a su casa, y la criada, no pudiendo resistir al deseo natural de hablar
con su novio, de quien había recibido aquella tarde palabra de próximos
desposorios, se fue a la carbonería del número 8. El anciano agente
cerró bien la puerta y volvió a su cuarto, único de la casa que tenía
luz. Nada de esto merece contarse; pero sí lo merece muy mucho el
fenómeno de que D. Felicísimo vio las paredes del cuarto dando vueltas
en torno suyo, primero con lento giro, después con rapidez mareante. En
vano trataremos de dar explicación a este peregrino hecho pidiendo datos
a la ciencia de los terremotos, o buscando su origen en la inseguridad
del edificio, que era, por desgracia, bastante grande y notoria. Todo
cuanto se diga en este sentido será contrario a las reglas de la sana
crítica, y así nos resolvemos a explicar lógicamente aquel volteo de
paredes por la detestable calidad del vino que bebieron poco antes los
tres dignos señores. El vino era tal, que si le hubieran tomado
juramento habría declarado francamente no haber visto en toda su vida
las bodegas jerezanas. Su padre y creador era el tabernero, un gran
artífice de vidueños que habría sido capaz de fabricar agua, si el agua
no estuviera ya fabricada para provecho del gremio. El aguardiente
disfrazado que Tablas trajo de la taberna, hizo tal efecto en el cuerpo
de D. Felicísimo y de tal modo se aposentó en su flaco cerebro, que el
buen viejo perdió el uso regular de sus perspicaces facultades. Como
hacía tanto tiempo que no probaba licores fuertes, su incontinencia de
aquella noche (disculpable por el motivo patriótico que la originó) le
puso en estado de ver las paredes jugando al corro, y le sugirió
extravagancias y puerilidades indignas de persona tan respetable. Dando
fuerte golpe en el suelo con su pesado pie, exclamó bruscamente:
--¡Quieta, España, quieta!... ¿Bailas de gusto por la felicidad que te ha
caído?... Ten calma, Nación, ten calma y espera tranquila el triunfo de
tu Rey sacratísimo.
Carnicero creyó que su valiente exhortación al reino danzante había
hecho efecto, porque dejó de ver movimiento en las paredes.
--Así, así te quiero--dijo dando algunos pasos para llegar a su sillón y
sentarse--pero en vez de andar hacia la mesa, dirigiose al testero
opuesto. No paró hasta tropezar con la pared, y al sentir el choque,
llenose de cólera y dijo:
--¿Quién me estorba el paso?... ¿Quién es el atrevido que no me deja
llegar al sillón?
Esperó respuesta; puso atento oído a los rumores que creía sentir. Todo,
no obstante, era silencio. Pero a D. Felicísimo se lo antojó que oía
fuertes golpes en la puerta de su casa. «¡Quién!» gritó tres veces
poniendo entre cada grito larga pausa de espera. Mas un silencio lúgubre
seguía reinando en la mansión desierta. De improviso sintiose por el
techo como un aluvión de pisadas tenues, pero en tal número que formaban
imponente estrépito. Eran los ratones que en tropel corrían por aquellas
regiones baldías donde habían abierto con su habilidad y paciencia
infinitos caminos y derroteros.
--¡Ah!--exclamó Carnicero riendo con lastimosa imbecilidad--. Son los
reales ejércitos que van al combate. Adelante, bravos batallones. La
hora del triunfo se acerca. Que no quede de masonismo ni el grueso de
una uña.
Pasado algún tiempo, oyose reproducida a lo lejos la misma algazara en
el techo. Parecía que reñían en la sombra de los pasillos los ejércitos
de alimañas y que había retiradas tumultuosas, furibundas embestidas,
victorias súbitas, heroicos choques y horribles desmayos. Carnicero dejó
de atender a aquel fragor lejano y empujó la pared, queriendo vencer el
obstáculo que, según él, le impedía llegar a su cómodo asiento.
--Digo que necesito llegar a mi sillón--repitió--. ¿Quién eres tú?
