¿Es una madeja de seda, es una flor, un lirio de cinco pétalos, un
viviente lirio pálido, o acaso una pequeña ave de fina pluma? No, ni
madeja de seda, ni lirio, ni pájaro delicado; es la mano del pontífice,
es la diestra de León XIII, la que acabo de tener entre mis dedos, y mi
beso sincero se ha posado sobre la gran esmeralda de la esposa que
recompensa en una irradiación de infinita esperanza la fe que no han
podido borrar de mi espíritu los rudos roces del mundo maligno y la lima
de los libros y los ácidos ásperos de nuevas filosofías. Bien haya la
mano que me movió de París, para que la casualidad me hiciese estar en
Roma en el momento de la llegada de la peregrinación argentina. Nada más
misterioso y divino que la casualidad. No pensaba yo alcanzar a conocer
al Papa Blanco; creía que cuando llegase a la ciudad ecuménica ya se
habría apagado la leve lámpara de alabastro. La lámpara se está
apagando, o parece que se apaga, aunque en veces la luz tiene brillos
inusitados, como de un sobrenatural aceite, y hace creer en los milagros
de la voluntad, que de todas maneras son los milagros de Dios. Es
tiempo en que el Año Santo trae a Roma caravanas de creyentes de todo el
mundo católico. Lo que a París lleva el placer trae a la Villa Eterna la
religión, una incesante corriente humana que se renueva a la continua,
corazones fervorosos que animan sangres de diversas razas, labios que
rezan en distintas lenguas, ciudadanos de la cosmópolis cristiana que
con un mismo aliento proclaman la unidad de la fe en la capital de Pedro
y de Pablo. _Civis romanus sum._
Antes de ver al pontífice de cerca, de besar su mano, de escuchar su
voz, le había visto dos veces en San Pedro, una en ceremoniales de
beatificación, otra dando la bendición a miles de peregrinos. No fué la
primera ocasión la que mayormente conmoviera mi ánimo, con todo y llamar
más a lo imaginativo la pompa solemne de los ritos, la música singular
bajo las techumbres suntuosas e imponentes de la basílica, las rojas
colgaduras que empurpuran la vasta nave central en que el soberbio
baldaquino retuerce sus columnas salomónicas, el concurso de altos
ministros y príncipes eclesiásticos, y la asamblea de fieles que saluda
al emperador de los católicos. Desde Taine la palabra «ópera» se ha
escrito muchas veces a este respecto, para que mi lealtad de respetuoso
no haya sido perturbada por los inconvenientes que traen la tarea de
pensar y el oficio de escribir. La segunda vez fué cuando ví mejor y
sentí más hondamente al pálido vicario de Jesucristo.
Hervían las naves de gentes diversas. Peregrinos de varias
peregrinaciones lucían en los brazos o en los pechos sus insignias.
Religiosos de varios colores circulaban en el inmenso concurso; altos y
rubios teutones, de caras macizas, de anchas espaldas, conversaban
serios; curas y seminaristas españoles hablaban, se embromaban,
bulliciosos; sacerdotes franceses, con ferviente _chauvinisme_, cantaban
en alta voz himnos, recomendando especialmente la Francia al Eterno
Padre. Gentes de la campaña italiana, con sus vestidos pintorescos,
alegraban de vistosas estofas y de curiosas y brillantes orfebrerías la
masa compacta, la apretada reunión de correligionarios. Aparecieron los
estandartes de los peregrinos, y se oyeron largos aplausos de grupos
parciales. Una bandera francesa, que llegó sola, tuvo un general saludo
de palmas y aclamaciones.
