8 Octubre.

_Roma veduta, fede perduta_, dice el proloquio. Según el color del

cristal con que se mire Roma. En los días en que el pontífice se ha

presentado ante el inmenso concurso de peregrinos que le ha aclamado en

San Pedro, he visto correr por todo aquel recinto magnificente un

verdadero y hondo estremecimiento de fe. Eran los corazones simples,

las muchedumbres que venían de lejanas regiones o de las más apartadas

provincias italianas, conmovidas ante la aparición del papa blanco, en

quien, milagrosamente, veían la persistencia de una vida increíble, el

representante de Dios sobre la tierra, el que ata y desata, portero del

palacio celeste. Espectáculo interesante era por cierto las distintas

manifestaciones del entusiasmo religioso en ese mundo de gentes

conmovidas. Unos pálidos, silenciosos, como llenos de un santo terror;

otros murmurando oraciones; otros ruidosos, congestionados, agitando

pañuelos, moviendo los brazos, alzándose sobre las puntas de los pies.

No puedo menos que recordar una escena impagable y sugerente. Un alto

mocetón de la peregrinación alemana, sobre un banco, en medio del mar

humano que surcaba en su silla gestatoria León XIII, comenzó, dominando

todos los ruidos, a emitir con la voz de un ronco cuerno, con la fuerza

de un pulmón de bronce, repetidos y acompasados _hoch! hoch! hoch!_ Y

una vieja italiana que estaba cerca, se volvió, furiosa, fulminándole

con los ojos y deseándole un mal accidente.--«_Ah! la bruta bestia!_» Y

aquel súbito y afilado apóstrofe deslió la devoción circunstante en

carcajadas.

Se cree aún, hay aún muchas almas que tienen esperanza y fe. A pesar de

los escándalos religiosos; a pesar de la política pontificia; a pesar de

lo que se dice del dinero de San Pedro; a pesar de los libros-catapultas

contra la curia romana, en que no todo es pasión o fantasía; a pesar de

la democracia igualitaria y de la plaga de las nociones científicas y

filosóficas, se cree todavía, hay espíritus que creen. Reduciré mi

pensar a la fórmula criolla de un mi amigo: «¡Esto, me dice, es como lo

que pasa entre nosotros, en nuestras repúblicas americanas: la

constitución, muy buena, la administración, muy mala!»

Rueda el carruaje por la antigua vía Apía, cuyo pavimento de piedras

anchas resuena bajo los cascos. Queda atrás la Porta Capena, en donde

los aduaneros espían lo que se llama en España el matute. A lo largo de

la _regina viarum_ otros cuantos vehículos se dirigen hacia las

catacumbas de San Calixto. Tabernas y hosterías suburbanas llaman, en

rótulos de una caligrafía primitiva o infantil, a gustar el vino célebre

de los Castillos Romanos. Pasado el paraje por donde hoy hacen

estremecerse la tierra de Appio Claudio las locomotoras del ferrocarril

que va a Civitavecchía, llego ante la iglesita del _Quo Vadis_, cuya

inscripción me parece de pronto--perdonadme mi ingenuidad--la _réclame_

de una casa editora para la notable, compacta y demasiado resonante

novela del polaco Sienkiewicz.

Al llegar a las Catacumbas, una escena curiosa y desagradable me hizo

detener. Nada más repulsivo y ridículo para mí, que los boticarios

ateos, los rentistas que han leído a Lachattre y los concienzudos

frailófagos que recitan el apócrifo Hugo de _Jesucristo en el Vaticano_.

Hay sujetos de esos que desearían ver al papa pidiendo limosna, al

clero descalzo y con una cruz a cuestas, alimentándose y abrigándose con

lo que el Señor da a las raposas y a los lirios del campo.

Juzgan a todo sacerdote un bandido, y al pontífice, capitán de la gran

cuadrilla. El mal gusto de estas viejas facecias ha tiempo que está

flagrantemente reconocido. Pues bien, a la entrada de las Catacumbas he

asistido al repugnante espectáculo de un cambalache sagrado. Frailes

odiosos vendían cirios como macarrones, frascos de específicos, medallas

y recuerdos santos, con la misma avidez y las mismas maneras que el más

sórdido y brutal almacenista. Descendí, en compañía de unos peregrinos

franceses, por el dédalo obscuro. El guía recitó su cien veces repetida

lección, delante de los peces simbólicos, delante de la tumba de Santa

Cecilia. Los muros ennegrecidos por el humo de las antorchas y rayados

de inscripciones, en las capillas y pasadizos; la estrechez del lugar,

lo mecánico del viaje a través de esa cueva de «viejos topos» y la

confusión en el rebaño indocto y cornacqueado por su reverencia, me

dejaron una desilusión inmensa. ¡Me quedo con Fabiola! Y luego, por

todas partes, como en todos los lugares dignos de la veneración de la

historia o del arte, la pata del ciudadano particular que deja su huella

en la seguridad de ser reconocido cuarenta siglos más tarde. Leí, entre

mil nombres: _Pierre Durand_. ¡Pierre Durand! En la torre inclinada de

Pisa había encontrado: _Pedro Pérez_. Oh, Señor Dios, tu sabiduría es

infinita.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 52 / 73 题