¡Y qué pesadas habrían sido las horas de aquella temporada, que él

llamaba su condena, si no las aligerasen con su cariño y con mil

solicitudes y ternezas las seis personas que él designaba con el

dulcísimo nombre de _la sacra familia_! Sola le cuidaba como podría

cuidarse a un niño enfermo, y de su cuenta corría todo lo relativo a

aquella dichosa pierna averiada que no se quería componer sino a medias.

Ella parecía haber robado a los ángeles de la medicina el delicado arte

del apósito, y sus dedos eran tan conocidos del dolor que este les veía

cerca de sí sin irritarse. Cumplida esta obligación suprema, la futura

esposa del mejor de los hombres se ocupaba de todo lo de la casa con la

diligencia de siempre, con más diligencia, si cabe, pues sin

sospecharlo, se había ido acostumbrando a considerarse partícipe de

aquel trono doméstico y co-propietaria de tan dulces dominios.

Por las noches, la familia se reunía en el comedor, en torno del

patriarca claudicante. Doña Crucita, que se había dedicado a bordar

pájaros, despachaba semanalmente una bandada de aquellos preciosos

seres, y a veces el comedor parecía una selva americana, porque los

había de todos colores, y además mariposas y florecillas, todo inventado

por la señora que creaba las especies con su rica fantasía, de tal modo

que se viera muy perplejo Buffón ante tal maravilla. Este interesante

autor era leído algunos ratos en voz alta por uno de los hijos mayores,

pues no había lectura más sabrosa que aquella para D. Benigno, después

de la de Rousseau; y todos se quedaban pasmados oyendo la magnífica

descripción del caballo, la pintura del león, o la peregrina industria

de los castores. El mismo muchacho o su hermano solía leer también las

_Gacetas_ para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba en

Hungría, Cracovia o Finlandia. Los sucesos de España eran los que jamás

se sabían por _Gacetas_ ni papelotes, y era preciso recibirlos por el

vehículo del padre Alelí, amigo fiel sobre todos los fieles amigos, cada

vez más perturbado de caletre y más difuso de explicaderas. Por él

supieron que D. Carlos se marchaba a Portugal, haciendo la comedia de

que su esposa quería abrazar a D. Miguel (otro que tal) y a las infantas

portuguesas; pero realmente por no verse en el caso de jurar a

Isabelita. El mismo _Tío Engarza Credos_ les informó de que en una casa

de la calle de Belén había sido sorprendida una junta carlista y presos

todos los que la formaban. Si el interés político de las tertulias

corderiles estaba en estas noticias, su amenidad dependía de las gracias

y atrevimientos de Juanito Jacobo, que con su media lengua decía más que

si la tuviera toda entera, y ya recitara fábulas o romances, ya se

despachara a su gusto con frasecillas y observaciones de su propia

cosecha, hacía morir de risa a toda la familia, menos cuando le daba por

enojarse, hacer pucheros y tirar a la cabeza de su hermano un zapato,

libro, palmatoria, tintero o cualquier otro proyectil mortífero.

La tienda había sido traspasada por Cordero a otro comerciante, amigo y

pariente suyo, y con esto quedó retirado absolutamente del comercio. Su

capital, si no muy grande, sólido como el que más, le aseguraba rentas

modestas y saneadas. Tenía vastos proyectos de ensanche y mejoramiento

en los Cigarrales, y no esperaba sino a que aclarase el tiempo para

trasladarse allá con toda la familia.

En Mayo sintiose tan mejorado de su pierna que pensó era llegado el

momento de poner fin a sus vacilaciones. Era una tarde hermosa. Habían

concluido de comer en paz y en gracia de Dios. D. Benigno, dejando que

Alelí se durmiera en el sillón del comedor y que Crucita hiciera lo

mismo en su cuarto, envió a los muchachos a la escuela, y a su cuarto a

Sola, entabló con ella una conversación de la cual es preciso no perder

punto ni coma.