Allá arriba, sobre el altar, sobre la tumba de Pedro el Pescador, una
inscripción latina pide al Señor que prolongue la vida de León XIII. Es
la petición tácita de todas esas almas reunidas con un mismo fin al
abrigo del colosal monumento del Bramante: es la plegaria que en todos
los climas de la tierra se eleva de millones de fieles. Las tribunas
levantadas alrededor del altar en que ha de oficiar su santidad están
negras de fracs y de mantillas. Se confunden los rostros de todas las
edades. Las mantillas cubren cabelleras blancas o decoran cabezas en que
se encienden jóvenes ojos amorosos que pugnan por ser severos en la
majestad del recinto. De pronto, mientras los franceses continúan con
sus cantos, comienza allá por la entrada de la iglesia, por el lado que
da a la Puerta de Bronce, entrada del papa, un rumor que crece y se
convierte en un claro aplauso; y éste se propaga con un ruido resonante,
bajo los dorados artesones basilicales. Han aparecido los guardias
suizos: brillan los cascos romanos de la oficialidad, los soldados del
uniforme miguelangelesco presentan las alabardas, y una cosa se divisa
blanca en marco rojo, una cosa que se va acercando entre explosiones de
voces y agitar de pañuelos: es el papa en su silla. Ya está cercano el
papa León, ya va a pasar frente a mis ojos. Un grupo de españoles clama
sus vivas de manera detonante; un grupo de alemanes hace tronar sus
_¡hoch!_, _¡hoch!_, _¡hoch!_, mientras los italianos repiten su
conocido, _¡E viva il papa re!_ Sobre la silla escarlata, de cuando en
cuando, se alza en esfuerzo visible, un dulce fantasma, un ser que no es
ya terrestre, poniendo en un solo impulso seguridad de aliento, creando
fuerza de la nada; el brazo se agita débil, se desgranan de la mano
blanca las bendiciones, como las cuentas de un rosario invisible, como
las uvas de un ramo celeste. Al pasar frente a mí un chorro de sol cae
oblicuo y vibrante sobre la misteriosa figura, y puedo ver por primera
vez bien, en un baño de luz, al papa León. Cien veces pintado, mil veces
descripto, no hay palabras ni colores que hayan dado la sensación de la
realidad. Todos se encontraron en lo cierto cuando se sintieron
impresionados de blancura. ¿Recordáis el verso: _Qué cosa más
blanca..._? Sumad nieves y linos, cisnes y espumas, y juntad palideces
de ceras, color suave de pulpas de lirios y de rosas te, y agregad alba
transparencia, como de un ámbar eucarístico, y poned la animación de una
inexplicable onda vital, y he allí lo que pasó ante mis ojos, bajo la
gloria solar, en ese instante. ¿Cómo alienta ese dulce ser fantasmal?
¡Cómo da luz aun la frágil lámpara alabastrina! Y cuando los cantos del
ritual comenzaron, y fué el padre santo al altar, ¿qué brazos
desconocidos le sostuvieron? ¿Y qué onda sonora puso en su voz la fuerza
que hizo esparcir su canto por las naves inmensas, de manera tal que no
se creería brotase de ese cuerpo de paloma? Cuando volvió, otra
tempestad de entusiasmo se desencadenó a su presencia. Ví a mi rededor
barbas de plata y mejillas frescas, húmedas de las más puras lágrimas.
El pontífice no tenía la constelada tiara tres veces regia, no llevaba a
su lado los flabeles orientales. Sencillo pasó en su roja portantina
como una perla en un pétalo de rosa. Y se desvaneció a mis ojos, como en
un sueño. La tercera vez...
La tercera vez, agregado a la peregrinación argentina, pude estar por
dos ocasiones, gracias al obispo monseñor Romero, amable de toda
amabilidad, delante del pontífice. Muy temprano, por la mañana, el
peluquero me había encontrado algunas canas nuevas; yo en cambio, ¿por
qué no decirlo? sentía en el corazón y en la cabeza mucho de lo que
hubiera el día de la primera cita de amor, y de la publicación del
primer libro. Se despertaba en el fondo de mi ser como un perfume de
primera juventud; y todas las lecturas y todas las opiniones no pudieron
poner el más ligero vaho empañador en esas horas cristalinas. El viejo
feo de Zola, el avaro de los decires de antecámara, el sinuoso
ajesuítado o jesuíta del todo, el contemporizador con la democracia
moderna, el papa de los periódicos, desapareció, se borró por completo
de mi memoria, para dar lugar al papa columbino, al viejecito sagrado
que representa veinte siglos de cristianismo, al restaurador de la
filosofía tomística, al pastor blanco de la suave sonrisa, al anciano
paternal y al poeta.
A las once era la cita, y, presididos por monseñor, fuimos, demás está
decirlo, puntuales. Nuestra insignia azul y blanca en el pecho, nuestras
tarjetas, rojas o moradas, en la mano, subimos las escaleras vaticanas,
pasamos por la Puerta de Bronce y penetramos en la Sala Clementina,
guardada por suizos, en donde habíamos de recibir la personal bendición.
