12 Octubre de 1900.

Al partir de la ciudad inmortal, al son ronco del tren, hago un

inventario de recuerdos. Desde luego, es una tarde pasada en el Foro y

en el Coliseo, la revelación de la piedra, el «pan» de Ruskin, ruina,

columna rota, lápida, estatua, inscripción. Todas vuestras lecturas

despertarán en vuestra memoria, ante esos amontonamientos de basas,

pavimentos, muros en que perduran los mosaicos. No podréis menos que

sentir la presencia del espíritu de Cicerón--la «ardiente elocuencia»

dice Byron--en ese foro en que resonaron tan magníficas arengas, y el

ambiente vibró al clamor sabino. Se alzan aún, sosteniendo sus rajados

arquitrabes, las columnas del templo de Saturno. Y en las _rostra_

creeríase el aire agitado de gestos, sonante de cláusulas rotundas, lo

propio que más allá, en donde se levantaba el templo de la Concordia.

Fué allí donde Porcio Catón opuso la ruda y fuerte palabra suya a los

argumentos ordenados de Cayo César sobre la conjuración de Catilina.

Cetego, Lentulo, Estrabilio, Gabinio, Cepario, pagaron con su vida, la

apretada cuerda al cuello, su culpabilidad.

Perdido entre un dédalo de excavaciones, llegué hasta donde unos

trabajadores procedían a desenterrar los más recientes hallazgos. Y es

una impresión singular la que se experimenta, al ver brotar de la tierra

amontonada por las centurias, los signos aun vivos y reveladores de una

civilización, de una época que estamos hechos a considerar casi

legendaria. Delante de mí, con sus barras de hierro, los cavadores

apartan las grandes piedras. Con mucho cuidado se quita la tierra de las

paredes; y de repente van apareciendo, sobre el antiguo estuco,

decoraciones grecas, figuras graciosas. Y fué grande mi emoción, os lo

juro, cuando, de un óvalo, en el rincón de una sala, no sé de qué

edificio recién descubierto, vi salir hecha, con modo arcaico y extraño,

una como cabeza de Cristo.

Cuando se tiende la vista en derredor, los templos de Faustino y

Antonino, y el de Roma y Venus que Adriano levantaron, y la basílica de

Constantino, evocan los grandes hechos antiguos. Allí, en el Palatino,

refugio de la gloriosa Loba, sobre la altura, aun se contemplan las

arcadas y muros del palacio de los Césares, en donde mosaicos y frescos

guardan memoria de las pompas imperiales. Y no lejos, los baños de

Livia, el palacio de los Flavios y lo que aun queda de la mansión en

donde exprimió la soberbia y el placer Calígula.

El sol caía a ondas claras del cielo puro. Jamás el cielo se presenta

más hermoso que cuando la mirada va a su inmensidad azul entre un grupo

de columnas o sobre los ruinosos capiteles.

He sentido un ansia de vuelo espiritual cuando, al pasar del Foro al

Palacio de los Césares, he visto el firmamento recortado por el vasto

arco de Tito, que elevaron el senado y el pueblo en recuerdo de la

destrucción hierosolimitana. En el fondo celeste, en el marco de piedra,

parecía como si palpitase un enjambre de ideas. Y erré de un lugar a

otro. Del altar de las vestales, cerca del cual permanecen las estatuas

de las paganas vírgenes, a la _Meta Sudans_, en donde apagaron su sed

tantos gladiadores.

Por allí habitaba el cordobés Séneca, y desde su casa oía en las

próximas termas, según cuenta a su amigo Lucilio Junior, «el ruido que

hace el frotador, a un jugador de pelota que lleva la cuenta de los

puntos, a un cantante que encuentra su voz más encantadora en el baño,

los gritos de un pastelero, los de un carnicero, los de un ropavejero,

de un herrero, y los de ese que cerca de la _Meta Sudans_ prueba sus

trompetas y sus flautas y muge más que toca.» Y en la vía de los

triunfadores una onda de imágenes asalta la fantasía. Y es un ruido de

carros, un resonar de trompas y de clarines, un agitar de palmas; son

los bueyes coronados de rosas; las túnicas blancas de las vestales, los

estandartes, los haces, las águilas; es la muchedumbre aglomerada y el

coro inmenso de las aclamaciones; son las estolas, las togas, las

diademas, los ornamentos de los sacerdotes y las literas de las

cortesanas; son los viejos versos de Virgilio y la reciente lectura de

Boissier, o las sombras de los Goncourt que van a observar cómo en los

agujeros del arco de Septimio Severo hacen su nido las golondrinas.

