya no conocería ni la Iglesia su madre

ni la madre que le parió, soltó tan gran carcajada, que las gentes

salían al camino para verle. El mismo Salvador, que había asistido a su

lenta trasformación, casi no le reconocía bien.

--Sr. D. Salvador amigo--dijo el cura--. Según asegura un buen hombre que

ayer llegó de Pamplona, allí corre la voz de que yo me he pasado a las

facciones y estoy al frente de una compañía de escopeteros. Podrá ser

mentira, ¿eh? pero parece que es verdad. El Señor ha guiado mis pasos,

trayendome insensiblemente hasta aquí; ha mudado mi figura, me ha puesto

en una vía de la que no puedo apartarme ya. Usted, como incrédulo, dirá

que la casualidad es quien me ha dado esta guerrera facha, y yo digo que

es Dios, el mismísimo Dios quien se ha servido dármela... Por tanto,

amigo, es llegado el momento de que nos separemos. Usted se irá tras su

humanitario objeto, y yo me quedo aquí en cumplimiento de la voluntad de

Dios, que de seguro no me destina a soldado de combate, sino a otras

funciones modestas, tales como a la intendencia militar, a la sanidad, a

cuidar la impedimenta o a cualquier otro empleo modesto. Dígolo, porque,

si bien siento en mí cierto ardorcillo, no puedo menos de asustarme

cuando oigo muy de cerca los tiros... Pero eso pasará; que a todo se

hacen los hombres... Voy a presentarme al general, para que disponga de

mí. Adiós... buena suerte y cuente usted con un amigo. Venga un abrazo.

Salvador le abrazó riendo. Después de augurarle un brillante porvenir en

la nueva carrera que emprendía, se despidió para tomar la senda de

Pamplona. Por el camino iba pensando que debía dar por suficientemente

apurados los medios de investigar el paradero del pobre enfermo

fugitivo, pues no daban noticias de él en todo el territorio de la

Amezcua. De seguirlo buscando, era preciso recorrer minuciosamente la

Navarra entera, para lo que no bastarían dos ni tres años. Pero Dios que

lo había dispuesto de otra manera, hizo que cuando había perdido la

esperanza de tener noticias del desgraciado Navarro, las tuviese

auténticas por un testigo de vista. Loado sea Dios. El Sr. Garrote

vivía, aunque en estado deplorable, pues había llegado a servir de

diversión a los chicos. Hallábase cerca de Elizondo en un caserío, al

cual bajó desde los Alduides a mediados de Marzo. Era ya evidente que el

fugitivo al escaparse de Pamplona había salido a Villaba, y tomando el

valle del Arga había subido a la sierra, en cuyos riscos y espesuras

pasó, no se sabe cómo, la mayor parte del tiempo de su misteriosa

peregrinación.

Saber el otro estas noticias y ponerse en camino para el Baztán fue todo

uno. Las facciones de Eraso, que operaban por aquella parte, le

impidieron la marcha muchas veces, deteniéndole días y más días, a veces

no sin riesgo de su vida; pero al fin, a principios de Mayo vio las

casas de Elizondo. Hallábase en tierra carlista, absolutamente dominada

por las facciones.

La casa en que le dijeron hallarse su hermano estaba a tres cuartos de

legua de Elizondo por el camino de Urdax. Presentose en ella y su

asombro fue grande al ver que el demente, lejos de servir de diversión a

los chicos, pasaba en el país por un hombre pacífico y hasta razonable.