Alzó los alucinados ojos el anciano y vio lo que en la mitad de la pared
había. Era un hermoso cuadro, retrato de Fernando VII, colgado allí
treinta años antes, y que D. Felicísimo había contemplado desde su
asiento muchas veces, recreándose en la perfección de la pintura y en la
exactitud del parecido. El cuadro era bueno y representaba a Su Majestad
en gran uniforme, de medio cuerpo, con aire y bríos juveniles, nariz
luenga, cabellos negros, ojazos llenos de relámpagos y aquella expresión
sensual y poco simpática que caracterizó al Deseado Aborrecido. Tan
trastornado estaba Carnicero, que le parecía ver por primera vez aquella
figura en su gabinete, y retrocedió con cierto espanto. Mas reponiéndose
y haciéndole frente, como si también la figura hacia él caminase, se
encaró con ella, amenazando con su semblante plano el pintado rostro del
Rey, y le dirigió estas arrogantes palabras 16:
--¿Qué tal le va a Vuestra Majestad en los Infiernos?... ¡Ah!
Perfectamente sin duda. Vuestra Majestad lo ha querido. ¿Qué tal saben
los tizonazos? Yo me permito decir a Vuestra Majestad con todo respeto
que Vuestra Majestad está bien donde está. Las cosas vuelven a su
natural ser, y el Reino se ha salvado. España está libre de su monarca
impuro y acepta el dulcísimo yugo de ese arcángel a quien Dios hizo
nacer hermano de Vuestra Majestad Real.
Calló el viejo y siguió mirando la figura, que de agradable se hizo
repentinamente espantosa, porque sus ojos echaron llamas, su nariz tomó
las dimensiones de elefantina trompa, y su mano soltó el bastón de mando
para echarse fuera del cuadro... La mano, sí, se echó fuera del cuadro,
y todo el cuerpo del Rey salió en seguida cual si traspasase el umbral
de una puerta. D. Felicísimo retrocedió sintiendo que su valor se
extinguía, que sus bríos se aplacaban, que toda su sangre se
congestionaba en el corazón. Vio venir la horrenda estampa del Rey
cubierto de galones y cruces; vio que el brazo se extendía, que la mano
se alargaba y le cogía por la muñeca, a él, el pobre anciano flaco y
canijo; sintió que aquella mano pesada como el sueño y más fría, mucho
más fría que el mármol apretaba sus huesos hasta deshacerlos, mientras
los ojos fulgurantes del Deseado le traspasaban con mortífero rayo. El
pobre anciano no podía gritar, ni desprenderse de aquella tenaza, ni
siquiera encomendarse a Dios, porque había en su mente una perturbación
horrible y se volvía tonto. La imagen infernal no sólo le atenazaba sino
que se le llevaba consigo, empujándole a profundidades negras abiertas
por el delirio y pobladas de feos demonios.
Y así pasó un rato sin que cesasen los efectos del licor que tan
alevosamente tomara el nombre y la figura del Jerez. Mientras a D.
Felicísimo se le antojaba realidad el desvarío que hemos descrito, la
realidad era que el retrato estaba en su sitio y D. Felicísimo tendido
en el suelo en completo trastorno físico y mental, sumergido en las
tenebrosas honduras de la embriaguez. El buen señor no oyó, pues, los
fúnebres maullidos del gato; no le vio entrar en la estancia con los
bigotes tiesos, el lomo erizado, los ojos como esmeraldas atravesadas de
rayos de oro, las uñas amenazantes: no le sintió saltar y hacer locuras
cual si perdiera el juicio o estuviese tocado de mal de amores; no oyó
sus horribles lamentos, seguidos de roncos bramidos, ni presenció la
ferocidad con que a la postre se lanzó fuera, escalando la pared,
cayendo, levantándose, subiendo por un poste, precipitándose por oscuros
agujeros, para reaparecer luego desesperado y jadeante. El infeliz
Carnicero no vio nada de esto, librándose así de una impresión
horrorosa; no oyó tampoco el estruendo de las alimañas en el techo,
retirándose al través de los tabiques y haciendo saltar bajo su paso
débil innumerables pedazos de yeso; no pudo ver cómo cayó de pronto
enorme porción de cascote en medio del pasillo, ni cómo algunos de los
puntales se movieron y otros se rompieron cediendo al fin al peso de la
techumbre podrida; no vio la primera oscilación de esta sobre la sala,
ni la inclinación del tabique medianero, ni el vacilar de los de carga,
ni la pavorosa lentitud con que las vigas del tejado cayeron sobre las
del techo plano, aplastando la bohardilla como un bizcocho; ni oyó los
crujidos de las maderas resistiendo todo lo posible el peso, ni el
quebrantamiento de algunos tabiques, ni el cuartearse de los yesos,
salpicando chinitas menudas que luego fueron piedras; ni vio
desprenderse polvo de las alturas, precediendo a una lluvia de cal que
luego fue pedrisco de guijarros; ni presenció la desviación de la pared
maestra, que empezó haciendo una cortesía a la pared frontera por la
calle del Duque de Alba, y luego se rompió por las ventanas y en la
parte más frágil. D. Felicísimo no vio nada de esto, y así, cuando
aquella mole podrida se desplomó en una pieza con estruendo más grande
que el de cien cañonazos, él se agitó un instante en su sepulcro de
ruinas, murmuró estas dos palabras: «suéltame ya», y pasó a la
eternidad, no como quien se duerme, sino como quien despierta.
