_Roma veduta, fede perduta_, dice el proloquio. Según el color del
cristal con que se mire Roma. En los días en que el pontífice se ha
presentado ante el inmenso concurso de peregrinos que le ha aclamado en
San Pedro, he visto correr por todo aquel recinto magnificente un
verdadero y hondo estremecimiento de fe. Eran los corazones simples,
las muchedumbres que venían de lejanas regiones o de las más apartadas
provincias italianas, conmovidas ante la aparición del papa blanco, en
quien, milagrosamente, veían la persistencia de una vida increíble, el
representante de Dios sobre la tierra, el que ata y desata, portero del
palacio celeste. Espectáculo interesante era por cierto las distintas
manifestaciones del entusiasmo religioso en ese mundo de gentes
conmovidas. Unos pálidos, silenciosos, como llenos de un santo terror;
otros murmurando oraciones; otros ruidosos, congestionados, agitando
pañuelos, moviendo los brazos, alzándose sobre las puntas de los pies.
No puedo menos que recordar una escena impagable y sugerente. Un alto
mocetón de la peregrinación alemana, sobre un banco, en medio del mar
humano que surcaba en su silla gestatoria León XIII, comenzó, dominando
todos los ruidos, a emitir con la voz de un ronco cuerno, con la fuerza
de un pulmón de bronce, repetidos y acompasados _hoch! hoch! hoch!_ Y
una vieja italiana que estaba cerca, se volvió, furiosa, fulminándole
con los ojos y deseándole un mal accidente.--«_Ah! la bruta bestia!_» Y
aquel súbito y afilado apóstrofe deslió la devoción circunstante en
carcajadas.
Se cree aún, hay aún muchas almas que tienen esperanza y fe. A pesar de
los escándalos religiosos; a pesar de la política pontificia; a pesar de
lo que se dice del dinero de San Pedro; a pesar de los libros-catapultas
contra la curia romana, en que no todo es pasión o fantasía; a pesar de
la democracia igualitaria y de la plaga de las nociones científicas y
filosóficas, se cree todavía, hay espíritus que creen. Reduciré mi
pensar a la fórmula criolla de un mi amigo: «¡Esto, me dice, es como lo
que pasa entre nosotros, en nuestras repúblicas americanas: la
constitución, muy buena, la administración, muy mala!»
Rueda el carruaje por la antigua vía Apía, cuyo pavimento de piedras
anchas resuena bajo los cascos. Queda atrás la Porta Capena, en donde
los aduaneros espían lo que se llama en España el matute. A lo largo de
la _regina viarum_ otros cuantos vehículos se dirigen hacia las
catacumbas de San Calixto. Tabernas y hosterías suburbanas llaman, en
rótulos de una caligrafía primitiva o infantil, a gustar el vino célebre
de los Castillos Romanos. Pasado el paraje por donde hoy hacen
estremecerse la tierra de Appio Claudio las locomotoras del ferrocarril
que va a Civitavecchía, llego ante la iglesita del _Quo Vadis_, cuya
inscripción me parece de pronto--perdonadme mi ingenuidad--la _réclame_
de una casa editora para la notable, compacta y demasiado resonante
novela del polaco Sienkiewicz.
Al llegar a las Catacumbas, una escena curiosa y desagradable me hizo
detener. Nada más repulsivo y ridículo para mí, que los boticarios
ateos, los rentistas que han leído a Lachattre y los concienzudos
frailófagos que recitan el apócrifo Hugo de _Jesucristo en el Vaticano_.
Hay sujetos de esos que desearían ver al papa pidiendo limosna, al
clero descalzo y con una cruz a cuestas, alimentándose y abrigándose con
lo que el Señor da a las raposas y a los lirios del campo.
Juzgan a todo sacerdote un bandido, y al pontífice, capitán de la gran
cuadrilla. El mal gusto de estas viejas facecias ha tiempo que está
flagrantemente reconocido. Pues bien, a la entrada de las Catacumbas he
asistido al repugnante espectáculo de un cambalache sagrado. Frailes
odiosos vendían cirios como macarrones, frascos de específicos, medallas
y recuerdos santos, con la misma avidez y las mismas maneras que el más
sórdido y brutal almacenista. Descendí, en compañía de unos peregrinos
franceses, por el dédalo obscuro. El guía recitó su cien veces repetida
lección, delante de los peces simbólicos, delante de la tumba de Santa
Cecilia. Los muros ennegrecidos por el humo de las antorchas y rayados
de inscripciones, en las capillas y pasadizos; la estrechez del lugar,
lo mecánico del viaje a través de esa cueva de «viejos topos» y la
confusión en el rebaño indocto y cornacqueado por su reverencia, me
dejaron una desilusión inmensa. ¡Me quedo con Fabiola! Y luego, por
todas partes, como en todos los lugares dignos de la veneración de la
historia o del arte, la pata del ciudadano particular que deja su huella
en la seguridad de ser reconocido cuarenta siglos más tarde. Leí, entre
mil nombres: _Pierre Durand_. ¡Pierre Durand! En la torre inclinada de
Pisa había encontrado: _Pedro Pérez_. Oh, Señor Dios, tu sabiduría es
infinita.