--Ladrón, si te mueves, te como...--gritó Nazaria en voz tan imponente,

que Tablas, ya en camino de traer al tercer personaje, se detuvo en

medio de la sala--. Ponte en la puerta de la calle ahora mismo, holgazán,

gorrón, que el pan que me has comido, mejor habría sido echarlo a los

perros... ¿Pues no te contentas con gastarme mi dinero y arruinarme la

casa, sino que me amenazas?... ¡Por vida del arpa del tío David, yo

tenía más dinero y más _comenencia_ que cuatro reyes, y tú me has

llenado de trampas! Por ti y tus vicios estoy empeñada en más miles que

pesas, trapalón, y cuando toquen a embargar, la viuda de Peribáñez el de

Candelario tendrá que ponerse al buñuelo, a la castaña, al aguardiente o

al mondongo... Sacados te vea yo los ojos, hi de mujer mala. Dime,

calzonazos, ¿en dónde están mis alhajas qué daban envidia a las de la

Pilarica en Zaragoza? ¿en dónde están mis cuatro mantones de Manila que

parecía que los habían bordado ángeles con manos de rosa?... ¡Ah! ¿dónde

ha de estar todo aquel tesoro? En _Peñíscola_, para que el señor beba,

para que el señor monte a caballo y vaya a derribar vacas, para que el

muy mamarracho convide a los gorrones y tenga mozas... Ea, fuera

espantajos. Por aquella puerta se va a la calle...

--¿Sabes lo que te digo?... pues que eres una cotorra charlatana y hay

que cortarte el pescuezo.

--¿Sabes lo que te digo? pues que a otros de más hígados que tú los he

tendido yo de un soplamocos. Mejor tuvieras vergüenza y fueras persona

decente como yo. ¿En dónde pasas las noches?... ¿en qué gastas el

dinero?... Y luego viene diciendo el bobo que se trata con esos señores

de política, y que está armando un gatuperio como el de los tiempos en

que cayó la Mamancia... ¿Qué entiendes tú de eso, cafre, si andas en

dos pies porque al Señor se le olvidó hacerte la cruz en el lomo?...

Mira que no se ha acabado la madera de que hicieron las horcas en la

plazuela. Allá te quisiera ver colgado como una butifarra para ir a

tirarte de las piernazas y verte haciendo más visajes que un cómico con

hambre. ¡Política el señor Tragacantos! ¿De cuándo acá tenemos esas

sabidurías? Lo que tú harás será engañar al pobre D. Felicísimo que te

dio la primer bazofia que comiste en el mundo, y venderle a los masones,

contándoles lo que pasa en su casa. ¡Ah! bribonazo, si creerás embobarme

a mí, que conozco tus mañas y sé dónde te aprieta la herradura.

--¡Ah!... ¡resangre! si digo que voy a echar al gato esa

lengüecita...--dijo Tablas abalanzando sus pesadas manos hacia la cara de

la Pimentosa.

--Quita allá esas aspas de molino--replicó ella rechazando con

extraordinaria energía las manos de su hombre.

--Maldita sea la hora...

Bramando así con insensata ira, Tablas hizo un gesto, e instantáneamente

enganchó en su garra el moño negro de la giganta. La giganta rugió como

una leona, levantose, hubo formidable choque de cuerpos y cruzamiento

horrible de brazos tiesos. Se balancearon, se oyó un doble gemido y un

estertor siniestro, señal de violentos esfuerzos. Pero la gigantona

logró desasirse, blandió sus fornidos brazos, echó un temporal por su

nariz, y rápida como el pensamiento, dio un salto, dos, tres. El piso

temblaba como si pasara un carro. Nazaria llegó a una mesa y cogió un

objeto voluminoso que encima de ella había. ¿Qué era aquello? Era una

urna de madera y cristal, alta de tres cuartas. Dentro de ella había una

virgen de los Dolores, y encima un toro de yeso, dos toreros, un niño

Jesús, una enormísima moña. Alzó en sus manos la mujerona todo aquel

catafalco religioso-taurino, y en menos tiempo del que se necesita para

pensarlo, cayó todo con estrépito formidable sobre la cabeza de Tablas.

