--No, no admito réplica sobre esto. Lo digo yo y basta--manifestó el

jesuita, fuerte en su autoridad--. Cuando yo he planteado a usted este

problema incitándole a resolverlo, ya se comprende que no puede haber

deshonra para usted. La verdadera deshonra es cerrar los oídos a las

amonestaciones de la Iglesia que dice a los esposos: «amaos, uníos». Los

juicios del mundo son pérfidos y vanos. ¿Debe hacer caso de ellos un

hombre religioso y prudente? No. ¿Cuál es el peor consejero del hombre?

El orgullo. ¿Y el mejor? La piedad. ¿Qué le dice a usted su orgullo? le

dice: «no cedas y muere envenenado por el rencor antes que pronunciar

una palabra indulgente». ¿Qué le dice la piedad? le dice: «perdona para

que seas perdonado»... Sé que hay razones de aparente fuerza; pero yo

he estudiado el asunto con cariño y he visto que lo que usted presenta

como obstáculo no lo es... Dios quiere sin duda que esta obra se

realice, porque desde que la emprendí, estoy viendo con mucha claridad

el camino de ella. ¿Y qué veo? Veo en esa señora el hastío de la soledad

y un deseo muy vivo de establecer en su vida el orden interrumpido; veo

que lejos de guardar a usted rencor lo respeta y lo ama. He podido

llegar a vencer ciertas resistencias que en su alma había, y con poco

que usted me ayude...

--Padre, padre--dijo D. Carlos respirando fuerte, porque estaba abrumado

bajo el insoportable peso del sermón--, eso no puede ser. Hay roturas que

no pueden soldarse nunca, nunca, ni en el cielo. Suponga usted que yo me

retiro a un desierto, hago penitencia, me santifico, muero, me salvo y

entro en el reino de Dios como bienaventurado, más aún, como santo.

Suponga usted también que ella se arrepiente de su mala conducta, que

recibe de Dios aflicciones y justas calamidades, que se pudre en vida,

que se retira a hacer vida claustral, que luego cae en poder de

infieles, que la martirizan, que la queman, que la achicharran, que

muere, que se salva, que es santa, que es pura como un ángel... Bueno,

suponga usted que nos encontramos en el cielo...

--Y ábrazados llorarán lágrimas de perdón--exclamó el padre muy conmovido

y cruzando las manos.

--¡No!--gritó Navarro, y aquella sílaba sonó como un tiro.

El jesuita se quedó perplejo, mirando a su amigo con espanto. No se

atrevía a insistir en su empeño ante la inalterable dureza de aquella

roca en forma humana, que exteriormente tenía todas las escabrosidades

de la peña y por dentro todos los amargores del mar; pero también él, el

jesuita, tenía a falta de aparentes durezas, la constancia y persistente

fuerza de la ola. No creyó prudente insistir por el momento, y

encalmándose sin esfuerzo, bajó la cabeza, echó un suspiro y murmuró en

tono de paz estas suaves palabras:

--Todo sea por Dios. Hablemos de otra cosa.

--Hablemos de otra cosa--dijo Navarro con alegría--. Hábleme usted de otra

cosa, aunque sea de los cucuruchos.

--Tenía que decir a usted no sé qué--indicó Gracián algo confuso; mas

dándose una palmada en la frente añadió--: ¡Ah! ya me acuerdo... Tengo

aquí la apuntación. Un caballero amigo mío, mejor dicho, conocido, desea

hablar con usted. Lo conocí en casa de Doña Jenara.

--¡En su casa!--exclamó Navarro poniéndose más verde, y clavando las uñas

en los brazos del sillón.

--Sí; también D. Felicísimo me habló de él esta mañana... No me acuerdo

de su nombre... pero lo apunté y aquí debe de estar.

Diciendo esto el buen jesuita metía la mano y después el brazo hasta el

codo en el infinito bolsillo.

--No se moleste usted--dijo Navarro tomando la carta de D. Felicísimo que

abierta sobre el velador estaba, y mostrándosela a su amigo--. ¿Es este

su nombre?