Cerca del templo de Cástor y Pólux, oí una voz como en discurso o

arenga. Un gran grupo de gentes, unas sentadas sobre las piedras, otras

de pie, se presentó a mi vista. Acerquéme llevado de la curiosidad.

Había damas, hombres, niños. Todos oían en s¡lencio y religiosidad a un

clérigo joven, de fácil palabra, que, por lo poco que pude entender,

daba a sus oyentes, en pleno aire, una lección de historia y

arqueología. Era la peregrinación alemana, y no pude menos ante ese

espectáculo de cultura, de recordar el nombre ilustre del germano a

quien deben la erudición romanista y la sabiduría clásica moderna un

extraordinario luminar: Teodoro Mommsen.

* * * * *

En el coliseo rememoré el apunte de los Goncourt: «Como una ronda de

danza, de pronto violentamente interrumpida y con una parte de los

bailadores caída de espaldas--todo un lado del Coliseo caído en tierra».

Colosal, ciclópeo, enorme, lugar de leones y de emperadores. Y es la

imaginación del antiguo espectáculo circense, que no tiene hoy nada

comparable sino las corridas de toros en los cosos actuales. En

verdad--como ante el Acueducto, la Cloaca Máxima, las Termas--ante estas

ruinas viene la usual frase: obra de romanos. Los yanquis quieren para

sí en nuestra época la aplicación del decir, por su tendencia a realizar

«lo más grande del mundo». Y leo en un artículo sobre la próxima

exposición de Búffalo, en donde se construirá un enorme estadio. «El

estadio ofrecerá a los adictos al sport la arena más espaciosa y

espléndida que se ha construído hasta ahora en los Estados Unidos. El

Carnaval Atlético que se efectuará durante la gran exposición, será el

más notable en la historia del sport en los Estados Unidos, pues

cuéntase con la cooperación de los mejores promotores de juegos,

contiendas y partidas atléticas en el país. Por lo tanto, las personas

que visitaren la exposición panamericana tendrán ocasión de ver

contiendas entre los atletas más célebres del mundo, que se esforzarán

en ganar premios dignos de los mayores hechos de resistencia, fuerza y

habilidad. El Coliseo de Roma, construído el siglo I de la era

cristiana, dícese que podía contener 80.000 personas. El estadio

panamericano tendrá 129 pies más de largo y no será sino 10 pies más

angosto que el histórico anfiteatro de Roma; pero su arena será más

grande y habrá asientos para 25.000 personas. Se consigue lo colosal,

_Colosseum_. Mas la sonrisa no vacila entre estos _matchs_ de feria al

amparo de la democracia igualitaria, y aquellas formidables funciones en

que la magnificencia cesárea regaba con sangre la tierra en que se

alzaría el árbol simbólico de Cristo. Dicen que hay turistas que se

pagan el espectáculo de una iluminación con antorchas y románticos que

van en las noches de luna a recordar a Eudoro y Cimodocea.

Lo primero es un exceso de Bædeker, lo segundo excesivamente anacrónico.

El Coliseo sorprende y asombra en pleno día, bañado de sol; así os

abruma la inmensa armazón de piedra, las arcadas derruídas, los muros

rajados de siglos, horadados de años, labrados del paso incesante de las

horas y mutilado el cuerpo vasto y soberbio por bárbaros y _barberines_.

Al salir del vasto anfiteatro, pasó como un gran insecto ante mi vista,

un hombre en una bicicleta.

Y fué luego un amanecer en las cercanías de Roma, cerca de los lugares

encantados que dieron a Poussin sus magníficos paisajes. El Tíber iba

despacioso entre colinas y frescas campiñas. Apenas comenzaba la luz a

insinuarse en el lado oriental y el horizonte se teñía de un dulce

violeta y a trechos, un baño de perla suavizaba una tenue irrupción de

oro. Y colinas y campiñas se iban poco a poco iluminando en un aumento

progresivo de resplandor. Salía de la tierra como un vaho de vida. No

era el envenenado respirar de los pantanos pontinos, sino un aliento

sano y vivificante. Al vuelo sutil de una brisa impregnada del perfume

del campo, temblaban los céspedes ambarinos y las hojas de las anémonas

silvestres, y una fina flor áurea que enciende su estrella de fuego a la

orilla del río. Y en una barca, al amor de la corriente, seguimos, con

un amigo soñador, un rumbo sobre las aguas en que se desleían los tintes

del cielo. Un solitario pescador arreglaba una red. De los caseríos

cercanos llegaba el agudo canto del gallo. Y de pronto fué una fiesta

solar en el firmamento romano.

