Del líquido hirviente salía un chillón murmullo, como el reír de una

vieja, y del hogar o rescoldo, profundo son como el resuello de un

demonio. La llama extendía sus lenguas, que más bien parecían manos con

dedos de fuego y uñas de humo, las cuales acariciaban la convexidad del

cazuelón, y ora se escondían, ora se alargaban resbalando por el hollín.

El hombre que estaba junto al cazuelón y sobre él trabajaba, habría

pasado en otro país por prestidigitador o por mono, pues sólo estos

individuos podrían igualarle en la ligereza de sus brazos y blandura de

sus manos. En el espacio de pocos segundos metía la izquierda en el

cacharro de la masa, daba en ella un pellizco, sacaba un pedazo, que más

parecía piltrafa; estrujaba ligerísimamente aquella piltrafa, haciendo

entro sus dedos como un pequeño disco u oblea grande; arrojaba esto al

hervidero amarillo, y en el mismo instante, con una varilla que en la

mano tenía, agujereaba el disco, haciendo un movimiento circular como

quien traza signo cabalístico. Unos cuantos segundos más y el disco se

llenaba de viento y se convertía en aro. Con un brusco impulso de la

varilla echábalo fuera para empezar de nuevo la operación. No será

necesario decir que aquellos roscos amarillos, vidriados y tiesos como

vejigas eran buñuelos. Una mujer flaca, bigotuda, con parches en las

sienes, y las cejas como dos parches negros, se ocupaba en poner

ordenadamente los buñuelos y en espolvorearles azúcar con un cacharrillo

de lata, agujereado cual salvadera. La misma mujer de los parches era

quien vendía, cuando alguien compraba, ensartando las docenas de

buñuelos en juncos verdes que a la mano tenía.

El prestidigitador buñuelista era un hombre pequeño, antipático, tirando

a viejo. Sudaba tanto con aquel continuo y fatigoso ejercicio, que su

cara parecía haber estado en remojo poco antes. Para entretener el

fastidio canturreaba 10 esta copla:

Reinará D Carlos

con la Inquisición,

cuando la naranja

se vuelva limón.

Salvador reconoció la puerta de la casa que buscaba, y acercándose,

preguntó si vivía allí el señor Pedro López, por otro nombre Tablas.

Mientras el hombre se limpiaba el sudor, la hembra de los parches

contestó que sí. La tiendecita ahumada donde estaba el puesto de

buñuelos y aguardiente comunicábase con una lonja grande y espaciosa,

donde había espléndido comercio de carne y salchichería. Ambos

establecimientos eran, al parecer, de un mismo dueño: el pequeño tenía

una puerta a la calle y el grande dos.

--Es en la tienda de al lado--dijo el buñuelero sin urbanidad--; pero se

puede entrar por aquí. Pase usted, caballero... Señá Nazaria, aquí

preguntan por usted.

Cuando la naranja

se vuelva limón.

