tertulia, pasaba largas horas en el cuarto de las niñas. Era la primera
vez en su vida que probaba los deleites puros de la familia. Aquel
vicioso que tan mal había empleado su tiempo, se sorprendía ahora de
verse ocupado en puerilidades, y bastaba cualquier síntoma de dolencia
en Isabelita, para que se olvidase de los negocios de Estado y de los
malos pasos en que andaba la corona. Preguntaba con frecuencia por las
más insignificantes cosas referentes a las niñas, y si Luisita Fernanda
daba en no querer mamar, ya había motivo para graves cuestiones,
preguntas y comentarios. Cuando todo iba bien, cuando las niñas parecían
estar sanas y contentas, o Isabelita se quedaba dormida abrazada a su
muñeca, el Rey solía pasear por las anchas cámaras, dando el brazo a
Cristina. Ambos marchaban despacio, porque la cojera del Rey exigía un
lento y cauteloso modo de sentar los pies. Cristina hablaba poco de
negocios políticos, y hacía pronósticos alegres sobre la salud de su
marido. La gota, según ella decía, iba cediendo, y era de esperar que en
el próximo invierno no hubiese ataques fuertes. El Rey suspiraba
incrédulo, y se acordaba de su conducta, que era la premisa lógica de su
gota. De pronto cesaba el paseo: Su Majestad se detenía un rato ante el
balcón por donde se veía la Plaza de Oriente, que entonces era un
páramo. Miraba un rato las casas de Madrid, y dando un gran suspiro,
tornaba al paseo lento y trabajoso. No se oían los pasos, sino el golpe
del fuerte bastón en que se apoyaba el Rey, y que con lúgubre compás
sonaba en el alfombrado suelo.
Desde el 19 de Julio hasta el 27 de Setiembre el Rey sufrió mucho de un
dolor en la cadera izquierda; pero no guardó cama. Sus comidas eran
penosas por falta de apetito. Cristina le acompañaba incitándole a tomar
alimento con las mil zalamerías que usan, para estos casos, las mujeres
cariñosas. De este modo Fernando se engañaba a sí mismo algunas veces,
creyendo que comía con gana.
El 27 el Rey quiso levantarse de la cama; pero advirtió que sus
extremidades no le obedecían. Estaba débil, tan débil que no se podía
mover. Vinieron los médicos y le llenaron de cantáridas. La mano derecha
se hinchó de tal modo que parecía una cabeza. Su Majestad notaba dentro
de si un enorme volumen inexplicable, como si otro cuerpo entrase dentro
de su cuerpo y le invadiese y ocupase poco a poco. Los dolores se
apaciguaron, dejándole dormir con pesado y brumoso sueño. El 29 Su
Majestad se encontró torpe para hablar, torpe para discurrir. Empezaba a
reinar en él una indiferencia triste. Le pusieron cantáridas en la nuca.
Con esto el Rey de España se reconoció otra vez Rey de España. La
mostaza, prolongando un reinado, tomó parte en la historia. Los médicos
parecían satisfechos y quisieron ver cenar al Rey. Cristina dispuso la
comida y Fernando comió mejor que los días anteriores. Después dijo,
«tengo sueño», y los médicos salieron para dejarle descansar. Era
costumbre en él, durante los últimos tiempos de su enfermedad, dormir
una breve siesta. Aquel día, Cristina, quedose con él en la estancia y
se sentó al lado del lecho real. El Rey cerró los ojos sin decir nada, y
pareció que se dormía con sueño tranquilo. Cristina le miraba. Una
secreta intuición le decía que se estaba quedando viuda... De repente
observó en el rostro de su esposo un movimiento extraño y un cambio de
color más extraño aún. Llamó con espanto, entraron los médicos que
estaban de guardia y el capitán de guardias duque de Alagón. Los tres
médicos, el duque y Cristina contemplaron la cara del Rey. El médico
pulsaba, y luego dejaba de pulsar, como un piloto que abandona el timón
cuando no hay esperanzas de evitar el naufragio. Cinco minutos duró
aquel estado, en que cinco personas miraban un semblante. Pasados los
cinco minutos Fernando VII no existía.