La casa era viejísima y ruinosa, de esas que después de haber sido

palacio de ricos pasan a ser morada de labradores miserables. Habitábala

una mujer con cuatro chicos menores. El esposo y dos hijos adolescentes

estaban en la acción. Personas, vivienda, mueblaje, animales domésticos,

todo allí tenía un triste sello de abandono, indigencia y atraso. Cuando

Salvador preguntó por su hermano, la mujer refirió que el Sr. Navarro

había sido hallado una noche sobre la nieve, como muerto; que le habían

conducido en hombros a aquella casa, donde aún seguía por no poder

moverse, a causa de la perlesía que le cogía medio cuerpo. Salvador

subió, y vio a su hermano arrojado en el más desigual y abominable

jergón que ha sostenido cuerpos en el mundo. El cuarto correspondía a la

cama y el enfermo no desmerecía de tan atroz conjunto. Tendido a lo

largo, D. Carlos se apoyaba en el codo izquierdo. Delante tenía una

silla, sobre la cual había un papel, y en aquel papel fijaba los ojos y

la mano vacilante, trazando, al parecer líneas o puntos. Aquello, que

tenía aspecto de mapa, absorbía tan profundamente su atención, que no

alzó los ojos de la silla cuando sintió los pasos de su hermano cerca de

sí:

--¿Quién es? ¿quién me interrumpe?--dijo sin apartar la mirada del papel--.

No quiero que me interrumpa nadie ahora. No he encontrado todavía el

sitio más a propósito para dar la batalla; pero ya me parece que le

tengo, ya le tengo... ¿Sr. Eraso, ve usted esta línea?

Como no recibiera contestación volvió a decir:

--¿Ve usted esta línea? Pues las fuerzas de usted no me han de pasar de

esta línea... aquí.

Alzando entonces los ojos vio a su hermano, y fue tal su sorpresa que se

le cayó el lápiz de la mano y estuvo como lelo bastante tiempo.

--¿Ya estás aquí otra vez?--dijo con ahogada voz.

Parecía tener miedo. Salvador observaba en la fisonomía de su hermano

los estragos de la enfermedad. Estaba cadavérico. Sólo la mitad de su

cuerpo se movía difícil y temblorosamente, y a veces la lengua no le

obedecía bien y trituraba las palabras.

--Sí--dijo Salvador--. Me dijeron que estabas muy solo, y he venido a

hacerte compañía.

--No la necesito--replicó Carlos con desprecio--. Yo creía estar ya libre

de tus beneficios, y vienes otra vez con ellos.

--No los aceptes si no quieres. Cuando me lo mandes me marcharé.

Diciendo esto Salvador buscó con sus ojos una silla; pero como no era

fácil que la encontrase aunque la buscase con los ojos de todo el género

humano, sentose a los pies de la cama.

--Bueno, pues ahora mismo. Temo que tu presencia me estorbe para

encontrar el sitio más a propósito para la batalla... Vete, ya estoy

turbado, ya se me han ido las ideas, ya no sé lo que pasa en mí. Tú

tienes la culpa, tú, que hace tiempo te has propuesto trastornar todas

mis ideas.

--¿Sabes--dijo Salvador--que estás muy mal alojado?

--Me encuentro bien aquí. Cuando mejore de mi herida...

--¿Estás herido?

--Sí... el lado izquierdo... poca cosa... Cuando mejore, seguiré mi

camino, y hallado el sitio más a propósito...

--Ven conmigo, y yo te aseguro que encontraremos juntos el mejor sitio

para esa batalla.

Esto decía cuando empezó a llover. El agua entraba por el techo, que

tenía más agujeros que una criba, y después que las gotas salpicaron de

agua el suelo polvoroso, siguieron menudos chorros que formaban charcos

en diversos puntos.

--Esto es vivir en campo raso--dijo Salvador con escalofrío--. ¿Sabes que

me parece has encontrado el sitio de la batalla?

--¿Cuál?

--Este páramo... Es indispensable que salgas de aquí.

--Choza o palacio--dijo el enfermo en tono solemne y sentencioso--son

iguales para mí.

--Es que estás muy enfermo.

--No importa.

--Y estarás peor cada día.

--No importa.

--Y en este sitio no podrás restablecerte.

--Te digo que no importa--gritó Navarro exaltándose--. Harías bien en

dejarme solo.