El sol había roto las brumas matinales, y surgía, en su imperial pompa,

entre peñascos candentes, bajo bóvedas de rubíes vivos. El agua se tiñó

de sangre y se encendió de la oriental llamarada. La naturaleza parecía

iniciar un canto sin palabras, o con palabras íntimas que iban al

espíritu sin formularse, en la armonía de las cosas, en la comunión de

las ideas humanas con las ideas eternas que emergen en enjambre

misterioso de la misteriosa mente del mundo.

En la ribera tiberina nos hacía señas el dueño de la rústica hostería.

Ya el humo del fogón brotaba por la chimenea, y las truchas recién

cogidas hacían chillar el aceite de las ricas olivas en la sartén

caliente. Y una joven fresca, que hacía recordar a la sierva de Horacio,

nos recibía con la más matinal de sus sonrisas, mientras ponía el mantel

del desayuno, bajo una parra cargada de racimos de uvas claras que

invitaban a hacer la experiencia del sátiro mallarmeano: chupar el jugo,

soplar en el pellejo vacío, y a través de la cápsula transparente, mirar

el sol!

* * * * *

Y fué un día luminoso, en la plaza del Capitolio; ya ante la larga

escalera de la iglesia de Ara Cœli, o delante del palacio Cafarelli,

entre las estatuas de Cástor y Pólux, o junto a la jaula de la loba viva

que encarna el símbolo original de la ciudad de Rómulo. He recordado, al

contemplar la estatua de Marco Aurelio, la superstición tradicional; he

visto si el simulacro se va dorando más, y si llegará de nuevo a ser

todo áureo, y así la fin del mundo llegará con el de la villa ya no

eterna sino perecedera como toda obra del hombre...

Así llegaron los primeros pobladores de Roma, allí se sembró la primer

semilla que formaría el bosque inmenso que propaga por la tierra la

estirpe latina.

Tendidos como representaciones fluviales, negros de tiempo, los dos ríos

de mármol de la fuente del palazzo Senatorio, el Tíber y el Nilo, oyen

continuamente el canto del cristal del agua que en la ancha pila forma

velos diamantinos y sonoros encajes, y encima, la Roma triunfante de

Covi--que Miguel Angel quisiera sustituir por un colosal

Júpiter--preside, augusta y secular. Y una paloma que se posa en un

árbol cercano, verde en la dulce estación, me recuerda que en este mismo

punto, un día de gloria, la cabeza del Petrarca fué coronada con el

laurel que tan sólo consiguen el Arte y la divina Poesía.

Entre Roma y Nápoles, Noviembre 1900.

Rueda que rueda, con ruido de herramientas que se entrechocan y un

resuello penoso, el tren sigue: un largo infierno que anda. El Gibelino

lo hubiera hecho rodar por las planicies de sombra de su Infierno; así

lo piensa aquella inquietante María Barskitcheff, en sus cartas. Si

Capua no estuviera en esta vez al fin del viaje, abriendo su maravilloso

semicírculo de colinas con cruzamientos de villas al borde del mar

pensativo... Capua es por ahora Nápoles, con los primeros azules y rosas

delicados de los inviernos meridionales.

Los últimos recuerdos de Roma que insisten, con la insinuación ya

discreta y melancólica de la distancia y de lo recientemente pasado, son

los de la capilla Sixtina. Es preciso ver la capilla Sixtina; pero es un

desacato verla sin los propios ojos, sin los personales ojos del artista

que ponen una mirada más en los colores de las telas y en las alburas de

los mármoles, fatigados del secular mariposeo de tantas pupilas. Porque

en esos sancta sanctorum del arte, se ven dos cosas: la _chef d’œuvre_

y los ojos que la han visto: las miradas que han dejado en ellas algo de

su esencia diáfana y misteriosa. La capilla Sixtina está llena de esas

miradas, satisfechas o escépticas, o irónicas, o estáticas, o incoloras.

