--Doy a usted otra vez las gracias--dijo esta--, por su amabilidad, que es

más digna de aprecio en una época en que se han acabado los

caballeros... Pronto llegaremos: voy a casa de Paquita de Aransis, la

señora del coronel D. Pedro Rey. ¿Conoce usted a esa digna familia?

--No tengo el honor de conocerla; pero ese apellido de Aransis no es

extraño para mí.

--Es una alcurnia noble de Cataluña. ¿Ha estado usted en Cataluña?...

Quizás haya usted conocido al conde de Miralcamp, que es Aransis, al

alcalde de Cervera, que es D. Raimundo Aransis. También conozco yo en

Solsona una monja Aransis, que es hermana de Paquita.

--¡Ah! sí, la conozco--dijo Salvador prontamente, herido por vivísimos

recuerdos.

--Esa familia está emparentada con la nuestra--añadió la señora, que era

harto redicha para ser momia--. Paquita es tan buena, tan cariñosa, tan

excelente cristiana y tan mujer de su casa... Tiene dos hijos que son

dos pedazos de gloria, según dice el padre Gracián, Juanito que ahora va

a Sevilla a estudiar leyes, al lado de sus tíos paternos, y Perfecta,

que es un perfecto ángel de Dios. La pobre niña ha estado enferma hace

poco con unas calenturas malignas que la han puesto al borde del

sepulcro... ¡Cuánto hemos sufrido! La condesa de Rumblar y yo

alternábamos para velarla... una noche ella, otra yo... Usted conocerá

seguramente a la condesa de Rumblar, y a su hija Presentacioncita, y a

su yerno Gasparito Grijalva, ese tronera, liberalote que concluirá en la

horca...

--Si es liberal, no concluirá en bien.

Salvador tuvo que moderar el paso, al notar que su compañera se sofocaba

bastante.

--Usted--dijo esta, aspirando el aire con celeridad, como un fuelle viejo

que para nutrirse necesita agitarse mucho--, ha vivido al parecer lo

bastante, para conocer a mucha gente, tener muchos amigos y presenciar

multitud de sucesos; pero no lo necesario para ver pasar épocas y

familias, para ver extinguirse las amistades, mudarse las fortunas,

morir las ilusiones y caer en ruinas las cosas más reales de la vida.

--Algo y aun algos de eso he visto por desgracia, señora--dijo Salvador

sorprendido de aquel sentimentalismo que por cierto modo artístico se

avenía bien con el empaque funerario de su distinguida interlocutora.

--¡Oh! caballero--exclamó esta deteniéndose y clavando en él sus ojos que

brillaron como las últimas ascuas de un hachón sepulcral--, ¿no es muy

triste ver tanta cosa muerta en derredor nuestro, y sentir ese frío del

alma que dan las memorias marchitas, cuando pasan? Hacen un murmullo

triste como el remolino de hojas secas, y dan escalofríos como la

llovizna de otoño ¿No es verdad, no es verdad esto?

--Es verdad--dijo Salvador participando de aquel escalofrío.

Y vio extinguirse la chispa funeraria en los ojos de Salomé, porque sus

flacos párpados cayeron como apagadores de iglesia, y dejaron el

amarillo semblante en su primitivo aspecto de cosa completamente

acecinada y seca.

--¡Caballero, tengo un frío horrible!--murmuró la dama temblando--. Vamos a

prisa.

El cielo estaba como suele verse en las noches de invierno, limpio,

estrellado hasta la profusión, hasta el derroche, cual si saliesen a la

bóveda del cielo más astros de los que caben y pugnasen por quitarse el

puesto unos a otros. El aire quieto, sereno, tenía un no sé qué, sólo

comparable al fulgor horripilante de la cuchilla acabada de afilar. Las

estrellas alargaban sus fríos rayos atravesando la inmensa región de

invisible hielo, y la luna, pues también había luna, difundía claridad

verdosa por calles y plazas. El suelo parecía el lecho de un río que se

acaba de secar, dejando al descubierto su limo lleno de fosforescencias.

Tres o cuatro calles atravesó la pareja sin decir palabra, y al llegar a

un portal de mediano aspecto en la calle de las Huertas detúvose la

muerta viva, y sin soltar el brazo del caballero, anunció con una sola

voz el fin de la jornada.