Fue una muerte breve, sin aparato, sin agonías tormentosas. Estaba
muerto y nadie tenía la persuasión de que el Rey no vivía, porque aquel
estado inerte podía ser un desmayo como otras veces. A pesar de que los
médicos aseguraron que ya no había Rey, Cristina dispuso que no se
tocase el cadáver hasta las veinticuatro horas. Retiráronse todos y en
Palacio hubo el movimiento vertiginoso que acompaña a los grandes
sucesos de las monarquías. Nadie lloraba. Los cortesanos que habían sido
fieles a la persona, pero que no simpatizaban con las ideas, se
preparaban a abandonar la casa. Las salas, las galerías, las cámaras,
estaban llenas de corrillos. La curiosidad, el recelo, la desconfianza,
el miedo, la duda, formaban aquel extraño duelo, en el cual había todo
menos lágrimas. «Ahora sí que se ha muerto de veras», murmuraba el labio
cortesano en pasillos y galerías, y tras esto surgían infinitos planes
de conducta.
En la madrugada del 30 la descomposición selló la muerte del Rey, para
que nadie pudiese dudar de ella. Estaba escrito que la conclusión de
aquel reinado fuera en todo conforme al reinado mismo. Entregose el
cuerpo a la etiqueta, que hizo con él lo que es de rigor en tales casos.
Dejémosle en poder de la mayordomía, que le lleva de ceremonia en
ceremonia hasta depositarle en el Escorial. La Corte, los pueblos, le
veían pasar sin sentimiento. No ha habido Rey más amado en su juventud
ni menos llorado en su muerte. Abierto su testamento se vio que dejaba
veinticinco millones de duros, y que mandaba decir veinte mil misas por
su alma... _Requiescat_...
-XVI-
No se le cocía el pan a D. Benigno Cordero hasta no ver realizado un
pensamiento suyo de grandísima importancia. Desde aquella noche en que
Sola se expresó con tanto calor, diciendo, «quiero casarme con el
viejo», este, lejos de mostrarse ensoberbecido con declaración tan
halagüeña, se volvió más taciturno. Fueron a pasar el verano a los
Cigarrales, y dos tardes después de instalarse en su casa de campo,
Cordero salió a paseo con Sola, bajando hacia la margen del río. El
héroe se apoyaba en su bastón nudoso, y en los pasos difíciles, que eran
los más, pedía auxilio al brazo de Sola. Esta no deseaba otra cosa que
servirle y complacerle.
--Hijita--le dijo, cuando pasaron de las higueras del tío _Reza-quedito_,
punto desde el cual ya no se veía la casa--, hoy tengo que decirte la
última palabra acerca del asunto que hace tiempo me trae muy caviloso.
Me he dado una batalla, querida Sola, me he dado una batalla y me he
arrollado completamente, me he derrotado en toda la línea. Acaso no me
entenderás.
--No mucho--dijo Sola, creyendo deber decir que no, aunque algo se le iba
entendiendo de aquellas cosas, y aun algos había ella penetrado en días
anteriores, con su natural agudeza.
--Pues se han concluido mis vacilaciones y a casarse tocan. Entre los dos
se establecerá un parentesco de cariño, de agradecimiento y de amistad
que no nos separará sino en el sepulcro. ¿Insiste usted en lo que
manifestó aquella noche? Creo que no lo habrá olvidado usted, pues yo,
si cien años viviera, no lo olvidaría.
--No lo he olvidado, y ahora repito lo que dije, y me confirmo en ello.
El héroe se detuvo y la miró con seriedad afable...
--Repare usted bien que pronunció palabras muy categóricas y muy
graves--le dijo en tono de queja--. Grabadas están en mi memoria. «Como
Dios es mi padre... ¿no fue así?... como Dios es mi padre, juro que
quiero casarme con el viejo».
--Así fue--afirmó Sola, repitiendo aquel eco de su alma--; con el viejo,
con el viejo.
--Es decir, conmigo.
--Con usted.
D. Benigno anduvo algunos pasos, y deteniéndose luego, habló así entre
turbado y festivo:
--Pues bien, hija de mi corazón, yo tengo ahora un antojo que quizás
usted lleva a mal; a mí me ha entrado un capricho, una manía... Qué
quiere usted... siento decírselo... quizás se enfade.
--¿Qué?
--Pues es que... que ahora me tocan a mí los mimos... y, en una palabra,
que ya no quiero casarme con usted.
Y echándose a reír, añadió:
--Nada, hijita, le doy a usted calabazas... ¿no contaba con mis
veleidades, eh? ¿No contaba usted con las coqueterías del viejo?
Y al decir esto abrió los brazos, derramó una lágrima, y riendo siempre,
estrechó a Sola contra su corazón, en el cual se desbordaban los afectos
más puros.
