Desde ese dia un notable cambio se efectuó en su carácter. A la
inquieta turbulencia del niño, sucedieron la mesura y la reflexion del
hombre; al gusto por los juegos, el amor al estudio; á su indiferencia
cosmopolita, el sentimiento exaltado de la nacionalidad.
Cuando en los dias clásicos, al flamear de la bandera tricolor, sus
compañeros cantaban: «_Allons enfants de la patrie_,» Mauricio buscaba
en el cielo, el azul pabellon; y del fondo de su alma exhalábase el
grito sagrado del himno nacional. Allá, surgiendo de las brumas del
lejano pasado, la imágen de la patria aparecíale con su inmensa pampa,
su magestuoso rio, sus cerúleas lontananzas, llamándolo con poderoso
reclamo.
Pero ¡ah! siempre que estas luminosas imágenes visitaban su mente, un
siniestro recuerdo venía á oscurecerlas.
Su madrastra.
Este sentimiento de repulsion creció más todavía, cuando Mauricio
comprendió por las cartas de su padre, la humillante dependencia en
que yacía. Cada frase parecía consultada, corregida ó dictada por el
déspota que leía sobre su hombro.
El jóven vertía sobre ella lágrimas de indignacion y de dolor; y una
palabra de uno ú otro, contenían sus respuestas.
Así, la correspondencia entre padre é hijo tomó un carácter de acritud
que, poco á poco, degeneró en frialdad.
Y, cuando á la edad de diez y ocho años, acabados sus estudios y
rendido con brillo el último exámen, su padre le habló de regreso.
--Amo á mi patria y anhelo volver á verla--respondió Mauricio,--amo á
mi padre y deseo estrecharlo en mis brazos; pero no podría presenciar
el espectáculo vergonzoso de su servidumbre; y porque lo amo; y porque
lo respeto, prefiero un eterno destierro.
A esta declaracion siguió un profundo silencio; y como única respuesta
Mauricio recibió una carta que contenía inesperadas revelaciones.
Suscribíala el escribano D..., uno de los hombres más honorables de
Buenos Aires.
--«Alejados y sin conocernos uno á otro--decíale éste--únenos,
sinembargo, el mandato de una persona que ya no existe; y que para
mí fué por esto, más sagrado.--Y proseguía:
--«Hace quince años, fuí llamado un dia á casa del señor Cárlos
Ridel, cuya esposa, en trance de muerte, debía otorgar testamento.
«Mi colega, el señor R..., autorizaba el acto; y yo creía haber
sido requerido como testigo, cuando la testante, habiendo declarado
que dejaba á su hijo único, Mauricio Ridel, el valor de doscientos
mil pesos en propiedades urbanas y rurales, volviéndose á su
esposo, pidióle permiso para instituirme á mí, hasta la mayoría de
aquel, guardador de dichos bienes.
«Repugnábame una mision visiblemente motivada por disensiones
conyugales; pero los ojos de la moribunda enviáronme una mirada de
angustioso ruego, que me hizo aceptarla.
«Ella entónces suspiró como aliviada de una grave preocupacion;
estrechó mi mano con gratitud, y murió en paz.
«Yo he cumplido fielmente el deber que me impuse: he administrado
esos bienes con el acierto que dá una larga experiencia en los
negocios; los he conservado, los he hecho fructificar: pero siempre
en el limite que mi delicadeza me prescribía: no como guardador,
sino como administrador, rindiendo cuentas de mi cometido y
entregando al señor Ridel las fuertes sumas que producen.
«Hoy me ha hecho saber que V. se ha emancipado; y que, por tanto,
la ingerencia que yo le daba en los asuntos de su hijo, ha cesado.
«Por consecuencia, y persuadido de que él habrá informado á V. del
estado floreciente de su fortuna, no solo por mi buena voluntad en
su administracion, sino á causa del subido precio que ha adquirido
la propiedad, réstame solo ponerla á su disposicion, y pedirle se
sirvo impartirme sus órdenes».