Salvador penetró en la gran tienda donde podía admirarse todo lo más

hermoso y rico que producen las industrias de Montánchez y Candelario, y

si no hubiera freno para las comparaciones, si todo lo visible pudiese

entrar en el dominio del arte metafórico, bien podría llamarse a aquello

el palacio de las morcillas o el templo del jamón. Además de la

extraordinaria abundancia de lo que en el comercio se llama _género_,

cautivaba en tal sitio el buen orden y, si se quiere, la elegancia con

que todo estaba colocado y mostrando que había allí buen ojo y buena

mano para que lo destinado a complacer al estómago embelesase primero a

la vista. El techo era un portento, pues no parecía sino la convexidad

de admirable gruta adornada de estalactitas, de corales, madréporas y

raras especies de aquella parte del reino vegetal que con el mineral se

confunden. Fijándose en los jamones que colgaban de un barrote de hierro

y en las oscuras morcillas que les acompañaban, no se podía menos de

pensar en algún inmenso árbol de Jauja, que había metido allí una de sus

ramas, completamente llena de gigantescas frutas, tan sabrosas como

picantes. En graciosas cenefas y en madejas ondeadas pendían las

salchichas rojas como el pimiento de quien tomaban su afectado colorete,

y las sartas de chorizos se entremezclaban con los perniles,

acariciándolos suavemente con su piel crasosa. Por una columna abajo

descendían en cuelga millares de salchichones, los unos vestidos con

coraza de plata, los otros desnudos y tiesos como garrotes, en tal

número, que con ellos se podría armar un ejército, si los ejércitos se

batieran a cachiporrazos. En el mostrador, de pintada tabla, estaba el

peso de metal amarillo, que como el más fino oro de Arabia relucía, y de

unos ganchos que traían a la memoria las horcas alzadas por Chaperón en

la vecina plazuela, colgaban las orondas reses puestas al despacho. Allí

era de ver la hercúlea fiereza con que un fornido inocentón manejaba el

hacha sobre el tajo, haciendo trizas a la víctima, que había sido un

inocentísimo carnero manchego, o benemérita vaca de la sierra de Gredos.

Insensible como un verdugo, había en él también algo de la estricta

equidad de quien cumple justicias superiores, porque cortaba los pedazos

de modo que resultasen conforme al peso pedido, y era muy comedido de

huesos y escrupuloso de piltrafas. El tajo era quizás el objeto que

menos conforme estaba con el aspecto ordenado y hasta bonito de la

tienda. ¿Quién nos asegura que no salió del mismo tronco de donde

sacaron el que sirvió para hacer justicia a los Comuneros? Cuando

nuestro buen amigo Rufete le miraba, las edades ominosas acudían a su

mente y con ellas la imagen de los terribles escarmientos aplicados al

hombre por el hombre. Las rayas trazadas sobre el madero por el filo del

hacha le parecían una página histórica.

Las pesas subían y bajaban golpeando el mostrador duro, y de mano en

mano iba pasando el sustento de todo el barrio, aquí pobre y esquilmado,

allá rico y sustancioso. Sobre la tabla caía una lluvia de cuartos

negros manchados de verde, y con la música que estos hacían, se

concordaba el choque de las medias libras y onzas de cobre, sin cesar

dando sobre el platillo. La aguja de la balanza oscilaba constantemente

como un péndulo invertido. Cuando se distribuía una res, dividiéndose en

innumerables pedazos destinados a tan diversas necesidades humanas, se

descolgaba otra. Tan continuado rasgar de fibras y estallido de huesos

causaría horror a los que no lo presenciaran todos los días. Entre el

murmullo se oía: «Señá Nazaria, péseme bien, que soy parroquiana...

Señá Nazaria, córteme pierna de abajo... Señá Nazaria, tenga conciencia

y vea que eso es cordilla para los gatos... Señá Nazaria, el solomillo

limpio y mondo o no cobrado... Señá Nazaria, tenga conciencia en las

chuletas».

Y señá Nazaria atendía a todos los términos de esta baraúnda,

demostrando actividad pasmosa, inteligencia múltiple y compleja. Unía al

talento para distribuir la grandeza de alma para conceder siempre un

poco más del peso. No era cicatera, pero cuando se creía engañada en el

dinero, hacía justicia pronta y seca. En cierta ocasión agarró un moño

como se podría coger una fruta, tiró de él y una copiosa cabellera negra

se le quedó en la mano, por lo que se dijo que en sus grandezas imitaba

a Julio César, y en su modo de guerrear a los salvajes. Era una mujer

alta y gorda, no tan gorda que llegara a ser repugnante, sino llena,

redondeada y bien compartida. Si era verdad que parecía haber absorbido

parte considerable de la infinita sustancia que en la tierra existe,

también lo es que conservaba mucha ligereza en todo su cuerpo, y que no

lo pesaban las mantecas. Su rostro era de admirable blancura, sus ojos

garzos y negros, su nariz basta y respingada, abierta descaradamente al

aire, como gran ventana, necesaria a la respiración de un grande y

profundo edificio. El chorro de viento que entraba por aquella nariz

modelada para el desparpajo, imponía miedo a los espectadores de su

cólera. Nazaria tenía la hermosura que por extraña amalgama de los tipos

humanos, hace simpático al descaro.

