El Pincio, un paseo que se enrolla en una colina. Desde una plataforma
de la altura, se divisa el panorama romano. Cúpulas por todas partes,
aunque no me animo a contar las trescientas que vieron los ojos de aquel
admirable y exuberante Castelar. El paseo no está concurrido en esta
sazón. El veraneo ha alejado a la sociedad capitolina. Se ve uno que
otro carruaje, pocos paseantes a pie, y, en los bancos, los clientes que
en todas partes tienen los lugares umbrosos, los parques y las alamedas:
el solitario que lee, el que medita, la dama vestida de negro, con la
niña melancólica y, en ciertos recodos, al cariño de los árboles, grupos
infantiles que ríen y juegan. Pero aquí no falta, además, el joven
seminarista, la pareja de estudiantes religiosos, la venerable figura de
un viejo sacerdote, o, dentro de su carruaje, la silueta de un
eminentísimo. Asimismo, no dejaréis de ver una que otra especie de
amable dama que, precariamente, busca adoradores, tan lejana de la
triunfante amorosa de París, como de su antecesora la cortesana de Roma.
Siempre en Italia encontraréis el lujo de los mármoles. Aquí veis la
piedra ilustre, desde los bajos relieves de la entrada, por la escalera
monumental, hasta la serie larga de bustos terminales que pueblan las
arboledas. Estos parajes están como impregnados de perfumes de amor, de
lecturas de breviario, cribados de conversaciones mundanas. Y allí, a un
lado, en uno de los paredones, un lugar hay en que la muerte atrae. Es
en el paredón de los suicidas, el punto elegido por los desesperados
para borrar la mala pesadilla de sus vidas, el refugio de los pobres de
fe o presidiarios de la suerte. París tiene el Sena, Londres el Támesis,
Madrid el Viaducto, Roma el paredón del Pincio.
A un lado del Pincio se halla villa Borghese. A ambos lugares se entra
por la piazza del Popolo. Al Pincio por la escalera monumental; a la
villa por una amplia puerta en donde un empleado municipal cobra el
precio del paso. Desde la entrada se nota lo vasto y bello de ese parque
armonioso, lleno de sitios encantados y deliciosas umbrías y rincones de
amor. Cipreses, encinas, pinos, se alzan, evocadores, en el vasto
convento de árboles. Columnas desvencijadas, invadidas de hiedra,
ilustradas de arcaicas inscripciones, templetes y fuentes de un
prestigio antiguo deleitan con su gracia clásica. Se pasa por una
construcción de estilo egipcio, para llegar, entre simulacros paganos,
flores y hojas que mueve la más dulce brisa de los cielos, a un precioso
lago, compuesto con gusto lírico, en donde una _loggia_ central a que se
accede por un puentecillo, se alza sobre el agua esmeraldina y
transparente en que se solazan silenciosos cisnes y evolucionan
cardúmenes de truchas rosadas. A la orilla del lago, copiando un trozo
en que se alzan tallos de flores acuáticas, veo a un viejo pintor. Sobre
una roja anémona que crece cerca del banco en que me he sentado,
trabajan dos abejas, y se me antoja que una ha salido del jardín de
Horacio y otra se ha posado en la barba del Bembo. En frente, se abre
una maravillosa perspectiva hacia los suburbios romanos. Desde ese
magnífico mirador la vista descubre valles y colinas y pintorescos
perfiles, en una lejanía de las que gustaba el mágico Leonardo para
fondo de sus cuadros. El sol va bajando como en una suavidad de
adormecimiento, la luz se agota lentamente en un interminable suspiro de
crepúsculo. Las estatuas, los peristilos, adquieren un misterioso
resplandor de oro y violeta. Y cuando dejo con pesar ese paraíso, al
pasar por una senda nueva, veo un luminoso revoloteo de faisanes. Siento
en mi espíritu de poeta el saludo amable de la tierra, la generosidad de
la naturaleza. Los pinos, de una elegancia gentilicia, elevan al
firmamento sus espesos y obscuros parasoles, en un gesto de oferta; los
cipreses prolongan la languidez de sus inclinaciones, las encinas
centenarias ostentan la misma nobleza que en los poemas y en los
cuadros. Revive en un minuto un mundo pasado, un mundo heráldico,
cardenalicio, real, imperial, papal, un mundo de valor, de cultura, de
fuertes virtudes y de nobles vicios, un mundo de púrpura, de mármol, de
acero y de oro; un mundo que allí mismo, en el museo de la villa,
eterniza las glorias de una edad de belleza, de lucha y de vida. Y me da
verdaderamente pesadumbre y fastidio tener que ir luego a saludar
personas, a comunicar con tantas gentes que me son extrañas, a entrar de
nuevo en la abominación de mis contemporáneos... En la Piazza del Popolo
compro un periódico.
No hay duda de que, a pesar de todo, Italia no perderá nunca su lado
novelesco. En un solo número de diario leo tres informaciones que ocupan
largos espacios. Se trata primero de _La gesta del brigante Musolino_.
El título no más es ya un hallazgo. Existe, pues, mientras estoy en Roma
y veo las oficinas de una compañía de seguros yanqui en el primer piso
de un palacio histórico, mientras Gabriel D’Annunzio pasa de los
aristócratas a los socialistas, mientras la basílica de San Pedro se
alumbra con luz eléctrica, existe, pues, en Italia todavía un verdadero
bandido, que vive en un verdadero bosque en donde le dan caza con
fusiles de precisión, y que tiene todavía el buen gusto de llamarse con
un nombre que habría complacido a D. Miguel de Cervantes: existe el
brigante Musolino. Como en las pasadas épocas, le buscan afanosamente
compañías de carabinieri y él se les escurre como una murena. Aparece
en un punto y otro, adopta disfraces diversos, es el terror de las
comarcas por donde pasa, y, como en otros casos, ofrece a la muchedumbre
rasgos simpáticos. Corolario: Juan Moreira, Fra Diávolo y el mauser,
pueden coexistir.
El otro caso curioso es el siguiente, que tampoco es nuevo, pero que
también cae en el _mélo_ y en el folletín: Un hombre acaba de ser puesto
en libertad por las autoridades de una provincia de Italia, después de
haber estado en presidio, inocentemente, treinta y tantos años. No se
dice qué indemnización se dará al infeliz, pero el suceso interesa a
todas las imaginaciones y ocupa todas las lenguas que no escatiman
comentarios. Y el otro sucedido es todo lo contrario al anterior.
Después de treinta años de olvido, se ha descubierto a dos asesinos,
marido y mujer, que, para realizar sus deseos de unión, dieron muerte,
envenenándoles lentamente, al marido de ella y al padre de él. Los
detalles del proceso tienen a Roma en el «se continuará» de una novela
del Sr. Gorón.