--El mismo--replicó Gracián.

Y en el propio instante se abrió la puerta y apareció la cara, mejor

dicho, la zalea con ojos del Sr. Zugarramurdi, el cual no dijo más que

una sola palabra:

--Ese...

Después de mirar un rato muy hoscamente al suelo, Carlos habló así:

--Que entre... Usted, queridísimo padre, me hará el favor de dejarme

solo... Mañana tampoco puedo asistir a la junta, pero me representa el

Padre Carasa. Deseo saber inmediatamente lo que se decida. ¿Vendrá usted

a decírmelo?

Después de contestar afirmativamente con su afabilidad no estudiada, el

dignísimo Padre Gracián salió para seguir repartiendo sus cucuruchos

entre las damas piadosas que sabían apreciar tan interesante objeto

devoto.

-IV-

Bien se le conocía a Salvador la emoción que sentía al verse delante del

guerrillero, y este, que no esperaba hallar en el semblante de su mortal

enemigo otra cosa que desconfianza y altanería, se sorprendió al mirarle

cohibido y algo acobardado, mas no sospechó la razón de esta mudanza.

Mandole sentar y un buen rato estuvieron los dos mirándose, sin que

ninguno se decidiera a hablar el primero. Por fin Carlos rompió el

silencio diciendo:

--No podía desairar a D. Felicísimo... por eso te he recibido,

exponiéndome a las consecuencias de este mal rato. Ya sabes que estoy

enfermo y el médico dice que no debo incomodarme.

--Eso depende de ti. Yo vengo con bandera de paz y decidido a no

incomodarme. Has hecho bien en recibirme. Hace tiempo que te busco, y

ahora que te encuentro te pregunto si crees que no me has perseguido y

vejado bastante.

--¿Quieres que sea bastante ya?--dijo Garrote con sarcasmo--. Pues sea y

déjame en paz. Si no me acuerdo de ti, si te desprecio...

--¡Pobre hombre!--exclamó Salvador--. Tu orgullo dice tan mal con tus

alardes de piedad religiosa... Yo vengo ahora a ponerte a prueba y a

ver si tu alma rencorosa es, como parece, incapaz de todo sentimiento

que no sea el de la venganza...

--¿Vienes a ponerme a prueba?... Con cien mil rábanos, hombre, que seas

benigno--dijo Navarro empezando a enfurecerse--. ¡Y luego me dirá el

médico que tenga paciencia, que no me sulfure, que no se me suba a la

boca y a los ojos la hiel de mis entrañas!... Oye tú, menguado, por no

darte otro nombre, ¿vienes a gozarte en mi desgracia, viéndome enfermo y

sin fuerza para castigar un insulto, o vienes a espiarme por encargo de

los masones? Si es esta tu intención, no necesitas aguzar el ingenio

para descubrir mis acciones. Puedes decir a esos señores que sí, que

estoy conspirando ¡rábano! que hago lo que me da la gana, que trabajo

como un negro por la causa del Rey legítimo y que yo y mis amigos nos

reunimos y nos concertamos, despreciando a este Gobierno estúpido, cuya

policía hemos comprado. Al ejército lo seducimos y lo traemos

habilidosamente a nuestra causa; al Gobierno le engañamos, y a vosotros

los masones de bulla y gallardete os compramos a razón de dos pesetas

por barba. Ea, ya lo sabes todo; ya puedes ir con el cuento.

--Ya sé que conspiras--dijo Monsalud manteniéndose sereno--y no me

importa... Otro asunto me trae, asunto que es de mucho interés para

entrambos, al menos para mí. Dime, ¿no has pensado alguna vez,

principalmente en estos días de dolencias, aislamiento y tristeza, en la

esterilidad de los infinitos medios que has empleado para exterminarme?