La Sala Clementina, ¿recordáis? Es aquella que vió Pedro Froment en la
novela. «Esta sala Clementina, inmensa, parecía sin límites, a esa hora,
en la claridad crepuscular de las lámparas. La decoración tan rica,
esculturas, pinturas, dorados, se esfumaba, no era sino una vaga
aparición flava, muros de ensueño, en que dormían reflejos de joyas y
pedrerías. Y, por otra parte, ni un mueble, el pavimento sin fin, una
soledad alargada, perdiéndose en el fondo de las semitinieblas... Él se
contentó con mirar a su alrededor evocando las muchedumbres que habían
poblado esa sala. Hoy aun, era la sala accesible a todos, y que todos
debían atravesar, simplemente una sala de guardias, llena siempre de un
tumulto de pasos, de idas y venidas innumerables. ¡Pero qué muerte
gravitante, desde que la noche la había invadido, y cómo estaba
desesperada y cansada de haber visto desfilar tantas cosas y tantos
seres!» No tuve la impresión de Pedro. Al contrario, invadida por la luz
que entraba por las ventanas laterales, la sala extensísima y severa
parecía dar la bienvenida. Las figuras de los frescos en sus posiciones,
en sus énfasis simbólicos, la Justicia, la Fe, las escenas de la
entrada, la gloria del Santo Espíritu en el cuadro del fondo, y sobre
nuestras frentes en el vasto plafón, los brazos abiertos del pontífice
que asciende al empíreo sostenido por el apoyo de los ángeles, decían
felices augurios, daban reconfortantes pensamientos. Sí, el papa
Clemente era un buen introductor ante el papa León. Este debía pasar,
dentro de poco, detenerse con nosotros, para ir luego a bendecir en la
basílica a otros miles de peregrinos de distintos puntos de la tierra.
Mientras un maestro de ceremonias nos coloca en el orden usual y
monseñor Romero entra a los salones interiores en compañía de otro
prelado, observo. A la entrada de la sala dos alabarderos guardan la
puerta, y al extremo opuesto una escolta de ese vistoso y arcaico cuerpo
aguarda el instante de los honores.
Circulan, pasan de un punto a otro, rojos _bussolanti_. Un franciscano
joven, de rostro noble e inteligente, sale de lo interior y da algunas
órdenes. Tengo la suerte de que mi nombre haya llegado a sus oídos, y me
sorprende su inesperada afabilidad. Es el secretario del cardenal Vives.
Los argentinos son divididos en dos grupos. A un lado los sacerdotes, a
otro los laicos. Los rostros, casi todos, revelan una indudable creencia
en la extrahumanidad del varón apostólico que ha de aparecer a nuestra
vista dentro de cortos instantes; algunos, ciertamente, reflejan como la
preconcebida esperanza de un espectáculo de profana teatralidad. Las
señoras, desde luego, todas, damas altas y modestas, todas, sin
excepción, manifiestan la gracia de una fe sin reservas. Por otra parte,
con sus sencillos y negros trajes y tocados, todas parecen iguales: y
allá en lo invisible y supremo, el hijo del Carpintero que también era
de la raza de David, no hace diferencia entre esos millones y aquellos
pobres pesos que atravesaron el mar. Un golpe de alabarda en tierra, una
voz, la guardia se forma. Es un cardenal que pasa. Conversamos en el
grupo de la prensa. Hay, únicos y vistosos, dos fracs coloreados de
condecoraciones. Un fotógrafo prepara su máquina, que ha de resultar
inútil. Tras largo esperar, se oye un rumor, un ruido de pasos, la
guardia se forma, presenta las armas. Cascos romanos crestados de oro,
antiguas gorgueras y jubones, espadas desnudas, cardenales, obispos y
una roja silla de manos que se coloca en tierra. Entre la roja silla de
manos, semejante a una joya en un estuche, está León XIII. Las guardias
le forman cuadro. El besamanos comienza. Hay que detenerse tan sólo unos
cuantos segundos, pues somos muchos. Monseñor Romero, al lado de la
silla de manos, hace las presentaciones. Mientras me toca mi turno puedo
ver bien al Padre Santo. No, no hay ningún retrato que se le parezca,
ni el reciente que acabo de ver en París, de Benjamín Constant, y que
está señalado como una obra maestra. ¿Quién ha sido el _farceur_ que vió
en esta boca grande, de labios finos y bondadosos, la sonrisa de
