Pasada la aridez del Agro romano llego a Roma al anochecer. La primera
impresión es la de una ciudad triste, descuidada, fea; pero todo lo
borra la influencia del suelo sagrado, la evidencia de la tierra
gloriosa. En el viaje de la estación al hotel, a través de los vidrios
del ómnibus, aparecen, ante mis ojos deseosos, una y otra visión
monumental, que reconozco, ya las arruinadas termas, ya la columna de
Marco Aurelio. Con el espíritu poblado de pensamientos y de recuerdos me
duermo en un cuarto de un hotel de la Piazza Colonna--, que, dejando que
desear por mil causas--, quizá por un exceso de arqueología, hace que
los clientes se alumbren con simples velas. Por mi parte, habría
preferido cualquier vetusto candil desenterrado, ya que no un noble
lampadario.
Por la mañana, un vistazo a la ciudad. El célebre corso me sorprende por
su modestia, exactamente como a Pedro Froment.
Una larga calle estrecha, llena de comercio, por donde, en las tardes,
se pasean las gentes; de cuando en cuando la imposición de un palacio,
cuyo nombre es una página de historia. Os advierto desde luego: el
pecado de querer convertir a Roma en una capital moderna, no podría
realizarse, so pena de padecer la verdadera grandeza de la capital
católica; pero como Roma, dígase lo que venga en voluntad, es a pesar de
todo, la ciudad del Papa y no la ciudad del rey, todas las disposiciones
gubernativas no prevalecerán contra ella.
Es la ciudad papal. Lo que han dejado, con raíces de siglos, los sucesos
religiosos, la larga dominación de los pontífices y una adoración
ecuménica que converge al lugar en que Cristo dejó su Piedra, no lo
pueden destruir hechos políticos de un interés parcial. Por la brecha de
Porta Pía entró poco y no salió nada.
Mientras me dirijo hacia la Piazza Venecia para tomar el tranvía que ha
de conducirme a San Pablo, un ejército cosmopolita pasa a mi lado, con
sus insignias en el pecho y sus guías en la mano. Hablan aquí en alemán,
allá en húngaro, más allá en inglés, en español, en francés, en
dialectos de Italia, en todo idioma. Son miembros de distintas
peregrinaciones que vienen con motivo del Año Santo. Se atropellan, se
estrujan, por tomar un puesto en los carros. Veo escenas penosas y
ridículas. Ramilletes humanos se desgranan al partir el vehículo. Una
vieja de rara papalina se ase a las faldas de un obeso cura y ambos
ruedan por el empedrado. Como los cocheros están en huelga, esta
irrupción es continua, fuera de verse a cada instante, carruajes de
_remise_ que pasan con cargas de peregrinos. Ancianos, hombres de
distintas edades, niños, nodrizas con bebés, frailes de todo plumaje,
curas de toda catadura, se han desprendido de los cuatro puntos del
globo, para venir a visitar santuarios, besar piedras, admirar templos,
y sobre todo, ver a un viejecito ebúrneo que alza apenas la diestra casi
secular, y esboza bajo la inmensa basílica, el ademán de una bendición.
Y todos traen, poco o mucho, oro que queda en la Villa Santa; y para el
tesoro del Vicario de Jesucristo y rey de Roma, la contribución de buena
parte de la humanidad. ¡Ah, bien saben los Saboyas que hay que conservar
esa misteriosa ave blanca encerrada en su colosal jaula de mármoles y
oro!
Ya en San Pablo, la basílica nueva, veo repetirse a las puertas las
mismas escenas de los tranvías. Todo el mundo pugna por entrar primero,
como si dentro se repartiese algo que debiera concluirse pronto. Yo
también hago palanca de mis hombros, y, lleno de atención--, _beware of
pickpockets!_--entro. Basílica enorme, llena de alegría fastuosa. Oro,
mosaicos, columnas de majestuosa elegancia; naves anchas y claras.
