de _isabelinos_. Envaine usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero es
traer a nuestras filas a este buen amigo, para darle una comisión que
desempeñará bonitamente.
Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.
--Eso lo veremos--dijo el guipuzcoano--. Peñas más duras he quebrantado yo.
¿Tienes ocupaciones?
--Las de mis intereses, que no son muchas.
--Es verdad que casi eres rico; ¡mal negocio! ¿Te has casado?
--No.
--¿No ambicionas una posición elevada?
--No ambiciono nada más alto que este banco, y lo que llaman aura popular
me incomoda más que la tristeza de estar solo.
--A pesar de todo--dijo Aviraneta--, creo que te conquistaré.
Y calló después. De buena gana se habría desprendido en aquel momento de
los servicios de su secretario Rufete, cargado de listas, para estar
solo con Monsalud y hablarle franca y descubiertamente, pues bien se
conocía que el astuto conspirador había manifestado su idea de un modo
harto enigmático. Pero Rufete no se movía, y a la dudosa claridad que en
el cuarto entraba se entretenía en revisar sus listas de traidores y sus
listas de _isabelinos_.
-VII-
Hallábanse, pues, el uno aburridísimo, el otro ideando motivos para
despedir al _ayacucho_, y el tercero discurriendo el modo de pasar algún
nombre de un papel a otro, cuando entró en el café un jefe de
caballería, haciendo con el sable rastrero, con las espuelas y los
tacones tan grande estrépito, que no parecía sino que un escuadrón había
asaltado el establecimiento. Traía fango en las botas y polvo en el
traje, manifestando en esto, así como en la oficiosidad con que iba de
mesa en mesa dando noticias, que acababa de llegar de una expedición o
quizás de un campo de batalla. Era D. Rafael Seudoquis, exaltado
patriota primero, después indefinido, luego conspirador perseguido y
condenado a horca, pero indultado otra vez y admitido en el servicio por
influencias de parientes poderosos. Después que satisfizo la curiosidad
de los del café, dirigiose arriba, y al entrar en el hueco de la
escalera llamole Aviraneta desde su escondrijo. Entró Seudoquis,
reconoció a Salvador, se abrazaron; pero tanta gana tenía el buen hombre
de contar lo que sabía, que sin poder aguardar a que acabaran los
saludos, habló así:
--¡Ya les hemos cogido! ¡buena caza hemos hecho!
--¿Qué? ¿qué ha sido?... ¿una batida de voluntarios realistas?
--Sí, y con media docena como esta pronto quedaba la Nación limpia de
sacristanes... Ya saben ustedes que salí con la columna de Bassa a
perseguir la partida de aguiluchos que se levantó en Villaverde mandada
por el traidor coronel Campos... Al principio nos daba que hacer... que
por aquí, que por allá... Total, señores, en Alares a cinco leguas de
Navahermosa les sorprendimos rezando el rosario, les copamos... no se
escapó uno para simiente de monaguillos.
--¿Les arcabucearon?
--No hay órdenes para tanto. El Gobierno es conciliador, o por otro
hombre pastelero, y en una mano tiene las disciplinas y en otra el
emplasto. Como no soy partidario de andar con mantecas tratándose de esa
gente, yo les hubiera dado a todos un poco de tuétano de fusil. En el
otro barrio están mejor que aquí... Pero no se trata ahora de fusilar:
ellos lo harán cuando nos cojan debajo. Total, que les hemos traído codo
con codo, y el bribón de Campos es tan cobarde que se echó a llorar, y
sin que nadie se lo preguntara nos reveló todo el _diebus ille_ de la
junta carlista de Madrid, citando nombres uno por uno. A estas horas el
traidor habrá vomitado todas sus delaciones ante la policía y ya andará
esta haciendo prisiones. Medio Madrid va calentito a la cárcel esta
noche. He encontrado en la Puerta del Sol a un escuadrón, no miento, sí,
un escuadrón de policías que iban a la calle de Belén, donde parece hay
un cabildo máximo de subdiáconos con puñal y de guerrilleros de estola.
Total, señores, que nos hemos lucido los de Bassa, y que esta noche van
a ser ventiladas muchas madrigueras. Con que _viva la angélica_ y abur,
señores, que me voy arriba a cenar.
