Cuando el silencio, así en torno suyo como en el vecino cuarto,
despertó á Mauricio de su profunda absorcion, encontróse con la pluma
en la mano, de pié é inclinada la cabeza ante la cortina de damasco
azul... ¡escuchando!
Detrás de él, en una esquina de la mesa, primorosamente servido, entre
un dorado pan y una botella de vino, yacía un apetitoso almuerzo
enteramente frio.
Aquellos exquisitos manjares parecían resentidos: el bife hacía una
mueca, y la tortilla tenía todo el aire de una coqueta ofendida.
Solo las primaverales fresas, agrupadas en su fruterito de porcelana,
sonreían á Mauricio y le decían con su incitante perfume--gústanos.
Nosotras somos buenas y perdonamos tu desvío.
Avergonzado de su indiscrecion, apenas tocó el almuerzo. Tomó un bocado
de pan, dos fresas y un dedo de vino. Y como sintiese los pasos de
Renata, volvió de nuevo á su trabajo, agachado sobre el papel, para
evitar la mirada fisgona de la camarera.
Pero en vano: la parlanchina francesa habíase propuesto tirarle la
lengua, y mientras quitaba el cubierto:
¡Lástima de solomito!--decía;--¡lástima de dorada fritura! Ni con el
lábio las ha tocado.--
¡Nada! Mauricio, pegado á la cuartilla, no se daba por entendido; y
escribía, escribía.
Y la pícara, en su empeño, continuaba:
--Pero si no ha comido ni el peso de un adarme. Un cachito de pan y
medio trago de vino. ¡Jesús! no lo haría peor un cartujo.--
¡Nada! Más pegado todavía á la cuartilla, Mauricio, callando como un
muerto, escribía, escribía.
La astuta camarera, dando otro giro al ataque:
--¡Poder de la curiosidad!--exclamó.--Dos jóvenes charlan en la
vecindad. ¿Qué dicen? Fruslerías, fruslerías, que, sin embargo, el
señor, de pié, quietecito y el oído en acecho, escucha, al parecer, tan
absorto, que no me siente llegar, ni el ruido que hago al servirlo.--
Con gran contento de la pillastrona, aquella bomba produjo el efecto
deseado.
Mauricio se enderezó; y volviéndose vivamente hácia ella:
--Mi buena Renata--díjole estrechando sus manos--espero que esas
señoras no quieran hacerme un calvario por el inocente placer de haber
escuchado, no sus palabras, sino el éco dulcísimo de su voz.
--¡Vaya! no le harían á Vd. un calvario y sí hasta dos, si lo supieran.
Pero, ¿quién ha de decírselo? No seré yo, por cierto; yo, que cuando
estaba allí con ellas, ya imaginaba que usted estaba ocupado en
escucharlas. Porque, señor, para juzgar de los otros con acierto, no
hay como poner la mano sobre el propio corazon.
Así, cuando encontré á Vd. extático, no lo tomé á novedad.
--¿Entónces, Vd. me absuelve y no cree que he procedido mal?
--No, por cierto. ¿Qué daño hácia Vd. á esas señoritas en escucharlas?
--Es Vd. una excelente jóven; una verdadera francesa por su bondad y
honrada indulgencia.
--El señor me favorece. Pero en verdad, nada tan natural. Un jóven se
encuentra solo, encerrado como en una prision; oye de repente, cerca de
sí, voces frescas que ríen y hablan; y aunque digan nimiedades que él
no entiende, interésanle esos misterios femeninos y escucha. A fé mia,
yo hubiera hecho otro tanto.
--Querida amiga, me alivia Vd. de una penosa preocupacion. Yo estaba
confuso, avergonzado.
--¡Oh! ¡bah! pues yo pienso hacer más: quiero presentar á Vd. las
señoras de esta casa; quiero que vengan á que Vd. haga con ellas íntimo
conocimiento.
--¡Qué dice Vd. presentarme á ellas!
--Usted á ellas, no; ellas á Vd.
--¿Cómo puede ser eso? Vd. se burla.
--Ya verá Vd.--dijo ella con misteriosa sonrisa.
Y salió, cerrando tras sí la puerta.
Mauricio se quedó dando vueltas en torno al enigma que había dejado
ante él la traviesa sirvienta; en la mente, la imágen ideal de Julia
Lopez; en el corazon, el éco dulcísimo de su voz.