La increpación o voz felina que este lanzó al recibir el golpe no es

para descrita. Los vidrios rotos sobre su cráneo rasgaron su frente. Sin

sentir manar la sangre corrió en busca del palo; pero antes de llegar,

ya se le interpuso la Pimentosa con una silla enarbolada en ambas manos.

El gigante tomó otra silla. Se detuvieron un momento mirándose cara a

cara; echándose mutuamente su ardiente resuello y cruzando los rayos de

sus ojos llenos de ira. De repente la giganta soltó el mueble; había

tenido una idea feliz, salvadora. Dio un paso atrás, revolvió en su

cesto de costura, sacó una navaja enorme, y corriendo en seguimiento del

gigante, que retrocedía espantado, exclamó con bramido:

--Te degüello...

Entraron algunos vecinos, para quienes no era nuevo aquel laberinto,

aunque hasta entonces no había ocurrido pendencia tan ruidosa en casa de

Nazaria; entró también Romualda dando gritos, y todos se dedicaron a la

grande obra de la pacificación. Cada contendiente se vio rodeado de un

grupo y oyó las exhortaciones más razonables. ¡Cosa extraordinaria! El

primero en quien se notaron síntomas de aplacamiento fue el descalabrado

López, el ofendido de palabra y de obra. Gruñendo como un mastín

apaleado, dijo que él no quería perderse, que era demasiado hombre de

bien para perderse, y que no había mujer alguna en el mundo merecedora

de que se perdiera por ella un hombre. Nazaria no decía nada, pero con

los resoplidos mostraba el desfogamiento de su cólera que parecía salir

en mangas de aire desalojando el henchido seno. La navaja yacía en el

suelo junto a los restos de lo que fue urna y a los pedacitos de toro de

yeso que, pisados en la contienda, manchaban de blanco la fina estera.

--¡Y está sangrando el canalla!--dijo la Pimentosa lanzando de su boca

esas chispas de risa que saltan entre las llamas de la ira iluminando el

rostro--. Parece un _Decehomo_.

--No es nada, no es nada--dijo Tablas llevándose a la frente un pañuelo

que le dio el fenómeno.

--Rumalda--gritó la giganta--, baja y trae un poco de vino y aceite.

Viendo que la furia de uno y otro se aplacaba poco a poco, los vecinos

se fueron retirando.

--Se incomoda uno por cualquier majadería--murmuró López, dejando que

Nazaria le aplicase el pañuelo a la frente--. Cuando uno va a reparar ya

ha hecho una barbaridad... y hombre perdido.

--Le hablan a una con malos modos, y a una se le sube la mostaza a la

nariz, y allá te vas lengua.

--Y gracias que uno es prudente y sabe las mañas de la fiera y le para

los pies...--dijo López queriendo dar explicaciones de su cobardía.

--Y si a una le preguntaran con buen modo lo que buscaban los padres

caras, una contestaría que venían a sus _pedriques_, y en paz. Pero se

incomoda la gente por una palabra... Hay lenguas que tiran coces... No

se puede remediar...

--Yo soy un ángel; pero cuando me solicitan, embisto. ¡Qué genio me ha

dado Dios! Yo mismo me tengo miedo a veces... Rumalda...

Rumalda había llegado con el aceite y con el vino, y Nazaria aprontaba

el remedio que reclama toda cabeza sobre la cual se ha hecho pedazos una

urna.

