Describía el desfilar de los Procuradores, obispos y grandes, que uno

tras otro se adelantaban lentamente para jurar, _sicut recua_, y en el

párrafo siguiente ponía la salida pública de la corte desde San Jerónimo

hasta Palacio. _Cum repeto diem_, exclamaba parodiando a Ovidio,

_agitantur in manibus castañuelae meis_. La famosa función de toros con

caballeros en plaza, espectáculo nuevo en Madrid por aquel tiempo, era

tratada por D. Rodriguín con la amplitud que el caso merecía. No se

libraron de sus dardos los caballeros rejoneadores, ni las damas que les

apadrinaron, ni los alcaldes de Corte que dirigían la fiesta. No se dejó

en el tintero ninguna de las partes de la fiesta, y en toda su charla

macarrónica se veía claramente la idea de representar en el pobre toro

aburrido y pinchado por todas partes al partido cristino, de quien daban

cuenta al fin, rematándolo, los apostólicos, representados en el

simbólico circo por espadas, picadores y puntilleros. _Plaudite cives_,

decía al fin, _et ruant masones, turba mentecatorum_. Concluía este

párrafo diciendo que pronto empezaría la corrida en los campos de

batalla, y exclamaba: _Cedant cornu armae_.

No nos ocuparemos del resto de la composición porque su contenido es

demasiado extenso y quizás harto desenfadado. Para completar su obra, el

pícaro estudiante satirizó también al Comisario de Cruzada, Sr. Varela,

_plena cruoris hirudo_ (sanguijuela llena de sangre), que hizo

cuantiosos donativos a los pobres para celebrar la jura; también flageló

al general Castaños, nombrado duque de Bailén, y a todos los demás que

recibieron mercedes en aquellos días. Y amenazándoles les decía en el

último delirio macarrónico: _Jam vobis dicebitur misis_, ya os lo dirán

de misas.

-XIV-

No marchaba muy bien el negocio que Salvador entre manos traía, porque

la vigilancia en la cárcel de Villa era más estrecha y rigurosa que en

los tiempos de la dramática evasión de Olózaga. En vano Tablas llenaba

de aguardiente los cuerpos de uno y otro mandadero, sin olvidar la

conquista de los alcaides por medio de merendonas y duros; en vano se

hacían trabajos en esfera más alta, dirigidos a ablandar o corromper a

sujetos de mayor categoría. Con disimulo, pero también con brío

gestionaba Jenara, más que por afecto al preso, por librarse de la

situación desagradable en que el encierro de su esposo la ponía; y

Pipaón (_patriarca zascandilorum_, según el macarrónico), de acuerdo con

Carnicero y otros compadres, manejaba también con arte sus considerables

influencias. Tantos esfuerzos reunidos dieron al fin el resultado feliz

que todos deseaban; pero hay indicios seguros de que el Sr. Navarro

debió principalmente su venturosa escapatoria, a la condescendencia o

complicidad de la gente menuda, siempre venal; de modo que Salvador no

se arrepintió de haber recurrido al buenazo de Pedro López, ni este se

arrepintió de servirle, porque, habiendo cobrado en moneda corriente sus

estipendios y el importe de todos los gastos, pudo ofrecer a la iracunda

Nazaria parte del caudal que le había derrochado. Después se verá en qué

emplearon el dinero adquirido por tan extraña industria.

Los presos eran tres: D. Carlos, un fraile aragonés que pereció el año

35 en Zaragoza cuando la célebre causa y conspiración de D. Vicente Ena,

y un capitán de caballería que desde mucho antes andaba en aquellos

trotes, y después de ser masón el 20 e indefinido el 24, había ingresado

en los nacientes y aún no fogueados ejércitos del Infante. No habría

sucedido nada si todos los señores congregados en casa de las de Porreño

hubieran procedido con la discreción que se acostumbraba en tales

reuniones ilícitas cuando las sorprendía la justicia. Seis de los

conspiradores se escondieron en lo más hondo de la casa; el capitán y el

fraile se pusieron a rezar el rosario; mas D. Carlos Navarro, que era,

por su geniazo díscolo y entero, enemigo de bajas comedias y de

disimulos viles, afrentó a los polizontes, les dijo mil herejías, y no

pudiendo contener su ira, abofeteó al que parecía principal entre ellos.

