Al despuntar la aurora del siguiente día Sola se levantó, y abriendo de

par en par la ventana de su cuarto, que daba al campo, y a cuyo alféizar

subían las ramas más altas de los almendros, aspiró el aire balsámico de

la mañana y miró los senderos, el suelo, la torre de la catedral

insigne, que a lo lejos y en medio del verdor oscuro del paisaje lucía

como un ciprés de piedra, dejó correr luego sus miradas por el suelo

adelante hasta el horizonte, término de amarillentas lomas y de azulados

pedregales; fue con su espíritu más allá del horizonte mismo; volvió con

tristeza. Se podría haber creído que echaba de menos aquellas barras de

hierro de que D. Benigno hablara la tarde anterior y que, de existir,

permitirían a los hombres remedar el maravilloso viajar de los pájaros.

Nada vio en los torcidos senderos que indicase que las hadas se habían

ocupado la pasada noche en tender aquellas vías metálicas, milagro de la

locomoción, increíble camino más propio para ser recorrido con las alas

del espíritu, que con los pies de la materia.

Poco después se levantó Cordero. El coche de Peralvillo no podía tardar,

y era preciso sustentarse de chocolate y bollos para el largo y molesto

viaje. Sola dio punto a las meditaciones para atender a los diversos

menesteres de aquella hora, y cuando D. Benigno y ella se encontraron

solos, el héroe no pudo menos de preguntarle por qué había en sus ojos

huellas de lágrimas, siendo las circunstancias más bien propicias que

adversas. Sola contestó que no había podido dormir en toda la noche,

porque las cosas tremendas que contó Primitivo y los augurios que hizo

llenaron de misterioso pavor su espíritu. Verdad era esto que dijo; pero

también había influido mucho en su insomnio doloroso la brusca y radical

mudanza en su destino, en sus ideas todas por la conversación que ella y

su dignísimo protector tuvieron a orillas del río. Sola no quiso ocultar

a Cordero todo lo que sentía y pensaba.

--Estoy tan aturdida desde ayer tarde--le dijo--, que no sé lo que me pasa.

He pasado toda la noche imaginando catástrofes o soñando tropiezos y

caídas. No me puedo convencer de que Dios me lleve ahora por ese camino

tan distinto del que antes seguía, sin que sea para ir derecha a una

desventura muy grande. Yo nací con mala estrella.

--Patrañas, querida hija; cosas de la imaginación--replicó D. Benigno,

apurando su chocolate--. No nos entreguemos a cavilaciones hueras y

tengamos confianza en Dios. Eso de malas y buenas estrellas no es muy

cristiano que digamos.

--Es verdad; pero yo no puedo evitar el sospechar peligros, el tener

miedo de todo, y el presentir desgracias. Es una especialidad mía. Si

Primitivo no hubiera contado tantos horrores... Ahora, con la muerte

del Rey, se va a encender una guerra tal, que España va a ser una Nación

de huérfanos y viudas. Sí, así será... Correrán ríos de sangre, ríos

caudalosos como los de agua, y los hermanos matarán a los hermanos...

todo por saber si ha de reinar la sobrina del tío o el tío de la

sobrina. ¡Qué horrorosos disparates! ¡Y estas cosas pasan en reuniones

de gente que se llaman países y naciones!... ¡Y esta es la decantada

sabiduría de los hombres de Europa que se ríen de los salvajes! Yo,

mujer ignorante, digo que esos sabios no tienen sentido común.

--Hija de mi alma--exclamó D. Benigno--, estás hablando como el patriarca

de la filosofía, como Juan Jacobo Rousseau. Sí, el estado actual de las

naciones y el sentido común son incompatibles.

En su entusiasmo, Cordero tremoló la servilleta que acababa de

desprender del ojal de su levita. Aquel lienzo era la bandera del

sentido común, pabellón sin colores y sin heráldica.

--No he podido apartar de mí en toda la noche--dijo Sola--, una idea que me

hace estremecer de pena. ¿Quién nos asegura que el hombre a quien vamos

a buscar, no estará ya comprometido en la guerra civil? ¿No será

probable que esté disparando tiros en las calles? ¿No puede suceder que

está ya muerto?

--Calla, tonta... Un hombre tan juicioso... ¿No comprendes tú...?