Esta carta de un tutor hasta entónces ignorado, fué un rayo de luz en
el misterio que rodeaba el pasado de Mauricio, y efectuó un cambio
favorable en su destino.
Alejado de su padre, por la funesta influencia que se alzaba hostil
entre ambos, el hijo desechado, bendijo la ternura previsora de aquella
madre moribunda, que viendo cernerse la desgracia sobre la cuna del
niño que le era forzoso abandonar, había querido, asegurándole una
fortuna independiente, preservarlo en los azares del porvenir.
Mauricio expresó su profunda gratitud al honrado escribano; confióle
los dolorosos motivos de su doble ostracismo; y le suplicó, en nombre
de aquella cuyo encargo había tan noblemente cumplido, quisiera
favorecerlo á él, continuando en la administracion de aquellos bienes,
para lo cual le confirió un pleno poder.
V
Las lágrimas de una infancia desamparada y las tristezas de su
juventud, sin patria, ni hogar, habían dado al carácter de Mauricio una
gravedad melancólica que, alejándolo de los placeres bulliciosos de sus
compañeros, lo preservó de la disipacion.
Así, cuando libre y en posesion de una fortuna independiente, podía
entregarse á los goces que Paris ofrece con mano pródiga, él, sin
esfuerzo, sin sacrificio, consagróse, á una vida de labor intelectual.
Frecuentó la Sorbona, los Institutos, las academias y las bibliotecas.
Arrojóse en el periodismo y tomó activa parte en los trabajos de uno de
los principales diarios de Paris, haciéndose notar por su brillante
estilo y la originalidad de sus ideas.
Ensayó la novela; y muy pronto los folletines firmados por Valerio--su
seudónimo,--fueron leidos con entusiasmo, sobre todo por las jóvenes,
que encontraban en sus páginas, á vueltas de los pálidos excepticismos
de la época, el color ardiente de la pasion.
Era que el ideal evocado en sus creaciones despertaba y hacía palpitar
un sentimiento que hasta entónces yacía latente en el alma de Mauricio:
--El amor.--
Y aunque más de una vez, las seducciones de la mujer habían deslumbrado
sus ojos, rozado su epidermis, jamás lograron llegar á su corazon.
Tres años pasaron para Mauricio en aquella vida activa del espíritu.
Proponíase ensancharla con viajes de recreo en torno á Europa y con
la fundacion de un periódico de espíritu americano, que uniese en un
contacto intelectual más íntimo, los dos continentes; trasfusionando
en la savia cansada y empobrecida del uno, la savia rica y jóven del
otro.
¡Ah! de todas las vanidades que deplora el Sagrado Libro, ¡ninguna tan
vana como nuestros proyectos!
Creo haberlo dicho ya, en otra ocasion. No importa: las frases son las
mismas, cuando es idéntica la situacion.
En el momento que Mauricio preparaba la realizacion de tan lisongero
propósito, una carta de Buenos Aires, portadora de fatales nuevas, vino
á destruir sus proyectos y sus esperanzas.
«Deber del hombre es ser fuerte y resignado, mi querido
Mauricio--decía el escribano D... en aquella carta.--Por tanto,
valor y resignacion.
«El padre de Vd. ha muerto.
«Envuelto en una quiebra producida por la fuga de un sócio bribon,
falleció víctima de una congestion fulminante.
«Los acreedores se presentaron munidos de sus derechos, y
obtuvieron la liquidacion.
«Pero como el sócio (hermano de la señora Ridel) había sustraido
en su fuga todo el numerario existente en caja, quedó un enorme
pasivo, que toda la fortuna particular de Cárlos Ridel, no ha sido
bastante á cubrir.
«Bajo el peso de tres catástrofes: la infame fuga de aquel hermano,
impuesto por ella á la sumision de su marido; la súbita muerte de
éste, y la miseria que le aparecía con su séquito de humillaciones,
la desventurada mujer enloqueció.
«Silenciosa, sin lágrimas, huraño el ademan y fija la mirada,
escuchó la intimacion de desalojo; y cuando intentaron hacerla
salir de su casa, subióse á lo alto del mirador que coronaba el
edificio, abrió un balcon y se arrojó á la calle.