El rico archivo eclesiástico, cuyos legajos asomaban por las rejillas de
los estantes excitando la veneración del espectador, estaba tan comido
de la polilla, que al desplomarse la casa se desmoronó como seco amasijo
de polvo, y parecía que todo entraba en el caos tras la dispersión de
tanta materia inútil, de tanta borrosa letra y de tanta ranciedad como
se acumulaba en los podridos escritos. Así los siglos y las
instituciones caducadas entran como ríos de polvo en el mar de ruinas de
lo pasado, que se agita por algún tiempo y se emborrasca, hasta que al
fin se asienta y se endurece, se petrifica y queda para siempre muerto.
Nada sabríamos de lo que contiene este sepulcro inmenso en que tantas
grandezas yacen, si no existiese el epitafio que se llama historia.
La noticia del desastre se extendió rápidamente por todo el barrio. Vino
Pipaón temblando de miedo y harto intranquilo por la suerte que en aquel
inopinado hundimiento hubiese cabido a las gruesas cantidades que D.
Felicísimo guardaba en su propia casa. Más tarde se congratulaba en lo
íntimo de su pecho de una catástrofe que inutilizó en el díscolo viejo
el perverso intento de privar, en lo posible, a su nieta de la herencia
que le correspondía. Hasta en aquel deplorable accidente se manifestó la
decidida protección que el cielo dispensaba al cortesano de 1815,
apartándole de todos los peligros y allanándole los caminos todos para
que llegase a donde sin duda alguna debía llegar. Por esto decía Don
Rodriguín: _Divisum cum Jove imperium Pipao habet_.
En la tarde del día 1.º de Octubre D. Benigno Cordero contemplaba, con
afligido semblante las ruinas de la casa del absolutismo. Una docena de
ganapanes, vigilados por individuos de la policía y de la curia, removía
los escombros, sacando cascote, podridas vigas, y muebles hechos
astillas. El dinero y el cuerpo de D. Felicísimo aparecieron al fin como
objetos extraídos de una excavación pompeyana, entre el pasmo y la
consternación de los espectadores, movidos quien de curiosidad, quien de
codicia. El de Boteros tenía en aquella tarde ocupaciones que no le
permitían estar como un bobo mirando la exhumación, y después de rezar
un par de Padre-nuestros por el alma del que fue paisano y amigo, y de
encomendarle a Dios con devoción, entró en una casa próxima. Recibiole
un criado, y aquí fue la sorpresa, aquí la suspensión de D. Benigno, que
se tuvo por más hundido y aplastado que Carnicero, al oír lo que oía.
--¿Pero se ha ido, se ha ido de Madrid por mucho tiempo?--preguntó el buen
señor, después de larga pausa, en que no supo lo que le pasaba.
--Para mucho tiempo, sí señor.
--Luego ha ido lejos.
--Muy lejos, aunque no dijo adonde.
--¿Pero usted está seguro de lo que dice? Usted está trastornado.
--El señor se ha ido y no volverá pronto.
--Entonces habrá dejado algún recado o carta...
--El señor escribió una carta; pero no la dejó en casa.
--¿Pues dónde, hombre de Dios, dónde?
--La dejó a D. Felicísimo Carnicero.
--¡Bendito Dios!--exclamó D. Benigno, golpeando en el suelo con un pie--.
¿Y a usted no le dejó recado verbal para mí?
--¿Para el Sr. de Cordero? Sí señor. Me dijo que D. Felicísimo enteraría
a usted del motivo de su viaje y le daría una carta.
--¡Barástolis!... Hay cosas que parecen obra de Satanás.