--Yo no comprendo nada, yo siento y nada más. El corazón suele tener unas

adivinaciones tan raras... A veces, el muy pícaro, se empeña en una

cosa, y Dios se encarga después de darle gusto... Ojalá me equivoque. Y

ahora Dios no nos manda tan sólo el azote de la guerra civil, nos manda

también otro, esa terrible enfermedad... ¿no oyó usted hablar a

Primitivo de esto? Es un mal muy raro, por el cual se muere la gente en

pocas horas, a veces en minutos; es una puñalada invisible que sorprende

y mata, y nadie está seguro de vivir dentro de media hora.

--Sí--dijo D. Benigno, cayendo en sombría tristeza--, es el _Cólera morbo

asiático_.

Al oír este nombre repulsivo y espantoso, Sola sintió correr por su

cuerpo un frío displicente. Cordero sintió lo mismo.

--Esa enfermedad--añadió--, ha aparecido en Andalucía. Las personas van muy

tranquilas por la calle, y de repente ¡plaf! se caen al suelo y se

mueren. Pero esta infección no llegará a Madrid... Vamos, en marcha,

ahí está el coche.

Oyeron las alegres campanillas de las mulas de Peralvillo. Sola se

despidió de los niños llorando, y les prometió que volvería muy pronto.

Al subir al coche, dijo:

--¿Tardaremos mucho?

--Volaremos--afirmó el héroe--. Peralvillo, llévanos a prisa... ¡Oh! ¡qué

lástima que no tengamos ya por aquí esos carriles de Satanás!

Y tenía razón. ¡Lástima grande que en aquella ocasión crítica no

existieran los carriles de Satanás!

-XVII-

La mañana del 29 y cuando nadie sospechaba que la muerte del Rey

estuviese tan próxima, dejó de ser soltero Pipaón. Los tiernos esposos

recibieron la bendición nupcial en la hermosa iglesia de San Cayetano,

que hace esquina a la calle del Oso, y el encargado de darla fue el

Padre Carantoña, de la orden dominica, grande amigote del desposado.

Asistieron personas de calidad, hubo mucha pompa eclesiástica y mundana,

se repartieron limosnas, y todo fue dispuesto para que en los barrios

del Sur quedara memoria del suceso por dilatados tiempos. La sordidez de

D. Felicísimo no permitió que el almuerzo de rúbrica se diera, como

parecía natural, en la casa de la desposada y diole en la suya Pipaón

con mucho rumbo y magnificencia. Pero lo más notable del día fue el

altercado que tuvo nuestro cortesano con D. Felicísimo. Los recién

casados, creyendo que si el vejete no les daba de almorzar, no les

negaría su bendición, fueron allá muy gozosos; pero el Demonio, que

jamás descansa, hizo que Carnicero tuviese noticias ciertas aquella

misma mañana de las traicioncillas de Pipaón y de los soplos infames que

había llevado a la antecámara de Su Majestad la Reina Cristina. Estaba

el buen señor trinando cuando llegaron los cónyuges, y ojalá que no

hubieran llegado jamás, porque así como estalla un volcán, reventó la

cólera de D. Felicísimo, y no quedó dentro de su boca palabra mal

sonante ni epíteto quemador. Púsose blanco el bendito agente, como

piedra caliza, y su rostro plano causaba terror, porque parecía próximo

a descomponerse en piezas, cayendo cada fracción por su lado. En vano

quiso disculparse Pipaón, en vano Micaelita intentó disculparle también,

llevada del amor que aquel día le tuvo, y hasta Doña María del Sagrario

arrojó con timidez una palabra de paz en medio de la ardiente filípica.

Aumentábase el furor del terco viejo con las réplicas, y para concluir

echó a sus nietos a la calle, ordenándoles que no volviesen a poner los

pies en aquella _casa de lealtad_, y conminándoles con desheredarles del

mejor modo que pudiese. Los esposos salieron cabizbajos, y cuando se

despedían de Doña Sagrario en la puerta, el condenado vejete agarró con

su zarpa acerada el brazo de Tablas, que a su lado estaba, y con

ardiente anhelo le dijo:

--Tablas, cuatro duros, cuatro duros para ti, si vas ahora y le das un

puntapié a ese tunante y le arrojas rodando por la escaleras. No hagas

daño a mi nieta, ¿entiendes? a mi nieta no.