--Venga acá, hija de mi corazón--exclamó--, venga acá y abráceme también.
Dios me ha iluminado para hacerla el mayor bien que podría usted esperar
de mí. Felicitémonos ambos de este triunfo de mi razón, y ahora
entonemos un himno al sentido común que ha sido nuestro salvador.
Sola comprendía a medias.
--¿Quiere usted que nos sentemos en esta piedra?
--Sí--dijo Sola, ávida de hablar, de oír explicaciones--, sentémonos. Usted
aquí... que está más seco.
--Cuando me dijo usted aquellas palabras--manifestó D. Benigno, quitándose
los anteojos para limpiar los vidrios que se habían empañado
ligeramente--me quedó en el primer momento en éxtasis y como deslumbrado.
Después tuve la suerte de no dejarme alucinar por las pasiones, y de ver
claro en un asunto tan expuesto al error. Parece que el buen sentido se
redobló en mí, preparándose para la gran batalla que se iba a dar en el
campo de mi espíritu, y que las pasiones se aterrorizaron, anunciando su
vencimiento. ¡Ah! hija de mi corazón, el viejo fue iluminado por Dios y
pudo pesar sus escasos méritos, sus achaques, sus... condiciones,
poniendo todo esto al lado de tu lozana juventud, merecedora de mejor
destino. No sé cómo fue aquello; pero recuerdo que se agrandaban a mis
ojos los inconvenientes y se amenguaban las ventajas mutuas; comprendí
que iba a hacer un disparate y a dar un resbalón más grave que el que me
ocasionó la rotura de esta endiablada pierna: me sorprendí arrepentido,
hija; no sé cómo fue aquello, sí, me sorprendí arrepentido, y sin saber
cómo empecé a ver claro, clarísimo, y me dije: «la quiero demasiado para
casarla conmigo».
Sola no sabía qué decir. Las palabras que oía revelaban tal convicción y
D. Benigno le infundía tanto respeto, que no se atrevió a contestarle ni
a defenderle contra su buen sentido. Pensó primero que debía insistir en
lo del matrimonio; pero afortunadamente desistió de una idea que habría
sido impropia. Su bondad lo inspiró la declaración más digna en sus
labios, diciendo:
--No tengo más voluntad que la de usted... Haga usted de mí lo que
quiera.
--Barástolis, muy bien dicho. Pues yo quiero hacer de usted una hija...
Hasta ahora no había querido tener con usted esa familiaridad inocente
que consiste en tratarla de tú. Pues ya que no hay nada de casorio,
quiero tener contigo, contigo que eres mi hija, la familiaridad propia
de un padre; quiero tutearte... Y en este momento es preciso que
sellemos nuestro parentesco dándonos un abrazo pero muy apretado...
así... no hay cuidado. Ya no somos novios, hijita.
Se abrazaron estrechamente, confundiendo la bondad de sus corazones.
--Ya no somos novios--repitió D. Benigno--. Aquello era una tontería. ¡Me
lo ha revelado Dios por conducto de estos achaques míos, y mi razón me
dijo tantas, tantas cosas!... No dudé, ni por un instante, de la
sinceridad de tu consentimiento. Convencido estoy de que te habrías
casado gustosamente con el viejo, de que le habrías querido, de que le
habrías sido fiel, de que le habrías cuidado mucho cuando pasara, el
pobre, de viejo a viejecito, cosa que no puede tardar... Pero, hija
mía, tu consentimiento y aquellas palabras admirables que me dijiste
brotaban de tu gratitud, del afecto filial que me tienes. ¡Ay! No se
hacen los buenos matrimonios, no, con estos ingredientes. Es preciso no
forzar la naturaleza, no forzar los sentimientos naturales, haciendo de
la gratitud amor; es preciso, sobre todo, dar a cada edad lo suyo y no
empeñarse en reverdecer la venerable vejez, ni marchitar la hermosa
juventud, uniendo una cosa con otra fuera de sazón. No, mil veces no.