Y reproduciendo en su mente el espectáculo de los escombros que había
visto a dos pasos de allí, pensó que para encontrar la carta era preciso
levantar muchas varas cúbicas de polvo y astillas, un cadáver y el
pesadísimo pie de la curia, puesto sobre el tesoro, como el pie del
pilluelo que pisa la moneda caída, mientras su dueño la busca paseando
los ojos por la tierra. Exhaló Cordero de su pecho un suspiro en que
parecía que la mejor parte de su alma se escapaba en busca del fugitivo,
y salió abrumado de pena. En la calle el gentío que se agolpaba junto a
las ruinas le dio a entender que sacaban aquel precioso fósil que fue
agente eclesiástico. Entonces dio un suspiro mayor, diciendo para
sí:--También nosotros nos hundimos; también a nosotros se nos ha caído la
casa encima.
Acordose entonces de Sola, a quien había dejado en su casa esperando el
resultado de aquella visita, y no pudo menos de traer también a la
memoria las corazonadas de la huérfana antes de salir de los Cigarrales.
No queriendo dar a esta la desagradable noticia sin acompañarla de algún
consuelo, hizo averiguaciones prolijas aquella misma tarde, y después de
hablar con algunos amigos del fugitivo y de hacer mil preguntas en
varios mesones y paradores, se retiró a su casa si no con la
certidumbre, con la sospecha fundadísima de que Salvador había ido al
Norte. Esto, las voces que habían corrido acerca de las opiniones
últimamente adoptadas por su amigo y la circunstancia de haber partido
en el mismo día en que murió Su Majestad, llevaron a Cordero de
cavilación en cavilación hasta ponerle en el trance de creer lo que el
día anterior le parecía increíble.
--No--pensaba andando hacía su casa--, aquel tesoro no puede ser para un
aventurero. Mi hija no se casará con un hombre que así juega con los
santos principios, con un hombre que ayer fue exaltado liberal y hoy
absolutista de trabuco y sobrepelliz. Ella misma apartará de él su
espíritu y su corazón, y entonces...
El semblante del de Boteros se animó. Toda idea nueva y feliz produce
como una llamarada interior, cuyo reflejo sube al rostro, cuando este no
se ha educado en el disimulo y la hipocresía. Cordero avivó el paso y
apretó fuertemente el puño del bastón, repitiendo:
--Entonces...
-XIX-
Como la vista del geógrafo se extiende sobre el mapa, así la imaginación
del excelente D. Benigno volaba hacia el Norte en seguimiento del
prófugo, buscándole por llanos y laderas, sendas y atajos. Veía media
Castilla, medio Aragón, el caudaloso Ebro, y luego las estribaciones
pirenaicas cubiertas de verdura y plagadas de serpientes que de mil
escondrijos salían. Y no será aventurado afirmar también que la
imaginación del fugitivo se iba quedando atrás como un hilo desenvuelto
del ovillo que rueda. Rodaba nuestro hombre con la prisa que tan
cachazudos tiempos permitían, anhelando llegar pronto, y pues todo es
relativo en el mundo, su tartana, galera o silla de postas (que en la
categoría del vehículo no están conformes las referencias) llevaba un
paso que en comparación del de la tortuga habría podido llamarse veloz.
Cruzó el llano de Alcalá, la aromosa y pobre Alcarria, hacia donde cae
el reino de las abejas; vio a Sigüenza donde hay colmenas de clérigos, y
atravesó la estrecha cuenca del Jalón, que corre silbando por la
angostura como una espada de agua que se envaina en montañas. La romana
Bílbilis le mostró ya la tierra aragonesa. En la feraz vega de Zaragoza,
pasó por entre pilas de melocotones que parecían balas de fuego, y vio
las lozanas viñas de uva retinta, cuyo zumo enardece la sangre de los
paisanos de Lanuza. Sin detenerse pasó por la ciudad que lleva el nombre
más preclaro en las justas militares del siglo, y que tuvo en los
harapos de sus tapias rotas mejor defensa que otras en la coraza de sus
murallas de piedra. En Tudela pasó el Ebro entrando en franca tierra de
Navarra, semillero de gente brava, pues si Rioja fue hecha para criar
pimientos, Navarra fue hecha para criar soldados. Halló gran agitación
en los pueblos del camino, y la gente detenía el cochecillo para pedir
noticias. Era preciso satisfacer a todos, diciendo: «Sí, es cierto que
ha muerto el Rey».