--Rumalda, no tengo tabaco--dijo el atleta--; bájate al estanco... pronto,

chica... Pues como iba diciendo, si a un hombre como yo, que es todo

pólvora, se le hubiera preguntado con decencia dónde había pasado el día

y qué negocios traía con el _futraque_, el hombre habría contestado como

un caballero. ¡Si aquí no hay misterio...! Que un señor, a quien conocí

en casa de D. Felicísimo, viene a buscarme y me dice: «Sr. López, me va

usted a hacer un favor muy grande.--Usted disponga, señor mío...--Pues

hace dos meses, la policía registró una casa de la calle de Belén, donde

se reunían unos cuantos partidarios de D. Carlos. La policía fue

sobornada en aquella ocasión y no prendió a nadie. Pero el Gobierno ha

cambiado los guindillas de soflama por otros, y anoche volvió la policía

a registrar la casa de la calle de Belén, y pescó a cinco sujetos, y les

puso en la cárcel de Villa.--De lo cual me alegro, Sr. D. Salvador.--Pues

mire usted, Sr. Tablas, yo vengo a que usted me haga el favor de

proporcionar a uno de esos cinco sujetos los medios de fugarse, porque

corre el run run de que les van a fusilar.--¿Es pariente de usted?--Sí

señor.--¿Usted ha estado empleado en la cárcel de Villa?--Sí señor.--Usted

favoreció la escapatoria de Olózaga.--Sí, señor.--Usted podrá hacer ahora

otro tanto.--Sí señor.--Pues es preciso hacerlo.--¿Cuánto vamos

ganando?--Tanto.--Es poco.--Pues cuanto.--Nos arreglaremos.--¿Quién es el

sujeto?--Pues es Fulano de Tal.--Adelante, empezaremos a trabajar hoy

mismo. Vamos al café y a la taberna; hablaremos con los chicos de la

cárcel...». Total, que hemos estado todo el día inventando diabluras, y

luego fuimos a casa de don Felicísimo, que también está empeñado en

poner en salvo a ese preso. Y de unos y de otros he de sacar metal,

mujer, mucho metal, para desempeñar lo que hemos empeñado, y quitar

trampas... fuera trampas, venga acá dinerazo de la gente carlina, y

juntándolo con el dinerito de la gente masona, verás como nuestra

hacienda se pone otra vez de pie...

La reconciliación era ya segura, y los endurecidos ánimos se ablandaban

rápidamente al calor de la confianza. La idea de que Tablas ganase algún

dinero, idea novísima y extravagante, produjo en el espíritu de Nazaria

benéfica y reparadora reacción. Aunque no era tonta, se dejaba alucinar

fácilmente por risueñas quimeras, como persona crédula y sin experiencia

que había vivido siempre en el mayor desorden moral y económico, y ya le

parecía estar viendo las talegas que entraban por la puerta, ganadas en

la explotación de toda aquella caterva política que ya se llamaba

carlina ya masónica. Tablas había derrochado sumas relativamente

considerables. Si ahora traía a la casa otras sumas mayores, se trocaba

de libertino y perdido en el hombre más allegador y apersonado de todo

el barrio. ¡Bien, re-Cristo! Nazaria, que juntamente con la fiereza

tenía la inocencia de la bestia cornúpeta a quien tan fácilmente engaña

un vil trapo rojo, se calmó y sintió dolor muy vivo de haber ofendido a

su gigante. Así procede siempre, pasando de salvajes cóleras a

vergonzosas condescendencias, toda esa gente desalmada, ignorante y tan

incapaz de calcular sus intereses como de refrenar sus pasiones.

Se reconciliaron. El aceite juntó su pringosa suavidad con la acritud

astringente del vino, y batidos y juntados sellaron el pacto, cuando los

dedos gordezuelos de Nazaria vendaban aquella frente merecedora del yugo

para tirar de un arado.

Dignos de lástima eran aquellos dos seres, pertenecientes a la clase más

numerosa y más compleja del país, por la confusión de vicios y virtudes

que en ella había; pero Nazaria merecía más que su cómplice la

compasión, porque valía un poco más, valiendo muy poco. En ella la

barbarie y la tosquedad eran tales, que ahogaban los sentimientos

generosos que a veces brotaban en su corazón cual hierbecilla en la

grieta húmeda. Una religiosidad sonora y supersticiosa no bastaba a

suplir en ella la falta absoluta de luces y de ideas morales. Vivía en

el escándalo, sostenida por el ejemplo de otros escándalos mayores, y

aunque alguna vez nacía y se agitaba en su alma como un misterioso

prurito del bien, una especie de adivinación que ella no podía precisar,

eran tales las exigencias de la naturaleza en ella, que no podía, ni en

pensamiento, separar su persona de la persona de aquel monstruo.

¡Irresistible atracción la de un gigante que ni era listo, ni simpático,

ni noble, ni siquiera guapo! Tan grande es la miseria humana, que allí

donde aparentemente no hay cualidades que sirvan de base a un verdadero

amor, suelen encontrar alguna las gigantas fogosas como la hermosa viuda

de Peribáñez.