--Querida Sola--le dijo--, tengo que dar a usted explicaciones acerca de un

hecho que le habrá sorprendido y que tal vez (y esto es lo que más

siento) habrá lastimado su amor propio de usted.

Sola manifestaba grandísima sorpresa.

--El hecho es que, habiéndose resuelto desde que estuve en la Granja

todas las dificultades que se oponían a nuestro matrimonio, haya

aplazado yo varias veces desde aquella época un suceso tan lisonjero

para mí. Como usted podría sospechar que estos aplazamientos

significaban algo de mala gana, frialdad o escaso deseo de ser su

marido, y como nada sería más contrario a la verdad que esa sospecha de

usted, tengo que explicarme, hija, tengo que revelar ciertos

pensamientos íntimos y ciertas cosillas... ¿me entiende usted?

Con su verbosidad indicaba el héroe estar muy lleno de su asunto, como

dicen los oradores, y es probable que desde la noche anterior hubiese

preparado en su cabeza y hasta construido algunas de las frases de aquel

memorable discurso.

--Pues bien, la causa de esta poca prisa... darémosle este nombre, que es

el que más le cuadra... ha sido cierto escrúpulo que me ha asaltado,

cierto temor de que nuestro matrimonio hiciera a usted desgraciada en

vez de hacerla feliz, como es mi deseo.

--¡Desgraciada!--exclamó Sola, recibiendo aquella idea como una ofensa.

--¡Oh! no apresurarse... falta mucho que decir. Estos escrúpulos y

temores no se refieren a cosa alguna que pueda menoscabar los

extraordinarios méritos de la que elegí por esposa; son cosa pura y

exclusivamente mía. Ha llegado el momento de hablar con absoluta

franqueza, y de no ocultar idea alguna por penosa que sea para mí. Pues

bien, hay una persona, un hombre, hija mía, que la aprecia a usted en lo

mucho que vale, que la conoce a usted desde su niñez, que la ha

protegido, que la quiere, que la ama; hombre que tal vez, ¿por qué no?

es amado de usted... ¡Ah! querida Sola, hija mía, me parece que he

puesto el dedo en una llaga antigua de ese corazón sin par, hecho a

resistir y padecer como ninguno... En su cara de usted veo...

Ella se había quedado pálida cual si tuviera por rostro una máscara de

cera, y miraba a su delantal, cuya punta tenía entre los dedos.

--Esa palidez--dijo D. Benigno conmovido--no indica en manera alguna que

usted tenga que arrepentirse de nada, pues no se trata de faltas; indica

que yo he despertado un sentimiento que dormía, ¿no es verdad?

La palidez de Sola se disipó como un velo que se rasga dejando ver la

claridad que encubre, y así fue, por modo parecido al brusco descorrer

de una cortina, como se encendió en ella un rubor vivísimo. Echándose a

llorar, murmuró estas palabras:

--Es verdad, sí señor. Usted es más bueno que los ángeles.

El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplándola.

--Pero yo no he faltado, yo no he mentido...--balbució _Doña Sola y Monda_

entre suspiro y suspiro--. Lo que usted dice, muerto estaba y enterrado

en mi corazón para no resucitar jamás.

--Lo sé, lo sé--dijo Cordero no menos turbado que su amiga--. ¡Oh! la voz

aquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aquí en mi

conciencia, ¡qué bien me lo decía! Pues oiga usted todo. En este tiempo

que ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no he

vivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. Sí, he vivido

comparándome, querida hija, he vivido atormentado por un análisis

comparativo de las cualidades que creo tener y las que reúne el

hombre a quien usted conoce mejor que yo, resultando que él es

extraordinariamente superior a mí.

--¡Oh! no, cien veces no--replicó Sola con energía--. Es todo lo contrario.

--No violentemos la naturaleza, hija mía; no violentemos tampoco la

lógica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, si

bien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, ¡qué

superioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de la

persona!... Las cosas claritas... ¿eh?... ¿por qué no se ha de decir

que él es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatías en

todo aquel que le trata, mientras yo...?

