El Director del diario en que Mauricio escribía, vino á visitar á su
empleado.
Fué entónces preciso que el que fingía dormir, se despertara.
El distinguido hombre de mundo saludó al grupo femenino con galante
cortesía.
--Perdon, señoras mias,--dijo inclinándose respetuoso.--La oscuridad
y el silencio me hicieron creer que el enfermo estaba solo. Grande ha
sido mi sorpresa encontrándolo rodeado de tan amable asamblea.
--Confiese Vd., señor, que su verdadera sorpresa fué nuestro
silencio--repuso misia Laurencia.--Pero Vd. se engañaba: charlábamos;
bien que con el secreto que es el fuerte de las mujeres--concluyó la
viejecita, guiñando un ojo con espiritual picardía.
El Director rió del chiste.
Luego, acercándose á Mauricio, informóse del estado de su salud; habló
con él de los asuntos del diario; de la importancia de algunos de sus
trabajos editoriales.
Despues, abordando la broma.
--¡Ah! señor folletinista--le dijo, volviéndose hácia las señoras para
generalizar la conversacion;--Vd. ya no se contenta solo con escribir
dramas y romances: los pone en accion.
Y dando una furtiva mirada á la esbelta figura de Julia:
--Veo venir el idilio--prosiguió.--A éste seguirá un epílogo.....
y..... un dulcísimo punto final.
A estas palabras, por un impulso unísono de misteriosa intuicion,
Julia y Mauricio, volviéronse el uno hácia el otro, y sus miradas se
encontraron.
Desde esa hora, ambos supieron que se amaban.
Nada de ello tampoco escapó á la perspicacia del Director. Sonrió
con la benevolencia que las altas inteligencias acuerdan á estos
juveniles poemas de la vida: y se despidió, recomendando á las señoras,
no engreir á su enfermo, y devolverlo cuanto antes á las luchas del
periodismo, la más fortificante de las convalecencias--añadió riendo.