Salvador se retiró muy desesperanzado. El convoy se detuvo para

distribuir raciones. Era la época de la vendimia, y el vino estaba poco

menos que de balde, porque necesitaban desalojar las tinajas para dar

cabida al mosto, que era aquel año abundantísimo. Así es que el convoy

pasaba, según la expresión de Seudoquis, por una calle de borracheras. A

cada instante hallaban grupos jaleadores; oíanse dicharachos, cantorrios

y pendencias. Bailes y jotas festejaban el pingüe Octubre, y los mozos

vendimiadores aparecían manchados de mosto, feos y soeces como

sacristanes, que no sacerdotes, de un Baco pedestre y envilecido. Con la

caída de la tarde se fue amortiguando el escándalo de aquella bacanal

campesina; se extinguieron los ruidos de guitarras y panderetas, y al

anochecer, las pandillas de clérigos aparecían paseando en el camino a

la entrada de las aldeas. Oscura, oscurísima era la noche cuando el

convoy entró en la capital de Navarra. Y a pesar de ser tal que todo se

veía negro, a Salvador le pareció que no había en ella bastantes

tinieblas para ocultar lo que hacer pensaba.

-XX-

Pero todo fue inútil por falta de elementos. Arrebatar sigilosamente un

prisionero a la autoridad militar, dentro de una plaza fuerte y en

momentos en que el fanatismo de los partidos redoblaba la vigilancia,

era empresa demasiado temeraria y difícil para que saliera bien no

contando con altos auxilios. Salvador no tenía amistad con el Virrey, y

aunque la tuviera de nada le valdría por ser D. Antonio Solá hombre muy

inflexible. De los jefes militares importantes trataba a algunos, y con

varios de ellos tenía conocimiento que rayaba en amistad, por antiguo

compañerismo en el Grande Oriente masónico del 22. Pero no era a

propósito la ocasión para corruptelas humanitarias. Seudoquis, con quien

siempre contaba, le dio esperanza, asegurándole que si el prisionero

perseveraba en sus locas extravagancias, era fácil que el Virrey, en vez

de mandarle al foso, le enviase al hospital de orates.

El cuidado de reanudar sus relaciones antiguas, y procurarse otras

nuevas ocupaba a Salvador las mejores horas del día y de la noche. Los

militares se reunían en una especie de casino, situado junto a la fonda

principal, y allí se jugaba, mezclando los entretenimientos lícitos con

los prohibidos; se bebía café, se vaciaban botellas y se charlaba de lo

lindo. Fuera de aquel círculo halló nuestro amigo algunos que, a pesar

de pertenecer a la clase militar, se mantenían retraídos. Una mañana

paseaba solo por la Taconera, cuando tropezó con una persona cuyo rostro

no era extraño para él. Detúvose, saludó, y el desconocido conocido le

contestó fríamente. Era un hombre de alta estatura, moreno, de ojos

negros, bigote y patillas. Recortadas estas con esmero por la navaja

formaban una curva sobre las mejillas y venían a unirse al bigote,

resolviéndose en él, por decirlo así, de lo que resultaba como una

carrillera de pelo. Su nariz aguileña de perfecta forma, el mirar

penetrante, y un no sé qué de reserva, de seriedad profunda que en él

había, indicaban que no era hombre vulgar aquel que en tal hora paseaba

envuelto en capa de paisano, y calzado de altas botas, que el buen

estado del piso hacía innecesarias. Al soltar el embozo dejó ver su

cuerpo, vestido con zamarreta peluda, estrechamente ajustada con

cordones negros. Las patillas, las botas, la zamarreta, la aguileña y

delgada nariz, los ojos de cuervo y la gravedad taciturna son rasgos

suficientes a trazar sobre el lienzo o sobre el papel la inequívoca

figura de Zumalacárregui.

El que después fue el más grande de los cabecillas y el genio militar de

D. Carlos, estaba a la sazón de cuartel en Pamplona, vigilado por la

autoridad militar. Varias veces le había amonestado Solá. Se contaban

sus pasos y se le había prohibido tener caballo. Vivía con su familia y

era hombre muy morigerado. No daba a conocer fácilmente sus opiniones;

pero pasaba por ferviente partidario de D. Carlos. Iba a misa todos los

días y después de misa paseaba dos horas por la Taconera, cualquiera que

fuese el tiempo.