Salvador pensó que no había más remedio que recurrir a la fuerza. Sin

embargo, trató de apurar todos los recursos de su ingenio para

dominarle.

--¡Estábamos tan bien en nuestra casa de Pamplona!...--dijo con pena--.

Nada faltaba allí.

--Pero sobraban muchas cosas.

--¿Qué?

--¡Tus beneficios tus cuidados, tu... tú!...--gritó agrandando la voz a

cada palabra--. Como me llamo Zumalacárregui, así es verdad que me

incomodan tus beneficios. No quiero nada tuyo.

Salvador calló. Un hilo de agua que cayó del techo sobre su cabeza,

obligole a apartarse de allí. El viento entraba por distintos lados

formando pequeñas tempestades que arrebataron de la silla el papel en

que Navarro trazaba sus garabatos, llevándolo al otro extremo de la

titulada habitación.

--¡Mi plano...!--dijo Carlos extendiendo su brazo.

Salvador se lo alcanzó.

En la desvencijada escalera de la casa hacían tal ruido los cuatro

chicos, hijos de la aldeana propietaria de tan singular edificio, que

bastara aquella música para volver loco a cualquiera que en tales

regiones habitase.

-XXIII-

Monsalud decidió buscar inmediatamente mejor albergue. Salió, recorrió

todo Elizondo. Al fin tuvo la bondad de proporcionarle alojamiento en su

propio domicilio el cura del pueblo, anciano muy respetable y sencillo.

Por la noche, aprovechando la ocasión en que el enfermo dormía

profundamente, tomáronle en brazos cuatro robustas mujeres y le

condujeron a la nueva vivienda, no sin que se resistiese en el camino,

aunque sin lograr soltarse, por haber sido fuertemente sujeto. El motivo

de ser llevado por manos femeninas fue que en Elizondo, como en todo el

territorio del Baztán, escaseaban los hombres, hasta el punto de que las

faenas más rudas eran desempeñadas por niños y mujeres. Durante los

cuarenta días que pasaron ambos hermanos en casa del cura de Elizondo,

nada ocurrió de memorable, si no es un ligero alivio de Carlos y la

constante humanidad de Salvador, que preparaba lo necesario para sacar

al enfermo de aquel país y conducirle a un asilo de orates. Necesitaba

un buen coche, dos o tres personas, que le acompañaran y sirvieran, y un

permiso de las autoridades carlistas para recorrer toda Navarra sin ser

molestados ni detenidos. Todo esto era de dificilísima adquisición; pero

al fin, con paciencia, actividad y repetidos desembolsos, venció las

contrariedades y se dispuso a partir.

Una noche del mes de Julio las facciones se presentaron en Elizondo.

Bajaban por aquellos cerros, como bestias hambrientas, y sus gestos, sus

pisadas, la viveza de su andar, el estrépito de las armas ponían miedo

en el corazón más esforzado. Por todas las entradas del valle aparecían

cuadrillas de facciosos, vestidos de zamarra, cubiertos con la boina

blanca o azul y calzados con alpargatas o zapatos rotos. Al anochecer,

Elizondo estaba lleno, y aún entraban más. La ferocidad pintada en los

semblantes no excluía la expresión de sufrimiento por las privaciones y

trabajos; pero estaban alegres, cantaban, reían y se las prometían muy

felices. En las filas se codeaban los muchachos con los viejos, y al

lado del niño, precoz guerrero lleno de ilusiones de gloria, estaba el

veterano que se había batido en las campañas heroicas del año 8. Las

estaturas eran tan desacordes, que la bayoneta del enano tocaba los

doblados hombros del gigante. Por la desigualdad, por la irregularidad,

por el valor ciego y salvaje, por la fe estúpida y la sobriedad casi

inverosímil, a ningún ejército conocido podrían compararse, como no

fuera a los ejércitos de Mahoma.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 13 / 19 段