Lucía enormes amatistas montadas en pendientes de filigrana como

relicarios, de modo que parecía llevar en cada oreja el pectoral de un

obispo. Sus manos eran bonitas y gordezuelas, y los anillos que de

antiguo llevaba no se le podían sacar, porque su carne había crecido y

el oro no. Tenía treinta y tantos años y era viuda de un opulento

negociante de Candelario.

Por qué la llamaban Pimentosa es cosa que no se sabe; pero algunos

decían que picaba mucho y levantaba ampolla a la manera de guindilla. Se

podía ir a la tienda por verla despachar. También ella era

prestidigitadora como el de los buñuelos, y parecía que se le

multiplicaban milagrosamente las manos para coger pesar, cobrar, contar

y devolver, todo sin dejar de charlar ni un solo momento. Enormes

calderos de manteca blanca como espuma ocupaban un extremo del

mostrador, y era bonito ver resbalando por aquellas blanduras de grasa

las esmeraldas y los diamantes clavados en los dedos de Nazaria. Otras

veces aquellos dedos, en sangre tintos, ocupábanse en usos industriales

del género de Candelario; pero pronto recobraban su belleza revolcándose

en espuma de jabón y estrujándose en agua hasta quedar limpios como el

oro y finos como la seda. Así y todo se pirraban por dar una bofetada.

-XI-

--¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?

--¿Está ese Sr. Tablas?

--Perico querrá usted decir. Esta no es hora.

--Eso es, D. Pedro López.

--No tan arriba. Pique más bajo.

--¿Se le puede ver, sí o no?

--Creo que está durmiendo. Suba usted... Eh, tú, Rumalda... ve con este

caballero... Di a Perico que si no tiene vergüenza de dormir a estas

horas.

Romualda era una mujercita encanijada y vestida de harapos que en la

tienda inmediata ayudaba a la mujer de los parches a ensartar buñuelos.

La fisonomía de Romualda estaba de tal manera desvirtuada por la palidez

y por la suciedad, que no se podía decir si era fea o bonita. Igual

dificultad había para declararla niña o mujer, y así lo menos expuesto a

equivocaciones será decir que no tenía edad ninguna.

El fenómeno (pues no de otro modo era llamada en el barrio) echó a andar

delante de Salvador para guiarlo. Pero como el fenómeno cojeaba ninguno

de los dos podía ir a prisa. Tardaron algunos minutos en vencer la

escalera, cuya tortuosidad igualaba a las oscuras revueltas de la

conciencia de un asesino. Por decir algo durante el fastidio de tan

penosa ascensión, Salvador preguntó a su compañera si era de la familia

del Sr. Tablas.

--Es mi padre--replicó la cojuela.

--Pues no lo parece--dijo el caballero--. El Sr. Tablas y la señora Nazaria

están, según parece, en muy buena posición.

El fenómeno no dijo nada, y siguió subiendo. Parecía subir con un solo

pie. Al llegar arriba detúvose para tomar aliento. Sin duda no respiraba

más que con un pulmón.

--¿Se ha cansado usted, caballero?

--No tal... piso tercero. La escalera no es larga, y se subiría bien si

no fuese tan oscura... Tú sí estás cansada. ¿Cuántas veces al día

subes?

El fenómeno se quedó pensando. Por último, dijo:

--Unas sesenta veces.

--Es buena renta, hija. Tres mil escalones diarios.

--Con poco más al cielo.