Este acto de violencia, cuando lo que hacía falta era maña y dulzura,

les llevó a los tres a la cárcel de Villa, donde habrían estado todo el

tiempo que exige una buena y voluminosa causa de mil folios, si no

vinieran en auxilio de Navarro las tramas que hemos mencionado, en

auxilio del fraile el fuero eclesiástico, y del capitán la muerte, que

se le llevó a los seis meses de encierro.

La desolación que causó a las dignas señoras de Porreño aquel suceso, no

se expresa con las frías palabras de la historia. El descrédito de su

casa, la vergüenza y el azoramiento en que desde entonces vivían, y por

último, la falta del auxilio pecuniario que D. Carlos les daba,

precipitaron de tal modo su decadencia, que bien pronto se vieron en

aquel término lastimoso en que la estrechez se confunde con la miseria.

El atroz Navarro, luego que se vio fuera de la cárcel no quiso averiguar

el poder que le había salvado. Su orgullo le inclinaba a no atribuir su

salvación a ninguna persona que le tuviera afecto. «A mí nadie me

quiere, decía, nada tengo que agradecer a ningún hombre. Sólo Dios me ha

salvado». Pasó algunas horas en casa de las señoras, en cuya compañía

había vivido, les dio una limosna con carácter de liquidación de

atrasos, y acompañado de Oricaín y Zugarramurdi, que habían quedado

libres y que siempre le eran fieles, partió disfrazado de arriero para

las Provincias Vascongadas y Navarra. Nadie le vio. Se fue con su

indignación crónica y su incurable soberbia, siempre enfermo, gruñón

siempre. A nadie dio cuenta de sus planes, y parecía detestar a sus

comilitones políticos lo mismo que a sus enemigos. No quería tratos con

nadie, ni con su hermano, a quien no podía amar aunque lo intentase, ni

con su mujer, a quien aborrecía de la manera extraña que se aborrece lo

amado. Aquel carácter tétrico, compuesto de orgullo y tenacidad,

endurecido más por el tedio, la desconfianza y la lesión hepática,

necesitaba manifestarse en una acción propia y libre. La disciplina

había concluido para él. Sonaba en la historia la trompeta lúgubre de

las guerrillas. El feroz soldado de partidas la oía resonar en su alma

solitaria y sombría, y marchaba sin saber adonde ni por donde. Sólo

aquel eco podía despertar en aquella alma el amor a la vida, evocar la

fe, o infundirle el ardor de un trabajo glorioso. Como estos soldados

misántropos de corazón entenebrecido son más dignos de lástima que de

odio, y como tienen, en medio de sus graves errores, cierta nobleza y

lealtad que infunde simpatías, saludamos con respeto al fugitivo

guerrillero, diciéndole: «Dios vaya contigo, salvaje».

Entre tanto, el interés que Salvador había puesto en favorecer a su

desagradecido hermano le ocasionó algunos disgustos, porque enterados de

él algunos de sus antiguos amigotes y no acertando a comprender la

verdadera causa de tal protección a un furioso enemigo del _Sistema_,

declararon a Monsalud inconsecuente y traidor. «Después que tiene

dinero, decían, se ha afiliado en las banderas del absolutismo y de los

frailuchos, para poner en seguridad sus fondos». Aviraneta, que no

gustaba de perder amigos, y era en el fondo un escéptico glacial, no

dejó de tratarle por esto; pero Rufete, hombrecillo de gran vehemencia,

que había hecho de sus ideas políticas una superstición india, le

manifestó en briosas frases que sería su irreconciliable enemigo, y que

si él (Rufete), partidario de todas las libertades, tropezaba en un

campo de batalla o en una barricada con quien se había hecho prosélito

de todas las tiranías, no estaba decidido a perdonarle. De estas

baladronadas y de otros desprecios y majaderías que oyó, se reía el buen

hombre, porque hallándose seguro de su rectitud, y deseando vivir lejos

de los manejos políticos, no quería dar explicaciones ni menos complacer

a la turba de falsos patriotas.

El que siempre se le mostró leal y agradecido amigo fue Seudoquis,

ascendido a coronel en los días de la jura, por los servicios prestados

en la persecución de la partida de Campos. Estrechó más aquella antigua

amistad, originada en peligros y desgracias comunes, la generosidad con

que Monsalud salvó por entonces al flamante coronel de sus ahogos

pecuniarios, que le habían traído a un estado de horrible desesperación.

