Al partir de la ciudad inmortal, al son ronco del tren, hago un
inventario de recuerdos. Desde luego, es una tarde pasada en el Foro y
en el Coliseo, la revelación de la piedra, el «pan» de Ruskin, ruina,
columna rota, lápida, estatua, inscripción. Todas vuestras lecturas
despertarán en vuestra memoria, ante esos amontonamientos de basas,
pavimentos, muros en que perduran los mosaicos. No podréis menos que
sentir la presencia del espíritu de Cicerón--la «ardiente elocuencia»
dice Byron--en ese foro en que resonaron tan magníficas arengas, y el
ambiente vibró al clamor sabino. Se alzan aún, sosteniendo sus rajados
arquitrabes, las columnas del templo de Saturno. Y en las _rostra_
creeríase el aire agitado de gestos, sonante de cláusulas rotundas, lo
propio que más allá, en donde se levantaba el templo de la Concordia.
Fué allí donde Porcio Catón opuso la ruda y fuerte palabra suya a los
argumentos ordenados de Cayo César sobre la conjuración de Catilina.
Cetego, Lentulo, Estrabilio, Gabinio, Cepario, pagaron con su vida, la
apretada cuerda al cuello, su culpabilidad.
Perdido entre un dédalo de excavaciones, llegué hasta donde unos
trabajadores procedían a desenterrar los más recientes hallazgos. Y es
una impresión singular la que se experimenta, al ver brotar de la tierra
amontonada por las centurias, los signos aun vivos y reveladores de una
civilización, de una época que estamos hechos a considerar casi
legendaria. Delante de mí, con sus barras de hierro, los cavadores
apartan las grandes piedras. Con mucho cuidado se quita la tierra de las
paredes; y de repente van apareciendo, sobre el antiguo estuco,
decoraciones grecas, figuras graciosas. Y fué grande mi emoción, os lo
juro, cuando, de un óvalo, en el rincón de una sala, no sé de qué
edificio recién descubierto, vi salir hecha, con modo arcaico y extraño,
una como cabeza de Cristo.
Cuando se tiende la vista en derredor, los templos de Faustino y
Antonino, y el de Roma y Venus que Adriano levantaron, y la basílica de
Constantino, evocan los grandes hechos antiguos. Allí, en el Palatino,
refugio de la gloriosa Loba, sobre la altura, aun se contemplan las
arcadas y muros del palacio de los Césares, en donde mosaicos y frescos
guardan memoria de las pompas imperiales. Y no lejos, los baños de
Livia, el palacio de los Flavios y lo que aun queda de la mansión en
donde exprimió la soberbia y el placer Calígula.
El sol caía a ondas claras del cielo puro. Jamás el cielo se presenta
más hermoso que cuando la mirada va a su inmensidad azul entre un grupo
de columnas o sobre los ruinosos capiteles.
He sentido un ansia de vuelo espiritual cuando, al pasar del Foro al
Palacio de los Césares, he visto el firmamento recortado por el vasto
arco de Tito, que elevaron el senado y el pueblo en recuerdo de la
destrucción hierosolimitana. En el fondo celeste, en el marco de piedra,
parecía como si palpitase un enjambre de ideas. Y erré de un lugar a
otro. Del altar de las vestales, cerca del cual permanecen las estatuas
de las paganas vírgenes, a la _Meta Sudans_, en donde apagaron su sed
tantos gladiadores.
Por allí habitaba el cordobés Séneca, y desde su casa oía en las
próximas termas, según cuenta a su amigo Lucilio Junior, «el ruido que
hace el frotador, a un jugador de pelota que lleva la cuenta de los
puntos, a un cantante que encuentra su voz más encantadora en el baño,
los gritos de un pastelero, los de un carnicero, los de un ropavejero,
de un herrero, y los de ese que cerca de la _Meta Sudans_ prueba sus
trompetas y sus flautas y muge más que toca.» Y en la vía de los
triunfadores una onda de imágenes asalta la fantasía. Y es un ruido de
carros, un resonar de trompas y de clarines, un agitar de palmas; son
los bueyes coronados de rosas; las túnicas blancas de las vestales, los
estandartes, los haces, las águilas; es la muchedumbre aglomerada y el
coro inmenso de las aclamaciones; son las estolas, las togas, las
diademas, los ornamentos de los sacerdotes y las literas de las
cortesanas; son los viejos versos de Virgilio y la reciente lectura de
Boissier, o las sombras de los Goncourt que van a observar cómo en los
agujeros del arco de Septimio Severo hacen su nido las golondrinas.