Voltaire? La cabeza es vivaz, de una vivacidad infantil que se juntara a
la extrema vejez; la frente hermosa, bien moldeada, bajo los cabellos
blanquísimos y solideo de nieve; los ojos son obscuros y brillantes,
pero no los escrutadores diamantes negros de Zola, sino dos luces
anunciadoras de interiores iluminaciones; las orejas grandes,
transparentes, como la nariz, de dignidad gentilicia; el cuello lilial,
que sostiene apenas el globo del cráneo; el cuerpo delgado, de
delicadeza inverosímil. Cuando estuve frente a frente a darle el beso de
respeto, ví la mano, toqué esa increíble mano papal, sobre la que brilla
la enorme esmeralda de la esposa, esa mano que me parecía una madeja de
seda, o una flor, un lirio de cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o
acaso una pequeña ave de fina pluma, y la mirada de los ojos, casi
extraterrestre, y la voz que se escapaba de aquel cuerpo frágil, de
aquella carne de Sevres, daban la idea de un hilo milagroso que
sostuviese por virtud de prodigio el peso vital. ¿Cómo esta pasta sutil
no se quiebra al menor soplo de aire, al menor estremecimiento de los
nervios? ¿Cómo esa hebra tan leve, como un hilo de la Virgen, no se
rompe a la más insignificante impresión, y resiste no obstante a la
continua corriente de tantos inviernos, a la palpitación del orbe
católico que tiende al blanco Pastor, a la tarea física que cansaría a
un hombre robusto, de levantar el brazo, ese pobre brazo senil, en la
impartición de miles y miles de bendiciones? Una niña pasó, besó a su
vez la mano; el papa la sonrió como otro niño; quiso hacerle una
caricia, y la criollita, asustada, se escapó veloz. Alzaron la silla; la
escolta, los caballeros palatinos, los dignatarios áulicos se pusieron
en marcha hacia San Pedro.
Un aire de veneración flotaba sobre aquel triunfo tranquilo cuando los
vivas estallaron--inútiles, insólitos. ¡Nuestro silencio estaba lleno de
tantas cosas en aquel instante! De mí diré que viví por un momento en un
mundo de recuerdos. Era la infancia de músicas y rosas, la lejana
infancia, en que el alma nueva y libre parecía volar ágil como un pájaro
de encanto entre los árboles del Paraíso. Eran las viejas campanas de la
iglesia llamando a misa; la ropa dominical, sacada de los muebles de
alcanfor, la ida a la catedral al claror del alba, la salida en plena
luz matutina, la dulzura de la casa pacífica, la buena abuela y sus
responsorios, la imagen de la Virgen venida de Roma, el cura que iba a
jugar tresillo, y el granado en flor bajo el cual los labios
adolescentes supieron lo que era el primer beso de los labios de la
prima rubia: porque el primer tiempo de la fe era también el primer
tiempo del amor. Y era la semana santa, con sus ceremonias simbólicas,
con sus procesiones alegres como fiestas nupciales, con el entierro del
Viernes santo, a que las mujeres asistían vestidas de luto, y en que
los canónigos me atraían con sus largas caudas violetas; el _lignum
crucis_, llevado en la noche al son de tristes trompetas que rompían la
sombra en el silencio del negro firmamento. Y eran aquellos mis años
primeros, en la amistad de los jesuítas, en el convento silencioso o en
la capilla florida de cirios, en que mi mente juzgaba posibles las
palmas de los Gonzagas, los nimbos de los Estanislaos. Entonces se
abrieron a la aurora los primeros sueños, entonces se rimaron las
primeras estrofas. Y la memoria de los sentidos me despertaba ahora la
sensación de las cosas pasadas, ya perdidas en lo largo del tiempo.
Visión de lámparas rituales, de velas profusas, de altares decorados en
que estaban en su inmovilidad de ídolos los simulacros de las vírgenes y
de los santos; colores y pedrerías y oros de casullas, negras siluetas
de sacerdotes que se perdían en lo obscuro de las naves, o a lo largo de
los complicados corredores del convento; olor de la cera, del incienso,
de las flores naturales que se colocaban delante de las imágenes, olor
de los hábitos del padre confesor, olor de la cajita de rapé de aquel
anciano encorvado, de aquel anciano santo que me colmaba de consejos y
de medallas y cuyo nombre de ave inocente le venía tan bien... ¡Pobre
padre Tortolini!