-XIII-

¡Qué lejos estaba el excelente padre Gracián de que su exhortación moral

había motivado una reyerta que pudo ser drama sangriento! Él se retiró

aquella tarde muy satisfecho después de haber predicado la unión, la

concordia y la paz matrimonial en otras dos o tres casas. Al entrar en

su celda pensó que el día había sido fecundo en resultados evangélicos,

y que con muchas batallas semejantes, pronto había de verse el Enemigo

muy mal y acorralado en las últimas trincheras del pecado.

Antes de dormir, consagró dos horas al estudio y a la ciencia de que era

maestro en las aulas del Colegio Imperial, la profunda y enmarañada

Ética. Después oró y meditó por espacio de otras dos horas largas,

puesto de hinojos a ratos, y a ratos tendido boca abajo sobre el suelo.

Lejos de haber en este las blanduras suntuarias con que los pecadores

atienden al sibaritismo de los pies, era la dureza misma combinada con

la frialdad, para que la mortificación fuese conforme a la implacable

saña con que varón tan santo trataba a su carne miserable. Allí no habla

alfombra, ni estera, ni cosa que a tal se pareciese, sino ligera capa de

tierra, rojiza extendida sobre los ladrillos, la cual era traída de la

cueva de San Ignacio en Manresa y servía para producir en el espíritu

del clérigo la piadosa ilusión de que en la misma santa cueva estaba.

Últimamente había repartido entre sus buenos amigotes tantas

porcioncillas de aquella bendita y quizás milagrosa arcilla, que la

celda se iba quedando limpia, y por varias partes pedía algunos

escobazos que la acabaran de limpiar. Lo demás de la reducida estancia

era insignificante y revelaba la humildad y el estudio, cosas en verdad

que fraternizan perfectamente.

El jesuita durmió después de estudiar y de mortificarse, y abandonó de

madrugada el lecho. Rezó, dijo misa, (y las suyas por lo tempranas y lo

largas, eran muy elogiadas entre las personas piadosas de aquel populoso

barrio) y después entró en su cátedra, seguido de muchedumbre de

escolares. Esto se repetía diariamente, mes tras mes, año tras año. En

sus explicaciones filosóficas, Gracián realizaba el prodigio de volver

claro lo oscuro y de hacer ver las honduras de aquella ciencia,

iluminando la superficie con la luz de un método admirable y de un decir

ameno. Sus discípulos le querían por todo extremo, y era uno de esos

maestros siempre preferidos y siempre elogiados que hacen amable el

estudio. En las horas de recreo veíase rodeado de enjambre de

colegiales, que dejaban el escaso solaz de aquella hora para consultar

con el Padre puntos oscuros de la conferencia señalada, y platicar sobre

cualquier tema de humanidades o teología, pues en todo ello y aun en

otra clase de sabidurías era muy versado el bendito clérigo.

En aquellos tiempos, ¡oh tiempos clásicos! todo se estudiaba en latín,

incluso el latín mismo, y era de ver la gran confusión en que caía un

alumno novel, cuando le ponían en la mano el Nebrija con sus reglas

escritas en aquella misma lengua que no se había aprendido todavía. Poco

a poco iba saliendo del paso con el admirable método de enseñanza

adoptado por la Compañía, y acostumbrándose al manejo del Calepino para

los significados castellanos, y del _Thesaurus_ para la operación

inversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o Cornelio

Nepote. Las lecciones se daban en latín, y para que los chicos se

familiarizasen con la lengua que era llave maestra de todo el saber

divino y humano, hasta se les exigía que hablasen latín en sus

conversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidad

macarrónica, que ha producido inmenso centón de chistes, y hasta algunas

piezas literarias, que no carecen de mérito, como la _Metrificatio

invectivalis_ de Iriarte y las sátiras políticas que se han hecho

después. Si Horacio y Cicerón hubieran, por arte del Demonio, salido de

sus tumbas para oír como hablaban los malditos chicos del Colegio

Imperial, habría sido curioso ver la cara que ponían aquellos dignos

sujetos a cada instante se oía: _Quantas habeo ganas manducandi!...

Carissime, hodie castigavit me Pater Fernández (vel á Ferdinando),

propter charlationen meam... ¡Eheu, paupérrime! ¿Ibis in calabozum?...

Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque amplificas

barrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquam

frioleritam._

El que así se expresaba era un muchacho despiertísimo, nombrado Calisto

Rodríguez, aunque en el colegio, sin dada por lo diminuto de su persona

y por su inquietud de ardilla, nadie le llamaba sino Don Rodriguín. Era

tan bizco que, al mirar, un ojo se le metía detrás del otro, como

malicioso flechero, que se esconde para hacer mejor la puntería de su

dardo. Su travesura y charlatanismo daban no poco que hacer a los

Padres, y si adelantaba en sus estudios era más bien por sus brillantes

dotes que por su aplicación. El estrabismo daba chocarrera gracia a su

rostro, y con el bonete terciado, como solía llevarlo, parecía un

diablillo enmascarado de clérigo. Alborotaba mucho en las horas de

recreo; sublevaba las masas escolares en las de estudio, y a pesar de

pertenecer a una familia rabiosamente carlina, en la cual había muchos

canónigos, frailes y hasta un obispo, sus inclinaciones eclesiásticas no

eran muy decididas.

Por jácara, más que por espíritu de erudición, D. Rodriguín se había

prohibido en absoluto la lengua castellana, y hasta las frases más

familiares y las más insignificantes expresiones las latinizaba con

zandunga, entremezclando siempre en su charla trozos de los clásicos y

fragmentos de verso y prosa, vinieran o no a cuento. Así, cuando se

escabullía de la sala de estudio para ir a fumar un cigarro a

hurtadillas, decía: _Eo in chupatorium, procul negotiis_. El

_chupatorio_ era un rinconcillo del claustro alto, que daba al patio, y

recibió este nombre por ser lugar a propósito para echar una fumada sin

ser visto de los Padres. Para anunciar a sus compañeros en la sala de

estudio que venía el Padre Fernández, varón pesado cuyos pies de plomo

hacían temblar el pavimento, decía: _Cavete Ferdinandum... Ecce

draco... Exaudite... quatit ungula campum_. En las horas de recreo, en

el claustro bajo, no perdía ripio para motejar a los condiscípulos, y si

algún extraño entraba en la casa para hablar con los jesuitas, Grijalva

le había de echar su latín correspondiente, _verbi gratia_:

«_Videte Piaonem ad petendum Gratianum... arcades ambo_».

El bueno de D. Juan iba muchas tardes en busca del Padre Gracián para

conferenciar con él de los últimos obstáculos que convenía allanar para

casarse con Micaelita.

Hablando de la tierra con que el profesor de Ética alfombraba su celda,

decía el estudiante: «_Sunt quos pulverum manresianum collegisse

jurat_».

Durante las partidas de pelota, a que era muy aficionado, se le oía

constantemente: «_Bene... fortiter... Italiam contra... ego valeo...

amen dico... vobis... fuerunt vel fuere... pasce capellas_».

Era el capitán de todas las fechorías perpetradas en el colegio, de

noche, burlando la vigilancia de los Padres, bien para hacer un escalo

en la despensa y proveerse de víveres, bien para efectuar un bromazo,

eligiendo por víctima a un desdichado novato sin experiencia. Si alguna

tarde lograba escaparse y subir a las boardillas, se entretenía en tirar

cáscaras de nueces a los balcones de Nazaria que fronteros de la fachada

del colegio estaban, o en disparar peladillas contra la cojuela, que

solía sentarse por las tardes en la puerta de la carnecería, _templum

mantecationis_.

Otras muchas barrabasadas hacía para matar el fastidio y hacerse

aplaudir de sus compañeros, pues le gustaba, como a todos los traviesos,

oír los encomios de sus atrevimientos. Pero su mayor lucimiento provino

de una memorable invención suya, con la cual alcanzó aplausos y

lisonjas, que traspasando el círculo del colegio, llegaron al público.

Fue que compuso un _Discurso apologético macarrónico_ sobre un suceso

público de la más alta importancia en aquellos días, y lo hizo con tan

gracioso desparpajo, tanta donosura en los disparates, tan grande

agudeza en lo descriptivo y tan furibunda intención en la sátira

personal, que la composición produjo en el colegio un verdadero

escándalo.