Desde luego la vieja mirada de los maestros que, realizada la obra,

hallaron que era buena; y las miradas de los papas, de los papas

gentiles o ascetas; y la escrutadora mirada de los amigos del artista, y

después, cuando la muerte hubo serenado todos los juicios, pulido todas

las asperezas, humanizado todas las controversias, uniformado todos los

cultos y consagrado todos los sufragios, las miradas de los

intelectuales que pasan. Todavía se disciernen en el delirante

misticismo de la transfiguración, por ejemplo, las miradas llenas de

análisis tranquilo de Taine, tan distintas de las miradas de los

espectadores de ayer, ayunas de razonamientos y de distinciones morales,

poco o nada introspectivas simplificadas de nuevo, al sol del

Renacimiento, por la majestad sencilla de la línea antigua... Porque los

ojos han hecho un inmenso y triste camino de complicación y de

complexidad desde el Renacimiento hasta estos días de esteticismo y de

connotaciones múltiples. Ya no hay un cerebro bastante puro y amplio que

vea con la mirada de un Leonardo. Han desaparecido en el juicio las

perspectivas vastas, los lineamientos tranquilos: nuestros ojos están

tristes y nuestras miradas están enfermas; y aun parece que los

inmortales cuadros y los mármoles eternos, sienten que ya no sabemos

mirarlos. Quién sabe. ¿Por qué no ha de haber en el alma inefable de un

_capolavoro_, el melancólico despecho de no ser bien mirados? ¿Por qué

el espíritu nobilísimo de las cosas bellas no ha de encogerse de

angustia ante el enfermizo reflejo de las miradas de hoy? ¿Quién se

atrevería a negar que esta tristeza no modifica al aspecto mismo, la

fisonomía, la expresión de la obra de arte? ¿Quién podría afirmar que el

Moisés de Miguel Angel, es hoy el mismo que hace doscientos años, que

antes aún, cuando el maestro que esculpía las tablas de la ley soñando

en el haz de rayos de Zeus, golpeaba con su martillo el mármol vital,

ordenándole el movimiento y la acción?

* * * * *

Y el tren rueda aún con su desesperante machacar de herramientas, y mis

reminiscencias le siguen jadeantes por el camino. Vuelvo a escuchar las

ambiguas voces de los castrados, complemento extraño de todo lo visto y

sentido en el milagroso santuario. Paréceme como que todos los frescos,

todos los zócalos, las bíblicas figuras de los muros laterales que

cuentan las peregrinaciones mosaicas, y los más tremendos episodios

bíblicos; las grandes figuras sedentes del profeta y de la sibila; los

nueve grandes cuadros que reproducen en la bóveda la creación del mundo;

Dios, las pitonisas, los profetas, los santos de la nueva ley; todo eso,

cantaba en la voz blanca y singular, que esta era su propia voz, su

lengua propia, el verbo misterioso que los papas habíanles dado para que

se manifestasen a la emoción de los pueblos que van en romerías a

contemplarlos. _¡Miguel Angel y su juicio!..._ Todo heroísmo de arte

lleva a una hipersensibilidad atormentadora. Acaso el arte no es una

gran tranquilidad, sino una gran angustia. Toda la literatura está ahí

para comprobarlo: El infierno sale al paso a los grandes espíritus,

llámense Homero, Virgilo, Dante, Milton o Swedenborg, llámense

Buonarroti o Rops...