--Usted también, usted también--dijo Sola prontamente. D. Benigno movía la

cabeza con triste ademán.

--No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos la

lógica--repitió--. Concedo que no sea yo enteramente antipático; pero

usted, que siente y discurre muy bien, podrá decir si hay nada en la

persona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, con

el rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de sus

afectos, de su fuerza, de su vida toda.

--Según como se mire, según como se mire--dijo Sola arrebatada de

compasión por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.

--¡Oh!--exclamó D. Benigno sonriendo--, por más que usted se empeñe en

echarme flores, no conseguirá que yo me enfatúe, ni que me obceque hasta

el punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene sus

preeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estas

bellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo me

conozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmente

peso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco de

algunas cualidades que me harían apreciar y respetar y aun amar de una

mujer joven; pero la comparación con otro me revela mis años, que no son

floja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciado

precisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hace

por conducto de la Naturaleza. En fin, querida mía, si se tratara de

cualquiera extraño, de cualquier advenedizo que en esta ocasión se

presentase, ni por el pensamiento me pasaría que usted pudiera

preferirle a mí; pero ¡ay! se trata de una antigua amistad, de un cariño

antiguo en él y antiguo en usted... Usted me lo ha revelado, diciéndome

con el acento más noble y leal: «es verdad, es verdad».

--Es cierto--replicó Sola--, y ahora, para que no quede en mi corazón ni un

fondo siquiera de los secretos que he guardado en él por tantísimo

tiempo, voy a confesarme con usted... Delante de un sacerdote, delante

de Dios mismo no sería más sincera, créamelo usted... Si antes no hablé

de esto, fue porque yo quería considerarlo como cosa muerta y sepultada.

Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería el

olvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesión

renaciera y me atormentara otra vez.

Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables

rodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba de

hinojos.

--Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afán, por su empeño de

echar tierra y más tierra sobre un sentimiento desgraciado--dijo

Cordero--, me lo reveló él mismo.

--Habrá dicho a usted que me recogió a la muerte de mi padre, poniéndome

al amparo de su madre, y mirándome como a hermana. Si se jactó de sus

beneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella época.

--No se jactó. Adelante.

--Diría también que yo le cuidaba como una hermana y le servía como una

esclava. Su voluntad me parecía una cosa de que no se podía dudar; sus

palabras como el Evangelio.

--¿Y él?...

--Me trataba con consideración; pero...

--¿No tenía a usted más cariño que el de hermano?

--Ninguno más; pero aquel cariño me consolaba en mi tristeza.

--Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores con

algunas... ¿Pero a usted jamás...?

--Jamás--dijo Sola ingenuamente--, quería a otras mujeres; pero a mí no me

quería.

D. Benigno se sonrió.

--¿Pero usted--dijo--, le quería desde entonces?...

--Me da vergüenza decirlo--replicó Sola--, por el desairado papel que hice:

pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quería, sí, muchísimo.

--¿Cómo?

--Todo lo que se puede querer a una persona--dijo ella, inclinando la

cabeza, que le pesó, sin duda, por una extraordinaria aglomeración de

recuerdos.

Cordero sintió un nudo en su garganta. Necesitó tragar algo para quitar

aquel estorbo y poder decir:

--¿Y siempre lo mismo?

--Siempre le quería lo mismo y no pensaba más que en él, a todas horas,

dormida y despierta.

--¿Y cuando estaba ausente?

--Le quería más.

--¿Y cuando volvía?

--Más. Era una cosa superior a mí, una especie de enfermedad o desgracia

que me enviaba Dios.

--¿No procuró usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

--¡En otro hombre!--exclamó Sola como horrorizada--. Eso no, eso era

imposible... Lo que yo sentía, aquel tormento mío me era necesario para

vivir, como el aire y la luz.

--¿Nunca le demostró usted con acciones y palabras la grandísima afición

que le tenía?