Romualda no dijo más, y entrando en la casa despertó a Pedro López,

que dormía como un canto. Desde la sala en que esperaba entretenido en

contemplar las estampas de santos y toreros que cubrían las paredes,

oyó Salvador los gruñidos del atleta al ser arrancado de su dulce sueño

por la mano áspera y aceitosa del fenómeno. Oyó después imprecaciones y

desperezos, y luego una ronquísima voz que decía:

--Baja a la tienda y tráeme los cigarros que dejé en el cajón grande del

mostrador.

Poco después Tablas y Salvador se saludaban en la sala. Hablaron con

interés un largo rato, y al fin dijo López:

--Vámonos al café, y almorzando hablaremos de eso despacito. Aquí no se

puede hablar de nada. Nazaria es muy re-curiosa, y todo lo quiere saber.

Se fueron. En la escalera hallaron al fenómeno, que después de haber

subido para llevar los cigarros al Sr. Tablas, volvía a subir (¡oh

Cristo de la cruz acuestas!) en busca de la sal para un huevo frito que

se estaba comiendo la señora Nazaria.

Se comprenderá por este último y no insignificante detalle que la

hermosa carnicera había concluido el despacho de la mañana. Al fin podía

gozar algún descanso después de aquella espantosa brega de cortar,

pesar, cobrar y devolver, y en el rescoldo de la buñolería le aderezaba

la de los parches un ligero almuerzo. Detrás del mostrador ponía su mesa

Nazaria; se lavaba manos y brazos hasta el codo; quitábase aquel

horrible mandil que le sirviera poco antes, y acompañada de alguna

discreta amiga que de la próxima tienda de lienzos venía o de la mujer

del vinatero, restauraban sus fuerzas. Después solía tomar una

almohadilla con algo de costura, y a cada instante volvía la cabeza

hacia la otra tienda para decir:--«Rumalda, sube y tráeme el dedal...».

Más tarde:--«Rumalda, la seda negra que está en mi costurero...».

En la buñolería, que a eso de las diez apagó sus fuegos, estaba la de

los parches al frente de sus menguados despachillos de escarola, perejil

y lechugas. Romualda se comía un pedazo de pan, engañado con los restos

del almuerzo de Nazaria.

--Rumalda--dijo esta después de medio día--, sube y dile a Petrilla que no

ponga las perdices.

Y media hora después Romualda subió a preguntar si estaba la comida.

Siendo la respuesta negativa, volvió a subir para dar prisa, y cuando

Nazaria se remontó despacio a su alojamiento para comer y dormir la

siesta, el fenómeno bajó a buscar las tijeras que se habían quedado en

la tienda, y más tarde a decir al cortador que cerrara, y luego fue por

aceite a la lonja de la esquina.

La Pimentosa comió abundantemente, como solía hacerlo, y antes de dormir

la siesta mandó al fenómeno que bajase para ver si Tablas estaba en la

taberna de la calle de las Maldonadas. Malísimo humor tenía la señora

por aquella tardanza de su hombre, aunque acostumbrada estaba a tales

ausencias y a otras mayores. Del mal humor pasó a la furia, y después de

poner como ropa de pascuas a Petrilla, a la mujer de los parches, al

cortador, al lucero del alba, al Preste Juan de las Indias, al rey

David, miró a Romualda con dictatorial ceño.

--¿Y tú qué haces ahí, holgazana? ¿En dónde está la media?

El fenómeno respondió temblando que la media estaba abajo... ¿pues

dónde había de estar?

--Pues correndito por ella.

Y se echó a dormir. Después de la siesta recibió varias visitas, a

saber: el respetable vinatero que venía con importantísimos chismes de

la vecindad; la inquilina del segundo, que era prestamista, con más

conchas que un galápago y más dinero que la Real Hacienda; una criada de

la señora de D. Pedro Rey que vino a traer recados de su ama, (pues

Nazaria era hija de una antigua sirvienta de los Rey), y el padre

Carantoña, de la orden de Predicadores, que algunas veces solía ir a la

casa para llevarse una cestilla repleta de ricos chorizos y butifarras,

con otras vituallas de consideración.