Cerca del templo de Cástor y Pólux, oí una voz como en discurso o
arenga. Un gran grupo de gentes, unas sentadas sobre las piedras, otras
de pie, se presentó a mi vista. Acerquéme llevado de la curiosidad.
Había damas, hombres, niños. Todos oían en s¡lencio y religiosidad a un
clérigo joven, de fácil palabra, que, por lo poco que pude entender,
daba a sus oyentes, en pleno aire, una lección de historia y
arqueología. Era la peregrinación alemana, y no pude menos ante ese
espectáculo de cultura, de recordar el nombre ilustre del germano a
quien deben la erudición romanista y la sabiduría clásica moderna un
extraordinario luminar: Teodoro Mommsen.
* * * * *
En el coliseo rememoré el apunte de los Goncourt: «Como una ronda de
danza, de pronto violentamente interrumpida y con una parte de los
bailadores caída de espaldas--todo un lado del Coliseo caído en tierra».
Colosal, ciclópeo, enorme, lugar de leones y de emperadores. Y es la
imaginación del antiguo espectáculo circense, que no tiene hoy nada
comparable sino las corridas de toros en los cosos actuales. En
verdad--como ante el Acueducto, la Cloaca Máxima, las Termas--ante estas
ruinas viene la usual frase: obra de romanos. Los yanquis quieren para
sí en nuestra época la aplicación del decir, por su tendencia a realizar
«lo más grande del mundo». Y leo en un artículo sobre la próxima
exposición de Búffalo, en donde se construirá un enorme estadio. «El
estadio ofrecerá a los adictos al sport la arena más espaciosa y
espléndida que se ha construído hasta ahora en los Estados Unidos. El
Carnaval Atlético que se efectuará durante la gran exposición, será el
más notable en la historia del sport en los Estados Unidos, pues
cuéntase con la cooperación de los mejores promotores de juegos,
contiendas y partidas atléticas en el país. Por lo tanto, las personas
que visitaren la exposición panamericana tendrán ocasión de ver
contiendas entre los atletas más célebres del mundo, que se esforzarán
en ganar premios dignos de los mayores hechos de resistencia, fuerza y
habilidad. El Coliseo de Roma, construído el siglo I de la era
cristiana, dícese que podía contener 80.000 personas. El estadio
panamericano tendrá 129 pies más de largo y no será sino 10 pies más
angosto que el histórico anfiteatro de Roma; pero su arena será más
grande y habrá asientos para 25.000 personas. Se consigue lo colosal,
_Colosseum_. Mas la sonrisa no vacila entre estos _matchs_ de feria al
amparo de la democracia igualitaria, y aquellas formidables funciones en
que la magnificencia cesárea regaba con sangre la tierra en que se
alzaría el árbol simbólico de Cristo. Dicen que hay turistas que se
pagan el espectáculo de una iluminación con antorchas y románticos que
van en las noches de luna a recordar a Eudoro y Cimodocea.
Lo primero es un exceso de Bædeker, lo segundo excesivamente anacrónico.
El Coliseo sorprende y asombra en pleno día, bañado de sol; así os
abruma la inmensa armazón de piedra, las arcadas derruídas, los muros
rajados de siglos, horadados de años, labrados del paso incesante de las
horas y mutilado el cuerpo vasto y soberbio por bárbaros y _barberines_.
Al salir del vasto anfiteatro, pasó como un gran insecto ante mi vista,
un hombre en una bicicleta.
Y fué luego un amanecer en las cercanías de Roma, cerca de los lugares
encantados que dieron a Poussin sus magníficos paisajes. El Tíber iba
despacioso entre colinas y frescas campiñas. Apenas comenzaba la luz a
insinuarse en el lado oriental y el horizonte se teñía de un dulce
violeta y a trechos, un baño de perla suavizaba una tenue irrupción de
oro. Y colinas y campiñas se iban poco a poco iluminando en un aumento
progresivo de resplandor. Salía de la tierra como un vaho de vida. No
era el envenenado respirar de los pantanos pontinos, sino un aliento
sano y vivificante. Al vuelo sutil de una brisa impregnada del perfume
del campo, temblaban los céspedes ambarinos y las hojas de las anémonas
silvestres, y una fina flor áurea que enciende su estrella de fuego a la
orilla del río. Y en una barca, al amor de la corriente, seguimos, con
un amigo soñador, un rumbo sobre las aguas en que se desleían los tintes
del cielo. Un solitario pescador arreglaba una red. De los caseríos
cercanos llegaba el agudo canto del gallo. Y de pronto fué una fiesta
solar en el firmamento romano.