«Cuando la levantaron de la vereda estaba muerta».
La carta cayó de las manos de Mauricio, que lloró con lágrimas de dolor
á ese padre de quien no había recibido ni cuidados, ni caricias, pero
cuyo desvío disculpaba, atribuyéndole su verdadera causa: la debilidad
humana.
Mas, luego, secando sus lágrimas, escribió rápidamente, cual si temiera
que su carta no llegara á tiempo:
--Ponga Vd. inmediatamente á la órden del Juez que entiende en la
liquidacion de los bienes de Cárlos Ridel, todos los que de mi
propiedad están bajo la administracion de Vd.--
Aquella carta iba acompañada del poder especial para el acto.......
--«Todo se ha perdido, menos el honor--escribía á Mauricio el buen
tabelion.
--«Puestas en remate las casas de Victoria y Cuyo y los campos
de El Rosal, han producido ciento cincuenta mil pesos oro. Había
además en mi poder diez mil nacionales, valor de alquileres
cobrados de las dos propiedades y que tambien entregué.
«Canceladas las deudas con el valor de los bienes que durante diez
y siete años he administrado, el síndico del concurso me devolvió
dos mil pesos moneda nacional, importe de la letra adjunta.
«El noble sacrificio que Vd. ha hecho á la memoria de su padre, es
solo el cumplimiento de un deber: lo sé; pero, como tales virtudes
son cada dia más raras, permítame felicitarlo.
«Si la experiencia de un anciano mereciera ser escuchada, yo
aconsejaría á Vd. el regreso. El regreso es tambien un deber para
Vd. El hombre se debe á su país, que reclama su presencia y todos
los actos de su vida. Además, en Buenos Aires que se agita á
impulsos de un inmenso progreso, podrá Vd. con el trabajo rehacer
su fortuna».
Así tambien pensaba Mauricio.
Solo en el mundo, sin familia, sin fortuna, ningun vínculo ligaba su
vida, sino era el sentimiento nacional, que mal grado el tiempo y la
ausencia, vivió siempre, puro y ardiente en su alma.
Y cuando las puertas de la patria se abrieron para él, aunque por la
mano severa de un desastre, el pobre desterrado apresuróse á volver á
ella.
Sin embargo, Mauricio amaba tambien la Francia.
Allí su niñez desamparada, había encontrado el calor de una
benevolencia tutelar; allí comenzaron á formarse sus ideas y sus
sentimientos; allí se abrió su alma á la vida intelectual.
Sangraba su corazon al dejar aquel país riente y hospitalario; al decir
adios á sus amigos, á sus compañeros en las tareas del espíritu; á sus
antiguos profesores; al sábio Blain y hasta á la buena Colombe: á ella
sobre todo, tan buena y maternal para él, en la orfandad de su infancia.
Al separarse de ellos, al alejarse de Paris, llorando, Mauricio recordó
el dia que, llorando tambien, allí llegara: un dia helado de Diciembre.
El pobre niño seguía penosamente, con sus pequeños pasos, el tranco
largo del capitan inglés que lo había traido á su bordo, con el mismo
despego que ahora lo guiaba á pié, al través de largas calles. Tenía
frio, tenía cansancio, tenía miedo. Lloraba, sintiéndose solo en esa
ciudad inmensa, entre una multitud que hablaba un idioma desconocido;
bajo un cielo gris, de donde llovían copos de nieve que caían sobre sus
mejillas y coagulaban sus lágrimas.....
Manos piadosas lo recibieron de aquel hombre, que lo entregó con
indiferencia, y se alejó sin dirigirle una mirada.
Acojido con amor, tratado con los tiernos cuidados que la piedad
consagra á la infancia, su alma, hasta entónces reconcentrada,
entumecida, abrióse á los afectos de la amistad, de la gratitud; y echó
dulces raíces en esa plácida etapa del bienestar y de bonanza que era
ahora necesario abandonar.
Así es la vida: ¡perpétua nostalgia!