Salvador y D. Tomás hablaron breve rato. D. Tomás compadeció a su amigo

D. Carlos Navarro, y después, como el otro sacara a relucir la guerra y

el aspecto que tomaba, dijo con aparente candor, verdadera máscara de su

marrullería, que, según su opinión, las cosas no pasarían adelante. Por

no verse precisado a hablar más, apretó la mano de su amigo y siguió

paseando por la muralla.

Al día siguiente fue pasado por las armas en el foso de las

fortificaciones D. Santos Ladrón, que murió valiente como español y

resignado como cristiano. Después sufrió igual suerte Iribarren,

cabecilla menos célebre que el primero. Ya estaba señalado el sacrificio

de Garrote para el 15, cuando el Virrey, en vista del estado lastimoso

del reo, difirió su muerte, mejor dicho, la encomendó a la Naturaleza.

Los médicos habían dicho que Navarro no viviría dos semanas, y Solá tuvo

ocasión de mostrar su humanidad. El enfermo fue trasladado al hospital,

de lo que recibió su hermano mucho contento, porque algo más vale

desahuciado que muerto.

Cada día llegaban a la ciudad noticias alarmantes del vuelo que tomaba

la insurrección. En Oñate se echaba al campo Alzaá, en Salvatierra

Uranga, en Toranzo Bárcena, Balmaseda en Fuentecén, y en Navarra, que

era el centro de aquel motín semi-nacional fraguado por el absolutismo

con la bandera de Cristo, se habían alzado Goñi y Eraso, Iturraldo

y el cura de Irañeta. Eraso tenía por suyo a Roncesvalles, Goñi la

Borunda, y el párroco asolaba la parte llana. Era un bravo soldado

el de Irañeta y podía ocupar lugar excelso en esos extraños fastos

eclesiástico-militares, donde están escritas con horribles letras negras

las hazañas de Merino, Antón Coll y el Trapense.

Navarro fue trasladado al hospital, donde su hermano pudo verle con

frecuencia. El áspero carácter, los bruscos modos y la amarguísima pena

del enfermo no cambiaron nada pasando del poder de los carceleros al de

los cirujanos, si bien su dolencia entró en un período de alivio por las

ventajas higiénicas del cambio de vivienda. Postrado en la cama, pasaba

a veces días enteros sin pronunciar una sola palabra, aunque Salvador

hacía los imposibles por sacar una siquiera de aquel pecho que era un

mar de melancolías. En cambio, otros días era tal su locuacidad que no

podían seguirle la conversación incoherente y exaltada. Salvador y el

cirujano procuraban con esfuerzos de gallardo ingenio llevar su charla a

los términos de la discreción y del buen razonar; pero mientras más

querían ir ellos por el camino del juicio, con más ahínco se arrojaba D.

Carlos por los despeñaderos del desatino. Si ellos hablaban de las

cosechas, del crudo invierno y entremezclaban donosos cuentos en su

coloquio, a él no le sacaba nadie de la guerra, del empuje carlista y de

la necesidad de que un jefe militar de prestigio y valor se pusiese al

frente de las partidas navarras para organizarlas y hacer con ellas un

poderoso ejército reglado. Imaginaron hacerlo creer que no había ya tal

guerra y que los rebeldes se habían sometido ya al Gobierno; pero esto

dio resultado contrario al buen deseo de Salvador, porque oyendo Navarro

lo del someterse, poníase furioso, echaba ternos y quería arrojarse del

lecho. Más fácil era pacificar a Navarra que introducir en aquel cerebro

insurreccionado la idea de la paz.

El sistema más eficaz para calmarle y hacerle tomar las medicinas era

contarle las hazañas del cura de Irañeta y del cabecilla Mongelos, dos

tipos de la guerra de salteadores. Pero si le decían que todo el furor

religioso carlino de tales héroes no era más que una pantalla para

encubrir contrabando, entonces el enfermo sacaba los puños de entre las

sábanas, llamaba al cirujano _mequetrefe_, y decía a su hermano:

--Tú eres un intrigante forrado en masón. Márchate de aquí y déjame solo.

Me estorbas, te juro que me estorbas. Tus cuidados me cargan, porque no

quiero agradecerte nada. ¿Lo oyes bien? no quiero agradecerte nada, ni

esto. Pesas sobre mí como una montaña, y creo que no tendré salud

mientras no estés lejos de mí y pueda yo decir: «no le debo nada, no es

mi hermano, es un intruso».