Tú, al querer ser mi esposa, domando un sentimiento robusto que vivía y
vive en tu corazón, hacías un sacrificio sublime. Yo te lo agradezco,
porque comprendo cuán sincero era aquel sacrificio; pero no quiero
aceptarlo... Dicen que yo fuí héroe en cierta ocasión; pues aquello de
Boteros es tortas y pan pintado en comparación de este arranque de
energía que acabas de ver, hija mía, porque esto me ha costado más
luchas, porque yo también sé hacer un sacrificio. No se renuncia sin
trabajo a un bien seguro, a un bien tan delicioso, a todo lo que me
prometían tu juventud, tu cariño leal, tus méritos inmensos, tu belleza,
hija... pues ahora que no soy novio, puedo decirte que cada vez te vas
poniendo más guapa... En fin, hija, he creído amarte mejor y servirte
mejor, y amar y servir mejor a Dios, dándome a ti por padre que por
esposo... Y aún me queda otra cosa mejor que decirte. Esto que he hecho
sería incompleto, muy incompleto. Si quedara así... Pero no, yo no hago
las cosas a medias. Mis heroísmos, cuando salen de mí, no son pamplinas.
Al hacerte mi hija, quiero llenar el vacío que hay en tu existencia, y
poner a tus sentimientos la corona que has ganado; quiero llenar de
felicidad hasta los bordes ese vaso de tu vida que poco a poco se ha ido
vaciando de sus antiguas tristezas; quiero casarte con el hombre que
amas, con ese de quien ya puedo asegurar que te merece.
Sola se quedó espantada. Tan grande era la novedad de aquella idea, que
necesitó algún tiempo para tenerla por lisonja. Se quedó pálida como una
muerta, y tanto se trastornó su fisonomía, que teniendo vergüenza de que
D. Benigno sorprendiera en ella la impresión hondísima que
experimentaba, bajó la cabeza. Cordero puso las palmas de sus manos en
las sienes de ella, y atrayéndola, le dio un beso en la frente,
diciendo:
--Gracias a Dios que te puedo dar este besillo, para demostrarte de un
modo material el cariño honesto que te profeso, cariño de padre, que yo
quise echar a perder tontamente. No te avergüences de lo que sientes al
oír lo que acabo de decirte. Es natural... Con este otro beso te quito
la vergüenza. Que venga tu futuro esposo a impedirme que te bese... Si
alguien nos viera, ¿qué diría?... Pero nosotros, nos reiríamos y
contestaríamos sin ponernos colorados: «Ya no somos novios, ya no somos
novios».
Sola se echó a reír. Después se puso muy seria. En su trastorno no sabía
qué manifestaciones serían más convenientes, y así dejó a su rostro que
expresara lo que quisiera.
--Veo que te has puesto muy seria y como enojada--le dijo el héroe--. ¿No
te gusta mi proyecto?
--Es, que...--balbució Sola, no disimulando el gran temor, que de
improviso llenó su alma--. Es que... podría suceder... Y ¿quién me
asegura?...
--¿Qué podría suceder, tonta?
--Podría suceder que él no me quisiera ya.
--¡Bonita idea! ¿Me tienes por un necio? ¿Me crees capaz de inclinarte a
ser esposa de un hombre, sin saber si ese hombre te quiere, y lo que es
más aún, que te merece?
--¡Entonces, ha hablado usted con él!... ¿le ha dicho?... y ¿él le ha
dicho?... ¿ustedes se han ocupado de esto antes de hablarme a mí?... ¿Él
sabe?... ¿usted y él?...
De este modo expresaba Sola su curiosidad, no acertando a interrogar sin
que preguntas mil, inconexas y atropelladas, se enredaran en sus labios,
queriendo salir todas a la vez.
--Todo se ha previsto...--afirmó con paternal reposo D. Benigno--. Calma,
calma. No puedo decirte en pocas palabras lo que he hablado con ese buen
señor; pero puedo asegurarte que tiene por ti un cariño bastante
parecido a la idolatría... Cuando este pensamiento mío empezó a
atormentarme el cerebro fui a ver a mi hombre. No sé qué agitación, qué
falta de asiento y aplomo encontré en él. Te juro que no me gustó nada,
y al salir, dije para mí. «No la merece: no le entregaré yo el ángel de
mi casa». Volví poco después y hablamos de varias cosas. Su conversación
me encantó. Hallele, como siempre, leal y discreto. Pero se me antojó
que se ocupaba demasiado de política, y dije: «Nones, están verdes para
ti. No quiero que mi hija viva sobre ascuas, pensando si ahorcan o
fusilan a su marido... Guarda, Pablo». En una tercera visita... estas
visitas mías fueron exploraciones habilidosas y tanteos para conocer si
era digno o no del tesoro que yo le iba a regalar, y así jamás le revelé
mis planes... pues decía que en una tercera entrevista hablamos
cordialmente, y él se espontaneó de tal modo conmigo, me abrió su
corazón con tanta franqueza, me expuso sus ideas y planes de vida con
tanta sinceridad, que al salir me dije para mi sayo: «Sí, es preciso
dársela. Le corresponde de hecho y derecho». Después corrieron entre los
amigos rumores malévolos respecto a él... Dijeron que se había hecho
carlista...