«¿Pero es verdad que Madrid ha proclamado ya a D. Carlos? ¿Es verdad que
Cristina se ha embarcado o va en camino de embarcarse? ¿Es cierto que el
Infante ha vuelto de Portugal, y está al frente del ejército?». A estas
preguntas no podía contestar el viajero porque nada sabía, pero bien se
le alcanzaba que provenían de falsas noticias y embustes, semilla que
hábilmente sembrada en tales países había de dar pronto cosecha de
tiros. Siguió su camino y al fin entró en Estella. Aunque eran las doce
de un hermoso día cuando pisó la plaza Mayor, antojósele que las
próximas alturas arrojaban sombra muy lúgubre sobre la ciudad y que esta
se ahogaba en su cinturón de montañas. A cada paso hallaba pandillas de
clérigos con capa de esclavina, paraguas y gorro de borla, charlando en
lenguaje vivo sobre el asunto del día, que era la muerte del Rey y el
problema de la sucesión.
Dirigiose a uno de aquellos señores para preguntarle por la residencia
del coronel Seudoquis, a quien quería ver sin pérdida de tiempo, y el
clérigo, hombre gordito y lucio, le contestó de esta manera:
--Nuevo es usted en esta tierra. Si no lo fuera usted, sabría que para
encontrar al famoso Seudoquis no hay más que averiguar donde se juega y
donde se bebe.
Apuntando con su paraguas a una esquina de la acera de enfrente, añadió
el buen hombre lo que sigue:--¿Ve usted aquella casa donde dice en letras
muy gordas _Licores_? Pues allí encontrará usted al borracho.
Y se marchó riendo y a prisa para reunirse a la cuadrilla que había
seguido andando mientras él se detenía. Todos los demás individuos de
paraguas encarnado y gorro negro eran también lucios y gorditos, señal
indudable de no ser gente muy dada a la penitencia.
Pronto encontró Salvador a su amigo, y no le encontró embriagado ni
jugando, sino en tertulia con otros tres militares y dos paisanos. La
sorpresa y alegría del coronel fueron grandes. Después de abrazarse,
retiráronse a un desvencijado cuarto del mesón (pues mesón, café,
taberna y algo más era la tal casa) y hablaron a solas más de una hora.
Cuando Salvador se retiró a descansar en la estancia que allí mismo le
destinaron, creía haber ganado la partida y estaba satisfecho de su
aventurado viaje, que ya tenía por venturoso. Pero Dios quiso que todos
sus planes se trastornasen y que a cada dificultad vencida naciese otra
imponente dificultad. Aquella misma tarde recibiose aviso de que don
Santos Ladrón, el atrevido guerrillero riojano, venía sobre Estella con
quinientos voluntarios, al grito de _España por Carlos V_. Púsose en
movimiento la escasa guarnición de la plaza, y Dios sabe lo que hubiera
ocurrido si no llegara oportunamente el brigadier Lorenzo, mandado por
el Virrey Solá con el regimiento de Córdoba y los provinciales de
Sigüenza. Lorenzo no descansó en Estella. Aquella noche vio Salvador las
calles Mayor y de Santiago atestadas de soldados, que se racionaban con
pan y vino; habló con ellos y pudo notar que reinaba en la tropa buen
espíritu, si bien su entusiasmo por la causa que empezaban a defender no
era muy grande todavía.
Lorenzo salió a media noche. Al día siguiente se tuvo noticia del
combate de los Arcos, en que fueron destrozados los voluntarios de
Ladrón y este hecho prisionero. Salvador vio por segunda vez la tropa de
Lorenzo, de regreso a Pamplona, llevando consigo al guerrillero don
Santos y a Iribarren. Lo peor del caso para nuestro amigo, fue que
Lorenzo se llevó también a Pamplona a los tres prisioneros que en la
cárcel de Estella estaban, y con esta determinación vino a tierra el
plan construido por Monsalud de concierto con Seudoquis. Contrariedad
tan inesperada parecía anunciar malísimo éxito a las tentativas
generosas de Salvador, porque los prisioneros de Estella estaban ya
condenados a muerte. Pero no desmayó por esto, y se puso en marcha para
Pamplona, siguiendo a la brigada vencedora. Fue para él una ventaja
relativa que le acompañara Seudoquis, con cuya cooperación humanitaria
contaba, si bien lo sería muy difícil ejercerla en la misma residencia
del Virrey.
Por el camino pudo Salvador ver a su hermano prisionero y en tal estado
de extenuación y abatimiento que inspiraba lástima a cuantos le miraban.
En un desvencijado carro de transportes iba tendido sobre jergones, cuya
dureza con la de las piedras competía. Como el carro tenía toldo y unos
palitroques laterales al modo de rejas, su semejanza con una jaula era
grande, de donde resultaba que el Sr. Navarro, mirado desde fuera,
escuálido, aburrido, entumecido y soñoliento, se pareciese algo a D.