¿No te han venido a la mente consideraciones sobre esto, no te has

sorprendido a ti mismo, en ciertos momentos, meditando, sin saber cómo

ni por qué, sobre el hecho de que todos tus actos de venganza han sido

inútiles, y que Dios me ha preservado casi milagrosamente de tus

crueldades?

Mientras esto decía Salvador, le miraba Navarro con cierto asombro que

no carecía de estupidez, y era que, en efecto, había meditado no pocas

veces sobre aquel problema. Sin embargo, por no declarar que su sombrío

interior había sido descubierto, dijo bruscamente:

--Pues jamás he pensado en tal cosa. ¿A qué vienen esas sandeces?

--Estas sandeces--dijo Salvador creciéndose más--son para demostrarte que

Dios, a quien tú, llevado de una piedad absurda, crees cómplice de tus

violencias y de tus sañudas venganzas, es quien te ha burlado y me ha

protegido. ¡Qué bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tus

combinaciones implacables, permitiendo que llegara un día como este, en

el cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro seguía mirándole con estupidez.

--Por muy malo que te suponga--añadió Salvador--no te creo capaz de

conservar tus rencores después de saber que tú y yo somos hijos de un

mismo padre.

El guerrillero saltó en su asiento, como quien oye un insulto. Su cara

se congestionó a borbotones echó de su boca estas palabras:

--¡Es mentira, es mentira!

--¿Mentira, eh? ¿Conque es mentira? Tengo de ello un testimonio para mí

sagrado, escrito por la mano de la persona más querida para mí en el

mundo, y ratificado en su lecho de muerte. Tú puedes creerlo o no, según

se te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber diciéndotelo.

La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo no

puedo quedarme con él todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vaciló entre la ira y la curiosidad.

--Esas cosas--dijo--no se pueden creer sin algo que lo pruebe... ¿A ver,

qué es eso? ¿Qué significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador había sacado un paquete y escogía en él los papeles que quería

mostrar a Carlos.

--Esta es la carta que mi madre me escribió poco antes de morir--dijo

poniéndola en manos de Navarro--. Es la confesión de una falta redimida

por una existencia de penas y oscuridad; es una declaración santa, que

respira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo para

no inclinarse con respeto ante esa vida de abnegación y deberes

trascurrida a la sombra de una vergüenza jamás reparada...

El otro leía, leía. Salvador le miraba leer y mentalmente seguía los

conceptos de la carta. Concluida la lectura Navarro dio un suspiro y

dijo:

--¡Qué sed tengo!... Si quisieras echar agua de la alcarraza en aquel

vaso que allí está y alcanzármelo...

Monsalud le dio agua, y luego que le vio aplacar su sed, diole otros

papeles diciéndole:

--¿Conoces esa letra?

--Son cartas de mi padre--murmuró Navarro, devorándolas con la vista.

--No es ocasión ahora--dijo Salvador--, de hacer comentarios sobre las

promesas hechas en esas cartas y jamás cumplidas. Esas viejas cuentas se

habrán arreglado en otra parte.

Callaron ambos, y Navarro, puesta su alma toda en los ojos, leía las

pocas páginas de aquel drama oscuro, desenlazado ya por la muerte. Al

concluir se quedó mirando al suelo por larguísimo espacio de tiempo, y

luego, evitando el fijar los ojos en su hermano, le dijo lo siguiente:

--Bueno, convengo en que esto no tiene duda. Parece evidente que por la

Naturaleza... Pero no, la fraternidad no se improvisa. Eres hijo de mi

padre; pero no eres ni serás mi hermano.

--Ni lo pretendo, ni me importa tu fraternidad--replicó Salvador

devolviéndole su desvío--. No necesito de ti para nada. Sólo he querido

que sepas cuán cerca nos puso la Naturaleza, mejor dicho Dios, para que

comprendas que el papel de Caín es malo, y hasta desairado.

--Una carta vieja no puede hacer de dos enemigos irreconciliables dos

hermanos queridos... Convengo en que no puedo perseguirte más: la

memoria de mi buen padre, aquel valiente caballero que murió por la

patria, se interpone y te salva...

