--¡Oh! qué pesados son estos vestidos de abrigo--decía cerca de
Mauricio, con acento quejumbroso, una voz dulcísima. Y se oia el caer
de pesadas ropas sobre los muebles.
--¡Por Dios! ¡hay algo tan brutal como imponer al delicado cuerpo de la
mujer este abrumador astrakan y el no menos insoportable bombasí!
Era necesario, era preciso, como dice Cienfuegos, que esos
confeccionadores de la moda: Wort, Bowctlaw y sus semejantes,
estuvieran locos, ó que se hubieran confabulado contra nosotros.--
Y con un suspiro de alivio:
--¡Ah!--decía--paréceme haber echado de mí dos toneladas.
--Poco te queda que sufrir--contestaba otra voz, tambien dulce y jóven.
--Ya rie la primavera con su florido aspecto.
--Bendita sea ella; y bendito el verano con sus lijeras gasas y
sencillas galas.
Renata déme Vd. mi baton de cachemira. Gracias... ¡Ah! ¡qué liviano es
esto! y al mismo tiempo qué abrigado.
--¡Y qué lindo!--añado yo.--¿Quién te lo hizo?
--¿Quién ha de ser? Julia Lopez, tu servidora.--
Mauricio sorprendió á su corazon estremeciéndose al escuchar este
nombre.
Y cuando la emocion se lo permitió--¡Qué bien te está!--oyó decir.
--Lo hice por los últimos modelos de «La Estacion»; así, en cuanto la
severidad del luto lo prescribe.
--Feliz tú, que puedes emanciparte de la odiosa tutela de las modistas.
--He ahí la única ventaja del pobre sobre el rico; servirse á sí mismo.
--Sin embargo, he aquí, Renata, que está sirviéndote en este momento.
--Como una amiga, ¿no es verdad, Renata?
--¡Oh! sí, señorita Julia; y con mucho gusto mio. ¡Es Vd. tan buena!
--¡Ja! ¡ja! ¡ja! Quitándome lo malo: ya se vé.......
¡La campana del comedor!
--Es prevencion.
--¡Dios mio! ¿Qué hora es?.... ¡Las diez y media! ¡Cómo pasa el tiempo!
Una clase en el colegio, á dos pasos de aquí; una leccion de piano; ¡y
ya las diez y media!
Alicia, quédate á almorzar con nosotras.
--Imposible: me esperan en casa.
--Que no te apure eso, mi hijita.
Renata haga Vd. el favor de avisar por el teléfono que la señorita
Alicia nos acompaña á almorzar.
--Entónces voy á dejar el abrigo y el sombrero.
--En la alcoba, sobre la cama; porque luego vendrán las muchachas, que,
entre clase y clase, todo lo manipulean.
--¿Y tú no cambias vestido?
--No. Ajusto mi baton con esta cintura de largos lazos; al cuello esta
corbatita abullonada como el extremo de las mangas. Así, ¿vés?
--¡Oh! perfectamente...... ¡con una gracia!.....
--Algo teatral, ¿eh? Sabe que por el régimen interior de ésta casa, las
jóvenes gozamos de una entera libertad en el vestir; y gracias á la
excelente idea de excluir á los hombres de nuestro domicilio, podemos
añadir á las galas del _déshabillé_, lo picante del capricho.
Así, nada tan pintoresco y gracioso como nuestra _toilette_ en la mesa,
en los paseos al jardin, y en las visitas de vivienda.
_Toilette_ sencilla, pero con el realce de caprichosas fantasias. La
túnica griega, el peplum romano, la castellana escarcela.....
A propósito ¿dónde está la mia?..... ¡Ah! hela aquí. Ayer la llevé en
la comida. Por más señas, á los postres, llenéla de confites..... ¿Vés?
deja que te ponga uno en la boca.
--Esquisito. Simula una almendra y tiene todo su sabor.
--Sí, porque es el jugo de esta, condensado. Producto de la Confitería
del Lampo: esto lo dice todo.
--Cierto. Qué manos mágicas confeccionan cuanto sale de ese maravilloso
emporio de lo rico, suculento y bello.
--Dicen que sus propietarios van á realizar grandes mejoras en ese
establecimiento, ya tan acreditado. Entre ellas, hablan de salones
magníficos, sobre todo el destinado á las señoras, decorado con
esplendor y rigurosamente reservado para ellas.
--Sin duda, los Partiano se han inspirado en el espíritu de esta casa.
--¡Excelente inspiracion! amable galantería que debemos agradecer,
aunque solo fuera porque nos librara á la hora de los helados, del
insoportable olor del tabaco, esa pestilente atmósfera de todos los
sitios frecuentados por los hombres...
La campana del comedor sonó otra vez.
--¿Vamos?
--Vamos.
--Dame el brazo y permíteme ser tu caballero.--