--¡Oh! no... A veces hacía yo proyectos disparatados y me imaginaba no

sé qué medios para hacérselo comprender; pero luego me daba mucha

vergüenza.

--¡Qué horroroso tormento! ¡Qué agonía!

--Casi siempre, sí; pero a veces era feliz.

--¿Cómo, criatura?

--Pensando tonterías... y echándome a discurrir que de pronto se le

antojaba quererme como yo le quería a él.

--¡Oh! barástolis--exclamó D. Benigno, cerrando el puño amenazador--, por

vida de... Estoy indignado contra ese hombre, y bien merecía que usted

lo despreciara... Si usted viene a mí entonces y me cuenta lo que le

pasa, como me lo cuenta ahora, juro a usted que voy derecho a ese hombre

y le cojo, y le digo: «Oiga usted, caballero...».

Sola no pudo menos de reír un poco, y dijo:

--No tenía usted más que hacerle daño para ser mi mayor enemigo. Pues

sí... que lo tomaba yo con poco tesón... Ahora comprendo que era muy

extremada y que yo misma me recalentaba la imaginación noche y día, como

cuando se echa leña en un fuego que se teme ver apagado. Como no había

nadie a quien yo pudiera contar tales cosas, me las contaba a mí misma.

Yo me consolaba diciéndome tonterías y resignándome, pues las muchas

desgracias que he tenido desde niña y el verme siempre privada de todo

lo que más he querido, me acostumbraron a tener mucha paciencia,

muchísima. Es un consuelo un poco triste este de la paciencia; pero

usándolo mucho, concluye uno por quererle y familiarizarse con él... Yo

tenía... hasta mis alegrías, sí señor, alegrías a mi modo, ¡pues qué

sería de nuestra alma si no tuviese medios de sacar alguna vez de sí

misma lo que los de fuera no quieren darle!... En fin, señor, así iba

pasando el tiempo, pasando, él ausente, yo sin esperanza. Me parece que

los días eran como unos velos que se corrían despacio, uno sobre otro, y

estos velos caían sobre mi memoria, y poco a poco iban apagando y

oscureciendo lo que en ella había. Al cabo de cierto tiempo empecé a

verle... así como entre brumas, lejos; y con las ocupaciones, todo lo

que yo pensaba se interrumpió para dar lugar a otras cosas. A veces

perdía bruscamente el terreno perdido, quiero decir, que por causa de

algún sueño, de alguna conversación que me recordaba las cosas pasadas,

o por nada, por simpleza mía, volvía a sentirme atormentadísima, y me

parecía tenerle delante y oírle, ¡siempre tan cariñoso, siempre tan

bueno, pero siempre hermano!... En fin, aquellas recaídas... porque eran

como las recaídas de una enfermedad... pasaban también. Yo sentía que

iba cayendo tierra sobre aquello, y si he de decir verdad, yo la echaba

también a puñados, unas veces rezando, otras trabajando en demasía...

¡Ay! al fin me encontré triunfante, y si pudiera valerme de una

expresión rara...

--A ver, diga usted esa expresión rara, querida sepulturera.

--Pues diré que últimamente me paseaba sobre el grandísimo montón de

tierra que yo había echado sobre aquellas penas sepultadas... Algunas

veces no iba segura, porque me parecía que sentía moverse debajo de mis

pies la tierra... pero yo, valiente como debía serlo, daba golpes con

los pies y todo se quedaba entonces quieto... ¿Ve usted qué

pamplinas?...

--Siga usted--exclamó Cordero con la voz entrecortada--. Estoy lelo de

admiración.

