--No... ¡Con cien mil palitroques! tampoco nos hace falta ahora la lista

de _isabelinos_. Envaine usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero es

traer a nuestras filas a este buen amigo, para darle una comisión que

desempeñará bonitamente.

Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.

--Eso lo veremos--dijo el guipuzcoano--. Peñas más duras he quebrantado yo.

¿Tienes ocupaciones?

--Las de mis intereses, que no son muchas.

--Es verdad que casi eres rico; ¡mal negocio! ¿Te has casado?

--No.

--¿No ambicionas una posición elevada?

--No ambiciono nada más alto que este banco, y lo que llaman aura popular

me incomoda más que la tristeza de estar solo.

--A pesar de todo--dijo Aviraneta--, creo que te conquistaré.

Y calló después. De buena gana se habría desprendido en aquel momento de

los servicios de su secretario Rufete, cargado de listas, para estar

solo con Monsalud y hablarle franca y descubiertamente, pues bien se

conocía que el astuto conspirador había manifestado su idea de un modo

harto enigmático. Pero Rufete no se movía, y a la dudosa claridad que en

el cuarto entraba se entretenía en revisar sus listas de traidores y sus

listas de _isabelinos_.

-VII-

Hallábanse, pues, el uno aburridísimo, el otro ideando motivos para

despedir al _ayacucho_, y el tercero discurriendo el modo de pasar algún

nombre de un papel a otro, cuando entró en el café un jefe de

caballería, haciendo con el sable rastrero, con las espuelas y los

tacones tan grande estrépito, que no parecía sino que un escuadrón había

asaltado el establecimiento. Traía fango en las botas y polvo en el

traje, manifestando en esto, así como en la oficiosidad con que iba de

mesa en mesa dando noticias, que acababa de llegar de una expedición o

quizás de un campo de batalla. Era D. Rafael Seudoquis, exaltado

patriota primero, después indefinido, luego conspirador perseguido y

condenado a horca, pero indultado otra vez y admitido en el servicio por

influencias de parientes poderosos. Después que satisfizo la curiosidad

de los del café, dirigiose arriba, y al entrar en el hueco de la

escalera llamole Aviraneta desde su escondrijo. Entró Seudoquis,

reconoció a Salvador, se abrazaron; pero tanta gana tenía el buen hombre

de contar lo que sabía, que sin poder aguardar a que acabaran los

saludos, habló así:

--¡Ya les hemos cogido! ¡buena caza hemos hecho!

--¿Qué? ¿qué ha sido?... ¿una batida de voluntarios realistas?

--Sí, y con media docena como esta pronto quedaba la Nación limpia de

sacristanes... Ya saben ustedes que salí con la columna de Bassa a

perseguir la partida de aguiluchos que se levantó en Villaverde mandada

por el traidor coronel Campos... Al principio nos daba que hacer... que

por aquí, que por allá... Total, señores, en Alares a cinco leguas de

Navahermosa les sorprendimos rezando el rosario, les copamos... no se

escapó uno para simiente de monaguillos.

--¿Les arcabucearon?

--No hay órdenes para tanto. El Gobierno es conciliador, o por otro

hombre pastelero, y en una mano tiene las disciplinas y en otra el

emplasto. Como no soy partidario de andar con mantecas tratándose de esa

gente, yo les hubiera dado a todos un poco de tuétano de fusil. En el

otro barrio están mejor que aquí... Pero no se trata ahora de fusilar:

ellos lo harán cuando nos cojan debajo. Total, que les hemos traído codo

con codo, y el bribón de Campos es tan cobarde que se echó a llorar, y

sin que nadie se lo preguntara nos reveló todo el _diebus ille_ de la

junta carlista de Madrid, citando nombres uno por uno. A estas horas el

traidor habrá vomitado todas sus delaciones ante la policía y ya andará

esta haciendo prisiones. Medio Madrid va calentito a la cárcel esta

noche. He encontrado en la Puerta del Sol a un escuadrón, no miento, sí,

un escuadrón de policías que iban a la calle de Belén, donde parece hay

un cabildo máximo de subdiáconos con puñal y de guerrilleros de estola.

Total, señores, que nos hemos lucido los de Bassa, y que esta noche van

a ser ventiladas muchas madrigueras. Con que _viva la angélica_ y abur,

señores, que me voy arriba a cenar.