--Y yo a ponerme el uniforme y a correr al cuartel--dijo Rufete
levantándose presuroso--. Es fácil que se altere la pública tranquilidad
esta noche. Vamos a nuestro puesto, que cuando menos se piensa, viene el
desbordamiento carlino, y la patria necesita de todos sus hijos.
--Vaya usted con Dios, valiente--dijo Aviraneta gozoso de verle partir--.
Aquí nos quedamos nosotros procurando entendernos.
Luego que estuvieron solos, Aviraneta dijo a su amigo que pues arreciaba
el calor dentro del café, harían bien en salir a la calle y dar un par
de vueltas, con lo que además de respirar el aire libre, podían hablar
sin recelo. Cuando se hallaron en la plazuela del Ángel, Salvador tomó
el brazo de su amigo y burlonamente le dijo:
--¡Pillo!... ¿qué nueva farsa de sociedad secreta es esa? ¿qué trama
traes tú ahora entre mano?
--Poco a poco... pase lo de trama; pero no lo de farsa.
--¿Quién te paga?
--Mucho ahondas, ¡palitroques! Has de comprar mi franqueza con tu
benevolencia, no con tus burlas, y si persistes en negarme tu apoyo, no
tendrás de mí ni una palabra. Cosas podría decirte que te dejarían
pasmado; pero ya sabes... no se dan gratis los secretos como los buenos
días. Venga tu voluntad y abriré el pico.
--Es que no puedo dar mi voluntad no conociendo a quién la doy ni por qué
la doy.
Aviraneta insistió en que su pensamiento era unir a los liberales para
preparar una acción común; pero esto, si no encerraba una intención
distinta, era de lo más inocente que se podía ocurrir por aquellos días
a hombre nacido, y Aviraneta, justo es decirlo, tenía de todo menos de
espíritu puro. Por más que el guipuzcoano se diera aires de inventor de
aquel plan sapientísimo, se podía jurar que sólo era instrumento de una
voluntad superior, maquinilla engrasada por el oro y movida por una mano
misteriosa. Sobre esto no quiso decir una sola palabra que no fuese la
misma confusión; pero Monsalud, que era listísimo y además tenía la
experiencia de aquellos líos, supo sacar la verdad de entre tanta
mentira. Su creencia era que D. Eugenio había recibido de altas regiones
la misión de desunir a los liberales y enzarzarlos en disputas sin fin;
pero no podía fácilmente averiguarse si el impulso partía del cuarto de
María Cristina o del gabinete ministerial de Zea Bermúdez. Salvador hizo
una y otra pregunta caprichosa para coger por sorpresa el principal
secreto de su amigo; mas este era tan diestro en aquellas artes, que
evadió los lazos con extremada gracia.
Este señor Aviraneta fue el que después adquirió celebridad fingiéndose
carlista para penetrar en los círculos más familiares de la gente
facciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordias,
sospechas y recelos, hasta que precipitó la defección de Maroto,
preparando el convenio de Vergara y la ruina de las facciones.
Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosal
genio de la intriga y un histrión inimitable para el gigantesco
escenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo hiciéronle un
gran intrigante; otra época y otro lugar hubieran hecho de él quizás el
primer diplomático del siglo. Ya desde 1829 venía metido en oscuros
enredos y misteriosos trabajos, y por lo general su maquinación era
doble, su juego combinado. Probablemente en la época de este encuentro
que con él tenemos, durante el invierno de 1833, las incomprensibles
diabluras de este juglar político constituían también una labor fina y
doble, es decir, revolver los partidos en provecho del ministerio y
vender el ministerio a los partidos.
La fundación de la sociedad _isabelina_ servíale de pretexto para entrar
en tratos con gente diversa, con cándidos patriotas o políticos ladinos,
poniéndose también en relación con militares bullangueros; y así,
hablando del bueno del Sr. Rufete, dijo a Salvador:
--Este infeliz _ayacucho_ es una alhaja que no se paga con dinero. Él se
presta desinteresadamente a entusiasmarse y a entusiasmar a un centenar
de oficiales como él. Se morirá de hambre antes de cobrar un céntimo por
sus servicios secretos al _Sistema_, y se dejará fusilar antes que hacer
revelaciones que comprometan a la sociedad. Es un prodigio de inocencia
y de lealtad. El pobre Rufete trabaja como un negro, y se pasa la vida
haciendo listas de sospechosos, listas de traidores, listas de tibios y
listas de calientes. En su compañía pasa por un Séneca empalmado en un
Catón. Los sargentos lo adoran y son capaces de meterse con él en un
horno encendido, si les dicen que es preciso salvar del fuego _el
precioso código_. ¡Oh! amigo, respetemos y admiremos la buena fe y la
valentía de esta gente. ¡Si en todas las clases sociales se encontraran
muchos Rufetes!... ¡Pero hay tanta canalla indomesticable de esa que no
sirve sino para hacer _pueblo_, para gritar, para meter bulla, de esa
que en los días solemnes desacredita las mejores causas, entregándose a
la ferocidad que le inspiran su cobardía y su apetito!...