--Pues en estas y otras cosas, llegué a tener conocimiento con una

persona que me manifestó tanto interés, tanta consideración... Yo no

sabía cómo pagarle, y decía: «Es una desgracia para mí no tener algo de

gran valor que ofrecer a este hombre generoso». ¡Qué lejos estaba

entonces de suponer que mi hombre generoso, mi segundo padre había de

querer cobrarse sus beneficios de un modo que me obligaba más a la

gratitud! Yo trabajaba en su casa: hubiera deseado que se multiplicaran

las obligaciones para poder esclavizarme más. Yo comprendí... Dios y

mis desgracias me han dado alguna penetración... comprendí que mi buen

amigo había encontrado en esta pobre algunos méritos personales, y no

estaba conforme con que yo fuera su criada, ni su pupila, ni tampoco su

hija; quería llevar su generosidad hasta un extremo tal... El

agradecimiento llenaba mi corazón; ¡qué regocijo me causa el agradecer y

el pagar, aunque sea con poco!... Yo acepté entonces los favores de mi

protector, y me dije que debía hacer todo lo posible por merecer el bien

inmenso que aquel hombre quería hacerme. ¡Ay! cómo luchó entonces por

arrancarme lo que aún restaba de lo pasado... Aún quedaba algo: negarlo

sería mentir. Mi buen protector se apoderaba de mi alma de una manera

dulce y lenta. Llegué a acostumbrarme a su compañía de tal modo, que si

esta me faltara, faltaríame lo principal de la vida. La idea de ser su

mujer se clavó en mí, echó raíces, y me prometí entonces a él sin

escrúpulo y con la conciencia serena. Mi corazón, reconquistado por mí,

podía ser ofrecido a quien mejor que nadie lo merecía. ¿Qué mejor dueño

podía desear que aquel hombre sin igual, por quien sentí además de la

gratitud un afecto tan grande, tan grande que no sé cómo expresarlo?

D. Benigno hacía los imposibles por impedir que las lágrimas salieran de

sus ojos, y ya miraba al lecho, sin dejar de atender con toda su alma a

lo que Sola decía, ya estiraba los músculos de su cara, ya en fin ponía

diques al llanto queriendo convertirlo en benévola risa. Por último,

pudo más su emoción que su dignidad y se llevó la mano a los ojos.

--Reconozco con mucho gusto, con muchísimo gusto--dijo hablando con

turbación, pero sin llanto--, que al aceptar usted mis ofrecimientos lo

ha hecho con lealtad... sí, señora mía, lo reconozco... estoy

agradecido... yo no valgo nada... reconozco que usted, al responder

afirmativamente a mis ruegos, echó el último puñado de tierra sobre un

pasado triste; me ofreció su cariño y me consagró su persona toda, su

porvenir... yo lo agradezco... pero, pero... luego cambiaron las cosas,

se presentó a usted de improviso aquel sobre quien había caído tanta,

tantísima tierra...

--No--exclamó Sola enérgicamente, levantándose--. Nada puede alterar mi

resolución. Cuando apareció, ya yo no me pertenecía. Me considero tan

ligada por mi palabra antes como después de aquella visita, y no debo,

ni quiero... ni quiero, repito, volver atrás.

--No es posible que la presencia de ese señor lo fuera a usted

indiferente.

--Indiferente no; pero quien tanto ha luchado y tanto ha vencido, no

podía de ningún modo comprometer su victoria. Soy la misma ahora que

cuando fui por primera vez a los Cigarrales a pasar los mejores días de

mi vida... La menor duda de usted sobre esto será para mí una ofensa.

Soy toda en cuerpo y alma del que miró a esta huérfana sola y abandonada

y tuvo la incomparable generosidad de querer hacerla su señora.

La actitud firme de Sola, la energía y la lealtad que en su semblante se

pintaban, como la expresión más propia y adecuada de su alma

hermosísima, tenían al buen Cordero sobrecogido de admiración, de

gratitud, de entusiasmo, de amor.

--Una sola palabra--añadió--una sola pregunta quiero hacer. Lo que usted

diga será para mí como declaración bajada del cielo y lo creeré, como se

cree en Dios... Una palabrita nada más. Somos dos, dos hombres, el uno

joven, lleno de vida y salud, de inmejorable presencia, despejado, rico,

honrado, con innumerables prendas que aumentará la imaginación de la que

tanto supo amarle de niña; el otro viejo, enfermo, pesado...