--Y yo a ponerme el uniforme y a correr al cuartel--dijo Rufete

levantándose presuroso--. Es fácil que se altere la pública tranquilidad

esta noche. Vamos a nuestro puesto, que cuando menos se piensa, viene el

desbordamiento carlino, y la patria necesita de todos sus hijos.

--Vaya usted con Dios, valiente--dijo Aviraneta gozoso de verle partir--.

Aquí nos quedamos nosotros procurando entendernos.

Luego que estuvieron solos, Aviraneta dijo a su amigo que pues arreciaba

el calor dentro del café, harían bien en salir a la calle y dar un par

de vueltas, con lo que además de respirar el aire libre, podían hablar

sin recelo. Cuando se hallaron en la plazuela del Ángel, Salvador tomó

el brazo de su amigo y burlonamente le dijo:

--¡Pillo!... ¿qué nueva farsa de sociedad secreta es esa? ¿qué trama

traes tú ahora entre mano?

--Poco a poco... pase lo de trama; pero no lo de farsa.

--¿Quién te paga?

--Mucho ahondas, ¡palitroques! Has de comprar mi franqueza con tu

benevolencia, no con tus burlas, y si persistes en negarme tu apoyo, no

tendrás de mí ni una palabra. Cosas podría decirte que te dejarían

pasmado; pero ya sabes... no se dan gratis los secretos como los buenos

días. Venga tu voluntad y abriré el pico.

--Es que no puedo dar mi voluntad no conociendo a quién la doy ni por qué

la doy.

Aviraneta insistió en que su pensamiento era unir a los liberales para

preparar una acción común; pero esto, si no encerraba una intención

distinta, era de lo más inocente que se podía ocurrir por aquellos días

a hombre nacido, y Aviraneta, justo es decirlo, tenía de todo menos de

espíritu puro. Por más que el guipuzcoano se diera aires de inventor de

aquel plan sapientísimo, se podía jurar que sólo era instrumento de una

voluntad superior, maquinilla engrasada por el oro y movida por una mano

misteriosa. Sobre esto no quiso decir una sola palabra que no fuese la

misma confusión; pero Monsalud, que era listísimo y además tenía la

experiencia de aquellos líos, supo sacar la verdad de entre tanta

mentira. Su creencia era que D. Eugenio había recibido de altas regiones

la misión de desunir a los liberales y enzarzarlos en disputas sin fin;

pero no podía fácilmente averiguarse si el impulso partía del cuarto de

María Cristina o del gabinete ministerial de Zea Bermúdez. Salvador hizo

una y otra pregunta caprichosa para coger por sorpresa el principal

secreto de su amigo; mas este era tan diestro en aquellas artes, que

evadió los lazos con extremada gracia.

Este señor Aviraneta fue el que después adquirió celebridad fingiéndose

carlista para penetrar en los círculos más familiares de la gente

facciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordias,

sospechas y recelos, hasta que precipitó la defección de Maroto,

preparando el convenio de Vergara y la ruina de las facciones.

Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosal

genio de la intriga y un histrión inimitable para el gigantesco

escenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo hiciéronle un

gran intrigante; otra época y otro lugar hubieran hecho de él quizás el

primer diplomático del siglo. Ya desde 1829 venía metido en oscuros

enredos y misteriosos trabajos, y por lo general su maquinación era

doble, su juego combinado. Probablemente en la época de este encuentro

que con él tenemos, durante el invierno de 1833, las incomprensibles

diabluras de este juglar político constituían también una labor fina y

doble, es decir, revolver los partidos en provecho del ministerio y

vender el ministerio a los partidos.

La fundación de la sociedad _isabelina_ servíale de pretexto para entrar

en tratos con gente diversa, con cándidos patriotas o políticos ladinos,

poniéndose también en relación con militares bullangueros; y así,

hablando del bueno del Sr. Rufete, dijo a Salvador:

--Este infeliz _ayacucho_ es una alhaja que no se paga con dinero. Él se

presta desinteresadamente a entusiasmarse y a entusiasmar a un centenar

de oficiales como él. Se morirá de hambre antes de cobrar un céntimo por

sus servicios secretos al _Sistema_, y se dejará fusilar antes que hacer

revelaciones que comprometan a la sociedad. Es un prodigio de inocencia

y de lealtad. El pobre Rufete trabaja como un negro, y se pasa la vida

haciendo listas de sospechosos, listas de traidores, listas de tibios y

listas de calientes. En su compañía pasa por un Séneca empalmado en un

Catón. Los sargentos lo adoran y son capaces de meterse con él en un

horno encendido, si les dicen que es preciso salvar del fuego _el

precioso código_. ¡Oh! amigo, respetemos y admiremos la buena fe y la

valentía de esta gente. ¡Si en todas las clases sociales se encontraran

muchos Rufetes!... ¡Pero hay tanta canalla indomesticable de esa que no

sirve sino para hacer _pueblo_, para gritar, para meter bulla, de esa

que en los días solemnes desacredita las mejores causas, entregándose a

la ferocidad que le inspiran su cobardía y su apetito!...

Entre estos y otros dichos y observaciones, llegaron a la calle del

Duque de Alba, porque Salvador, no pudiendo sacar cosa limpia y concreta

de las confusas indicaciones de D. Eugenio, había decidido retirarse a

su casa. Echaban el último párrafo en el portal de esta, cuando del de

la inmediata vieron salir a un hombre silbando el estribillo de una

canción político-tabernaria. A pesar del embozo, Aviraneta le conoció al

momento y Salvador también.

--Tablillas--dijo D. Eugenio--, cuartéate aquí, que somos amigos.

El atleta se acercó, examinando con atención recelosa a los dos

caballeros.

--Señor _Vinagrete_ y la compañía, buenas noches... Estaba encandilado y

no les conocía.

--¿Está durmiendo ya el Sr. D. Felicísimo?

--Todavía están en brega. Han venido tantos señores esta noche que

aquello es la bóveda de San Ginés.

--¿Pues qué, se dan disciplinazos?

--Con la lengua... hablan por los codos, y todo se vuelve manotadas y

_perjuraciones_.

--¿Qué entiendes tú por _perjuraciones_?

--Decir, pongo el caso, _señores, muramos por el Trono legítimo_.

--¿Y todavía están reunidos?

--Todavía.

--Pero di, ¿no ha venido esta noche la policía? Yo creí que a estas horas

D. Felicísimo y su comunidad estaban echando _perjuraciones_ en la

cárcel de Corte.

--Vino la policía, sí señor; vinieron tres y llamaron tan fuerte que la

casa estuvo si cae o no cae. Los señores se asustaron, y D. Felicísimo

les consolaba diciendo: «no hay nada que temer, la policía es la

policía. Que entre el que llama». Yo bajé a abrir la puerta, y se

colaron tres señores de cara de perro con bastones de porra. Subieron, y

al entrar en la sala, se dejaron a un lado las porras y todo fue

cortesía limpia y vengan esos cinco. D. Felicísimo me mandó traer vino y

bizcochos, y bebieron, cosa la más desacostumbrada que puede verse en

esta casa; y uno de los de porra alzó el vaso y dijo: «Por el triunfo de

la monarquía legítima y de la religión sacratísima».

--Brindaron.

--Y los tres tomaron el olivo.

--¿Está Pipaón arriba?

--Es de los más lenguaraces. Cuando brindaron, D. Juan echó no sé cuantos

_loores_...

--¿Y qué es eso?

--Que se sopló mucho, echando fuera toda la caja del pecho, y dijo _loor

a esto, loor a lo otro_.

--¿Se casa con Micaelita?

--Dios los cría y ellos se juntan.

--¿Y te retiras ya?

--Si, porque yo he dicho a D. Felicísimo que estoy enfermo.

--¿A dónde vas?

--Allá--replicó Tablas manifestando en la mirada recelosa que a Salvador

dirigió, que no debía hablar con más claridad.

--Bien--dijo Aviraneta--. Nos veremos luego. ¿Y la Pimentosa cómo está?

--Agria.

--¿Qué es eso?

--Enojada, porque le pica la despensa.

--¿Qué quieres decir? ¿Qué despensa es esa?

--El estómago.

--Es verdad que padece mi señora males de estómago... Aguarda, que me

voy contigo.

Tablas, que había dado ya algunos pasos hacia San Millán se detuvo,

mientras el guipuzcoano, estrechando con el más vivo afecto la mano de

su amigo, lo dijo estas palabras:

--Mañana... y quien dice mañana dice el mes que viene o el año que

viene... estarás conmigo en la _Isabelina_.