--Antes me salvaré yo con la ayuda de Dios--dijo Salvador con desprecio--.

No he venido a solicitar la indulgencia, que no necesito.

--Pues yo te la doy, ¡cien rábanos!--exclamó el guerrillero sulfurándose--.

Mira, dame agua otra vez; tengo mucha sed; tu secreto me sabe a hiel y

vinagre.

Bebió, y después, cavilando un poco, dijo como si masticara las

palabras:

--Además, antes de hablar de reconciliación es preciso determinar bien

quien es el ofendido y quien el ofensor. Te quejas de que te he

perseguido y hablas de mis crueldades. Pues yo digo que tú eres el

monstruo, tú el criminal, tú el indigno de perdón.

--Acuérdate de aquellos días del año 13, cuando se dio la batalla de

Vitoria--dijo Salvador con violencia--. ¡Oh! fuiste tú quien me provocó.

--¡Fuiste tú!

--¡Tú!

--Repito que tú.

La disputa se agriaba. Salvador quiso calmarla con un ademán de

conciliación. Navarro respiraba como quien se va a ahogar.

--Mira--dijo con desabrimiento--lo mejor es que te vayas.

--Antes has de oír lo que voy a decirte.

--Pues di.

--Sí, sostengo que fuiste tú quien primero entabló nuestra rivalidad, no

por eso desconozco que cometí después faltas graves, que te ofendí...

--¡Lo confiesa el menguado!...

--Yo no soy como tú; yo no tengo el orgullo de mis crímenes, ni los

defiendo, por ser míos, contra la razón y el derecho de los demás.

--¡Me has ofendido, y de qué modo!--exclamó Carlos que era todo acíbar--.

Con cien vidas que tuvieras no pagarías tu delito... ¡y vienes a

amansarme ahora con la pamplina de que somos hermanos, hermanos por la

casualidad, por el capricho!... Peor, peor mil veces para tu conciencia.

--Si fuéramos a hacer un análisis--manifestó Salvador--, de todo lo que ha

pasado entre nosotros desde el año 13, asignando a cada uno la parte de

responsabilidad y de culpa que le corresponde, creo que todos

quedaríamos muy mal parados. Bien sé que hay culpas completamente

irreparables en el mundo, y ofensas que no se pueden perdonar. Así, mal

que le pese a nuestro flamante parentesco, no podemos ser nunca amigos.

Pero...

--¿Pero qué?

--Pero debemos extinguir hasta donde sea posible nuestros odios,

considerando que hay un tercer culpable a quien corresponde parte muy

principal de esta enorme carga de faltas que tú y yo llevamos...

Navarro no le dejó concluir la frase; se levantó y alargando la mano

como en ademán de tapar la boca a su hermano, gritó de este modo:

--No la nombres, no la nombres, porque volveremos a las andadas... Has

puesto el dedo en la herida de mi corazón, que aún mana sangre y la

manará mientras yo viva... ¡Desgraciado de ti, que al ponérteme delante

no puedes excitar en mí la clemencia de la fraternidad sin excitar al

mismo tiempo el bochorno de la deshonra! ¿Cómo he de acostumbrarme a ver

con sentimientos cariñosos a la misma persona a quien he visto siempre

con horror?... Déjame en paz. Ya sé que no te puedo matar. Esto basta

para ti y para mí. Márchate.

Se quedó tan ronco que sus últimas palabras apenas se entendían...

Después de hablar algo más con ronquidos y manotadas, pudo hacerse oír

nuevamente.

--Aguarda... La úlcera de mi vida, lo que me ha envenenado el cuerpo y

ha trasformado mi carácter haciéndole displicente y salvaje, ha sido mi

deshonra. Este puñal, Dios poderoso, ¡cuándo se desclavará de mis

entrañas!... ¡Este cartel horrible que en mi frente llevo, cuando

caerá!... Soy un menguado, porque no he sabido castigar. ¡He cortado las

ramas y he dejado crecer el tronco! Pero el tronco caerá: ese es mi

afán, esa es mi locura... Bien sabes que la infame--añadió expresándose

con mucha rapidez en voz baja--, lejos de corregirse, progresa

horriblemente en el escándalo... Me han dicho que tú también la

desprecias... Pues bien, unámonos para castigarla... Merece la

muerte... Castiguémosla y después... después seremos hermanos.

