Mauricio llegó á Burdeos cuando el vapor «Senegal» aguardaba á sus
pasajeros en la rada de Pouillac.
Quedábale una hora, que empleó en la visita de adios á un amable
anciano, un digno funcionario argentino, que, más de una vez, habíalo
halagado con su aprobacion y felicitaciones, cuando en la prensa
francesa, Mauricio había alzado la voz para defender los intereses del
Plata.
¿Quién no conoce por su patriotismo y su caballerosa hospitalidad al
Sr. Santa Coloma, Vice-Cónsul Argentino en Burdeos?
El distinguido porteño acojió al jóven compatriota con cariñosa
conmiseracion.
Por los diarios de Buenos Aires y su propia correspondencia, éranle
conocidas sus desgracias y su noble abnegacion.
Deploró los desastres con que la Providencia había
querido--díjole--probar su fortaleza. Y mezclando á sus frases de
condolencia, palabras de aliento, exhortólo á la entereza, á la
serenidad, á oponer á la desventura, el valor y la resignacion.
Conociendo su fuerza en el periodismo, aconsejóle seguir en él, y
preferir para ofrecerle sus trabajos un órgano neutral, en que pudiera
alejarse de la política de partido, que tanto amengua al hombre, y
militar en la de ecleptisismo, que lo eleva y dignifica.
--Ahora--terminó, consultando su reloj--venga un abrazo.... fuerte....
así, bien fuerte.
Me privo del gusto de presentar á Vd. mi gente, porque están
tristísimas con la despedida de una amiga que se marcha, precisamente,
por el mismo vapor que Vd..... ¡Ah! hé ahí, por ejemplo, un modelo de
valor y de resignacion: esta jóven hija de Buenos Aires, vino hace tres
años para perfeccionarse en sus estudios musicales. Su padre, ingeniero
en comision, regresó á Buenos Aires dejándola en casa de una parienta
lejana.
En estos tres años, hizo Julia progresos que maravillaron á pianistas
de fama europea.
Pronta estaba ya para el regreso; pero su padre, que vino á buscarla,
á su paso por Rio Janeiro contrajo una fiebre, y murió apenas llegado
aquí.
La pobre niña ha quedado sola en el mundo, hundida en el dolor; pero
no se ha desalentado. Rendidos al padre los últimos deberes, vuelve á
Buenos Aires, donde vá á buscar en el trabajo la subsistencia......
Pero, ¡qué charlar de viejo! dirá Vd.
--¡Oh! no señor, que me interesa profundamente esa jóven.
--Y si puede Vd. serle útil, durante la travesía, nos obligará mucho, á
mí y á mi familia. Además, la señorita Julia Lopez, merece por sí sola
toda suerte de atenciones.... Pero, hijo mio, pronto, pronto, márchese
Vd., que apenas tiene tiempo de tomar el trasporte y llegar á Pouillac.
--Adios, hijo mio. Escríbame V.; y déme siempre ocasiones de serle
agradable. Por su parte: «contra mala fortuna, fuerte corazon», y no
olvide Vd. que el trabajo, impuesto por Dios al hombre como un castigo,
es la mayor de sus bendiciones....--
Mauricio se apartó profundamente enternecido de aquel noble anciano,
tan servicial y benéfico, no solo para sus compatriotas, sino para
todos los americanos que aportan á Burdeos.
Al llegar á bordo del vapor, pronto ya á partir de Pouillac, Mauricio
encontróse en medio de una escena de adioses entre los viajeros que se
iban, y los que venidos á despedirlos, regresaban.
Lejos del tumulto, sola, sentada en un banco de popa, estaba una jóven
vestida de luto.
Al verla, el nombre de Julia Lopez vino á la mente de Mauricio.
Anochecía; y la sombra de la hora y un largo crespon negro velaban el
rostro de la viajera. Pero Mauricio adivinaba dos grandes ojos negros
que lloraban, fijos en el lejano paisaje que él, tambien con dolor,
contemplaba.
Un mismo duelo apenaba aquellos dos corazones: el uno dejaba un
sepulcro; el otro, la tierra de caluroso afecto que reemplazara la
patria y la familia.
Catorce años antes, á esa misma tristísima hora, el anochecer, un niño,
angustiado el semblante, asomábase á la borda de un buque inglés que
echaba el ancla en el puerto.
Sus ojos contemplaban con terror el país desconocido que tenía delante;
y volvíanse llorosos hácia las azules lontananzas que en pos dejaba.....
¡La vida es una perpétua nostalgia!