--Ya--dijo con expresión de lástima, y luego fue retirando su mano poco a

poco para llevarla a la cabeza, donde pedían reparación los pliegues de

la mantilla y una guedeja rubia, que desertaba de las filas donde la

había puesto el peine pocas horas antes--. Ya se ha molestado usted

bastante. Bueno ha sido el paseo... y debemos dar gracias a Dios de que

no nos haya visto nadie, porque si nos hubieran visto... ¡Ah! no sabe

usted hasta qué punto es atrevida la calumnia en estos tiempos...

¿Quién me asegura que mañana no dirán de mí herejías sin cuento por

haberme dejado acompañar de noche por usted?

--Señora, creo que no dirán nada--observó Salvador, reprimiendo la sonrisa

que a sus labios venía.

--¡Oh! quién sabe... Ahora todo se juzga por el aspecto malo. ¡Ah! ni la

nieve misma está libre de mancharse o de ser manchada... Retírese

usted... yo comprendo que deseará prolongar la conversación en el

portal; pero no puede ser, no puede ser de ningún modo.

Después de ofrecerle su casa con no pocas zalamerías, rogó al caballero

tuviese la bondad de decirle su nombre para conocer mejor a la persona a

quien debía agradecer galanterías inauditas en una época ¡ay! en una

época calamitosa y estéril en que no había caballeros. Dicho el nombre,

la momia lo repitió con agrado y después dijo:

--¿Militar?

--No, señora, paisano.

--¿Andaluz?

--Alavés.

--¿Y hasta la muerte defensor del trono legítimo...?

--Del trono de Isabel II.

--¿Pues qué? es usted...

--Masón, señora.

Al expresarse así, con la sonrisa en los labios, Salvador creyó que no

merecía respuestas serias aquel interrogatorio impertinente. La momia

estuvo a punto de deshacerse en polvo al oír la nefanda palabra.

Estremecida dentro de sus apolilladas pieles y de sus ajados tafetanes,

llevose las manos a la cabeza, lanzó una exclamación de lástima y

desconsuelo, y por breve rato no apartó del cielo sus ojos fijos allí en

demanda de misericordia.

--¡Masón!--repitió luego mirando al que, según ella, era un soldado de las

milicias de Satanás--. ¡Quién lo diría!

Y señalando con su mano flaca, cubierta de guante canelo, una luz que a

cierta distancia se veía, como farolillo de taberna o café, dijo entre

suspiros:

--En donde está aquella luz se reúnen sus amigotes de usted...

Caballero, si me permite usted que le dirija un ruego, le diré que por

nada del mundo sea usted masón. Todo está preparado para el triunfo de

la monarquía verdadera y legítima, y es una lástima que usted perezca,

porque perecerán todos, no hay duda... Cuando usted me dijo que es

masón, vi... yo siempre estoy viendo cosas extrañas que luego resultan

verdaderas... vi un montón de muertos en medio de los cuales asomaba una

cabeza...

Le tomó una mano, y al contacto del guante canelo, que por su delgadez

apenas disimulaba la dureza de los dedos fosilizados, Salvador sintió

que se le comunicaba un frío glacial, llegando hasta su corazón.

--Aquella cabeza era la de usted--prosiguió la momia--. Usted se reirá;

pero yo no; porque la experiencia me ha enseñado a dar un gran valor a

mis corazonadas, y en el tiempo escaso de nuestro conocimiento he podido

apreciar las notables prendas de usted. ¡Oh! sí, todavía hay caballeros;

pero pronto, muy pronto quizás no haya ninguno. Adiós.

Le estrechó un momento la mano y desapareció dentro del portal, oscuro y

profundo como un sarcófago.

Salvador permaneció un rato en la puerta, mirando al hueco oscurísimo

que se había tragado a su dama de aquella noche, y murmuró estas

palabras:

--¡Pobre señora!... sin duda está loca.

Alejose despacio, sin poder echar de su mente tan pronto como quisiera

la imagen de la fantasma a quien había dado el brazo y que parecía el

duendecillo propio de las heladas y claras noches de Enero en el clima

de Madrid. Después de andar un poco maquinalmente y sin dirección fija,

hallose bajo el farol que poco antes le señalara la mano del guante

canelo.

--El café de San Sebastián--pensó--. Ya que estoy aquí entraré. No faltarán

amigos con quienes pasar un rato.