El sol había roto las brumas matinales, y surgía, en su imperial pompa,
entre peñascos candentes, bajo bóvedas de rubíes vivos. El agua se tiñó
de sangre y se encendió de la oriental llamarada. La naturaleza parecía
iniciar un canto sin palabras, o con palabras íntimas que iban al
espíritu sin formularse, en la armonía de las cosas, en la comunión de
las ideas humanas con las ideas eternas que emergen en enjambre
misterioso de la misteriosa mente del mundo.
En la ribera tiberina nos hacía señas el dueño de la rústica hostería.
Ya el humo del fogón brotaba por la chimenea, y las truchas recién
cogidas hacían chillar el aceite de las ricas olivas en la sartén
caliente. Y una joven fresca, que hacía recordar a la sierva de Horacio,
nos recibía con la más matinal de sus sonrisas, mientras ponía el mantel
del desayuno, bajo una parra cargada de racimos de uvas claras que
invitaban a hacer la experiencia del sátiro mallarmeano: chupar el jugo,
soplar en el pellejo vacío, y a través de la cápsula transparente, mirar
el sol!
* * * * *
Y fué un día luminoso, en la plaza del Capitolio; ya ante la larga
escalera de la iglesia de Ara Cœli, o delante del palacio Cafarelli,
entre las estatuas de Cástor y Pólux, o junto a la jaula de la loba viva
que encarna el símbolo original de la ciudad de Rómulo. He recordado, al
contemplar la estatua de Marco Aurelio, la superstición tradicional; he
visto si el simulacro se va dorando más, y si llegará de nuevo a ser
todo áureo, y así la fin del mundo llegará con el de la villa ya no
eterna sino perecedera como toda obra del hombre...
Así llegaron los primeros pobladores de Roma, allí se sembró la primer
semilla que formaría el bosque inmenso que propaga por la tierra la
estirpe latina.
Tendidos como representaciones fluviales, negros de tiempo, los dos ríos
de mármol de la fuente del palazzo Senatorio, el Tíber y el Nilo, oyen
continuamente el canto del cristal del agua que en la ancha pila forma
velos diamantinos y sonoros encajes, y encima, la Roma triunfante de
Covi--que Miguel Angel quisiera sustituir por un colosal
Júpiter--preside, augusta y secular. Y una paloma que se posa en un
árbol cercano, verde en la dulce estación, me recuerda que en este mismo
punto, un día de gloria, la cabeza del Petrarca fué coronada con el
laurel que tan sólo consiguen el Arte y la divina Poesía.
Entre Roma y Nápoles, Noviembre 1900.
Rueda que rueda, con ruido de herramientas que se entrechocan y un
resuello penoso, el tren sigue: un largo infierno que anda. El Gibelino
lo hubiera hecho rodar por las planicies de sombra de su Infierno; así
lo piensa aquella inquietante María Barskitcheff, en sus cartas. Si
Capua no estuviera en esta vez al fin del viaje, abriendo su maravilloso
semicírculo de colinas con cruzamientos de villas al borde del mar
pensativo... Capua es por ahora Nápoles, con los primeros azules y rosas
delicados de los inviernos meridionales.
Los últimos recuerdos de Roma que insisten, con la insinuación ya
discreta y melancólica de la distancia y de lo recientemente pasado, son
los de la capilla Sixtina. Es preciso ver la capilla Sixtina; pero es un
desacato verla sin los propios ojos, sin los personales ojos del artista
que ponen una mirada más en los colores de las telas y en las alburas de
los mármoles, fatigados del secular mariposeo de tantas pupilas. Porque
en esos sancta sanctorum del arte, se ven dos cosas: la _chef d’œuvre_
y los ojos que la han visto: las miradas que han dejado en ellas algo de
su esencia diáfana y misteriosa. La capilla Sixtina está llena de esas
miradas, satisfechas o escépticas, o irónicas, o estáticas, o incoloras.