El atleta no quiso desempeñar el indigno papel de cachetero que en

aquella repugnante contienda doméstica se le designaba, y todo quedó en

tal estado. Después riñó D. Felicísimo con Doña María del Sagrario, con

la criada, con Tablas, y a todos les mandó que se fuesen a la calle y le

dejaran solo, pues para vivir entre espías o traidores, prefería estar

solo con el leal y desinteresado gato. El buen señor desahogaba su

cólera sonándose, sonándose fuerte y repetidamente, y aquel furioso

trompeteo resonaba en la casa como las cornetas de un llamamiento

militar. No era en verdad ilusión que los frágiles tabiques de la casa

temblaran como las murallas de Jericó, porque durante el ir y venir de

la gente en el momento del berrinchín, el piso se estremecía de tal modo

y con tan amenazadora trepidación, que los expulsados tomaban con gusto

la puerta.

Por la tarde, y cuando no se habían aplacado aún los irritados espíritus

del agente eclesiástico, entró a verle Salvador Monsalud. D. Felicísimo

lo recibió con desabrimiento.

--Le he mandado venir a usted--dijo tomando el pie de cabrón y dando con

él fuerte porrazo sobre la mesa--, para comunicarle noticias muy

desagradables acerca de nuestro amigo el Sr. D. Carlos Navarro. Usted,

jí, jí, se tomó por él tanto interés cuando aquella diablura de su

encierro en la cárcel de Villa, que no dudo en acudir a usted, ahora que

el insigne guerrero del Altísimo se halla en un trance mucho más

peligroso.

Oyó Salvador con notorio interés estas palabras, y después de manifestar

que no había favorecido a Navarro por simpatías carlinas, sino por

consideraciones de gratitud y de amistad absolutamente personales, rogó

a Carnicero no ocultara nada de lo que al digno soldado del Altísimo

ocurría. El vejete se revolvía en su asiento. Tomando y dejando con las

inquietas manos, este o el otro papel, porque estaban sus nervios en

completa anarquía, dijo así:

--Ya llegará la hora de esos canallas, ya llegará, ¡vive Cristo! Ahora,

al amparo de esa sombra de Rey, bailan sobre nuestras costillas; pero

los papeles se truecan, jí... Figúrese usted que el bravo D. Carlos

partió hacia Navarra para conferenciar con Santos Ladrón y otros

valientes capitanes, la buena gente, la gente sana, la gente de Dios.

Pues bien, hubo una algarada de voluntarios realistas en Viana, por

impaciencias tontas y celo mal entendido. El Virrey de Navarra mandó

contra ellos una columna. La columna no derrotó a nadie... como siempre;

pero cogió a D. Carlos, que estaba en el convento de frailes franciscos,

jí, jí, y juntamente con un sobrino de Santos Ladrón y un capuchino, a

quien sorprendieron haciendo cartuchos, le llevaron a Estella. Se formó

sumaria; dieron parte a Madrid, y este Gobierno cobarde y rastrero ha

mandado hoy, hoy mismo, jí, ha mandado que sean pasados por las armas el

señor D. Carlos, el sobrino de Santos Ladrón y el capuchinito de los

cartuchos. He sabido todos estos pormenores por un oficial del

Ministerio de la Guerra, que nos pertenece en cuerpo y alma, y no hay

duda alguna, jí, de que la execrable orden del Ministro irá, lo más

tarde, por el correo de mañana.

--Es un deplorable incidente--dijo Salvador meditabundo--; pero no podemos

negar al Gobierno el derecho de defensa. Usted, que tanto poder tiene,

¿no podrá evitar esa catástrofe, aunque sólo sea en la parte que a

nuestro desgraciado amigo corresponde?

--¿Yo?...--chilló Carnicero, en tono de lástima de sí mismo--. ¿Yo? Bueno

está el ramo de Guerra en los tiempos que corren para que yo pueda

lograr... Usted, usted...

--¿Yo?--dijo Salvador, condoliéndose de su impotencia política y militar--.

Apenas tengo relaciones oficiales. ¿Qué caso han de hacer de mí? Para

mayor desgracia, he sido tildado de apostólico por algunos necios, y en

el ejército corren hoy vientos muy liberales. Yo no puedo nada.

Ambos meditaron breve rato, D. Felicísimo con los ojos fósiles puestos

en el ensangrentado Cristo de la columna, Salvador leyendo en las rayas

de la estera.

--¿En poder de quién está Navarro? ¿Conoce usted al jefe de la columna

que lo aprehendió, o al gobernador de Estella?