--Pesado no--gritó Sola protestando con calor.

--Bueno, quitemos lo de pesado... enfermo, feo...

--En los hombres no hay fealdad.

--Enfermo--prosiguió Cordero contando por los dedos--, poco agraciado,

corto de vista, honrado sí, como el primero, de buen corazón... En fin,

voy al objeto. Los dos quieren casarse con una tal Sola, y esto parece

fin de comedia. Una palabra de la dama va a decidir la cuestión, ¿a cuál

de los dos quiere por marido?

¡Oh! quién tuviera pincel para pintar aquel destello de verdad suprema

que brilló en los ojos de Sola, aquel gesto de heroína con que llevó la

mano al pecho y elevó al cielo los ojos, bella por la verdad, sublime

por lo que de abnegación había en el fondo de aquella verdad, y quién

pudiera expresar el acento suyo cuando pronunció estas palabras:

--¡Como Dios es mi padre celestial, así es verdad que quiero casarme con

el viejo!

D. Benigno no la había abrazado nunca. Aquel día la abrazó por primera

vez, y aquel abrazo bien valía por mil.

-X-

Contaba el padre Alelí, historiador desmemoriado y chocho, que aquella

noche estuvo D. Benigno durante seis horas seguidas sin moverse de su

asiento, con los ojos fijos en las puntas de los pies, y el puño en la

mejilla, y tal fue, añade, la duración de su éxtasis, cavilación o

modorra, que al dejar aquella actitud tenía marcadas las coyunturas en

los rojos mofletes de su cara, y el codo había dejado un hoyo

profundísimo en el cojinete del brazo del sillón. Pero nuestro buen

criterio no nos permite admitir ciegamente esta versión, y así reducimos

a tres las seis horas de que habla Alelí, el cual como Herodoto era muy

inclinado a exagerar y dar proporciones a lo que veía. Mejor sería aún,

reducir a una hora nada más el plazo de aquella perplejidad de nuestro

querido señor, y así lo haremos. Conste, pues, que meditó largo rato, y

que después apareció como ensimismado y lleno de confusiones. ¿No se

habían disipado sus recelos? Sin duda no. De su talante sólo puede

decirse que tan pronto parecía muy alegre como muy triste.

Al día siguiente muy temprano, después de un sueño ni profundo ni largo,

se levantó, y despachando a toda prisa el desayuno, salió y fue derecho

en busca de un sujeto que vivía en la calle del Duque de Alba, junto a

D. Felicísimo. Aquel era día de mala suerte para el de Boteros, porque

el individuo a quien buscaba había salido más temprano que de costumbre,

dejando dicho a sus criados que no le esperaran en todo el día.

--¡Barástolis y más que barástolis! ya podía haber esperado un poco.

--Si llega usted cinco minutos antes--dijo el criado--, le encuentra

bajando la escalera.

--Cinco minutos... ¿y cómo había de llegar cinco minutos antes, hombre

de Dios? ¿No ve usted que soy cojo?... ¿no lo ve usted?

--No se incomode usted, caballero.

--¡Malaventurados los cojos--dijo el héroe para sí con tristeza--, porque

ellos llegaron siempre tarde!

El señor a quien D. Benigno buscaba con tanto empeño no estaba lejos de

su casa. Si Cordero, en vez de retroceder hacia la Merced y calle de

Carretas con ánimo de encontrarle, hubiera seguido hacia San Millán y la

calle de los Estudios, le habría de seguro hallado. Estaba frente a una

puerta de la citada calle, con la vista fija en un hombre y en un

caldero, en una mesilla forrada de latón, en un enorme perol de masa y

en un gancho. En el caldero que era grandísimo, ventrudo y negro, hervía

un mediano mar amarillo con burbujas que parecían gotas de ámbar

bailando sobre una superficie de oro.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 5 / 19 段