Cuando León XIII retornó de San Pedro, otro grupo de los peregrinos
debía recibir la bendición; volví a verle otra vez. Estaba más pálido
aún si cabe; parecía que hiciese con más dificultad los movimientos de
la cabeza y del brazo. Me temo que el doctor Lapponi no consienta
dentro de poco la repetición de estas audiencias, de estas idas y
venidas a la basílica, ¡Quién sabe si algún día de estos el milagro
cesa, el prodigio tiene fin, y esa vida rara, así como un cáliz de
Murano, al fino aliento del aire, cruja, se quiebre, se deshaga!
Vuelvo a contemplar sus ojos que brillan en un fuego amable, su sonrisa
un poco triste, un poco fatigada, su mano que da todavía una última
bendición.
Y se lo llevan, con el mismo ceremonial de la venida. Cascos romanos
crestados de oro, suizos con su uniforme rojo, negro y amarillo,
alabardas, espadas desnudas, collares, gorgueras, jubones, como en los
cuadros, como en las tablas. Rumor de gentes. Silencio. Pasó.
Ah, la Pálida anda rondando por el palacio; la _camarde_ está impaciente
por entrar en el Vaticano y hacer que el martillo de plata del cardenal
camarlengo toque la frente de Joaquín. Y el anciano siente sus vueltas,
su revuelo, el ruido metálico de la hoz, lista como en el fresco de
Orcagna. Y repetirá sus propios versos, el tiarado poeta:
Quanto all’orechio mio suona soave
Ate, madre Maria ripeter _Ave_!
Ripeter Ave e dirti, _o madre pía_,
E a me dolce e ineffabile armonia.
Delizia, casto amor, buona speranza
Tale tu sé, ch’ogni desiere avanza.
Quanto spirto m’assal maligno e immondo,
Quando d’ambascie piú m’opprime il pondo,
E l’affano del cor si fa piú crudo,
Tu mio conforto, mia difesa e scudo
Se a me, tuo figlio, apri il materno seno,
Fuggi ogni nube, il ciel si fa sereno.
Ma gia morte s’apressa: deh! in quell’ora,
Madre, m’aiuta: lene, lene allora
Quando l’ultimo di ne disfaville,
Con la man chiudi le stanche pupille;
E conquiso il demon che intorno rugge,
Cupidamente, all’anima che fugge
Tu pietosa, o Maria, l’ala distendi;
Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.
Estas notas que rememoran en lo moderno la plegaria rimada del más
católico y desgraciado de los poetas, y en lo antiguo el fervoroso y
armonioso Jacopone da Todi, os harán recordar que el pastor de los
corderos de Jesucristo es también árcade en las praderas de Apolo. Nada
más hermoso que esos luchadores provectos de Dios o de los pueblos;
favorecidos por el numen, en los resplandores de su ocaso, en los años
de las tranquilas nieves, guardan el culto de la belleza, la pasión
generosa del arte, y conciertan sus números, cultivando las flores
perennes, las rosas que no mueren, al amor siempre fecundo y sano de la
lira. Me he imaginado encontrar al Padre Santo, en una mañana de las
calendas de mayo, rejuvenecido, sonriente siempre, poseído en esos
instantes de su _deus_ olímpico, del que le ha hecho manejar
vibrantemente las cuerdas de su lírico instrumento, de manera que los
pies de sus exámetros han golpeado el sagrado suelo latino, al mismo
són y compás con que galopan las cuadrigas magníficas de Horacio. El
pontífice me acoge, y, puesto el pegaso a pacer, le digo, poco más o
menos, mientras los lirios nos inciensan con sus incensarios y los
jazmines llueven sus estrellas de nieve, y los gorriones forman
conciliábulos entre las copas de los pinos: Beatísimo padre y querido
colega, ¿os repetiré una cosa que sabéis tanto como yo, y que os diría
en sabios dáctilos y flamantísimos espondeos, si supiese tanto latín
como vos? El cielo es azul, la primavera avanza gentil, con su cortejo
florido como en la pintura de Sandro; la tierra palpita, al canto del
agua y al fulgor solar; alabemos al Señor. Frate Sole nos envía su
saludo, nuestra hermana la rosa su mensaje, nuestra hermana la mujer su
sonrisa; alabemos al Señor. Os habéis mezclado a las luchas de los
hombres; cuando vuestros rebaños han empezado a topetazos, habéis
intervenido con el cayado, y habéis hecho bien. Habéis enviado, como
águilas de paz, vuestras encíclicas, a revolar sobre el mundo. Sois
divino, habéis sido sacerdotal, _sacerdos magnus_; sois humano, habéis
sido hábil. Para lo uno profundizasteis la teología: para lo otro os
ejercitasteis en la diplomacia. Habéis mostrado a los pueblos que estáis
con ellos y a los reyes indicado el camino. ¿Acaso ha dicho a vuestro
oído, el rumor del porvenir, lo que se acerca; acaso _Lumen in cœlo_,
sabéis lo que anuncian los signos de hoy, para cuando aparezca el sol en
su alba roja el día de mañana? Padre Santo, Pedro Froment no dejaba de
tener razón. La palabra _de conditione opificum_ ha pasado sobre la
cabeza de los de abajo, que muy pocos han sentido su benéfica
influencia, bajo la opresión.