--Veo--dijo Salvador horrorizado--que estás tan enfermo de alma como de

cuerpo. No me propongas tales monstruosidades. Estás demasiado embebido

en los hábitos y en las ideas del guerrillero para pensar

razonablemente.

Al furor sucedió el abatimiento en la irritable persona de Carlos, y por

largo rato no dio señales de vida. Salvador le dijo:

--Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. Pensando en un castigo

imposible, te envenenas el alma. Renuncia también a la agitación de la

política y no conspires, no seas instrumento de ambiciones de príncipes.

Retírate a nuestro pueblo, busca en la paz la reparación que necesitas y

cúrate con la medicina del olvido.

--¡Retirarme al pueblo!...--exclamó Carlos alzando los ojos para mirar de

frente a su hermano--. ¿Para qué? ¿para sentir más el horrible vacío de

mi alma y la soledad en que vivo? La agitación de estas luchas civiles y

el afán de hacer algo por una causa justa, me distraen haciéndome

llevadera la vida; pero la soledad del pueblo me abate y entristece de

tal modo que si yo pudiera llorar, lloraría sobre los muros de mi casa

desierta. Si al menos encontrara allí familia, algún pariente, amigos,

antiguos criados... pero no; nadie. Mi casa parece un panteón; y las

calles de la Puebla repiten mis pasos como ecos de cementerio. Los

recuerdos son allí mi única compañía, y los recuerdos me asesinan.

--Lo mismo me pasa a mí--exclamó Salvador--. Sin familia, solo, privado de

todo afecto, parece que estoy condenado, por mis culpas, a vivir sobre

el hielo. También yo he visitado hace poco nuestra villa y se me han

caído las alas del corazón al verme forastero en mi pueblo natal.

--A mí me perseguían de noche no sé qué sombras que salían de aquel negro

caserío. Todos los perros del pueblo me ladraban ¡mil rábanos! con furia

horripilante.

--También a mí. Encontré algunas personas y me reconocieron; pero me

miraban con mucho recelo, como si fuera a quitarles algo.

--Me pasó lo mismo. Entonces conocí cuán triste es no tener a nadie en el

mundo a quien confiar una pena del corazón, una alegría, una esperanza.

--Yo también. Y entonces me sentí viejo, muy viejo.

--Lo mismo yo. Y dije: «si yo tuviera junto a mí a un ser cualquiera,

aunque fuese un niño, no saldría a los campos en busca de aventuras, ni

me afanaría tanto porque reinase Juan o Pedro».

--Igual he pensado yo... Si algo me consolaba en aquella soledad lúgubre

era el recordar cosas de la niñez. ¡Y las veía tan claras cuando pasaba

por los sitios donde solíamos jugar, por el sitio donde estuvo la

escuela, por el atrio de la iglesia y el puente, y casa del tío Roque el

herrero...!

--Pues yo me pasaba las horas muertas reproduciendo en mi memoria

aquellos días... ¡Cuántas veces me acordé de la pobre Doña Fermina tu

madre! ¡Era tan buena!... ¿No se ponía a hacer media sentada junto a una

puerta que hay a mano derecha como entramos en el patio?

--Sí, sí.

--Y me parece ver al Padre Respaldiza, contando chascarrillos, y a

aquella Doña Perpetua que vivió más de cien años. Yo recuerdo que tu

madre me agasajaba mucho cuando yo, jugando contigo y con otros

chicuelos, me metía en el patio de tu casa. Me abrazaba, me besaba y me

ponía sobre sus rodillas; pero yo me desasía de sus brazos para correr y

subirme a un montón de vigas... ¿No había un montón de vigas en el

patio?