De estas cosas se reía Salvador, y para captarse su voluntad y amansar

un poco su arisco genio, hasta ideó afectar simpatías por el Infante y

la apostólica insurrección. Una mañana le llevó la noticia que circulaba

por la ciudad, dando motivo a infinitos comentarios. Zumalacárregui se

había pasado al campo carlista. Según dijo quien le vio, dos días antes

había salido muy de mañana, con capote militar, por la puerta del

Carmen, y se había encaminado a pie hacia una venta próxima, donde le

esperaban tres hombres con un caballo. A escape se dirigió el coronel

cabecilla a Huarte Araquil, donde le aguardaban el cura Irañeta y

Mongelos. Los tres partieron juntos hacia la sierra en busca de

Iturralde, según se creía.

Mucho extrañó a Monsalud el ver que su hermano, en lugar de recibir esta

noticia con la alegría que siempre mostraba, tratándose de ventajas

carlistas, la oyó con gran asombro, y después de larguísima pausa, se

afligió mucho y se dio un golpe en la frente como en señal de

abatimiento y desesperación. De pronto extendió una mano. Asiendo el

brazo de su hermano, atrájole hacia sí y en voz baja, con el acento más

lúgubre que puede imaginarse, le dijo estas palabras:

--¿Ves lo que hace Zumalacárregui? Pues eso debía haberlo hecho yo. ¿No

te dije que era necesario que un jefe militar se pusiese al frente de

esta sagrada insurrección para organizarla? Pues ese jefe debía ser yo,

yo. ¿Qué hace Zumalacárregui? Lo mismo que habría hecho yo. Su papel es

el mío, sus laureles los míos, su triunfo mi triunfo. Si yo no estuviera

en esta aborrecida cama, estaría donde él está ahora, y lo que él piensa

hacer y hará de seguro, ya estaría hecho... ¡Qué desesperación, Dios de

Dios!

Dicho esto, puso sus ojos fieros en los de su hermano tristes y serenos;

le envolvió en una mirada aterradora y le apretó con más fuerza el

brazo, diciendo:

--Oye tú, si me sacas de esta cama, si me sacas de Pamplona y me pones en

salvo en Huarte Araquil o en Oricaín y me das un caballo, te juro que se

acabará el odio que te tengo y serás mi hermano querido, y daré una

interpretación buena a tus cuidados, agradeciéndolos en vez de

rechazarlos. Hazlo, hazlo por mí y por nuestro padre, cuya memoria y

cuyo nombre pongo hora como lazo de reconciliación entre los dos...

Salvador sintió frío en el corazón. En el primer instante tuvo la idea

de aparentar complacer a su hermano, dando cuerda a su demencia; pero

consideró al punto que era muy peligroso el sistema de fomentar, siquier

fuese momentáneamente, tan descabelladas manías, y tan sólo dijo:--Si

insistes en esa locura, te abandonaré y entonces sí que llamarás a tu

querido hermano.

Navarro gritó: ¡_Intruso_! y al punto su cabeza y sus brazos

desaparecieron entre las sábanas. Era aquel el movimiento final de su

enfado y su manera genuina de romper con el mando.

Desde aquel día, si halló alivio en su enfermedad, declinó más por la

pendiente de la locura, y tales disparates hizo, que el Virrey le

absolvió en definitiva como indigno del patíbulo. Estaba incapacitado

para morir a manos de los hombres. Una noche le hallaron medio desnudo

en un desván del hospital buscando salida para salir al tejado. Dos días

después dio de puñadas al cirujano, y frecuentemente se arrojaba del

lecho para correr por la sala injuriando a imaginarios enemigos, sólo

vistos de su extraviado entendimiento. Por último, pasados tres meses de

hospital, y cuando mediaba Enero del 34, fue declarado baja en el

ejército, y el Virrey dispuso que se hiciera cargo de él su familia, si

alguna tenía. En tal resolución no tuvieron poca parte las buenas

amistades de Salvador. Así vio colmados sus deseos, y llevándose consigo

al enfermo, lo instaló en su casa cómodamente, decidido a llevárselo a

Madrid cuando su estado lo permitiese y se apaciguaran los rigores de

aquel crudo invierno.

El descenso de la temperatura había extendido sobre algunas partes de la

nieve planchas de durísimo y resbaladizo cristal. Las fuentes,

enmudecidas en su parlero rumor, parecían decoraciones de azúcar por la

quietud de sus chorros helados de mil facetas. En las murallas las

formidables piezas de gran calibre estaban arrebujadas en la nieve, y

por un pliegue del frío capote asomaban sus bostezantes bocas negras

amenazando al campo. En los fosos, la inmaculada blancura casi cegaba la

vista, y las alegres márgenes del Arga no se conocían de puro vestidas.