--Padre Carantoña--dijo Nazaria al despedir al fraile--. Hágame un favor.

Si ve a Rumaldilla en la tienda o jugando en la calle, dígale que suba.

Aquella tarde sintiose la insigne carnicera bastante molestada de la

dispepsia que padecía. Hallábase en disposición de abofetear a todo el

género humano, porque las malas digestiones exacerbaban su carácter

agrio y despótico. Desconfiando de los médicos, sólo se aplicaba

remedios que llamaremos populares, recomendados por las comadres de la

vecindad, los unos del orden supersticioso, los otros del género

terapéutico familiar; y como se los administraba todos a la vez o _in

solidum_, sin criterio, sin tino, la buena mujer estaba cada día peor.

Por eso aquella tarde, se oyeron muchas veces sus vehementes gritos de

mando: «--Rumalda, a la botica.--Rumalda, a casa de la tía Pistacha... que

te dé aquellos polvos...».

En estos y otros lances, recibió una visita altamente honrosa. La sala

se llenó de negro, quiero decir que entró en ella el padre Gracián

acompañado de otro clérigo, no tan grande como Su Reverencia, pero

también bastante talludo. El padre Gracián era bien recibido en una y

otra parte y muy querido del vecindario de Madrid, porque a todas las

casas que se honraban con su presencia, y eran muchas (aunque él no

pecaba de pedigüeño ni de entrometido, como algunos individuos

monacales), llevaba siempre una misión desinteresada y evangélica. El

palacio del rico y el cuarto numerado del pobre abrían con igual amor

sus puertas a aquel enemigo del escándalo, a aquel trabajador incansable

de la viña del Señor, a aquel guerrero de la moral cristiana, a aquel

perseguidor de las malas costumbres. Hacía la propaganda de los

matrimonios leales y bien acordados, de las familias pacíficas; llevaba

por todas partes el pabellón de las reconciliaciones y de la paz;

perseguía sin tregua las irregularidades, los odios domésticos, los

amancebamientos, los desórdenes, y su mayor gloria era encarrilar un

marido extraviado, enderezar una esposa torcida, atraer un hijo pródigo,

ablandar a un padre cruel. No abandonaba ni un punto su arriesgado

puesto de combate enfrente de las baterías de Satanás, y exponía su

noble pecho a las burlas, a las injurias, a la mala interpretación, con

tal de defender el baluarte de Cristo en que asentaba su planta, y no

dejarse quitar un palmo de terreno, sino antes bien ganar al pecado

palmos, varas y leguas.

La Pimentosa se turbó al verle entrar. Ella, que no respetaba nada en el

mundo, respetaba al clérigo por un sentimiento natural adquirido desde

la cuna y, si se quiere, mamado con la leche. Ofreció una silla al Padre

y otra al Hermano que acompañaba al Padre.

--No, no me siento--dijo con áspera voz Gracián, blandiendo su sombrero de

teja, como si fuera un montante para cortar cabezas--; nos vamos

enseguida. Yo no vengo aquí como el padre Carantoña a tomar chocolate y

a recibir morcillas; vengo a arrojar una semilla fructífera en este

erial; vengo a arrojar una palabra en este desierto, con esperanza de

que alguna vez sea oída... Me intereso por vosotros porque sois

pecadores. El sano no necesita de médico, el leproso sí. Conocí a la

señora Nazaria en casa de D. Pedro Rey, y allí supe su mala vida. Conocí

a López en casa de D. Felicísimo, y allí supe su extravío. Pues bien,

aquí vengo hoy con el mismo fin que me trajo la semana pasada; vengo a

deciros: «Casaos, casaos, casaos, que estáis perdiendo vuestras almas y

dando mal ejemplo». Soy misionero de Cristo, apóstol de gentiles, y veo

que no es preciso ir al Asia ni al África para encontrar salvajes.