--Pues, ya... el bribón que le capturó y el jefe militar de Estella son

una misma endemoniada persona, jí, jí, y esta persona es el perdido de

los perdidos, el gran maestre de los canallas, Seudoquis, más masón que

Caifás y más liberal que Caín... ¿Le conoce usted?

--Mucho--replicó Salvador acabando de leer en la estera--. Tanta amistad

tenemos, que seguramente lo que Seudoquis no haga por mí no lo hará por

nadie.

--¡Qué lástima, Santo Cristo de la Vega! ¡qué lástima, Santísima Señora

del Sagrario, que no está Navarra en Móstoles o que las leguas no se

trocaran en varas!... porque en este caso la distancia nos mata. Ni

valen para este delicado asunto las cartas de recomendación...

--Es verdad que nada de eso vale.

--¡La distancia, la distancia!... Si pudiéramos traer aquí a Navarra...

--Llevaremos allá a Madrid.

--¿Cómo?

--Sr. D. Felicísimo--dijo Salvador levantándose--, me marcho a Navarra.

--¡Usted!... ¿cuándo?

--Lo más pronto que pueda. Depende de los medios que encuentre. Si esta

tarde hallo un coche, esta tarde me voy.

--¿Y confía usted sacar partido de su amistad con ese desollado masón?...

¡Pero qué amigos tiene usted!... Estoy asustado.

--Creo que podré conseguir algo.

--Pero ¿de veras va usted?...

--Ya está decidido. Yo soy así--afirmó el caballero dando algunos paseos

de un ángulo a otro en la polvorosa estancia.

--¿Quiere usted cartas de recomendación?

--¿Para clérigos, canónigos, guerrilleros, frailes que hacen cartuchos, y

abades que organizan partidas? Sí, sí, vengan cartas. Nada de eso es

inútil para mi propósito.

--Entérese usted bien de lo que ha pasado--dijo D. Felicísimo, entregando

a Salvador varias cartas, que este empezó a leer con avidez--. Vea usted

lo que me escribe el guardián de franciscos de Estella... Vea usted

también la relación detalladísima que del suceso me hace el prior de los

descalzos de Viana. Ahí verá usted las lindezas de su amigo Seudoquis,

que fuma en las iglesias, insulta a las monjas, y dice públicamente que

Dios es _isabelino_.

--No creo que Seudoquis se haya vuelto tonto.

--Lea usted, lea usted.

Leyendo, el caballero se enteró del caso y tuvo anticipado conocimiento

de personajes, cosas y lugares que ordenó en su mente con asombrosa

presteza. Concluida la lectura, ya había imaginado un plan que no debía

sufrir gran variación con la marcha de los sucesos. Para poner en

ejecución lo que pensaba, urgía aprovechar el tiempo lo mejor posible.

Su temperamento impaciente se adaptaba a las resoluciones rápidas y a un

procedimiento ejecutivo y precipitado para realizar pronto la idea,

anticipándose a las contrariedades y tomando la delantera a los

peligros. Aquella tarde arregló sus cosas, buscó un cochecito y dio

cuantos pasos preliminares creía menester para no hallar obstáculos en

su largo viaje. Ya anochecía cuando escribió una carta a don Benigno

Cordero, manifestándole lo que más adelante sabrá el curioso lector.

Esta carta la dejó en poder de D. Felicísimo, previa formal promesa de

entregarla a Cordero, que vendría pronto de los Cigarrales y se

encontraría en su casa de la subida a Santa Cruz. Despidiose del anciano

y partió aquella misma noche. La noticia de la muerte del Rey, que ya

sabía todo Madrid, lejos de hacerle desistir de su propósito, lo

confirmó más en él, porque iba a empezarse el período de crueldades,

amenazas y represalias, precursor del desencadenamiento de la hidra,

cuyos broncos rugidos resonaban ya en toda la Península. No se nos

quedará en el tintero un incidente ocurrido al partir Monsalud de la

morada Carniceril. Iba a tientas por el pasillo lóbrego (pues razones

económicas habían retrasado aquella noche, como otras muchas del año, la

aparición de la luz), cuando del techo se desprendió un pedazo de yeso o

cascote, mucho mayor que los que a todas horas caían. Afortunadamente,

al chocar con los puntales se partió en dos o tres fragmentos, y

Salvador no recibió en su cabeza sino uno de estos, que produjo un

mediano porrazo, rozándole después la cara. Cualquier supersticioso

habría visto en tan insignificante suceso augurio adverso o quizás

favorable; pero Salvador sacudió del hombro el yeso y siguió adelante

sin contestar a D. Felicísimo, que en la puerta de su cuarto decía:

--¿Qué es eso?... ¿se ha hecho usted daño?... ¿se cae la casa?... ¡luz,

luz!