Los árboles con sus escuetas ramas perfiladas de blanco no parecían

árboles, sino urdimbres rotas de un tejido deshecho. Las casas medio

sepultadas echaban a duras penas por su chimenea, cubierta de finas

cremas y cristalinos picachos, un chorro de humo que subía lentamente a

manchar el cielo y se resolvía en el pesado gris de la atmósfera como

masas de tinta arrojadas en un inmenso mar de almidón. Dentro de las

casas reinaban, por el contrario, la animación y el bullicio, por estar

recogidos los habitantes todos al amor de los hogares, donde ardían

encinas enteras. Fuera, todo estaba congelado, incluso la guerra, que

había dejado de moverse en el campo para latir en el corazón de las

viviendas.

Contra lo que Salvador esperaba y temía, Navarro se dejó llevar, y

después de instalado en vivienda tan distinta del lóbrego y tristísimo

hospital en que antes moraba, su exaltación se trocó en abatimiento y su

aspereza en indiferencia, no exenta en algunos instantes de suavidad y

aun de discretas y sosegadas razones.

No contribuyó poco a su alivio la soledad en que estaba y el no permitir

Salvador que le visitara persona alguna, porque en el hospital los demás

enfermos se complacían en calentarle los cascos, contradiciéndole en sus

vehemencias o alentándole en sus majaderías. Una mujer de carácter

excelente, tan notable por su solicitud como por su paciencia, le

asistía, y un clérigo pacífico le acompañaba algunos ratos. Doña

Hermenegilda, que así se llamaba la dueña, era viuda de un guarda-montes

de la Borunda y había tenido siete hijos, de los cuales, a excepción del

más pequeño, que emigró a las Américas, no quedaba ninguno por haberlos

absorbido todos sucesivamente las distintas guerras de la Península,

desde la famosa de la Independencia hasta la de los agraviados en

Cataluña. Tan guerreros eran, que en los pequeños claros o intervalos de

paz, ninguno supo hacer cosa de provecho, y la poca hacienda que tenían

fue pasando a los prestamistas, disolviéndose toda en comilonas, timbas,

inútiles viajes, cacerías y compras de armas para camorras. De esto y

del desastroso fin de todos ellos, nació en Doña Hermenegilda un

aborrecimiento tan vivo de las guerras, que no se le podía mentar nada

de lo tocante al fiero Marte y su culto sangriento. Ella decía que una

nación de cobardes sería la más feliz y próspera del mundo, y cuando le

objetaban que esa nación no sería dueña de sí misma porque la

esclavizaría cualquier conquistador extraño, respondía que su bello

ideal era que todas las naciones del mundo fueran igualmente cobardes,

para que resultara un globo terráqueo poblado en absoluto de seres

prudentes. Doña Hermenegilda no era navarra.

No podía haber escogido Salvador persona más a propósito para cuidar a

un hombre tocado, como se sabe, del mal de batallas. No tenía igual

seguridad de acierto en la elección del Padre Zorraquín para acompañante

y amigo espiritual del enfermo, porque si bien en ocasiones podría

tenerse al tal clérigo por la persona más bondadosa y mansa del mundo,

en otras parecía un sí es no es levantisco y ambicioso. Era Zorraquín

capellán de unas monjas pobres y no podía ocultar sus febriles ganas de

llegar a otra posición eclesiástica más elevada. Ya no era joven el

capellán y había dejado trascurrir lo más florido de su existencia sin

hacer valer los méritos que creía poseer. Todas sus peroratas sobre este

tema de la vanidad concluían diciendo: «Ya, ya vendrán tiempos de

justicia, sí, ya vendrán... Entonces no veremos los coros de las

catedrales llenos de masones con sotana, mientras los buenos

eclesiásticos perecen».

No pasaba ya Garrote la mayor parte del día en la cama. Había recobrado

las fuerzas, y su mal, que antes parecía profundamente arraigado y dueño

de la persona, le permitía ya algunas horas de completo bienestar. Muy

sensible al frío, se acercaba con frecuencia a la lumbre, la observaba

con fijeza, arrojando en medio de las ascuas su mirada, como si quisiera

encenderla en ellas, y no se movía hasta que, inflamándose su cara con

los rojos reflejos, llegaba a un grado de irritación insoportable.