--¡Él!
--Calumnias y simplezas. Fui a verle, charlamos. Aquel día le hice
indicaciones de mi proyecto. Él pareció comprenderlo y se puso pálido,
muy pálido.
--¡Pálido!--repitió Sola, que tenía sus claros ojos fijos en D. Benigno, y
no perdía ni la más ligera inflexión de sus labios elocuentes.
--Pues... pareció que se conmovía, y me abrazó, ¿entiendes? me abrazó. Yo
le dije que nos volveríamos a ver pronto.
--¿Y eso fue...?
--La semana pasada, hija, en mi último viaje a Madrid. ¿Recuerdas que
dije iba a comprar bisagras y fallebas para las puertas nuevas? En
efecto, compré mucho hierro; pero el principal móvil de mi viaje fue
saber de la propia boca, de ese señor novio tuyo... démosle este
nombre... saber de su propia boca si era verdad que se había hecho
carlista.
--¡Qué asquerosa calumnia!--exclamó Sola con ardor, confundiendo con una
frase a los inventores de tan maligno despropósito.
--Él me desengañó quitándome aquel escrúpulo... porque, a la verdad,
hija de mi corazón, si mi yerno sale con la patochada de afiliarse a esa
bandera odiosa y se echa al campo a defender la religión a tiros... No
lo quiero pensar, ¡barástolis!... ¡Bonito negocio habríamos hecho!
Afortunadamente para él, quedé convencido de que no ha pensado nunca
ingresar en la orden sacristanesca, y cuando salí de la casa, dije:
«¡Tuya es, bribón, te la has ganado, pillo! Dios me manda que te la
entregue. Ahora, que San Pedro te la bendiga».
--¿Y tampoco ese día lo dijo usted claramente...?--preguntó Sola,
deteniéndose a media pregunta, porque le quemaba un poco los labios la
segunda mitad o el rabillo de la pregunta entera.
--No le dije nada claramente, porque no me pareció discreto abrirle de
par en par las puertas del cielo sin contar antes contigo. Pero le abrí
un resquicio, le di a entender mis intenciones, y el bendito hombre
parecía, como vulgarmente se dice, que veía el cielo abierto; de tal
modo le brillaban los negros ojos. Quedó envolver a principios de
Octubre, y cuando me despedí, le dije: «volveré un día de estos. Vendré,
y quizás, o sin quizás, le traerá a usted noticias que le contenten
mucho».
--Hoy es 1.º de Octubre--dijo Sola, con frase rápida, como centella de
palabra que de sus labios saliera.
--No, que es mañana--apuntó Cordero riendo--; yo tengo el Calendario en el
dedo. No quieras ahora que los días salten unos sobre otros. El tiempo
es un señor a quien se ha de tratar con muchísimo respeto. Observa la
calma y el método con que anda. A veces parece que va despacio, a veces
que corre como un galgo; pero es ilusión nuestra: su señoría no sale
nunca de su paso. Mañana, hija querida, iremos a Madrid.
--¡Yo también!
--Pues es claro. Quiero que os veáis, que os habléis. Luego vosotros os
entenderéis, y mi papel quedará reducido a preparar algunas cosillas que
para la boda sean necesarias...
Dio un suspiro, y estrechando luego entre sus manos las de Sola, que
estaban frías, sin duda porque todo el calor se recogió en su corazón
alborozado, dijo Cordero estas palabras:
--Te voy a dirigir un ruego. ¿Lo atenderás?
--¡Qué pregunta!--exclamó Sola, echándose a llorar antes de conocer el
ruego.
--Pues quiero suplicarte, que después de casada, ya que mis hijos no
puedan ser tus hijos, como proyectábamos, les mires como tus hermanos.
Sola le contestó con el río de sus lágrimas, que no permitían palabras.
Ni eran necesarias las palabras.
--Si me ves llorar--dijo D. Benigno, secándose una lágrima con gesto
heroico--, no creas que estoy afligido ni desconsolado. En mi pecho no
caben ni envidias de mozalbete ni el duelo de deseos frustrados.