-VI-

El café no estaba lleno de gente, y en su pesada y brumosa atmósfera se

podían contar los grupos diseminados, y aun las personas. Algunos

individuos, con el sombrero echado atrás, la capa colgando de los dos

hombros o de uno solo, charlaban a gritos entre sorbo y sorbo, sin tocar

asuntos de política, por ser género que no se podía tratar a gritos.

Otros en baja y temerosa voz, cual si pronunciaran algún conjuro sobre

el líquido negro, a quién daban cierto carácter quiromántico los

misteriosos ingredientes de que se componía. Estos señores de la capa

arrastrada y de los codos sobre la mesa y del sombrero hasta las cejas

hundido, eran los arregladores de la cosa pública. Ya desde entonces se

dedicaban con preferencia a esta patriótica tarea de arreglar al país

los hombres sin oficio ni ganas de aprenderlo, que sentían la

irresistible vocación del empleo lucrativo. Algunos lo hacían también

por cierta desavenencia ingénita con el poder público, y los menos por

exaltación de ideas o por leal deseo de labrar el bien de la

muchedumbre. De todas estas especies de patricios había la noche aquella

pocas aunque buenas muestras en el café de San Sebastián.

No había andado Monsalud cuatro pasos dentro del local, cuando se sintió

llamado desde lados opuestos. Acudió allí donde había visto caras más de

su gusto, y después de saludar a varios individuos sentose en la más

apartada mesa en compañía de dos sujetos. Uno de ellos parecía tener con

Salvador amistad antigua y estrecha porque se saludaron con mucho

afecto. Era de edad mediana y buena presencia; llamábase don Eugenio

Aviraneta: su patria era Guipúzcoa y tenía el especialísimo talento de

la conversación, calidad no escasa en España, donde se han hecho grandes

carreras por saber contar cuentos o referir bien o plantear con arte los

asuntos y cuestiones de todas clases. El otro era más joven, de color

pálido tirando a aceitunado, el pelo y cejas de grandísima negrura, la

nariz afilada el bigote corto y espeso, modelado por la navaja de una

manera singular con arreglo a la moda más ridícula que puede imaginarse,

la cual consistía en trazar dos líneas rectas desde las ventanillas de

la nariz a los extremos de la boca, dibujando así un pequeño mostacho

rigurosamente triangular que llevó el nombre de _bigotillo de moco_.

También llevaba el aceitunado personaje una perilla de rabo de conejo, y

en los cachetes patillas o chuletas cortas, también modeladas por la

navaja con un esmero tal que casi venía a confundirse el oficio de

rapista con el arte del escultor. Esto y el breve tupé acompañado de

mechoncillos sobre las orejas estaban declarando a gritos que el remate

y coronamiento de tan singular cabeza había de ser uno de aquellos

ingentes morriones de base estrecha y anchísima tapa, visera menuda y

carrilleras de cobre suspendidas a los lados de la placa frontal. El tal

morrión inconmensurable se estaba viendo, sí, sobre la cabeza de aquel

buen señor por la fuerza de la analogía, aunque estaba descubierto y

vestido de paisano. Pero si por un hilo se saca un ovillo, suele también

sacarse por una cara un morrión, y así se podía decir a boca llena que

nuestro individuo era militar y por más señas _ayacucho_.

--Te presento a mi amigo el capitán Rufete--dijo Aviraneta poniendo en

relaciones a sus dos camaradas--. Y ahora cuéntanos algo, dinos qué es de

tu vida, hombre. Después que eres rico no hay quien te vea.

Hablaron largo rato de cosas de la vida, de viajes, de caza, de

enfermedades, y sin saber cómo pararon en la cuestión magna del día, a

saber, que el Rey no se moría tan presto como algunos pillos quisieran,

que se había decidido jurar solemnemente a Isabelita como heredera del

trono, y que el buenazo de D. Carlos se marchaba a Portugal. Rodó la

conversación de idea en idea, hasta que Aviraneta tocó a Salvador en el

brazo y le dijo con misterio:

--Si quieres encargarte de una misión delicada, no hay ningún

inconveniente en confiártela.

--Ya sé que conspiras, ¿pero por quién?--replicó Salvador riendo--¿Por

Cristina, por D. Carlos o por ambos a la vez?