Habéis señalado más de una vez el camino probable de la verdad, habéis
hecho lo posible por evitar guerras y desconciertos. Habéis tenido que
ver con los cancilleres y con los embajadores, con el señor de Bismarck
y con el señor de Cánovas, y con el señor Hanotaux y con el señor de
Giers. Querido colega, Maron es mejor. ¡Oh pontífice poeta! En vuestra
tiara está Marbodio, a vuestra izquierda Minucio, a vuestra derecha
Gregorio; y cuando decís la misa hacéis comulgar a las nueve musas,
mientras la misma infecundidad florece en blancos ramilletes de cánticos
en los coros de la Sixtina. Habitáis el más maravilloso de los palacios;
allí al lado de la fe ha tenido siempre su mansión el arte. Gloria sea
dada a los papas que se rodearon de pintores, de escultores, de
orífices, a los que protegieron y amaron a los poetas y a los que como
aquel Eneas Silvio Picolommini y vos mismo, juntaron a la triple corona
pontificia la corona de laurel y pusieron en su vaso de oro el agua
castalia. Sois filósofo, y volando sobre lo moderno habéis ascendido a
la fuente de la _Summa_; sois teólogo, y en vuestras pastorales dais la
esencia de vuestro pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del
Santo Espíritu; sois justo, y desde vuestro altísimo trono dais a cada
cual lo que es suyo, aun cuando con el César no andéis en las mejores
relaciones; sois poeta, y discurriendo y cantando en exámetros latinos y
en endecasílabos italianos, habéis alabado a Dios y su potencia y
gracia sobre la tierra.
Allí, en vuestro palacio, en la Stanza de la Segnatura, Rafael, a quien
llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos
cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave, sobre las cosas de
la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la
Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la
armonía; la Teología sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de
esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo
visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y
así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella
de acompañaros, y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en
donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y a donde, de seguro, no
entran los que tan solamente fueron justos. Y León XIII sonreía, con una
sonrisa más alegre que su habitual sonrisa, y los gorriones y las abejas
del jardín me daban la razón. Los chorros de agua se encorvaban en arcos
diamantinos, sobre las conchas marmóreas, en las pilas sonoras,
reventaban las espumas irisadas; la sacra naturaleza en una vibración
invisible pugnaba por manifestar el misterio de su corazón profundo; y
al lado de León ví como un coro hermosísimo de Horas que llevaban en las
manos flautas y cistros. Y Jesucristo pasaba por los azules aires, como
en un carro triunfal, no un Jesucristo de pasión, sino de
transfiguración, un divino Musagetes, fuerte y soberbio como el del
juicio de Miguel Angel, crinado de oro augusto en su magnificencia. Y
volví a decir: Beatísimo padre: la religión y el arte deben ir juntos en
el servicio del Eterno Padre. Ved las viñas frescas, tendiendo sus ramos
al sol; las ramas de los olivos parecen, al soplo del viento, armónicos
metales; bajo los ramajes ríen las niñas; la luz vivaz se esparce sobre
el Tíber taciturno. Las naciones aguardan la venida de la inconmovible
paz; los hombres quieren por fin, ser redimidos del sufrimiento, y es
hora ya de que Dios haga que resuenen juntos nuevos salmos y nuevas
arpas.
Y él a mí:--¡Alabemos al Señor!