Sandro Botticelli; he ahí, la heredad del exquisito y raro, y no se

divaga por cierto el ánima de ese estremecimiento de angustia íntima que

trae consigo el deletrear todas las aristocracias de ese pincel. Porque

Botticelli no es de los que serenan; es quizá de aquellos cinco (que en

Taine son cuatro: Dante, Shakespeare, Beethoven y Miguel Angel) que

parecen de una raza aparte. Tiene un supremo privilegio, el que Víctor

Hugo halló siglos después en Baudelaire; ha creado un estremecimiento

nuevo, con una noción nueva de la expresión, que antes de él no está

condensada en parte alguna, sino difundida en las legiones de maestros

prerafaelitas, expresión de belleza convencional, o de fealdad resuelta

para algunos; pero de real belleza y armonía innegables para muchos que

llevan en el larario de sus emociones ese _coin maladif_ de que hablaba

Goncourt. Como ellos este hombre tiene una fisonomía y un sello de

poderoso individualismo; es solitario como ellos; tiene como ellos la

obra sin analogías, sin más que las lógicas analogías que ensartan en un

mismo hilo resplandeciente todas las demostraciones de un mismo arte, a

través de las épocas. ¡Cómo ansío llegar a Florencia para apacentar mis

admiraciones en el foco principal de las obras de Sandro! ¡Porque él

tiene ahí, en la ciudad dantesca, su reino, con el seráfico Fra

Angélico, aprisionador de éxtasis! Sin embargo, para hablar de la

Sixtina es preciso hablar de Botticelli, a condición de haber rezado

antes a Miguel Angel, esa alma de Dios caído ante la que rezó Taine. El

Juicio Final; sí, aquello no convierte mis apostasías ni enfervorece mi

fe; el protestante del cuento vuelto ortodoxo por obra y gracia del

_Juicio Final_, es de una conmovedora ingenuidad; por el camino de ese

cuadro se va mejor a Atenas que a Jerusalén; esas dos o trescientas

figuras que ensayan actitudes, no sugieren el _miserere mei_, sino el

himno a Phoibos Apollon: se está más cerca del nevado Olimpo, que del

trágico Josafat; más cerca de la gloria del músculo, que del aleteo

medroso de la plegaria. Es un gran escultor el que pinta,

esculturalmente (¿no hay acaso muchos pintores que esculpen cuadros?

Para no citar más que un talento moderno, ahí está Leonardo Bistolfi,

con sus monumentales bajo relieves fúnebres y su _Dolor confortado por

la memoria_.) Ha buscado Miguel Angel el agrupamiento de las figuras

curándose poco de las radiaciones sobrenaturales del cielo de los justos

y de las rojas bocanadas de hornaza del infierno de los réprobos:

quiere, ante todo, quiere grandiosamente la expresión inmortal del

cuerpo humano, la nobleza clásica del gesto; está cerca de Jove y ha

visto el fruncimiento de sus cejas y los hinchados músculos de su

diestra que blande la centella... Los tiernos colores, los dulces o

imperiosos matices, las perspectivas que ayudan al vuelo de la

imaginación moderna, el azul en que está sentado el Padre, el rosa de

las auroras de la resurrección, las policromías de los pinceles en las

manos que han mezclado colores, pero que no han labrado granitos... eso

no está aquí, no lo busquéis aquí; aquí está el relieve poderoso, aquí

está su plástica: el color que queréis está ahí en frente, mirad... El

tren acrece su estrueado bajo los cristales de una estación: el mar y

los verjeles se besan: ¡Nápoles! Hemos llegado a Nápoles. La Sixtina se

pierde en un desvanecimiento de ensueño.

Nápoles.

¡Nápoles! El Vesubio es todavía una pira digna de los funerales de

Patroclo. ¿Estamos por ventura en la era cristiana?

Se necesitaría embridar la imaginación aventurera con dura brida para

creerlo. La mañana arde mansamente en un impecable azul. He subido a las

alturas que corona el puente de San Telmo, punto clásico para las

perspectivas, a fin de _ver_ y _vencer_ antes de abismarme en ese mundo

ruidoso que gira y ríe a mis pies. Y en verdad os digo que estamos bajo

el imperio de los Augustos. Nada recuerda aquí el madero del Nazareno,

nada su religión de angustia: este sol que en pleno otoño tuesta las

rosas de Pœstum, las cuales dos veces florecen en el año, es el mismo

sol jovial que doraba la frente de Séneca. La bahía de Nápoles,

suavemente encorvada y palpitante como una seda azul sobre un inmenso

regazo, canta aún el _cum placidum ventis staret mare_, en su perpetuo

idilio con los islotes de Sirenusa, coros de las rubias oceanidas. El

azul del cielo, el histórico azul de ese cielo inmortal, se burla con su

flamante brillo, de los veinte siglos que han pasado desde que en la

dulzura piadosa del Pausílipo se acostaba para dormir su sueño eterno,

el dulce mantuano gorjeador de églogas. A su derecha la isla de Capri da

a las ondas reflejos de aventurina estriada de oro vivo y se aduerme en

la misma ociosidad que le valió el mote de Augusto.

A la izquierda, desde _capo del monte_ hasta el cono poblado de mitos

del Vesubio, las montañas de voluptuosas o ásperas ondulaciones engastan

sus moles en el zafiro inconmensurable. Enfrente, Castellamare y

Sorrento; ¡Sorrento! cuya sangre divina no corre ya por las venas del

mundo para letificarlos, como corre ahora ese

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 53 / 73 题