Entonces se retiraba, conservando en su pupila la imagen de las brasas

deslumbradoras. Después de dar algunos paseos por la estancia, hasta

enfriarse, volvía junto a las llamas y se extasiaba contemplando otra

vez las lenguas rojas de azulada punta, las quemadas astillas que caían

del consumido leño con murmullo de hojas secas, y languidecían luego en

la ceniza durmiéndose.

Comía poco. No leía nada, y su única distracción era tirar al florete

con su hermano. Pero este entretenimiento duraba minutos nada más, por

la escasa fuerza del convaleciente. Hablaba tan poco, que a veces hasta

se privaba de lo necesario por no pedirlo. En el largo espacio de un mes

no pasaron de tres las conversaciones tiradas que ambos hermanos

sostuvieron. En la primera hablaron de las condiciones de las casas de

Pamplona, de la catedral, de la ciudadela, de las fortificaciones, de la

Rochapea y de otros temas locales, en que Navarro mostró su prolijo

conocimiento de la ciudad. En la segunda, Salvador le habló de la

guerra, procurando poner a prueba el juicio de su hermano, y no tuvo

poca sorpresa al observar que Garrote trató el asunto con un aplomo y

una serenidad de ideas admirable. El tercer coloquio fue todo él

expresión de sentimientos personales, y habría podido servir de base de

concordia entre dos hombres que tanto se habían aborrecido. Por esto

debe ser puesto entre lo más precioso que han hablado nuestros

personajes, y reproducido con integridad para que sea edificación de

nuestros lectores, como lo fue de Doña Hermenegilda, que tuvo el honor

de hallarse presente en aquel palique.

-XXI-

Una tarde, después de comer, hicieron ambos elogios muy ardientes de un

exquisito guisado de palomas silvestres que les puso Doña Hermenegilda.

Después Navarro se acercó a la chimenea, cual si fuera a arrojarse

dentro de ella, y como Salvador le amonestara por aquel singular gusto

de achicharrarse, Navarro se retiró, miró a su hermano sin el

acostumbrado fruncimiento de cejas, y le dijo estas blandas palabras:

--Acabarás por manejarme como a un chiquillo. ¿Qué más quieres? Poco a

poco me has ido haciendo tu prisionero sin combatir, y con medicinas

primero, con cuidados después, has ido venciéndome. Si no hay en todo

esto una intención desconocida, desde ahora declaro que estoy agradecido

del bien que me has hecho.

--Una intención y un plan hay en mí--replicó Salvador--pero ambos son harto

claros. He querido vencerte con las armas del bien y dominarte por la

fuerza de la caridad, emanada de un parentesco que no querías reconocer.

¿Lo reconocerás ahora? ¿Se hace por un extraño lo que yo he hecho?

--No--dijo con noble decisión Garrote--. No se hace por un extraño lo que

has hecho por mí. He tenido días de gran oscurecimiento en mi cabeza;

pero ya veo claro, y aunque imagino sofismas y sutilezas para desvirtuar

tu comportamiento conmigo, no puedo. La verdad es más fuerte que mis

cavilaciones. Te me has ido imponiendo, imponiendo, y ahora estás encima

de mí con un doble carácter, pues no puedo separar completamente en ti

el hermano cariñoso del hombre aborrecido, ni creo que separarlos pueda

mientras los dos vivamos.

--He sido más afortunado que tú--dijo Salvador, apartándole otra vez del

fuego, que le atraía como a mariposa--, porque yo hace tiempo que he

olvidado todas las ofensas; hace tiempo que he cogido todos los rencores

y arrancándolos de mí los he echado fuera, como se echa este papel al

fuego.

Salvador arrojó al fuego un papel que ardió instantáneamente con

llamarada juguetona. Instintivamente Navarro se acercó a la chimenea y

quiso sacar el papel que ardía; pero retrocedió quemándose los dedos.

Esto, que parecía un chispazo de locura, inspiró a Salvador lo

siguiente:

--No metas tu mano en el fuego para sacar lo que ha caído en él. Tú, como

yo, necesitas hacerte perdonar para ser perdonado, necesitas comprar la

generosidad con generosidad y el olvido con el olvido.

--Si pudiera olvidar...--murmuró Navarro, embelesado siempre en la

contemplación de la llama--. Si pudiera borrar todo lo que no fuera

presente... ¡Qué tranquilo viviría!... Porque el presente me agrada, y

esta serenidad que ahora disfruto es un bien muy precioso. Fáltame saber

si lo debo a la casualidad, a la Providencia o a ti.

