El vapor dejó las aguas de Pouillac y siguió su derrotero entre las
brumas de la noche.
Cuando la luz del faro de Pouillac desapareció en el horizonte, un
sollozo exhalóse bajo el velo de la viajera, que se alejó con lentos
pasos.
La campana del comedor llamó á los pasajeros, que bajaron en bullicioso
tumulto y ocuparon la mesa, alegres y despabilados, cual si poco antes
no dieran dolorosos adioses: en el rostro la placidez de la comedia;
ocultos en el corazon los dolores del drama.
Como ellos, Mauricio rió tambien, entregóse á las ruidosas é
insignificantes pláticas de á bordo, guardando para la hora solitaria
del camarote, las tristezas de su incierto porvenir.
El recuerdo de la jóven enlutada vino algunas veces á la mente de
Mauricio; pero en vano la buscaron sus ojos entre los pasajeros, á la
hora de las comidas y en los paseos nocturnos de toldilla.
Muy luego supo que no se había equivocado al verla: que era Julia
Lopez, la jóven artista de quien hablase el Vice-Cónsul Argentino en
Burdeos.
Supo tambien que á causa de su duelo, no salía de la cámara de señoras.
En efecto, por más que la acechara, dirijiendo miradas indiscretas al
sagrado recinto, Mauricio no logró verla.
Y solo en la noche que el «Senegal» paró en la rada de Rio Janeiro,
cuando los pasajeros hubieron ido á tierra y el buque se quedó
solitario, Mauricio la divisó de léjos, cubierta con su largo velo
de crespon negro, sentada en el mismo banco en que se sentara la vez
primera.
¡Ah! ¿no era aquella ocasion para dar al diablo las prescripciones de
la etiqueta, que le prohibían presentarse á sí propio á la interesante
jóven, invocar el nombre del anciano Vice-Cónsul, y ofrecerla sus
servicios?
Mauricio se sorprendió anhelando una tempestad, la inminencia de un
peligro, que le diera el derecho de salvarla en sus brazos.
Pero ¡ah! una implacable bonanza acompañó al «Senegal» en esos temibles
mares, el resto de su viaje; y una mañana nublada, pero ya con asomos
de primavera, amaneció surto en Balizas Exteriores........