Al salir de un restaurant cercano a la redacción del _Giorno_, un grupo
de señores pasa ante mi vista, y entre ellos uno, cuya fisonomía me es
familiar por las fotografías y los grabados. Le forman como una _suite_
los que le acompañan. Ni muy joven, ni muy viejo, el aire de un
Alcibiades clubman seguro de su efecto, pasa. Entra a la redacción del
diario vecino. Tengo la tentación de abordarle. Una entrevista sería
interesante y mi admiración de poeta quedaría complacida con unos
cuantos momentos de conversación. Pero un amigo romano me detiene:
«Sería una imprudencia. Ni como periodista ni como poeta quedaría usted
satisfecho. Es un original y un hombre demasiado esquivo y lleno de sí
mismo. Ha venido a comprar un caballo, y un diario le ha cantado un
nuevo ditirambo con este motivo.»--«¡Pues iré a Settignano!»--«No le
recibirá a usted, como no recibe a nadie. Está con una mujer, como casi
siempre.»--«¡Pero me concederá un minuto!»--«¡Ni un segundo: esa mujer
es la Duse!»--«¡Después del _Fuoco_! ¡_Enfoncée_ Sarah Bernhardt!