--Sí, sí.

--¿Y no tenía tu madre muchas gallinas?

--Sí.

--Un día reñimos por un pollo y nos dimos de bofetadas tú y yo. Otro día

nos hicimos sangre a fuerza de darnos porrazos y quedamos como dos

_Ecce-homos_... Después...

Navarro dio un gran suspiro diciendo luego:

--Parecía que estábamos destinados a una rivalidad espantosa por toda la

vida... Un día, cuando ya éramos grandecitos, volvíamos de componer un

aro de hierro en casa del tío Roque, y encontramos a Jenara que salía de

la escuela...

Aquí concluyeron los recuerdos. Como una luz que se apaga al soplo del

viento, Navarro cerró la boca, apretó los labios fuertemente cual si

quisiera hacer de los dos un labio solo, frunció las cejas haciendo de

ellas como un nudo encargado de contener y apretar toda la piel de la

frente, y descargó al fin la mano con tanta fuerza sobre el brazo del

sillón, que a punto estuvo este buen inválido de saltar en astillas.

--Parece imposible--dijo después--que basten algunos años para que los

ángeles se conviertan en demonios, y los hombres en fieras... Tú,

oye...--añadió con altanería--, no hagas caso de mis habladurías... dígolo

por si se me ha escapado alguna frase que indique disposición a

perdonar, blandurillas de corazón u otra cosa semejante, indigna de mi

carácter entero y de mi honor. Ella será siempre para mí el tormento y

la mala tentación de mi vida, y tú... un hombre a quien no veo ni podré

ver nunca sin violentísima antipatía. Haz aprecio de mi rara franqueza,

ya que no puedas apreciar en mí otra cosa... ¿Quieres que te lo diga

más claro? Pues lo mismo me quemas la sangre ahora que antes. Desconfío

de tus palabras, desconfío de tus acciones, desconfío de nuestro

parentesco, que bien puede ser tramoya inventada por ti, desconfío de

tus arrepentimientos, y como ha de serte más difícil ganar mi voluntad

que ganar el cielo, será bien que me dejes en paz y que no vengas acá

con hermanazgos ni embajadas sentimentales, porque otra vez no tendré la

santísima paciencia que ahora he tenido: ya me conoces, ya sabes mi

genial. Esta enfermedad del demonio me ha echado cadenas y grillos; pero

yo sanaré, con mil rábanos, sanaré, y te juro que no habrá quien me

sufra. ¿Has oído bien? no habrá quien me aguante... Las bromas que yo

gasto pasan por barbaridades en el mundo... No me busques, pues, y yo

te prometo que no te buscaré. Es todo lo que puedo hacer.

Diciendo esto le señaló la puerta. Era ya casi de noche, y en la

sacristanesca pieza oscura cada uno de los personajes veía a su

interlocutor como si fuera su propia sombra. Levantose Salvador de su

asiento y despidiose del guerrillero con esta lacónica frase:

--Adiós. No te buscaré. Si llegas alguna vez a mi puerta, según como

llames a ella te responderé.

-V-

Salió, y cuando iba en busca de la puerta por el pasillo, que oscurísimo

como la caverna de Montesinos estaba, tropezó con un bulto, el cual, por

el agudo chillido que siguió al choque, demostró ser mujer y mujer muy

sensible.

--Brutísimo, salvaje... ¿no tiene usted ojos en la cara?--gritó la voz--.

¿Qué modos son esos?

--Señora--dijo Salvador quitándose el sombrero, mas sin ver gota--,

dispénseme usted. Ojos tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz en

el pasillo. Buscaba la puerta...

--¿Y soy yo acaso la puerta, señor majadero?... ¡Qué consideraciones

gastan con las señoras los hombres de esta casa!...