Entre estos y otros dichos y observaciones, llegaron a la calle del
Duque de Alba, porque Salvador, no pudiendo sacar cosa limpia y concreta
de las confusas indicaciones de D. Eugenio, había decidido retirarse a
su casa. Echaban el último párrafo en el portal de esta, cuando del de
la inmediata vieron salir a un hombre silbando el estribillo de una
canción político-tabernaria. A pesar del embozo, Aviraneta le conoció al
momento y Salvador también.
--Tablillas--dijo D. Eugenio--, cuartéate aquí, que somos amigos.
El atleta se acercó, examinando con atención recelosa a los dos
caballeros.
--Señor _Vinagrete_ y la compañía, buenas noches... Estaba encandilado y
no les conocía.
--¿Está durmiendo ya el Sr. D. Felicísimo?
--Todavía están en brega. Han venido tantos señores esta noche que
aquello es la bóveda de San Ginés.
--¿Pues qué, se dan disciplinazos?
--Con la lengua... hablan por los codos, y todo se vuelve manotadas y
_perjuraciones_.
--¿Qué entiendes tú por _perjuraciones_?
--Decir, pongo el caso, _señores, muramos por el Trono legítimo_.
--¿Y todavía están reunidos?
--Todavía.
--Pero di, ¿no ha venido esta noche la policía? Yo creí que a estas horas
D. Felicísimo y su comunidad estaban echando _perjuraciones_ en la
cárcel de Corte.
--Vino la policía, sí señor; vinieron tres y llamaron tan fuerte que la
casa estuvo si cae o no cae. Los señores se asustaron, y D. Felicísimo
les consolaba diciendo: «no hay nada que temer, la policía es la
policía. Que entre el que llama». Yo bajé a abrir la puerta, y se
colaron tres señores de cara de perro con bastones de porra. Subieron, y
al entrar en la sala, se dejaron a un lado las porras y todo fue
cortesía limpia y vengan esos cinco. D. Felicísimo me mandó traer vino y
bizcochos, y bebieron, cosa la más desacostumbrada que puede verse en
esta casa; y uno de los de porra alzó el vaso y dijo: «Por el triunfo de
la monarquía legítima y de la religión sacratísima».
--Brindaron.
--Y los tres tomaron el olivo.
--¿Está Pipaón arriba?
--Es de los más lenguaraces. Cuando brindaron, D. Juan echó no sé cuantos
_loores_...
--¿Y qué es eso?
--Que se sopló mucho, echando fuera toda la caja del pecho, y dijo _loor
a esto, loor a lo otro_.
--¿Se casa con Micaelita?
--Dios los cría y ellos se juntan.
--¿Y te retiras ya?
--Si, porque yo he dicho a D. Felicísimo que estoy enfermo.
--¿A dónde vas?
--Allá--replicó Tablas manifestando en la mirada recelosa que a Salvador
dirigió, que no debía hablar con más claridad.
--Bien--dijo Aviraneta--. Nos veremos luego. ¿Y la Pimentosa cómo está?
--Agria.
--¿Qué es eso?
--Enojada, porque le pica la despensa.
--¿Qué quieres decir? ¿Qué despensa es esa?
--El estómago.
--Es verdad que padece mi señora males de estómago... Aguarda, que me
voy contigo.
Tablas, que había dado ya algunos pasos hacia San Millán se detuvo,
mientras el guipuzcoano, estrechando con el más vivo afecto la mano de
su amigo, lo dijo estas palabras:
--Mañana... y quien dice mañana dice el mes que viene o el año que
viene... estarás conmigo en la _Isabelina_.