--Tú me conoces, y sabes que con alas mías no ha de volar ningún

murciélago. Me ha comprometido a explorar los ánimos de la gente liberal

para saber en qué condiciones se podría contar con ella en caso de una

guerra civil.

--Los libres--dijo el _ayacucho_ con énfasis--, están y estarán siempre al

lado de la Princesa, si a la Princesa le ponen por almohada en su cuna

_el mejor de los códigos_.

El llamar _libres_ a los liberales y _el mejor de los códigos_ a la

Constitución del 12 constituía, con otras muchas frases, un estilo

especial que por largo tiempo prevaleció en todas las manifestaciones

literarias del partido avanzado.

--Calle usted, hombre, por amor de Dios--dijo Aviraneta reprendiendo con

un gesto la espontaneidad del capitán--. Los _libres_, como usted dice, y

los liberales, como los llamo yo, están tan divididos que no oye usted

dos opiniones iguales si habla con ellos. Hay multitud de tontos a

quienes no se puede arrancar de la cabeza lo _del mejor de los códigos_;

hay algunos solemnes pillos que por malicia y por tener poder ante la

canalla, gritarán, si les dejan, _constitución o muerte_; hay el grupo

de los _anilleros_ o de los _sabios_, que reniegan de todo si no les dan

las dos Cámaras con Carta, a la francesa, y aun creo que alguien quiere

que haya tres Cámaras, por no parecerle bastante dos. Unos piden que

haya mucha religión sin dejar de haber libertad, mientras los

_iluminados_ desean acabar con la gente de cogulla y quemar los

conventos, para que _suprimidos los nidos no haya miedo de que vuelvan

los pájaros_. Yo he tanteado aquí y allí y he encontrado asperezas que

no es fácil suavizar, y antagonismos que no es posible vencer. Martínez

de la Rosa, Toreno, Burgos y comparsa se niegan a todo lo que sea

revolución, Palafox se aviene siempre con el parecer de Calvo de Rozas,

y Calvo de Rozas, unido con Flores Estrada, ha hecho una constitución

templadita. La quieren tanto, como buenos padres, que si no es

preferida, dicen que no se cuente con ellos para nada. Romero Alpuente y

los exaltados juran y perjuran que no hay más Constitución que la del 12

en todo el globo terráqueo, y que ellos la harán triunfar, pese a quien

pese. Vamos, esta es una casa de fieras, y yo digo que convendría que

estallase la guerra y viniesen grandes peligros para que entonces se

unieran tantas voluntades y se llegara a un acuerdo en lo de la

Constitución definitiva, aunque hubiese siete Cámaras y cuatrocientas

alcobas.

--La Nación soberana--dijo el _ayacucho_ hablando como hablaría Solón--,

decidirá en su día lo que mejor convenga. Un pueblo libre no se

equivoca.

--Con sentencias sacadas de las _Gacetas_, amigo Rufete, poco

adelantamos. Yo veo que las divisiones son hondas, que el partido

liberal, por estar disperso y perseguido, no tiene ya una idea fija y

común sobre nada. El ejército, que antes era amigo de la Constitución

del 12, ahora va donde le llevan, y es realista con el conde de España y

templado con Llauder. Pues bien, en vista de este desconcierto, ¿no es

patriótico intentar la reconciliación de todos los que aborrecen la

tiranía? ¿Qué te parece, Salvador, no es patriótico, altamente

patriótico?

--Me parece tan patriótico como imposible--replicó el interrogado--.

Conozco a mi país, conozco a mis paisanos, he pulsado teclas de

conspiración en distintas épocas; sé el valor que tienen las ideas,

insignificante junto al valor de las pasiones; sé muy bien que a los

políticos de nuestra tierra les gobierna casi siempre la envidia, y que

la mayoría de ellos tienen una idea, sólo porque el vecino de enfrente

tiene la idea contraria.

--Pesimista estás--dijo Aviraneta severamente.