Quijote cuando le llevaban encantado desde la venta a su aldea. Salvador
pudo acercarse, con la venia de la escolta, y cambió algunas palabras
con el preso, el cual tardó mucho en reconocerle y le miró despacio con
ojos semejantes a los de un demente.
--¿Qué haces tú por aquí?--dijo acercando su rostro a los palos--. ¿Eres tú
el que parece o eres otro?
--Soy el que parece--replicó Salvador inclinándose lo más posible sobre el
arzón de su cabalgadura--. ¿No esperabas verme por aquí?
--No habrás venido a nada bueno.
--He venido por ti.
--¡Ah!... eres de los ministriles del Virrey. ¿Te has hecho asesor de Su
Excelencia? Mira, oye, acércate más... Di al canalla de Su Excelencia
que no tarde en fusilarme. Ya no puedo más.
--¿Te sientes mal? ¿Padeces mucho?
--¿A ti te importa algo que yo padezca o no? ¡Pues sí, padezco mucho, por
vida del mismo rábano!... Tengo una lámpara encendida aquí.
Incorporándose dificultosamente, llevose ambas manos a los hijares. Su
cara lívida causaba miedo, y cuando dilataba los labios morados con
expresión equívoca y asomaban sus dientes blanquísimos, se veía en él
clara y patente la sonrisa del dolor, o sea la casi imperceptible burla
que el dolor hace de sí mismo cuando han concluido todos los consuelos y
aun los sofismas del consuelo.
--Tú estás muy enfermo--le dijo Salvador con profunda pena--, y yo creo que
el Virrey te perdonará la vida.
--¡Y al dejarme vivir llamas perdón!... vaya un perdón el tuyo.
¡Indultarme!... No, por muy masón que sea el Virrey, no será tan cruel o
inhumano.
--Estás alucinado, y el sufrimiento te enloquece un poco, haciéndote
disparatar.
--Yo estoy cuerdo y sé lo que me digo. Tú estás tonto y hablas más de la
cuenta.
--Yo sólo te diré que no te desesperes. Tú enfermedad puede curarse
todavía.
--Con cuatro tiros... ¡Rábanos! no sufrirá que sea por la espalda.
--No serán por ninguna parte. Estás enfermo y exaltado. Yo te juro que se
harán esfuerzos grandes por salvarte.
--¿Y quién me salvará, tú? ¿tú?--dijo Garrote con desprecio.
--Podrá ser. No he venido a otra cosa.
--¿Desde Madrid?
--Sí. Y a Pamplona voy.
--¡Salvarme tú!... ¡Conservarme la vida! Veo que también hay verdugos de
la vida.
--Yo quiero ser contigo ese verdugo de vidas.
--Mira, mira, ¿quieres dejarme en paz, intruso, y volverte otra vez a tu
Madrid?
--Nos iremos
--Yo seré feliz mañana--dijo Navarro con hosca expresión--, en el foso de
Pamplona. ¡Qué frío hará allí!
El prisionero temblaba.
--¿Tienes frío?--le preguntó su hermano.
--Hombre, sí, tengo frío. ¿No lo ves? ¿para qué lo preguntas? Tus
pesadeces acabarían con la paciencia de un santo.
--Te proporcionaré una manta.
Alejose Salvador y al poco rato volvió con lo que había ofrecido. El
prisionero tomó la manta y arrebujose en ella, añadiéndola a la manta y
al capote que ya sobre sí tenía; pero ni por esas entraba en calor.
--Veo que sigues tan helado como antes. Sin embargo, el día está bueno.
Pica el sol.
--Mi frío no es el frío de todo el mundo. Cien soles no lo
destruirían... abur.
--No, todavía no. Tengo que hacerte una advertencia. Es indispensable que
te vuelvas loco, quiero decir, que mañana, cuando te reconozcan los
médicos, hallen en ti síntomas de locura.
--Hallarán el contento de morir--repuso Navarro, dando diente con diente--.
¡Ah! ya te entiendo: me fingiré cuerdo para que me maten más pronto. Me
fingiré cuerdo, gritaré: «¡Viva Carlos V, mueran los masones!...». Está
bien, hombrecillo, adiós. Vete, que quiero echarme a dormir.
Y se tendió, envolviéndose todo y cubriéndose cara y manos, de modo que,
si no fuera por el temblor, parecería un muerto a quien llevaban a
enterrar.