Aquellos son mejores que vosotros, porque ellos son nacidos ciegos, y

vosotros, que nacisteis con vista, cerráis los ojos a la luz. Vuestra

unión ilícita es un pecado mortal para vosotros y un escándalo para los

fieles. Casaos, almas de cántaro, y vivid como Dios manda y la sociedad

desea.

En la cara de la Pimentosa parecían fluctuar batallando la cólera y el

respeto, y con turbada lengua se disculpó así:

--Bueno, ya lo sé... ¡Caramba, qué trompeta de Padre!... No soy sorda...

Yo bien sé que Su Reverencia habla con razón. Pero yo me voy a separar

de Tablas, yo reniego de Tablas, que es un holgazán, que me está

comiendo lo que gano y lo que heredé de mi difunto.

--Pues separaos, por la Virgen Santísima--dijo Gracián con más suaves

modos--. Si él es un borracho, un haragán y un libertino, váyase

enhoramala. Ayer le calenté las orejas en casa del Sr. Carnicero. Pero

él no desea romper esta unión ilícita, sino casarse. Tiene buen fondo.

Decidid una cosa u otra; estáis llenos de pecados, vivís como fieras, no

como cristianos.

--Padre, por amor de Dios--dijo Nazaria aterrada por las palabras del

clérigo--. No me caliente la cabeza. Estoy esta tarde que si me acercan a

la lumbre, ardo. El mal que padezco...

--Sí, ya sé que padeces un mal insufrible. ¿Pero de qué proviene ese mal?

Proviene de tus infames vicios, de la glotonería primero, de la cólera

después y de otros grandes y deplorables pecados. Luego no quieres

atenerte a la medicina ni al dictamen de entendidos físicos, sino que te

entregas a la superstición. Has de saber que es ultrajar a Dios y a los

santos creer que con palitroques pasados por los pies de una imagen se

curan las enfermedades, y que el romero guisado al compás de un credo

sirve para hacer buen quilo. ¡Error, necedad, irreverencia,

sacrilegio!... No veo en esta casa más que escándalo y

profanación--añadió colérico, revolviendo sus ojos y mirando las estampas

que llenaban las paredes--. ¿Qué significan estos retratos de toreros

confundidos con los santos más venerables? ¿Qué significan esas muletas

y esos estoques, banderillas y puyas, colocadas en pabellón y como al

modo de ofrenda al pie de la Santísima Virgen? ¿Y esa cabeza de toro que

tiene pendiente de cada cuerno un Niño Jesús de alcorza?... Mujer

escandalosa, hasta en los adornos de esta casa se conoce que reinan aquí

la profanación, el escándalo y el vicio.

--Así tenía mi marido la casa--dijo Nazaria alzando su nariz provocativa,

por donde entró un chorro de aire que sonaba a resoplido de fragua.

--Bueno estaría también tu marido--dijo Gracián, haciendo un mohín de

escarnio--. Los sentimientos de la gente de esta casa se revelan hasta en

lo más insignificante. Pues si fuera a ocuparme de todo lo que hay aquí

de reprensible, ¿qué diría, señora Nazaria, qué diría de la bárbara

crudeza con que es tratada esa pobre niña, o mujer canija, hija del

señor Tablas?... Os tratáis como duques, y ella se confunde con los más

lastimosos pordioseros. ¿Qué tal? ¿Es esto cristiano, es esto honrado?

Pero donde no hay verdadera familia no puede haber sentimientos

humanitarios ni caridad. Casaos, casaos, reconciliaos con Dios y con la

Iglesia, no me cansaré de decirlo. Si así lo hacéis, después todo se os

hará fácil. Salvad vuestra alma, y no contaminéis otras almas que aún

están puras. Curaos de vuestro daño, y así ninguno que esté próximo a

vosotros se contaminará de él... Os amonesto por tercera vez, y os

amonestaré la cuarta y la quinta, porque yo, que he despreciado tantas

veces la muerte, ¿qué caso puedo hacer de vuestra resistencia? Nazaria,

vuelve en ti, oye mis consejos. Citando tu corazón de un grito, corre a

la iglesia, no te detengas. Me hallarás en mi confesionario. Adiós.