Desde luego la vieja mirada de los maestros que, realizada la obra,
hallaron que era buena; y las miradas de los papas, de los papas
gentiles o ascetas; y la escrutadora mirada de los amigos del artista, y
después, cuando la muerte hubo serenado todos los juicios, pulido todas
las asperezas, humanizado todas las controversias, uniformado todos los
cultos y consagrado todos los sufragios, las miradas de los
intelectuales que pasan. Todavía se disciernen en el delirante
misticismo de la transfiguración, por ejemplo, las miradas llenas de
análisis tranquilo de Taine, tan distintas de las miradas de los
espectadores de ayer, ayunas de razonamientos y de distinciones morales,
poco o nada introspectivas simplificadas de nuevo, al sol del
Renacimiento, por la majestad sencilla de la línea antigua... Porque los
ojos han hecho un inmenso y triste camino de complicación y de
complexidad desde el Renacimiento hasta estos días de esteticismo y de
connotaciones múltiples. Ya no hay un cerebro bastante puro y amplio que
vea con la mirada de un Leonardo. Han desaparecido en el juicio las
perspectivas vastas, los lineamientos tranquilos: nuestros ojos están
tristes y nuestras miradas están enfermas; y aun parece que los
inmortales cuadros y los mármoles eternos, sienten que ya no sabemos
mirarlos. Quién sabe. ¿Por qué no ha de haber en el alma inefable de un
_capolavoro_, el melancólico despecho de no ser bien mirados? ¿Por qué
el espíritu nobilísimo de las cosas bellas no ha de encogerse de
angustia ante el enfermizo reflejo de las miradas de hoy? ¿Quién se
atrevería a negar que esta tristeza no modifica al aspecto mismo, la
fisonomía, la expresión de la obra de arte? ¿Quién podría afirmar que el
Moisés de Miguel Angel, es hoy el mismo que hace doscientos años, que
antes aún, cuando el maestro que esculpía las tablas de la ley soñando
en el haz de rayos de Zeus, golpeaba con su martillo el mármol vital,
ordenándole el movimiento y la acción?
* * * * *
Y el tren rueda aún con su desesperante machacar de herramientas, y mis
reminiscencias le siguen jadeantes por el camino. Vuelvo a escuchar las
ambiguas voces de los castrados, complemento extraño de todo lo visto y
sentido en el milagroso santuario. Paréceme como que todos los frescos,
todos los zócalos, las bíblicas figuras de los muros laterales que
cuentan las peregrinaciones mosaicas, y los más tremendos episodios
bíblicos; las grandes figuras sedentes del profeta y de la sibila; los
nueve grandes cuadros que reproducen en la bóveda la creación del mundo;
Dios, las pitonisas, los profetas, los santos de la nueva ley; todo eso,
cantaba en la voz blanca y singular, que esta era su propia voz, su
lengua propia, el verbo misterioso que los papas habíanles dado para que
se manifestasen a la emoción de los pueblos que van en romerías a
contemplarlos. _¡Miguel Angel y su juicio!..._ Todo heroísmo de arte
lleva a una hipersensibilidad atormentadora. Acaso el arte no es una
gran tranquilidad, sino una gran angustia. Toda la literatura está ahí
para comprobarlo: El infierno sale al paso a los grandes espíritus,
llámense Homero, Virgilo, Dante, Milton o Swedenborg, llámense
Buonarroti o Rops...