-VIII-
Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espíritu de
Salvador un dejo de amargura, y así se esforzaba en apartarlas de su
memoria, considerando que reproducían en pequeño cuadro lastimoso de la
Nación española. La confusión de pareceres, el incesante conspirar con
recursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantes
connivencias de la policía con los conspiradores de todas clases, no
eran cosa nueva para él; pero había cobrado tal odio a estos fenómenos
políticos, manifestación morbosa de nuestra miseria, que de buena gana
se marchara a los antípodas o a cualquier región apartada dónde no oyera
ni viera lo que allí mortificaba sus ojos y sus oídos.
La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes y
la desgracia, habíanle dado elementos bastantes para construir en su
pensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensa
superioridad de esta patria soñada en parangón con la auténtica era en
él motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso decía:--«Mucho han
de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la
política de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y como
yo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para
ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es
ley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, y
que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos
que han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de una
mascarada».
Estos propósitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobre
el mismo tema y hacía las siguientes consideraciones, llenas de buen
sentido y de tolerancia.--«No puede sostenerse en las acciones de la vida
el criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egoísmo. ¿Quién
duda que existen en nuestro país, al lado de esa cáfila de
alborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchos
caracteres nobilísimos, innumerables hombres de buena fe, patricios
desinteresados, verdaderos y leales que se aplicarían a la política y
serían discretos en la idea, enérgicos en la acción y honrados en la
conducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres un
pensamiento feliz y de ayudarles en el desempeño, ¿por qué no he de
hacerlo?».
Después de vacilar un momento se contestaba con amargura:--«Porque no me
creerían. ¿Cómo habían de creerme y hacer caso de mí, si yo también he
sido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un poco
charlatán? ¿Si he sido todo lo que condeno, cómo han de fiar de mí al
verme condenar lo que he sido? ¿Si exploté la industria del pobre en
este país, que es la conspiración, cómo han de ver en mí lo que
realmente soy? No, yo he quedado inútil en esta refriega espantosa con
la necesidad. He salido vivo, sí, pero sin autoridad, sin crédito para
tomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vías rectas y
francas del progreso de los pueblos. Mi destino es callar y
arrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por un
Rufete».
Al pensar esto, el propósito de condenarse a oscuridad perpetua
triunfaba en su ánimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sin
familia y sin afectos era el cenobitismo más triste que puede
imaginarse. Y aquí, en esta lóbrega caverna sin salida, terminaban las
excursiones mentales del misántropo. Pero la salida no era absolutamente
imposible. Si hacía falta una familia, ¿por qué no la buscaba? Hay
ciertos bienes que valen más encontrados al azar que buscados con
cálculo, y es muy general que quien despreció la suerte cuando pasó a su
lado, ande después a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquiera
pintada, o halle cualquier falsificación del bien y la coja gozoso y la
abrace y se desengañe y rabie, deplorando su torpe indolencia.
Quería vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad.
Había renovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que
le recordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre
sus íntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conducta
intachable, su instrucción, su entretenida palabra, tratándose de
referir viajes o verosímiles casos y peligros le dieron muchas simpatías
en todas partes. Había dejado de visitar a Jenara y a D. Benigno Cordero
por razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casas
decentes, a donde concurría lo más selecto de la Corte. Por las noches
gustaba mucho de pasear un poco por las calles antes de retirarse
a su casa, poniendo así entre la tertulia y el sueño un trozo de
meditación trans-urbana de más gusto para él que la más entretenida y
docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, el bullicio
de otras, el rumor báquico de la entreabierta taberna, la canción que
de una calleja salía con pretensiones de trova amorosa, el cuchicheo
de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio del robo
perpetrado, del contrabando o quizás de una broma furtiva; la disputa
entre viejecillas terminada con estrépito de bofetadas... por otra
parte el rodar de magníficos coches; la salmodia insufrible del dormido
sereno que bostezaba la horas como un reloj del sueño, funcionando por
misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de las puertas vidrieras
de los cafés, por donde salían y entraban los patriotas; el triste
agasajo de las castañeras que se abrigaban con lo que vendían tendiendo
una mano helada para recibir los cuartos y otra mano caliente para dar
las castañas; las singulares sombras que hacían las casas construidas
sin orden, unas arrumbadas hacia atrás, las otras alargando un ángulo
ruinoso sobre la vía pública; los caprichos de claridad y tinieblas que
formaban las luces de aceite encendidas por el Ayuntamiento y que podían
compararse a lágrimas vertidas por la noche para ensuciar su manto
negro; el peregrino efecto de la escarcha en las calles empedradas,
que parecían cubrirse de cristal esmerilado con reflejos tristes; el
mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficie se veía como una