-VIII-

Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espíritu de

Salvador un dejo de amargura, y así se esforzaba en apartarlas de su

memoria, considerando que reproducían en pequeño cuadro lastimoso de la

Nación española. La confusión de pareceres, el incesante conspirar con

recursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantes

connivencias de la policía con los conspiradores de todas clases, no

eran cosa nueva para él; pero había cobrado tal odio a estos fenómenos

políticos, manifestación morbosa de nuestra miseria, que de buena gana

se marchara a los antípodas o a cualquier región apartada dónde no oyera

ni viera lo que allí mortificaba sus ojos y sus oídos.

La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes y

la desgracia, habíanle dado elementos bastantes para construir en su

pensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensa

superioridad de esta patria soñada en parangón con la auténtica era en

él motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso decía:--«Mucho han

de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la

política de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y como

yo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para

ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es

ley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, y

que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos

que han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de una

mascarada».

Estos propósitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobre

el mismo tema y hacía las siguientes consideraciones, llenas de buen

sentido y de tolerancia.--«No puede sostenerse en las acciones de la vida

el criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egoísmo. ¿Quién

duda que existen en nuestro país, al lado de esa cáfila de

alborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchos

caracteres nobilísimos, innumerables hombres de buena fe, patricios

desinteresados, verdaderos y leales que se aplicarían a la política y

serían discretos en la idea, enérgicos en la acción y honrados en la

conducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres un

pensamiento feliz y de ayudarles en el desempeño, ¿por qué no he de

hacerlo?».

Después de vacilar un momento se contestaba con amargura:--«Porque no me

creerían. ¿Cómo habían de creerme y hacer caso de mí, si yo también he

sido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un poco

charlatán? ¿Si he sido todo lo que condeno, cómo han de fiar de mí al

verme condenar lo que he sido? ¿Si exploté la industria del pobre en

este país, que es la conspiración, cómo han de ver en mí lo que

realmente soy? No, yo he quedado inútil en esta refriega espantosa con

la necesidad. He salido vivo, sí, pero sin autoridad, sin crédito para

tomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vías rectas y

francas del progreso de los pueblos. Mi destino es callar y

arrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por un

Rufete».

Al pensar esto, el propósito de condenarse a oscuridad perpetua

triunfaba en su ánimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sin

familia y sin afectos era el cenobitismo más triste que puede

imaginarse. Y aquí, en esta lóbrega caverna sin salida, terminaban las

excursiones mentales del misántropo. Pero la salida no era absolutamente

imposible. Si hacía falta una familia, ¿por qué no la buscaba? Hay

ciertos bienes que valen más encontrados al azar que buscados con

cálculo, y es muy general que quien despreció la suerte cuando pasó a su

lado, ande después a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquiera

pintada, o halle cualquier falsificación del bien y la coja gozoso y la

abrace y se desengañe y rabie, deplorando su torpe indolencia.

Quería vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad.

Había renovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que

le recordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre

sus íntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conducta

intachable, su instrucción, su entretenida palabra, tratándose de

referir viajes o verosímiles casos y peligros le dieron muchas simpatías

en todas partes. Había dejado de visitar a Jenara y a D. Benigno Cordero

por razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casas

decentes, a donde concurría lo más selecto de la Corte. Por las noches

gustaba mucho de pasear un poco por las calles antes de retirarse

a su casa, poniendo así entre la tertulia y el sueño un trozo de

meditación trans-urbana de más gusto para él que la más entretenida y

docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, el bullicio

de otras, el rumor báquico de la entreabierta taberna, la canción que

de una calleja salía con pretensiones de trova amorosa, el cuchicheo

de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio del robo

perpetrado, del contrabando o quizás de una broma furtiva; la disputa

entre viejecillas terminada con estrépito de bofetadas... por otra

parte el rodar de magníficos coches; la salmodia insufrible del dormido

sereno que bostezaba la horas como un reloj del sueño, funcionando por

misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de las puertas vidrieras

de los cafés, por donde salían y entraban los patriotas; el triste

agasajo de las castañeras que se abrigaban con lo que vendían tendiendo

una mano helada para recibir los cuartos y otra mano caliente para dar

las castañas; las singulares sombras que hacían las casas construidas

sin orden, unas arrumbadas hacia atrás, las otras alargando un ángulo

ruinoso sobre la vía pública; los caprichos de claridad y tinieblas que

formaban las luces de aceite encendidas por el Ayuntamiento y que podían

compararse a lágrimas vertidas por la noche para ensuciar su manto

negro; el peregrino efecto de la escarcha en las calles empedradas,

que parecían cubrirse de cristal esmerilado con reflejos tristes; el

mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficie se veía como una

capa de moho esmaltada por polvo de diamante, el grandioso efecto de

la helada, que en flechazos invisibles se desprendía del cielo azul

ante las miradas aterradoras de la luna, la deidad funesta de Enero;