Seudoquis fue destinado a servir en Vitoria. Los dos amigos se separaron

después de algunos meses de vida común y de pesares y alegrías;

fraternalmente confiados. Gozoso Salvador de una amistad que en parte

atenuaba la aridez de su vida, abandonose al afecto que Seudoquis le

inspiraba y le confió algunos secretos de los que más quería.

D. Benigno Cordero hizo a nuestro amigo algunas visitas, en todo el

tiempo que medió desde Mayo hasta Setiembre. En la primera maravillose

Salvador de oírle decir que no se había casado todavía. En las sucesivas

maravillose más por la propia causa, y aún dijo algo acerca de lo mucho

que pensaba y maduraba el insigne, cien veces insigne héroe de Boteros

sus resoluciones. En estas visitas ocurría la particularidad

inexplicable de que D. Benigno no hablaba de Sola ni de cosa alguna que

con el cansado matrimonio tuviese relación. Hablaban de ocupaciones, de

los negocios públicos, de las probabilidades de una guerra sangrienta,

de la enfermedad de Su Majestad, la cual iba en tal manera creciendo,

que pronto aquel animado muerto sería todo cadáver, entre el espanto de

la monarquía huérfana. En las conversaciones de D. Benigno notaba

Salvador una particularidad extraña y que no acertaba a explicarse. Era

que el buen encajero no hacía más que preguntas y más preguntas, cual si

antes fuese inquisidor que amigo, y no llevase más propósito que indagar

la vida, conducta y pensamientos de su compañero de casa en San

Ildefonso. Después de la primera visita D. Benigno bajó cojeando la

escalera; y ciñendo estrechamente al cuello el embozo para abrigarse

bien, dijo dentro de su capa: «No sirve, no sirve para el caso».

En una de las visitas sucesivas (y entre unas y otras pasaban

próximamente veinte días), dijo para sí: «No es digno, no, del

incomparable regalo que he pensado hacerle». Más adelante aconteció que

al compás de su trote cojo, murmuraba, marchando hacia su casa: «Quizás,

quizás, sepa hacer buen uso de tan incomparable joya». Y por último,

(allá por Julio o principios de Agosto, el día antes de partir para

los Cigarrales) salió de la visita, pensando así: «Bien va esto,

Benigno, esto va bien».

Partió, pues, a los Cigarrales en compañía de Alelí, que ya casi no se

podía tener derecho, y allí, en aquel delicioso edén de almendros,

aconteció lo que pronto, muy pronto verá el juicioso lector.

-XV-

Fue seguramente en aquellos mismos días cuando Pipaón, deseando rematar

convenientemente sus honestas relaciones con Micaelita, determinó

echarse al cuello la soga del matrimonio. Exigíalo su posición social,

ya considerable, y lo pedía a grito herido su peculio, el cual con el

acrecentamiento de los gastos y comodidades necesitaba refuerzos

grandes. La idea de ver entrar en sus arcas dentro de poco tiempo las

misteriosas sumas encarceladas por D. Felicísimo le quitaba los últimos

escrúpulos que pudieran turbarle, y por ver aquella idea hecha realidad

tangible y sonante se desposara él, no digo yo con Micaela, sino con el

mismo individuo que está a los pies del patriarca San Miguel.

Había pasado bastante tiempo para que el público diese al olvido las

manchas que empañaron el antes limpio cristal de la reputación de su

novia. ¡Bendito olvido, que es la moneda falsa del perdón, y corre de

mano en mano produciendo admirables efectos! Aquel olvido, su propia

conveniencia y las exhortaciones del Padre Gracián, que había puesto en

tal unión empeño particular, labraron el propósito del ilustrísimo D.

Juan Bragas, y una mañanita de Julio se levantó con la cabeza fresca y

dijo frotándose las manos: «Boda tenemos; esto es hecho».

Visitó a Gracián, a quien halló en su celda, (_inescobata célula_, según

la expresión del consabido macarronizante) y el buen jesuita le felicitó

por su buen acuerdo, diciendo que, al casarse, D. Juan honraba a su

novia y se honraba a sí mismo, que la sociedad y la Iglesia se alegraban

juntamente de ver concluídos en boda los noviazgos largos, y por último

que él (_Gratianus horridus_) pediría a Dios concediese a los dignos

esposos prole robusta y numerosa para bien de la cristiandad. D.

