Insípido brebaje de cebada

anatematizado por Menéndez Pelayo, Sorrento, cuyo vino luminoso inspira

la _Jerusalén libertada_.

Y un poeta me dijo:

--Una peregrinación se impone aún, después del beso placentero que la

mirada envía a todo ese paisaje pintado por los afables dioses: vamos a

rezar un exámetro a la tumba de Virgilio, situada sobre la vertiente de

la gruta del Pausílipo y después a seguir respirando paganismo en la

hirviente ciudad: paganismo desde luego en el _Museo borbónico_ que

encierra toda la resurrección pompeyana: vasos, ánforas, lacrimatorios,

tinteros, estiletes, lámparas, candelabros, buclineos _speculums_ en

cuya agua muerta parecen aún flotar, como extraños lotos, los rostros de

las patricias que en ella se contemplaron; paganismo en las vías

resonantes de una muchedumbre que parece hiperestesiada por la vida, que

la absorbe a enormes tragos, que tiene a Dionisio en los labios y a San

Jenaro en el corazón, invirtiendo frecuentemente los nombres. He aquí a

la bien amada de Lúculo, de Mario, de Pompeyo y de Plinio que la

reconocerían en su tocado y en su risa... He aquí a la reina de las

divinas galeras, atareada como para recibir los marfiles de Cartago. He

aquí a la novia de César, coronada de mirtos. Jove Capitolino extiende

aún hasta este refugio de delicias la piedad de su sombra; los dioses

resucitan diariamente al surgir como una discreta apoteosis la aurora

sobre la mansedumbre especular del golfo. Se comprende aquí la

resistencia al cristianismo, la taimada protesta del meridional epicúreo

y jovial a una ley de tristeza y de mortificación: Un Dios nuevo, _¿â

quoi bon?_ si los viejos no han dejado de ser buenos. ¿Vale este

doliente hombre coronado de espinas por aquellos radiantes silenos

coronados de parra? ¿Qué papel puede desempeñar la Providencia cristiana

en un pueblo que mendiga el azar? ¿A qué pensar en las delicias de una

gloria cuyo precio es la oblación y d martirio, cuando llegan hasta

nosotros los alientos aromatizados de Misena, de Cumas, de Baya Caras a

Nerón, de Prócida y de Ischia? ¿Por ventura ese cielo que promete el

crucificado será más azul que el ciclo del Mediodía? ¿Las delicias de

ese empireo nuevo igualarán al beso que al incendiarse las púrpuras de

la tarde pone el pescador en la boca de la pálida pescadora? ¿Los

ángeles tienen acaso los inmensos ojos luminosos de estas mujeres

doctoras del amor? ¡La tortura, el martirio! ¿para qué si la vida está

llena de sol, si huelen tan bien las flores de los naranjos y el obscuro

vino tiene aún el secreto de las risas de los dioses? Y Cristo tendió

mucho tiempo sus brazos hacia esta otra Jerusalén del placer y quiso

ampararla bajo sus alas como la gallina a sus polluelos, pero la

Jerusalén del placer era esquiva y levantisca. Vanamente se extendieron

esos brazos mucho tiempo, y al fin la bacante cayó en ellos. Pero siguió

su danza loca y su loca risa; cambió sólo la letra de la tarantela, se

juraba por Cristo, pero se seguía jurando _per Baco_, y la superstición

reemplazaba a las pitonisas y la sangre hirviente de San Jenaro a la

hirviente espuma de la Sibila de Cumas.

Esto que pasaba en el reinado de Constantino el Grande lo propio que en

el reinado de Nerón, pasa aún bajo el poder de Víctor Manuel III. La

impenitente grita y ríe en mi rededor como en las saturnales: nada ha

cambiado, la cruz abre estérilmente sus brazos sobre la perenne

apostasía de las vidas: Cephas no ha podido asentar sus sillares al

borde del Golfo que vió las sirenas; y los Olímpicos llamean y detonan

como dueños absolutos sobre la conflagración perpetua del Vesubio.

Nápoles está por Zeus contra el Cristo.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 54 / 73 题