Ido el médico, formóse en torno á la mesita central el corro femenil.
Julia estaba en él. Mauricio, entreabriendo los ojos, veia su silueta
destacándose en el claro oscuro del cuarto, blanca, ligeramente pálida
en su vestido de luto.
Tenía en la mano un trozo de tela de lino que deshilaba con sus rosadas
uñas, colocando cuidadosamente las hebras extraidas en un papel de
seda, abierto sobre la mesa.
--Se dá Vd. un trabajo inútil--díjole la señora de Sanabria.--Yo he
traido un paquete de hilas de la botica.
--Quién sabe qué manos las hicieron y de qué tela.
--Julia tiene razon. Ejemplo: Fernando B... padeció dos años de un
cortesito en la mano, convertido en una grande llaga, por el uso de
ciertas hilas que, averiguado su orígen, resultaron ser despojo de la
sábana de un enfermo de viruelas.
--¡Qué horror!
--¿Y ha escrito Fernando B...?
--De todos los lugares donde se ha detenido: de Barcelona, de Valencia,
de Sevilla. Encantados él y Carmencita.
--¡El, desde luego! Es su patria.
--Pues, hé ahí, que, en la ciudad natal, Madrid, aguardábale un gran
pesar; uno de esos pesares que es necesario haberlos sentido para
poderlos comprender.
El dia mismo de su llegada á la Corte, hijo amante, fué á visitar los
sepulcros de sus padres, que, diez años antes, había dejado con un
adios de lágrimas y plegarias.
Pero al llegar al sitio que antes ocupaba el cementerio, no pudo
reconocerlo. Reemplazaban al fúnebre recinto, calles y edificios....
--¡Ay! ¡padre querido!--murmuró Julia, juntas las manos--¡quién me dice
á mí, que cuando algun dia me sea dado ir á buscar tus amados restos,
no encuentre desaparecido el sepulcro que los guarda!--
Mauricio envió una execracion al destino, que le negaba la dicha de
realizar para Julia esos anhelos, que constituian la felicidad de su
alma.
Execró, sobre todo, la vanidad de esa utopía que tanto tiempo había
mecido sus ensueños. Querer es poder...
--El relato de Vd. misia Laurencia, ha entristecido á Julia.
--Pésame de ello. En verdad, que estas pláticas en que se mezcla el
dolor, despiertan siempre écos de reminiscencia en algun corazon.
Hablemos de otra cosa.
--¡Qué bien duerme nuestro enfermo! Si parece que no respira.--
Era que Mauricio comprimía el aliento para mejor escuchar el cuchicheo
de aquellas nimiedades que, inmensamente, sin embargo le interesaban,
porque Julia tomaba parte en ellas.
--Es hora de renovar el apósito; pero el doctor ha recomendado que se
le guarde el sueño.--
A la idea del contacto de esa mano que iba á posarse en su pecho,
Mauricio sintió un estremecimiento delicioso que le recordó la leyenda
del condenado que, camino del infierno, se despeñó en una sima y....
cayó en el cielo.
--Al cabo llega Vd., Renata.
--¡Ah! señorita Julia, en este momento acabo el arreglo de los cuartos.
¿Cómo vá el caballero? ¿Debe tomar alguna bebida?
--Orchata con hielo. Vaya V. á traerla de la Confitería «La Gema.» No
de otra parte, porque allí la hacen deliciosa. Al volver, compre Vd. de
paso el hielo en cantidad bastante á cubrir la garrafa. Porque el hielo
dentro del líquido, es malsano.
--Yo creía que la mejor orchata es la que se hace al minuto: pisando la
almendra en el momento de confeccionarla.
--Yo tambien creía eso; pero un dia tomé una orchata en «La Gema» y
declaro que es esquisita.
--Qué magníficos aguinaldos han llegado á esa confitería; qué lujo y
variedad de bombones; qué delicadas masas, y los dueños, los hermanos
Baez, tan afables y corteses.