Habiendo enfermado D. Rodriguín a principios de Junio, su familia le

sacó del colegio. Restablecido en un par de semanas, no quiso volver a

la clausura hasta no presenciar las grandiosas ceremonias de la jura de

la Princesa Isabel, y las alegres fiestas de los tres días que siguieron

al 20. Todo lo vio y en todo metió las narices el bullicioso estudiante,

desde la imponente función de San Jerónimo, hasta la justa de los

maestrantes fuera de la puerta de Alcalá; desde la fiesta nacional de

toros con caballeros en plaza, en la Mayor, hasta el simulacro militar.

Cansado de tanto correr, durante los tres días, entró en el colegio,

tomó la pluma, y enjaretó su famoso _Discurso apologético macarrónico_.

A medida que iba escribiéndolo, leía trozos de él en los corrillos de

estudiantes, y bien pronto la fama de aquellos graciosos dislates se

extendió por San Isidro, llegó a oídos de los Padres, y estos pidieron

el manuscrito. Negolo y no quiso darlo D. Rodriguín por temor a una

reprimenda; pero como ya los escolares amigos del autor habían sacado

varias copias, facilitaron una al Padre Fernández (_vel a Ferdinando_),

el cual se regocijó mucho con la lectura. Enterados los demás jesuitas

se rieron en coro y a todo trapo, porque además de las chuscadas de la

forma, había en el discurso una intención satírica que les agradaba en

extremo. Don Rodriguín no fue castigado por su travesura latinizante;

entregó a los Padres el manuscrito original donde se conservaba, según

dijo, toda la pureza clásica del texto, libre de los múltiples errores

de las copias, y gozó extraordinariamente con su triunfo literario.

Es lástima que no podamos dar a conocer en toda su extensión esta obra,

que uno a sus gracias, el mérito de ser un precioso documento histórico,

pues en ella está descrito con detalles mil el solemnísimo acto de la

jura, y narradas las fiestas con que la monarquía quiso hacer memorable

aquel suceso. Los personajes todos de la época, retratados en

caricatura, dan mayor realce al discurso, y la intención perversa que en

cada comentario campea, pinta el espíritu de un bando político que era

en aquellos días, si no la mayoría, parte grande y granada de la Nación

española. En la imposibilidad de transcribir la composición entera,

daremos cuenta de ella según el arte y modo de la crítica ligera,

haciendo resaltar algunas de sus caprichosas donosuras, y callando mucho

de lo que contiene, por ser materia vedada a la publicidad.

Empezaba describiendo la comitiva que salió del palacio de San Juan para

San Jerónimo, el aspecto de este templo, la corte y su servidumbre,

los obispos, los procuradores de las ciudades con voto en Cortes y los

treinta títulos de Castilla que representaban la nobleza del reino.

Luego venía el _Magister ceremoniarum_, el _Indiarum Patriarca_,

el duque de Medinaceli (_Coelico-Metinensi dux_) presidiendo a los

nobles... «_Concurrebant cortesani frailesque_, decía el texto,

_milites cum morrione atque canonici cum piporro. Turbamulta sequebat

guardiarum Corporis cum bandoleris, et damarum caterva inter mayordomos

miscuebatur_». Pintando al Rey, que en su trono presidía el acto, se

expresaba Rodriguín en estos irrespetuosos términos: «_Regium estafermum

in throno posuerunt. Inmovilis tanquam sacus furfuris lascivis oculis

circunspicebat damarum pectorem quasi nudum et caritas guapas_». A

Cristina y demás familia la nombraba en términos más irreverentes aún.

«_Venus Partenopea, graciositer fecebat perendengues inter caballeritos,

dum tenera Isabella pendebat a nodrizae mamellis. Dominus Francisquitus

cum Carlota ejus sedebat in aureo rincone. ¡Oh quantum erat inflammata

Carlota propter vinum!_».

_Conticuere omnes_, decía al narrar la ceremonia, y luego contaba cómo

había jurado D. Francisco poniéndose de rodillas y extendiendo la mano

sobre el crucifijo; cómo le había abrazado el Rey, cómo había el Infante

besado la mano de Cristina y de la Princesa. Al llegar aquí lanzaba el

autor una larga epifonema y luego ariadía: _Sic itur ad astra_.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 7 / 19 段