Tranquilo estoy y contento, contentísimo. Si lloro es por la atracción
de tus lágrimas que hacen correr las mías, sin saber por qué. Tuve un
poquillo de pena, sí; pero me consuela el saber que si mis hijos han
perdido su segunda madre, buena hermana se llevan, ¿no es verdad?
Principiaba a caer la tarde y se sentía el fresco del Tajo. D. Benigno
propuso que se retiraran a casa, y dejando la peña dura, tomaron el
camino áspero y tortuoso.
--Ya van creciendo las noches--dijo Sola, dando el brazo a su padre.
--Sí, hija mía--replicó este--, y el mañana tarda un poco más; pero viene,
no tengas cuidado.
--Ya no recuerdo cuánto se tarda de aquí a Madrid.
--Pues no es mucho. Tomaremos el coche de Peralvillo, que es el que va
más pronto. ¿No sabes la novedad que hay en el mundo? Pues ahora han
inventado en Inglaterra unas máquinas para correr, un coche diabólico
que va como el viento, y anda, anda... No sé lo que anda; pero si
hubiera uno desde Toledo a Madrid, iríamos en dos horas.
--¡En dos horas! Eso es fábula.
--¿Fábula? Me lo ha dicho D. Salvador, que lo ha visto.
--¿Él ha visto esa máquina?
--Y ha andado en ella.
--¿Él ha andado en ella? Será cosa magnífica.
--Figúrate...
D. Benigno se detuvo, y con la complacencia que producían en él las
maravillas de la naciente industria del siglo, se preparó a dar a su
hija explicaciones demostrativas, para lo cual puso horizontal el bastón
y deslizó los dedos sobre él.
--Figúrate que hay en el suelo dos barras de hierro donde se ajustan las
ruedas de unos enormes coches... así como casas. Estos coches van atados
unos a otros. A poco que les empujen, como las ruedas se ajustan a las
barras de hierro, ¡zás! aquello corre como una exhalación.
--Ya entiendo... las mulas...
--Si no hay mulas, tonta... Ya te lo explicará D. Salvador, que ha
montado en esos vehículos. Esa diablura la han puesto los ingleses entre
un pueblo que llaman Liverpool y otro que nombran Manchester. Dice D.
Salvador que aquello es volar.
--¡Volar! ¡Soberbia cosa!...--exclamó Sola con entusiasmo--. Decir «quiero
ir a tal parte ahora mismo» y...
--Y salirse uno con la suya. Pues, te dirá: no hay caballos. Todo aquel
rosario de coches está movido por un endemoniado artificio o mecanismo,
que tiene dentro fuego y vapor, y sopla que sopla, va andando. Yo no sé
cómo es ello. Me lo ha explicado D. Salvador; pero no lo he podido
entender.
--¿Y esa manera de ir acá y allá no se pondrá en otras partes?
--Sí, dice nuestro amigo que se va extendiendo; que en Inglaterra están
haciendo más de esos benditos caminos de hierro, y que en Francia, van a
empezar a ponerlos también.
--¿Y en España?, ¿no los pondrán?
Cordero dio un suspiro.
--Ahora va a empezar una guerra, si Dios no lo remedia--dijo con tristeza.
--Cuando concluya...
--Quizás empiece otra... Pero, al fin y al cabo, también tendremos aquí
esos caminitos, aunque sólo sea para muestra. D. Salvador dice que se
extenderán por toda la tierra, y que hasta las regiones más incultas
llegará esa máquina que corre a soplos.
--¿Y la veremos por aquí, por este caminejo?
--¿Por qué no?
--Y podremos decir: «A Madrid...».
--Sí; pero ese prodigio no acontecerá mañana, hija querida--dijo Cordero
sonriendo--. Por ahora nos contentaremos con las tres mulitas de
Peralvillo.
Entraron la casa, donde hallaron a D. Primitivo Cordero, sobrino de D.
Benigno, que venía a pasar unos días en los Cigarrales, y traía
estupendas nuevas de la Corte, entre ellas la muerte del Rey. Cenaron
todos un poco tristes por la influencia melancólica de tales noticias,
de los comentarios lúgubres con que las acompañó el ex-capitán
miliciano, y de los presagios fatídicos que hizo.
Cuando D. Benigno manifestó su propósito de ir a Madrid el día venidero,
Primitivo le anunció con oficioso pesimismo que probablemente
encontraría las tropas insurreccionadas en las calles, la anarquía
imperante, y la villa entera, la Corte y la monarquía, dadas a todos los
demonios.