-XVIII-

«El Rey ha muerto. ¡Viva el Rey!».

Cuando Elías Orejón entró en casa de D. Felicísimo y pronunció esta

frase con hiperbólico entusiasmo, el famoso Carnicero estuvo a punto de

perder el sentido; tan grande fueron su sorpresa y júbilo. Unidos ambos

en estrecho abrazo, diéronse palmetadas en las espaldas durante un par

de minutos, sosteniéndose el uno al otro para no caer al suelo con la

fuerza del contento y la debilidad de las piernas. Esto ocurría poco

después del fallecimiento del Monarca y tres horas más tarde del

altercado con Pipaón, por donde se ve, que en un mismo día reservaba la

Divina Providencia al señor de Carnicero impresiones totalmente

contrarias, haciéndole pasar de la ira más atroz a un contento febril y

casi rabioso. Los dos viejos expresaron con afán, y quitándose

simultáneamente las palabras de la boca, opiniones diversas sobre el

suceso, y proclamaron que Dios había concedido a la monarquía el más

precioso de los dones, abriendo camino al soberano verdaderamente

católico y al Rey de verdad. Orejón se despidió para volver a la noche,

trayendo las últimas noticias, y Carnicero se quedó solo, saboreando en

deliciosas meditaciones su júbilo apostólico, ideando planes y

considerando el triunfo rápido de la España religiosa sobre la España

masónica. Después fue Salvador a despedirse y a llevar la carta para

Cordero, y otra vez se quedó solo el anciano con la criada que le

aprestó la cena. Doña María del Sagrario, que estaba muy a mal con su

padre por el sofoco de Pipaón, le acompañó breve rato y fuese después a

la casa de su sobrino con intento de no volver hasta las diez de la

noche.

Las ocho serían cuando volvió a aparecer Orejón acompañado del conde de

Negri, y vieron cenar a D. Felicísimo, que entre bocado y bocado había

de incrustar una opinión, preguntilla, apóstrofe o interjección

apostólica, todo entreverado de hipos que dividían en minúsculas

porciones sus conceptos, dando idea de lo que sería un discurso en

mosaico o una oración en cañamazo.

--A poco de dar el último suspiro Su Majestad--dijo el conde--, el pobre

Sr. Zea reunió en la Cámara Real a varios militares... He oído hablar

de Quesada, San Martín, Freire y otros muchos que no recuerdo...

Recibioles la napolitana llorando y gimiendo, y no de pesadumbre de

quedarse viuda, no, sino porque la corona y el trono de su hija van

rodando ya como los juguetes de las niñas... Pero vean ustedes lo que

ha discurrido ese Sr. Zea, ese talentazo, ese inventor de la pólvora y

de los pasteles... Pues nada: rogó a los militares que juraran defender

la sucesión directa y el tronito de la titulada, Isabel II. Tenemos

monarquía de muñecas... Y ellos juraron, y tras de aquellos fueron

otros y juraron también.

--¡Patarata!--exclamó Orejón--todo eso es música, música. También se han

reunido esta tarde muchos locos masones, con Aviraneta a la cabeza, y

han deliberado... ¡Deliberado los postes! ¿cuándo se ha visto eso?...

Señores, llegó el momento de la gran barrida. España ha resucitado. Ya

nuestro Señor no puede tener el escrúpulo de conspirar contra su

hermano. El mejor día le veremos aparecer en la raya de Portugal para

ponerse al frente de nuestros ejércitos... Pero si no se necesitarán

ejércitos. Esto se cae, esto se hunde, esto se desmenuza. Esto no es

monarquía, es una tienda de tiroleses. Por nuestra parte ya sabemos lo

que nos corresponde hacer, porque tenemos las instrucciones dadas por

Doña Francisca en presunción del caso que ya ha ocurrido.

--Aquí están las instrucciones--dijo Carnicero, soltando el tenedor para

sacar un papel de su gaveta.

--Las sé de memoria--replicó Orejón--. Ahora, señor conde, no perdamos el

tiempo y corramos a ver a los jefes de la guarnición a quienes hemos

hablado del negocio, y que no han querido soltar prenda mientras viviera

el Rey.