Hablando así la dama abrió la puerta y con la claridad indecisa que de

la escalera venía pudo Salvador verla y advertir que parecía dispuesta a

salir también. Llevaba mantilla negra y una dulleta en cuyo adorno

habían entrado pieles de diversos animales domésticos, hábilmente

combinadas con galones que siglos antes lucieron en la túnica de algún

santo o en el valiente pecho de algún oficial de guardias walonas.

Salvador, que había visto algunas veces a la dama, la conoció.

Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia más lastimosa que

risible.

--Vuelvo a pedir a usted mil perdones--le dijo--, por mi torpeza... Veo

que también sale usted, señora, y si me lo permite tendrá mucho gusto en

acompañarla.

--Gracias, muchas gracias--replicó la momia dando en dirección a la

escalera algunos pasos en los cuales se advertía marcado prurito de

agilidad--. Yo también necesito excusarme por haber dicho a usted algunas

palabras inconvenientes, confundiéndole con ese hombre basto, ese

Zugarramurdi, que es un mueble con andadura.

Salvador le ofreció el brazo que ella no tuvo inconveniente en aceptar.

Bajando la momia, arrojó de sí esta pregunta, metida dentro de un

suspiro:

--¿Es usted amigo del Sr. D. Carlos?

--Sí, señora.

--Si no me engaño, es la primera vez que viene usted a casa. ¡Ah! esto

parece la casa de Tócame Roque, según la gente que entra y sale. Y no es

toda gente de principios, ni se nos guardan los miramientos que nos

corresponden. No extrañe usted que me admire de su urbanidad, pues

vivimos en una época en la cual se puede decir que no hay caballeros...

¿Por ventura es usted el que estaban esperando?

--Sí, señora, me esperaban...--indicó Salvador por decir algo.

--El que esperaban de Cataluña, para empezar la danza... ¡Pero ha visto

usted, caballero, qué estupidez! pretender que esta nación heroica sea

gobernada por una reina en mantillas.

--Una necedad, sí señora.

--Porque usted será indudablemente de los primeros espadas en esta

sacratísima guerra que se prepara.

--De los primeros no... mas...

--No sea usted modesto. La modestia es compañera inseparable del

verdadero mérito--dijo la dama trayendo a los labios con no poco trabajo,

desde el fondo de su alma seca una gota de fiambre dulzura--. Quizás me

equivoque, ¿pero no es usted D. José O'Donnell?

--No soy O'Donnell.

--¿No es usted comisionado de la Regencia secreta que se ha formado en

Cataluña, presidida por el prepósito de los Jesuitas? Yo estoy al tanto

de todo, y conmigo, caballero, no valen los misterios.

--Juro a usted, señora, que no soy el que usted supone.

--¿Ni tampoco el coronel D. Juan Bautista Campos, que tiene en el hueco

de la mano, como quien dice, a los voluntarios realistas de media España?

--Tampoco.

--Mire usted que soy algo pícara--dijo la momia contrayendo de tal modo el

amojamado rostro para sonreír, que Salvador, al mirarla, tuvo algo de

miedo--. ¡Oh! no me falta penetración, y en punto a relaciones con

personas comprometidas en la causa del trono legítimo, no habrá

seguramente quien me gane... Caballero, ¿sabe usted que hace un frío

espantoso?

Salvador notó que la dama se agarraba más fuertemente a su brazo. Al

sentir los puntiagudos dedos de esqueleto y el roce de los viejos

tafetanes del vestido, así como el de las pieles impregnadas de olor de

sepulcro, sintió que era una verdad aquel frío glacial de que la dama

hablaba.

--Hace mucho frío, sí señora.

--Y las calles están muy solitarias. Si fuera usted tan bueno que

quisiera acompañarme hasta la casa adonde voy de visita...

--Con muchísimo gusto, señora.

--Es cerca: junto a San Sebastián.

--Media legua--dijo para sí Monsalud; pero no teniendo ocupaciones, dio

por bien empleado el paseo en obsequio de una desvalida señora que tan

bien parecía agradecerlo.

Un faccioso más y algunos frailes menos · 第 2 / 19 段