Luego se llevó el dedo a la boca con cierto aire solemne, y levantándose

ordenó con una seña a sus dos amigos que le siguiesen, lo que hicieron

de buen grado Rufete y Salvador, el uno por disciplina de conspirador y

el otro por curiosidad. Atravesando una puertecilla que junto al

mostrador había, pasaron a un cuartucho estrecho y oscuro, formado en el

anguloso hueco de la escalera que a las terulias conducía. Un ruinoso

banco ofreció durísimo y no muy limpio asiento a los tres individuos, y

dábanle compañía algunas cafeteras de largo pico, cajas vacías, escobas

y enormes cangilones destinados a usos distintos. Aquel era el

laboratorio químico de donde salían las ingeniosas mezclas a qué debió

su fortuna el amo del establecimiento (el cual, dicho sea de paso, era

fervientísimo patriota); allí era donde se verificaba la multiplicación

de las raciones de leche, gracias al agua que Dios crió; allí se

fabricaba con diversas sustancias europeas y asiáticas el café de Moka,

y allí las libras de azúcar se convertían en arrobas de la noche a la

mañana, lo mismo que un quidam se convierte en ministro.

Sentáronse en aquello que más parecía nicho que cuarto, y como no tenían

luz, no eran vistos de fuera y podían ver a todos los que desde el café

subían a las regiones altas.

--Aquí podemos hablar cómodamente--dijo el guipuzcoano--, y explicaré mi

idea sin que nadie se entere. Para poner remedio al grave mal que antes

indiqué, he determinado fundar una sociedad secreta...

--Ya pareció aquello--dijo Salvador interrumpiendo con su risa el grave

exordio de su amigo--. En eso habíamos de parar.

--Cállate, no juzgues lo que no conoces todavía... Una sociedad secreta

que se llamará _La Isabelina_ o _de los Isabelinos_.

--Insisto en mi opinión de que se llame de los _Patriotas

isabelinos_--dijo el ayacucho, demostrando en su acento y en la tiesura

de su mano enérgica la importancia que daba al bautismo de la sociedad

proyectada.

--El nombre debe ser breve y sencillo.

--Ya tenemos el masonismo en planta--indicó Salvador--, con sus irrisorios

misterios, sus fórmulas y necedades.

--No, no, hijo, aquí no hay misterios.

--¿Ni iniciación, ni torres, ni orientes?...

--Nada de eso.

--¿Ni vocabulario especial, ni mandiles?

--Nada, nada.

--No habrá más que el juramento de someterse intencionalmente a la

soberanía de la Nación--afirmó Rufete.

--Aquí es todo corriente. No hay misterios. La sociedad trabajará en

silencio, pero sin fórmulas masónicas, y nos llamamos por nuestros

nombres, si bien en los actos y documentos adoptamos un signo

convencional para designarnos.

--¿De modo que la sociedad funciona ya?

--Se está formando. Todavía no hemos tenido una reunión total de

asociados... ¿Cuántos hay en la lista, querido Rufete?

--Trescientos veinte y uno--dijo el ayacucho, que por lo visto desempeñaba

las funciones de secretario.

--No se ha hecho nada todavía, no ha ido a provincias ningún comisionado.

Se necesita uno de toda confianza y muy listo, que vaya a París y

Londres a entenderse con los emigrados que quedan por allá y con otras

personas residentes en el extranjero, y que no nombro porque no puedo

nombrarlas.

--Ya... y ese correveidile que se necesita...

--Correveidile no, sino agente; ese agente que se necesita eres tú.

--Pues te juro--dijo Salvador de la manera más jovial--, que si la sociedad

_Isabelina_ o de los _Patriotas isabelinos_, como pretende el señor... y

se me figura que lo pretende con razón...

--La idea del patriotismo--exclamó Rufete sin poderse contener--, es tan

primordial, que debe ponerse al frente de todas las denominaciones, para

que se grabe más y más en la mente del pueblo.

--Pues, decía--prosiguió el otro--, que si la sociedad espera para

extenderse y prosperar a que yo sea su agente, llegará el Juicio final

sin que de todos los frutos que el país y tú esperáis de ella.

Aviraneta meditaba, la mejilla apoyada en la mano. A cada instante se

oían los pasos de los que subían por la escalera 7, y como esta era

endeble y estaba tan cerca de las cabezas de los tres sujetos, parecía

que se les venía la casa encima siempre que un patriota se encaramaba a

los aposentos altos.

--¡Malditos!--exclamó Aviraneta, en ocasión que subían tres cuatro

mozalbetes metiendo más ruido que los monaguillos en día de repicar

recio--. Esos son los que todo lo echan a perder con sus inocentadas.