Felicísimo también recibió con alegría la noticia, porque la colocación

de su nieta había llegado a parecerle problema poco menos difícil que la

cuadratura del círculo, y Doña María del Sagrario echó un gran suspiro

que interpretado libremente expresaba las infinitas gracias que daba a

Dios la buena señora por verse libre pronto del inaguantable genio de su

sobrina.

No hay que decir cuánto se regocijó la novia al ver próximo el término

de la situación equívoca en que estaba, y al considerarse señora y dueña

de una casa. Ella contaba con manejar al buenazo de Pipaón como a un

dominguillo, y vivir a sus anchas gastando y triunfando. Pajarraco largo

tiempo aprisionado y de no muy buenos instintos, ¿a dónde iría al salir

de su jaula? De la esclavitud del matrimonio iba ella a hacer la

libertad de sus apetitos vanos. Cuando vio asegurada la conquista de don

Juan, empezó a hacer sus preparativos.

Quiso Pipaón que su boda fuese de mucho aparato y bullanga. Hasta llegó

a imaginar que le apadrinaran los Reyes, o en su nombre algún

empingorotado magnate, pero fue tan mal recibido en Palacio, al tantear

la voluntad de las personas elegidas _in mente_ por el cortesano para

aquel fin, que se trastornaron sus planes. Esto le ocasionó suma

tristeza, pero fue causa de una importante determinación, que más tarde

había de conceptuar como una de las más felices de su vida. Debe

advertirse aquí que, aunque el _patriarca zascandilorum_ asistía a las

juntas carlistas del Sr. Carnicero, y en ellas trataba de hacerse pasar

por uno de los más ardientes devotos de la causa del Altísimo, no estaba

resueltamente decidido a embarcarse de un modo definitivo en tan

arriesgado golfo. Como hombre de grandísimo espíritu práctico y

acostumbrado a no dar un paso sin estar seguro de la firmeza del suelo

en que iba a poner el cauteloso pie, mantenía en su pecho una

imparcialidad saludable, que era, si bien se mira, el colmo de la

sabiduría. Con sagacidad finísima observaba los elementos de uno y otro

partido, la calidad y número de las personas que en ellos militaban, el

grado de fuerza y vitalidad que en el país tenían, y hallándolos casi

iguales y contrapesados, esperaba a que el tiempo y la Providencia

robusteciera al uno con detrimento y merma del otro. Es claro como la

luz del mediodía que en el momento de declararse la desnivelación, el

hábil cortesano se lanzaría con entusiasmo férvido a las filas del

partido mayor y más poderoso.

Hallábase en lo más perplejo de su perplejidad, cuando le entró, sin

duda por inspiración divina, el deseo de casarse. ¡Oh, _fortunate nate_!

como dirían Virgilio y D. Rodriguín. ¡Quién había de decir que de sus

proyectos matrimoniales le vendría la profesión de fe política que le

salvó, apartándole del partido guerrero y de una causa que no triunfó

entonces ni había de triunfar en lo sucesivo! ¡Ay! en un tris estuvo que

personaje de tanta valía se perdiera para siempre, privando a la

Administración española de sus eminentes servicios... Es el caso que

aquel desprecio con que fue recibido en Palacio afligió mucho al

cortesano; la pena lo hizo reflexionar profundamente, y... no parece

sino que Dios y la Santísima Virgen le tocaron en el corazón, porque

desde aquel día empezó a tener presentimientos de que no triunfarían

jamás las ideas absolutistas. Tuvo, si se quiere, cierta presciencia o

adivinación genial de los venideros sucesos. A nuestro juicio, debe

tenerse por cierto que la inspiración divina alienta no pocas veces a

los cortesanos en todas las edades, y les ilumina y conduce para que no

den esos terribles traspiés que a veces truncan lastimosamente las más

brillantes carreras.