la consideración del frío general hecha dentro de una caliente pañosa;

el estrépito de la diligencia al entrar en la calle, barquichuelo que

navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a los perros, ahuyentando

a los chiquillos y a los curiosos;... el buen paso marcial de los

soldados que iban a llevar la orden prendida en lo alto del fusil; el

coro sordo de los mercados al concluir las transacciones, cuando se

cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen los restos; el

olor de cenas y guisotes que salía por las desvencijadas puertas de las

casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonaba allá en lo

profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual había un nombre de

mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o un cartel de toros,

o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato, o una retahíla

de palabras groseras, o una luz mortecina indicando posada, o un macho

de perdiz que cantará a la madrugada, o un cuadrito de vacas de leche,

o un objeto negro algo semejante a un zapato, o una armadura de fuegos

artificiales pregonando el arte de polvorista, o una alambrera cubierta

con un guiñapo, señal de la industria de prendería, o una bacía de

cobre, o un tarro de sanguijuelas... todo esto, en fin, y otros muchos

accidentes de la fisonomía urbana durante la noche, páginas vivas y

reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tedio de su

casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.

Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de

Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto

en su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se le

veían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeda

y los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: se

detenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos

vestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos y

entretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera.

Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo,

compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelo

lleno de castañas, como para calentarse las manos con él...

Avanzaron... desaparecieron por una puerta.

Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombre

cojo, el niño, la placentera unión de los tres, los cuartos sacados del

bolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con la

vendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo...

En vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasar

por allí.

-IX-

El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de un

ligero altercado entre la familia por saber cuál había de acostarse

primero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud se

ampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo en

ella un individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de la

cojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como si

la devanase, sacándola del enredado pensamiento al corriente ovillo del

discurso.

--Cuanto más cerca veo el día--pensaba--, más indeciso y perplejo me

encuentro. ¿Por qué dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, San

Ildefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se ha trocado en vacilación y mi

fe en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto, conciencia

pura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que me

dice: «detente, ciego?...». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, por

ventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntad

o siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me parece más

cariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente...

Entonces, mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esas

calles con babero y chichonera, ¿por qué vacilas, por qué temes?...

Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo, sí, de

inspiración divina... ¡Ah! ya vienen los malditos dolores... ¡todo sea

por Dios! ¡Oh! ¿por qué te me has torcido en el camino del Cielo, oh

pierna?...

Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después de

decir «¡oh, pierna!» lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. A

la mañana siguiente tenía la cabeza despejada, el humor alegre. Lo

primero que leyó cuando le trajeron la _Gaceta_ fue el decreto

convocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a la

princesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le dio

mucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquel

notable suceso, dijo así:

--Para entonces, ya estaremos casados... Es preciso fijar

definitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yo

quiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana que

entra, entran ¡ay! también mis escrúpulos como un tropel de acreedores,

y así estamos y así vivimos.

Parte de los escrúpulos de hombre tan bueno provenían de sentirse

achacoso. No era ya aquel hombre que engañaba al siglo con sus cincuenta

y ocho años disimulados por una salud de hierro, por alientos y espíritu

dignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquella

funesta rotura de la pierna había ocasionado en él pérdida brusca de la

juventud que disfrutaba, y se sentía entrar, con paso vacilante y cojo,

en una región fría y triste que hasta entonces no había conocido. Con

las lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaron

los dolores, complicándose con pertinaz afección reumática, y el pobre

señor estuvo mes y medio sin poder moverse de un sillón.

«¿Apostamos, decía, a que llega también el 20 de Junio y se reúnen las

Cortes y juran a la princesa, y yo no habré soltado aún este grillete

que Dios se ha servido ponerme? ¿Qué presidio es este? ¿Temes, oh, Dios

mío, que marche muy a prisa? ¿Esto es acaso para bien de mí alma,

amenazada de correr demasiado y estrellarse?».

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 4 / 19 段