Sandro Botticelli; he ahí, la heredad del exquisito y raro, y no se
divaga por cierto el ánima de ese estremecimiento de angustia íntima que
trae consigo el deletrear todas las aristocracias de ese pincel. Porque
Botticelli no es de los que serenan; es quizá de aquellos cinco (que en
Taine son cuatro: Dante, Shakespeare, Beethoven y Miguel Angel) que
parecen de una raza aparte. Tiene un supremo privilegio, el que Víctor
Hugo halló siglos después en Baudelaire; ha creado un estremecimiento
nuevo, con una noción nueva de la expresión, que antes de él no está
condensada en parte alguna, sino difundida en las legiones de maestros
prerafaelitas, expresión de belleza convencional, o de fealdad resuelta
para algunos; pero de real belleza y armonía innegables para muchos que
llevan en el larario de sus emociones ese _coin maladif_ de que hablaba
Goncourt. Como ellos este hombre tiene una fisonomía y un sello de
poderoso individualismo; es solitario como ellos; tiene como ellos la
obra sin analogías, sin más que las lógicas analogías que ensartan en un
mismo hilo resplandeciente todas las demostraciones de un mismo arte, a
través de las épocas. ¡Cómo ansío llegar a Florencia para apacentar mis
admiraciones en el foco principal de las obras de Sandro! ¡Porque él
tiene ahí, en la ciudad dantesca, su reino, con el seráfico Fra
Angélico, aprisionador de éxtasis! Sin embargo, para hablar de la
Sixtina es preciso hablar de Botticelli, a condición de haber rezado
antes a Miguel Angel, esa alma de Dios caído ante la que rezó Taine. El
Juicio Final; sí, aquello no convierte mis apostasías ni enfervorece mi
fe; el protestante del cuento vuelto ortodoxo por obra y gracia del
_Juicio Final_, es de una conmovedora ingenuidad; por el camino de ese
cuadro se va mejor a Atenas que a Jerusalén; esas dos o trescientas
figuras que ensayan actitudes, no sugieren el _miserere mei_, sino el
himno a Phoibos Apollon: se está más cerca del nevado Olimpo, que del
trágico Josafat; más cerca de la gloria del músculo, que del aleteo
medroso de la plegaria. Es un gran escultor el que pinta,
esculturalmente (¿no hay acaso muchos pintores que esculpen cuadros?
Para no citar más que un talento moderno, ahí está Leonardo Bistolfi,
con sus monumentales bajo relieves fúnebres y su _Dolor confortado por
la memoria_.) Ha buscado Miguel Angel el agrupamiento de las figuras
curándose poco de las radiaciones sobrenaturales del cielo de los justos
y de las rojas bocanadas de hornaza del infierno de los réprobos:
quiere, ante todo, quiere grandiosamente la expresión inmortal del
cuerpo humano, la nobleza clásica del gesto; está cerca de Jove y ha
visto el fruncimiento de sus cejas y los hinchados músculos de su
diestra que blande la centella... Los tiernos colores, los dulces o
imperiosos matices, las perspectivas que ayudan al vuelo de la
imaginación moderna, el azul en que está sentado el Padre, el rosa de
las auroras de la resurrección, las policromías de los pinceles en las
manos que han mezclado colores, pero que no han labrado granitos... eso
no está aquí, no lo busquéis aquí; aquí está el relieve poderoso, aquí
está su plástica: el color que queréis está ahí en frente, mirad... El
tren acrece su estrueado bajo los cristales de una estación: el mar y
los verjeles se besan: ¡Nápoles! Hemos llegado a Nápoles. La Sixtina se
pierde en un desvanecimiento de ensueño.
Nápoles.
¡Nápoles! El Vesubio es todavía una pira digna de los funerales de
Patroclo. ¿Estamos por ventura en la era cristiana?
Se necesitaría embridar la imaginación aventurera con dura brida para
creerlo. La mañana arde mansamente en un impecable azul. He subido a las
alturas que corona el puente de San Telmo, punto clásico para las
perspectivas, a fin de _ver_ y _vencer_ antes de abismarme en ese mundo
ruidoso que gira y ríe a mis pies. Y en verdad os digo que estamos bajo
el imperio de los Augustos. Nada recuerda aquí el madero del Nazareno,
nada su religión de angustia: este sol que en pleno otoño tuesta las
rosas de Pœstum, las cuales dos veces florecen en el año, es el mismo
sol jovial que doraba la frente de Séneca. La bahía de Nápoles,
suavemente encorvada y palpitante como una seda azul sobre un inmenso
regazo, canta aún el _cum placidum ventis staret mare_, en su perpetuo
idilio con los islotes de Sirenusa, coros de las rubias oceanidas. El
azul del cielo, el histórico azul de ese cielo inmortal, se burla con su
flamante brillo, de los veinte siglos que han pasado desde que en la
dulzura piadosa del Pausílipo se acostaba para dormir su sueño eterno,
el dulce mantuano gorjeador de églogas. A su derecha la isla de Capri da
a las ondas reflejos de aventurina estriada de oro vivo y se aduerme en
la misma ociosidad que le valió el mote de Augusto.
A la izquierda, desde _capo del monte_ hasta el cono poblado de mitos
del Vesubio, las montañas de voluptuosas o ásperas ondulaciones engastan
sus moles en el zafiro inconmensurable. Enfrente, Castellamare y
Sorrento; ¡Sorrento! cuya sangre divina no corre ya por las venas del
mundo para letificarlos, como corre ahora ese