7 Octubre de 1900.

El Pincio, un paseo que se enrolla en una colina. Desde una plataforma

de la altura, se divisa el panorama romano. Cúpulas por todas partes,

aunque no me animo a contar las trescientas que vieron los ojos de aquel

admirable y exuberante Castelar. El paseo no está concurrido en esta

sazón. El veraneo ha alejado a la sociedad capitolina. Se ve uno que

otro carruaje, pocos paseantes a pie, y, en los bancos, los clientes que

en todas partes tienen los lugares umbrosos, los parques y las alamedas:

el solitario que lee, el que medita, la dama vestida de negro, con la

niña melancólica y, en ciertos recodos, al cariño de los árboles, grupos

infantiles que ríen y juegan. Pero aquí no falta, además, el joven

seminarista, la pareja de estudiantes religiosos, la venerable figura de

un viejo sacerdote, o, dentro de su carruaje, la silueta de un

eminentísimo. Asimismo, no dejaréis de ver una que otra especie de

amable dama que, precariamente, busca adoradores, tan lejana de la

triunfante amorosa de París, como de su antecesora la cortesana de Roma.

Siempre en Italia encontraréis el lujo de los mármoles. Aquí veis la

piedra ilustre, desde los bajos relieves de la entrada, por la escalera

monumental, hasta la serie larga de bustos terminales que pueblan las

arboledas. Estos parajes están como impregnados de perfumes de amor, de

lecturas de breviario, cribados de conversaciones mundanas. Y allí, a un

lado, en uno de los paredones, un lugar hay en que la muerte atrae. Es

en el paredón de los suicidas, el punto elegido por los desesperados

para borrar la mala pesadilla de sus vidas, el refugio de los pobres de

fe o presidiarios de la suerte. París tiene el Sena, Londres el Támesis,

Madrid el Viaducto, Roma el paredón del Pincio.

A un lado del Pincio se halla villa Borghese. A ambos lugares se entra

por la piazza del Popolo. Al Pincio por la escalera monumental; a la

villa por una amplia puerta en donde un empleado municipal cobra el

precio del paso. Desde la entrada se nota lo vasto y bello de ese parque

armonioso, lleno de sitios encantados y deliciosas umbrías y rincones de

amor. Cipreses, encinas, pinos, se alzan, evocadores, en el vasto

convento de árboles. Columnas desvencijadas, invadidas de hiedra,

ilustradas de arcaicas inscripciones, templetes y fuentes de un

prestigio antiguo deleitan con su gracia clásica. Se pasa por una

construcción de estilo egipcio, para llegar, entre simulacros paganos,

flores y hojas que mueve la más dulce brisa de los cielos, a un precioso

lago, compuesto con gusto lírico, en donde una _loggia_ central a que se

accede por un puentecillo, se alza sobre el agua esmeraldina y

transparente en que se solazan silenciosos cisnes y evolucionan

cardúmenes de truchas rosadas. A la orilla del lago, copiando un trozo

en que se alzan tallos de flores acuáticas, veo a un viejo pintor. Sobre

una roja anémona que crece cerca del banco en que me he sentado,

trabajan dos abejas, y se me antoja que una ha salido del jardín de

Horacio y otra se ha posado en la barba del Bembo. En frente, se abre

una maravillosa perspectiva hacia los suburbios romanos. Desde ese

magnífico mirador la vista descubre valles y colinas y pintorescos

perfiles, en una lejanía de las que gustaba el mágico Leonardo para

fondo de sus cuadros. El sol va bajando como en una suavidad de

adormecimiento, la luz se agota lentamente en un interminable suspiro de

crepúsculo. Las estatuas, los peristilos, adquieren un misterioso

resplandor de oro y violeta. Y cuando dejo con pesar ese paraíso, al

pasar por una senda nueva, veo un luminoso revoloteo de faisanes. Siento

en mi espíritu de poeta el saludo amable de la tierra, la generosidad de

la naturaleza. Los pinos, de una elegancia gentilicia, elevan al

firmamento sus espesos y obscuros parasoles, en un gesto de oferta; los

cipreses prolongan la languidez de sus inclinaciones, las encinas

centenarias ostentan la misma nobleza que en los poemas y en los

cuadros. Revive en un minuto un mundo pasado, un mundo heráldico,

cardenalicio, real, imperial, papal, un mundo de valor, de cultura, de

fuertes virtudes y de nobles vicios, un mundo de púrpura, de mármol, de

acero y de oro; un mundo que allí mismo, en el museo de la villa,

eterniza las glorias de una edad de belleza, de lucha y de vida. Y me da

verdaderamente pesadumbre y fastidio tener que ir luego a saludar

personas, a comunicar con tantas gentes que me son extrañas, a entrar de

nuevo en la abominación de mis contemporáneos... En la Piazza del Popolo

compro un periódico.

No hay duda de que, a pesar de todo, Italia no perderá nunca su lado

novelesco. En un solo número de diario leo tres informaciones que ocupan

largos espacios. Se trata primero de _La gesta del brigante Musolino_.

El título no más es ya un hallazgo. Existe, pues, mientras estoy en Roma

y veo las oficinas de una compañía de seguros yanqui en el primer piso

de un palacio histórico, mientras Gabriel D’Annunzio pasa de los

aristócratas a los socialistas, mientras la basílica de San Pedro se

alumbra con luz eléctrica, existe, pues, en Italia todavía un verdadero

bandido, que vive en un verdadero bosque en donde le dan caza con

fusiles de precisión, y que tiene todavía el buen gusto de llamarse con

un nombre que habría complacido a D. Miguel de Cervantes: existe el

brigante Musolino. Como en las pasadas épocas, le buscan afanosamente

compañías de carabinieri y él se les escurre como una murena. Aparece

en un punto y otro, adopta disfraces diversos, es el terror de las

comarcas por donde pasa, y, como en otros casos, ofrece a la muchedumbre

rasgos simpáticos. Corolario: Juan Moreira, Fra Diávolo y el mauser,

pueden coexistir.

El otro caso curioso es el siguiente, que tampoco es nuevo, pero que

también cae en el _mélo_ y en el folletín: Un hombre acaba de ser puesto

en libertad por las autoridades de una provincia de Italia, después de

haber estado en presidio, inocentemente, treinta y tantos años. No se

dice qué indemnización se dará al infeliz, pero el suceso interesa a

todas las imaginaciones y ocupa todas las lenguas que no escatiman

comentarios. Y el otro sucedido es todo lo contrario al anterior.

Después de treinta años de olvido, se ha descubierto a dos asesinos,

marido y mujer, que, para realizar sus deseos de unión, dieron muerte,

envenenándoles lentamente, al marido de ella y al padre de él. Los

detalles del proceso tienen a Roma en el «se continuará» de una novela

del Sr. Gorón.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 51 / 73 题