Pipaón, después de pasar algunas semanas apartado de las logias

mojigatas (¿por qué no se han de llamar así?) volvió a Palacio; hízose

introducir con no pocas dificultades en la Cámara de la Reina, y allí

juró y perjuró que él no era ni había sido nunca carlino; que él tenía a

Su Alteza por uno de los más desatinados locos nacidos de madre; que si

sostenía amistades con algunos individuos del bando de la fe, Dios era

testigo de las exhortaciones que él (Pipaón) les había dirigido para

desviarles de tan peligrosa y antipatriótica senda; _item_ más, que sin

hacer gala de ello había trabajado como un negro (nos consta que empleó

la misma frase) por la causa de su Reina niña, ganando voluntades,

disuadiendo a este de sus herejías apostólicas, fortaleciendo el

desmayado espíritu de aquel, desbaratando planes, y preconizando en

todas partes las excelencias de aquella Monarquía ideal, histórica y

libre, generosa y fuerte. Dijo también, que la niña era muy bonita y que

los españoles todos la querían mucho, lo mismo que a su interesante y

bondadosa mamá, y, por último, que él (D. Juan) seguía en sus propósitos

de siempre, los cuales eran nada menos que derramar la última gota de su

inútil sangre por la Reinita de tres años, que había de ser (en esto no

tenía duda; era una corazonada, una nueva inspiración divina) que había

de ser, repetía, no sólo la segunda Isabel, sino la segunda Isabel la

Católica.

Cuentan los testigos presenciales de la anterior manifestación

Pipaónica, que las ilustres personas a quienes el cortesano se dirigía

no le dieron todo el crédito a que por sus honrados antecedentes era

acreedor D. Juan. Cuentan también que este sacó de su inagotable ingenio

nuevas y más enérgicas razones, y hasta se asegura (no garantizamos la

exactitud de este último dato) que en los ojos del cortesano brilló una

lágrima. Mas, ¿por qué no hemos de admitir una versión que tanto honra

al bueno de Bragas? Sí; recojamos aquella lágrima de lealtad, vertida a

los pies de una Reina, y guardémosla para engarzarla veinte años más

tarde en la corona del marquesado de Casa-Pipaón, concedido para premiar

eminentes servicios al Tesoro y al Estado.

Dejando a un lado el testimonio de los presentes en aquella escena, a

nosotros nos consta que antes de admitir al señor de Bragas a la gracia

soberana, se le exigieron pruebas de que su adhesión no era una mentira.

Que él se apresuró a darlas no hay para qué decirlo, y que estas pruebas

consistieron en una delación circunstanciada de todo lo ocurrido en dos

años en casa de D. Felicísimo, fácilmente lo comprenderá quien haya

penetrado, por estas fieles relaciones nuestras, aquel carácter adornado

de todas las virtudes de la serpiente. Y no pararon aquí los servicios

prestados a la Monarquía infantil por el digno personaje, sino que

reveló cosas muy hondas, sólo de él sabidas, y en las cuales había

tenido cooperación aparente, con el único fin de profundizar el abismo

de iniquidades del partido mil veces execrable (frase suya) que se

aprestaba a escribir el nombre de Dios en las banderas del asesinato.

Véase aquí cómo supo embarcarse en bajel seguro y mantener en su

compañía a la veleidosa fortuna, su hermana querida y tutelar maestra.

El ministro de Hacienda, D. Antonio Martínez, que ya le tenía en capilla

para dejarle cesante de su pingüe destino en el Consejo, cejó en sus

intenciones perversas. El ilustre funcionario adquirió nuevamente el

favor que había perdido en Palacio, y no pudiendo lograr que un Príncipe

apadrinara sus felices bodas, encontró marqueses y condes que se

ofrecieron con bonísimo talante a hacerlo. ¡Ejemplo admirable de las

recompensas que el cielo da a la gente amaestrada en el supino arte de

la vida!

La boda se fijó para últimos de Setiembre. Mientras la anhelada fecha

llegaba, Pipaón iba tres veces al día a Palacio a enterarse de la

salud, o mejor dicho de la enfermedad del Rey, la cual se agravaba

con tanta rapidez, que el panteón del Escorial le tenía ya por suyo.

Su Majestad andaba con mucha dificultad, comía poco, dormía menos,

y ya se le hinchaba una mano, ya una pierna. El vulgo, que le tenía

por cadáver embalsamado, era en esta creencia menos necio de lo que a

primera vista parecía, y en los ataques fuertes casi todo el Rey estaba

dentro de vendas negras. Su mirada triste vagaba por los objetos, como

depositando en ellos parte de aquella tristeza de que impregnado estaba.