capa de moho esmaltada por polvo de diamante, el grandioso efecto de
la helada, que en flechazos invisibles se desprendía del cielo azul
ante las miradas aterradoras de la luna, la deidad funesta de Enero;
la consideración del frío general hecha dentro de una caliente pañosa;
el estrépito de la diligencia al entrar en la calle, barquichuelo que
navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a los perros, ahuyentando
a los chiquillos y a los curiosos;... el buen paso marcial de los
soldados que iban a llevar la orden prendida en lo alto del fusil; el
coro sordo de los mercados al concluir las transacciones, cuando se
cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen los restos; el
olor de cenas y guisotes que salía por las desvencijadas puertas de las
casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonaba allá en lo
profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual había un nombre de
mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o un cartel de toros,
o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato, o una retahíla
de palabras groseras, o una luz mortecina indicando posada, o un macho
de perdiz que cantará a la madrugada, o un cuadrito de vacas de leche,
o un objeto negro algo semejante a un zapato, o una armadura de fuegos
artificiales pregonando el arte de polvorista, o una alambrera cubierta
con un guiñapo, señal de la industria de prendería, o una bacía de
cobre, o un tarro de sanguijuelas... todo esto, en fin, y otros muchos
accidentes de la fisonomía urbana durante la noche, páginas vivas y
reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tedio de su
casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.
Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de
Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto
en su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se le
veían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeda
y los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: se
detenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos
vestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos y
entretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera.
Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo,
compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelo
lleno de castañas, como para calentarse las manos con él...
Avanzaron... desaparecieron por una puerta.
Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombre
cojo, el niño, la placentera unión de los tres, los cuartos sacados del
bolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con la
vendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo...
En vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasar
por allí.
-IX-
El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de un
ligero altercado entre la familia por saber cuál había de acostarse
primero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud se
ampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo en
ella un individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de la
cojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como si
la devanase, sacándola del enredado pensamiento al corriente ovillo del
discurso.
--Cuanto más cerca veo el día--pensaba--, más indeciso y perplejo me
encuentro. ¿Por qué dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, San
Ildefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se ha trocado en vacilación y mi
fe en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto, conciencia
pura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que me
dice: «detente, ciego?...». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, por
ventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntad
o siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me parece más
cariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente...
Entonces, mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esas
calles con babero y chichonera, ¿por qué vacilas, por qué temes?...
Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo, sí, de
inspiración divina... ¡Ah! ya vienen los malditos dolores... ¡todo sea
por Dios! ¡Oh! ¿por qué te me has torcido en el camino del Cielo, oh
pierna?...
Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después de
decir «¡oh, pierna!» lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. A
la mañana siguiente tenía la cabeza despejada, el humor alegre. Lo
primero que leyó cuando le trajeron la _Gaceta_ fue el decreto
convocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a la
princesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le dio
mucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquel
notable suceso, dijo así:
--Para entonces, ya estaremos casados... Es preciso fijar
definitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yo
quiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana que
entra, entran ¡ay! también mis escrúpulos como un tropel de acreedores,
y así estamos y así vivimos.
Parte de los escrúpulos de hombre tan bueno provenían de sentirse
achacoso. No era ya aquel hombre que engañaba al siglo con sus cincuenta
y ocho años disimulados por una salud de hierro, por alientos y espíritu
dignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquella
funesta rotura de la pierna había ocasionado en él pérdida brusca de la
juventud que disfrutaba, y se sentía entrar, con paso vacilante y cojo,
en una región fría y triste que hasta entonces no había conocido. Con
las lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaron
los dolores, complicándose con pertinaz afección reumática, y el pobre
señor estuvo mes y medio sin poder moverse de un sillón.
«¿Apostamos, decía, a que llega también el 20 de Junio y se reúnen las
Cortes y juran a la princesa, y yo no habré soltado aún este grillete
que Dios se ha servido ponerme? ¿Qué presidio es este? ¿Temes, oh, Dios
mío, que marche muy a prisa? ¿Esto es acaso para bien de mí alma,
amenazada de correr demasiado y estrellarse?».