Ahora los tiernos angelitos, en vez de chuparse el dedo, han dado en la

flor de jugar a la masonería y al carbonarismo, y entre burlas y risas

tienen arriba sus _Cámaras de honor_ y sus _Hornos_, donde hacen varias

mojigangas, que es preciso denunciar a la policía. Son casi todos

chicuelos con más ganas de hacer bulla que de estudiar. ¡Y qué discursos

los suyos! Es esa una empolladura de oradores que, si no me engaño, ha

de dar a España más peroratas que garbanzos dará Castilla.

--Estos pajarillos cantores--dijo Monsalud riendo--, vienen siempre delante

de las tormentas políticas, anunciándolas con sus angelicales trinos. Es

un fenómeno que observé en la tormenta pasada y que se repetirá, no lo

duden ustedes, en las que han de venir; y así veremos siempre que toda

trasformación política de carácter progresivo viene precedida de grandes

eflorescencias de sabiduría infantil y discursos en las aulas.

--Pues grande va a ser la trasformación--manifestó Aviraneta--, si se ha de

juzgar de ella por lo que chilla esta caterva de pavipollos... ¡Santa

Mónica, cuántos suben ahora, y qué pico tienen! Esa voz... oigan ustedes

qué órgano tan admirable: es González Bravo, un mozo terrorista, más

listo que Cardona y con más veneno que un áspid... Pero, volviendo a

nuestro asunto, nosotros, al fundar la sociedad isabelina, llevamos el

objeto de unificar el pensamiento de los liberales y de traer al

ejército a una idea común que sea precursora de una acción común.

--El ejército está profundamente dividido--dijo Salvador--, pues me consta

que el bando apostólico o _carlino_, como ahora se llama, ha hecho

últimamente grandes adquisiciones en la Guardia Real.

--El ejército es liberal--exclamó Rufete, que no pudiendo estar por más

tiempo callado tomó la palabra con estruendo en la primera coyuntura--.

El ejército se compone de hombres libres que aman _el más perfecto de

los códigos_ y aborrecen la tiranía. Dígase _Constitución_, y el

ejército responderá _Constitución_.

Y echando un poco atrás el sombrero, que debía ser morrión de los de

tinaja invertida, se puso más amarillo y acompañó su alteración facial

de estas patrióticas palabras:

--Muchos hablan del ejército sin conocerlo, y yo, que lo conozco, que

pertenezco a él, que me glorio de pertenecer a él, digo que con

excepción de media docena de traidores, todos somos liberalísimos, aquí

y en América. Yo he estado en América, señores; me he batido en aquellos

colosales combates de Chuquisaca y Cochabamba, y puedo decir que nada

nos consolaba de nuestras privaciones y trabajos como hablar de la

Constitución, pensar en ella y poder escribirla en nuestras banderas

para hacer doblar la rodilla a los indios más bravos. Recuerdo bien que

después de la famosa expedición de Jujuí, nos llegó la noticia del

triunfo de la Constitución en las Cabezas de San Juan, y nos volvimos

locos de contento. Deseábamos, o que nos trajeran a España, o que nos

llevaran allá al bendito Código, y no pudiendo ser ni una cosa ni otra,

celebramos con fiestas, bailes, versos y meriendas aquel gran suceso. La

alegría era general. Algunos tuvimos el proyecto de proclamar la

Constitución en el Perú; pero el traidor de Maroto se opuso. Los

_libres_ deseábamos que la América adoptase el _sistema_, los traidores

no querían sino hierro y sangre; y yo pregunto ahora lo que he

preguntado siempre: ¿quién es responsable de que se perdiera la tremenda

batalla de Ayacucho? ¿Quién?...

--Esa cuestión, querido Rufete--observó Aviraneta viendo con disgusto que

la musa histórica de su secretario remontaba el vuelo en demasía--, ha

perdido su oportunidad. Poco nos importa saber quien lo hizo peor en

América. En cuanto al ejército, ya sabemos que en su mayoría es liberal;

pero usted mismo ha hablado de traidores: traidores hubo en América, y

también los hay en España.

--Aquí tengo la lista--exclamó prontamente Rufete haciendo ademán de sacar

un papel.

--No, no saque usted la lista. Tampoco eso nos importa gran cosa

ahora... Nuestra sociedad cuenta ya con un brillantísimo contingente de

personajes civiles.

--Espere usted--insistió Rufete revolviendo sus papeles--, aquí está.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 3 / 19 段