Su corpulencia era pesadez; su gordura hinchazón; su cara sonrosada

de otros días, una máscara violácea y amarillenta que parecía llena

de contusiones. La nariz colgante casi le tocaba a la boca, y en el

pelo negro, como ala de cuervo, aparecían y se propagaban las canas

rápidamente. Los negocios de Estado, en aquellos días más graves y

espinosos que nunca, le aburrían y le preocupaban. La imagen de su

hermano, que a veces le parecía un buen hombre a veces un hipócrita

ambicioso, no se apartaba de su mente, sobreexcitada por el desvelo.

Ya pensaba ablandarle con sus sentimientos fraternales, ya confundirle

con las amenazas de Rey. Fue D. Carlos la persona a quien más quiso

en el mundo, y había llegado a ser su espantajo, el martirio de su

pensamiento, la fantasma de sus insomnios y el tema de sus berrinchines.

Adivino de su próxima muerte, el Rey veía arrebatado a su sucesión

directa aquel trono que quiso asegurar con el absolutismo. ¡Y era el

absolutismo quien le destronaba! ¡La fiera a quien había alimentado con

carne humana, para que le ayudara a dominar, se le tragaba a él, después

de bien harta! ¡Cómo se reirían en sus tumbas, si posible fuera, los

seis mil españoles que subieron al patíbulo para servir de cebo a la

mencionada fierecita! Pues y los doscientos cincuenta mil que murieron

en la guerra de la Independencia, en la del y en la de los agraviados,

¿qué dirían a esto? ¡Justicia divina! si la mente de Fernando VII

se poblaba con estas cifras en aquel tristísimo fin de su reinado y

de su vida, ¡qué horrible mareo para hacer juego con la gota! ¡Qué

insoportable peso el de aquella corona carcomida! Ya no eran el pueblo

descontento ni el ejército minado por la masonería quienes atormentaban

al tirano; eran el clero y los milicianos realistas, capitaneados por

un hermano querido. La víctima antigua, inmolada sobre el libro de la

Constitución con el cuchillo de la teocracia, no infundía cuidado; lo

que perturbaba era el cuchillo mismo revolviéndose fiero contra el pecho

del amo. ¡Oh, qué error tan grande haber sacado de su vaina aquella arma

antigua cuando ya comenzaba a enmohecer!... El pobre Rey, a quien la

Nación no amaba ni temía ya, debió, sin duda, los pocos consuelos de sus

últimos meses al espíritu tolerante de su mujer, y si él no se dejaba

arrastrar públicamente al liberalismo, sabía tener secretas alegrías

cada vez que el Gobierno mortificaba a la gente apostólica. Su alma

rencorosa hubiera llegado a la aceptación de las nuevas ideas, no por

convencimiento sino por venganza, porque estaba harto de clérigos, harto

de absolutismo, harto de camarillas, harto de su hermano, y si viviera

más, hubiéramos visto un liberalismo verdugo, como antes vimos una

teocracia cazadora de hombres.

El Rey empleaba largas horas escribiendo al Infante. Creía que con

cartas y amonestaciones podría convencer a aquella piedra viva que se

llamó D. Carlos, piedra por la tenacidad y falta de inteligencia. En la

célebre correspondencia de ambos hermanos, las frases más cariñosas

envuelven amenazas terribles. Se ven ríos de sangre corriendo bajo

aquellas flores de la zalamería fraternal. Fernando hacía alarde de su

autoridad, de su prestigio de Rey y Señor; D. Carlos manifestaba en cada

renglón profundo convencimiento de sus derechos, arraigado en la falsa

piedad. En sus cartas se veía, bajo las protestas de honradez y buena

fe, la ferocidad de la ambición de las infantas brasileñas. Ellas lo

instigaban a desobedecer al Rey; ellas le sugerían fórmulas hábiles para

disimular con razones y pretextos la rebeldía; ellas eran el alma, la

acción, la furia y la iniciativa del partido, mientras D. Carlos era la

pantalla de santurronería, que tan bien cuadraba a la causa para hacerse

pasar por causa religiosa.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 8 / 19 段