--Esta noche no hay junta.

--Esta noche no--dijo Elías, tomando el vaso de vino que sobre la mesa

estaba y acercándolo a sus labios--. Pero, ¿qué aguachirle es este?

--Es lo que yo bebo. Es del propio cosechero de Esquivias.

--Esto es veneno puro... Pero ¿no has de tener en tu despensa ni

siquiera dos azumbres de blanquillo para que los amigos brinden por el

triunfo de la mejor de las causas?

--¡Tablas, Tablas!--gritó Carnicero, y cuando el atleta apareció en la

puerta, le dijo--: Gandul, ¿estás sordo?... Vete a la taberna de la calle

del Burro y trae una botella de Jerez seco o de cosa que lo parezca.

Anda pronto. Oye, ¿no hay bizcochos en casa? trae también bizcochos...

Jerez seco... pronto.

Tablas era siempre diligente para traer vino, porque la expectativa de

las sobras le aligeraba los pies. Así volvió prontamente con la compra,

y un instante después los dos furiosos evangelistas de D. Carlos mojaban

un bizcocho en el dotado licor. Después bebieron con prudencia, por ser

ambos como D. Felicísimo, varones de mucha sobriedad.

--Por la religión triunfante--dijo Elías, empinando con gravedad.

--Por los buenos principios de gobierno--apuntó Negri--... Pero no bebe

usted, Sr. D. Felicísimo.

--¿No bebes, Felicísimo? Eso no se puede consentir--manifestó Orejón con

brío, apresurándose a ser Ganimedes del Júpiter de la agencia

eclesiástica--. Verdad es que este Jerez quema como pimienta.

--Será viejo como yo--dijo Carnicero tomando la copa--. Pues brindo...

Las tres copas chocaron con alegre campanilleo, debido principalmente al

temblor del pulso de D. Felicísimo.

--Brindo por la felicidad de España.

--Que ya está segura.

--Otra copa.

--Hombre...

--Otra.

Orejón llenó obra vez las tres copas, con no poco sentimiento de Tablas,

que alejado por el respeto, contemplaba las mermas de la botella.

--Es buen vino--indicó Carnicero, en tono de conocedor--. Pero yo no sé si

mi cabeza...

--¡Qué cobarde!... Felicísimo, otro trago... Vamos, a la salud de la

familia real.

Este brindis fue acogido con tanto entusiasmo, que Carnicero se levantó

de su asiento para dar más solemnidad al acto de envasarse en el cuerpo

el generoso vino.

--¡Viva Su Majestad el Rey, Su Majestad la Reina y los serenísimos

señores infantes!--exclamó Negri--. De las ruinas del masonismo se levanta

el legítimo trono de España.

--Y de Indias... porque se volverán a conquistar las Indias.

--Se volverán a conquistar--dijo Carnicero, que se notó ágil y dio algunos

pasos con cierta ligereza relativa--. Adiós, mis queridos amigos. Hasta

mañana.

--Hasta mañana.

Orejón y el conde se retiraron. En el pasillo, donde salió a despedirles

el dueño de la casa, fueron sorprendidos, como otro visitante anterior,

por un gran desprendimiento de cascotes del techo.

--Llueven piedras, ¿o qué es esto?--gruñó Orejón deteniéndose.

--No es nada. Los ratones me tienen minado el techo. Ya os arreglaré,

masoncillos.

El conde soltó una carcajada y se limpió la levita manchada de yeso.

--Pero ¿no tienes Inquisición en casa?

El gato saltó de un rincón, bufando, y subió por los maderos.

--Sí, allí veo la Suprema... ¡cómo maya! ¿Qué ruido es este?

Los tres se detuvieron con recelo, poniendo atención a un rumor que se

sintió instantáneo, y que no era fácil referir a las paredes, ni al

techo, ni al suelo, pues en todas estas partes de la casa parece que

sonaba a la vez.

--Hombre, juraría que vi moverse una de estas vigas--dijo Orejón.

--Y yo juraría que he sentido temblar el piso.

D. Felicísimo prorrumpió en risas, diciendo:

--¡Qué cabezas pone un vaso de vino! ¡Vaya un par de camaradas!... El uno

ve visiones, y el otro oye terremotos...

--Abur, abur.

--Hasta mañana.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 10 / 19 段