--A los tres--replicó el otro--. La Providencia y el hombre, ya amigo, ya

enemigo, suelen obrar de acuerdo para salvarnos o perdernos. Tu memoria

se ha aclarado lo bastante para recordarte lo que has pasado, la ruina

de tus descabellados planes de guerrillero, tu prisión, tu enfermedad

gravísima, tu condenación a muerte. Pero hay cosas que no puedes saber

por tu memoria, y son la curiosidad interesada con que yo observaba tus

pasos desde Madrid, y mí resuelto propósito de socorrerte cuando caíste

en el mayor peligro en que puede caer un hombre. Yo dejé mi casa,

comodidades de esas que empiezan a valer mucho cuando se nos va acabando

la juventud, y quehaceres importantes; yo corrí a este país de Navarra

decidido a emplear todo lo que en mí hubiera de actividad, de celo y de

ingenio para salvarte. He vivido algunos meses consagrado a ti, velando

por ti, y luchando contra tu mal, contra tu genio, contra tu locura,

contra los enemigos, contra la ley y contra todo, sin desmayar nunca,

sin fatigarme un punto hasta conseguir mi objeto. Sobre todos los

enemigos me han resistido siempre tu carácter y tu antipatía. Pero esto,

lejos de desanimarme, me encendía más, y más me estimulaba a pretender

una victoria completa. Estoy satisfecho, te he salvado de la muerte, te

he cazado, te he domado, y ahora te tengo en mi poder, no como enemigo

prisionero, sino como podría tener un padre a su hijo débil y pecador,

sojuzgado y no sé si arrepentido. Yo conceptuaba como la mayor gloria

apetecible esta victoria mía por la fraternidad cristiana, y esa

sumisión tuya por la gratitud. Ahora, cuando parece que recobras tu

salud perdida y tu libertad, ¿qué harás? Desde el momento en que yo me

aleje, tu soledad será espantosa. ¿Irás a la guerra? No lo creo. Si te

retiras a alguna parte a vivir pacífica y honradamente, ¿a quién

volverás los ojos para decir: «tú eres mío»? ¿Los volverás a tu mujer?

No. ¿Buscarás algún pariente en la Puebla? No los tienes. ¿Buscarás

amigos? Tu carácter rechaza las amistades nuevas. Abre los ojos y ve

claro, desgraciado; no niegues la evidencia. Por más que busques no

hallarás más familia que yo. Yo soy el único que puedo llenar tu vacío y

hacer a tu lado un bulto, una sombra que indique la presencia de un

amigo.

--Cállate--dijo Navarro, ya lejos de la chimenea--cállate, que me haces

daño. Insensiblemente te has atado a mí y has soldado la cadena. Está

bien, te arrastraré conmigo. ¿Podrá separar algún día el hermano

cuidadoso del hombre aborrecido? No lo sé. Deja que pase el tiempo, que

pasen días. Yo tengo ahora ocupaciones graves, muy graves.

Esto de las ocupaciones graves hizo en Monsalud el efecto de un golpe.

Tembló por el juicio de su hermano, que poco antes había visto

manifestarse claro y hermoso, y que de repente se oscurecía. Como pasa

una nube por delante del sol, así pasó aquella frase por encima de la

discreción del enfermo, ocultándola.

--Ocupaciones graves, gravísimas--repitió Navarro, frotándose las manos--.

Por ahora sólo te diré que, si es verdad lo que me has dicho, resultará

que eres digno de admiración. Yo no te la niego; y en cuanto a tenerte

cariño..., Yo me entenderé. El cariño no es cosa de quita y pon. Ya creo

que siento un cierto interés por ti y que no me gustaría verte

desgraciado. Pórtate bien, y veremos.

Este tono de protección, tan impropio del estado de ambos, chocó

extraordinariamente a Salvador; pero su asombro y alarma subieron de

punto cuando Navarro, después de tener un rato las palmas de las manos

sobre la lumbre, fue hacia su hermano, y poniéndole sobre el rostro una

de aquellas manos que quemaban como plancha de hierro, le dijo

pausadamente:

--Deja que acabe esta gran campaña, y luego veremos.

Salvador no dijo nada. Sospechaba que en la cabeza de su hermano había

una idea monstruosa, y no quiso perseguir aquella idea, temiendo ver

confirmada la triste sospecha. Dejándole que se achicharrase otra vez

las manos, se acercó a la ventana para ver la nevada, que aquel día era

abundantísima. Parecía que el mundo navegaba por un piélago infinito de

plumas de cisne.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 12 / 19 段