Sin hacer reverencia alguna, impávido, formidable, como el guerrero que

ha cumplido su deber en lo más recio de un combate, salió seguido del

Hermano. Cuando bajaba la escalera, Tablas subía.

-XII-

Abrió el gigante la puerta de la sala donde su giganta estaba, y antes

de entrar echó en redondo una mirada recelosa, bajando la barba al pecho

y escondiendo los ojos bajo las negras cejas. La amenazadora expresión

de su ceño, la prominencia de su frente abultada y aquel mirar hosco

daban a su cabeza semejanza con la espantable testa del toro jarameño

cuando aparece en el circo, y reconoce con su mirar de fuego el ansioso

público, y parece que él mismo, antes de empezar la lidia, se espanta de

la barbarie que se prepara.

La nariz de Nazaria se infló hasta no poder más. En aquellos momentos

necesitaba mucho aire. Tablas dio algunos pasos hacia ella, y echándose

ambas manos a la estrecha cintura, se meneó a un lado y otro como muñeco

de goma, y escupió estas palabras:

--¡Cristo!... si habré dicho alguna vez que no quiero clerigones en

casa... ¿Por qué los has recibido?

Pimentosa echó mano de un abanico y replicó así:

--Porque me ha dado la real gana... En paz.

--En guerra... Si les vuelvo a encontrar... van a la calle por el

balcón... y tú detrás.

--¡Valiente papamoscas! Pero hombre, no mates tanta gente, que se acaba

el mundo.

--¿Qué buscaban esos pillos?

--El pillo eres tú... salvaje. ¡Tanto rezar rosarios en casa de D.

Felicísimo, y llama pillos a los señores sacerdotes!...

--¿A qué venían?

--A lo que nos ha dado la gana.

--Vamos, vamos--dijo Tablas contoneándose otra vez--, que hoy estoy tan

bromista, que si me tocan, por cada dedo me sale un tiro.

--Lo que a ti te sale es el aguardiente que has bebido.

--¡Nazaria!...

--Úrgame tanto así, y verás lo que es canela.

--¡Nazaria!...

--¿En dónde has estado hoy? dilo pronto--gritó la Pimentosa hablando a

borbotones--. ¿Quién es ese _futraque_ que vino a buscarte?

--A ti no te importa eso... Toma varas con los sayos negros y déjame a

mí.

--¡Borracho!

--¡Pues y tú!..--exclamó Tablas, mascando su cólera--. Vamos, no quiero

incomodarme... ¿Por qué has recibido a los clérigos?

--Porque es mi santa voluntad. Soy reina de mi casa.

--Reinita nada menos...

Tablas miró a un palo que en el rincón de la sala había, y que sin duda

iba a intervenir como tercer personaje en aquella escena.

--Sí, reina soy y ama de todo--bramó Nazaria pálida y furiosa, extendiendo

los brazos--. Mío es el pan que comes, mía la ropa que vistes, mío el

tabaco que fumas, y mías las copas, las copas...

No pudo decir más porque la ahogó la tos. Su abultado seno trepidaba

saltando, como vejiga de payaso.

--Todo es de la señora, já, já...--dijo grotescamente López queriendo

tornar en burlas afirmación que tanto le humillaba--. Después hablaremos

de eso; pero ahora, dígame la reina por qué estaban aquí otra vez los

sacripantes negros.

--Porque yo les llamé, ¿estamos?... porque me gusta el sermón y quise dar

para las ánimas.

--¡_Anima mea_!... Cristo... Con que hay _pedriques_ en mi casa... Pues

mira yo te voy a dar la _Extrema_. ¿No te pide el cuerpo _hinsopo_?...

Pues verás.

Volvió a mirar el palo, que ya estaba, como si dijéramos, al paño,

esperando el momento de salir al escenario.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 6 / 19 段