Alejan ciertamente la oración estas magníficas cosas y se piensa en la
orquesta que ha de atacar el primer vals, o en el _foyer_ de un
estupendo café-concert. Las gentes hormiguean sobre las baldosas,
admirando, calculando, clavando los ojos en las ricas techumbres, o en
los medallones de los papas, y desprendiéndolos, para asombrarse ante
los altares, ante las labores, ante los marmóreos simulacros. Y la
pregunta universal: ¿Cuánto habrá costado esto? Y la unción en el
bolsillo. Los sacerdotes, guías de sus distintas peregrinaciones, van
conduciendo sus rebaños llevándolos de un punto a otro; haciéndoles
rezar unos, y leyéndoles la guía, con uno que otro comentario, otros.
Salgo de San Pablo con otro espíritu, ya lo creo, que de la catedral de
Pisa o de Notre-Dame. San Pablo es la iglesia fin de siglo, en donde no
falta sino la nota liberty en arte. ¿Para cuándo la basílica
modern-style? Es la iglesia club, la iglesia tea-room, la iglesia del
five o’clock. Es la casa de la religiosidad mundana a donde se va a
buscar al _flirt_. Una, dos, tres, cuatro, cinco palabras inglesas,
absolutamente del caso. Ya veis que el lugar impone. ¡Oh, la
religiosidad serena y severa de las iglesias viejas, hechas para gentes
de fe, en siglos de piedad y de temor de Dios, y qué lejos está de estas
Alhambras pomposas, Empires imperiales y Casinos de Nuestro Señor! Y
fijaos que todo esto corresponde a las políticas de la cancillería
vaticana, a los paseos de turismo a Lourdes, a las exhibiciones líricas
del abate Perosi. En gran parte Zola tiene razón, y hay que venir aquí
para certificarlo.
Al caer el agua de las fuentes, entre el vasto hemiciclo de columnas,
voy acercándome a la basílica de las basílicas, que se alza gigantesca y
pesada. Parecía muy grande; a medida que me arrimo parece mayor. Y al
penetrar, y tender la mirada hacia el ábside, la enormidad se presenta
en toda su realidad. Es un edificio para pueblos. Las oleadas de
visitantes que se aumentan a cada momento, no se advierten sino como
pequeños grupos que van de un lado a otro. Allá, bajo la cúpula, cae la
luz a chorros anchos y dorados. El gran baldaquino de las columnas
salomónicas alza su magnificencia; la baranda que rodea la tumba de San
Pedro, con las lámparas encendidas, atrae una muchedumbre de curiosos. A
un lado, el Júpiter de bronce, el San Pedro negro, con su célebre dedo
gastado a besos, recibe el inacabable homenaje de los grupos que se
renuevan por momentos. Las tumbas de los papas, con sus distintas
capillas y sus estatuas, las telas, las magníficas decoraciones, dan la
sensación de un museo. Esto se siente más cuando por todas partes se ven
los visitantes provistos de anteojos, de libros de apuntes, de manuales
y de guías inglesas, francesas o italianas. Y una palabra vibra en
vuestro interior: Renacimiento. Desde el San Pedro negro, hasta las
estatuas con camisa, los ángeles equívocos, las virtudes y figuras
simbólicas que labraron artistas paganos para papas paganizantes, todo
habla de ese tiempo admirable en que los dioses pretendieron hacer un
pacto con Jesucristo. De allí empezó la fe a desfallecer, el alma a
disminuir sus vuelos ascéticos.
Esta magnificencia me encanta, pero no me hace sentir al doctor de la
Humildad--por muy otras razones que las que los Sres. Prudhomme y Homais
aducirían contra las riquezas de la iglesia, que juzgan innecesarias y
atentatorias.--Bajo el domo que llueve sol, siento a los Bramante, a los
Miguel Angel Esta pompa es oriental, es salomónica. Verdad es que
Salomón es más un visir que un sacerdote. Las figuras blancas de las
virtudes incitan más a abrazos que a plegarias y los querubines son más
olímpicos que paradisíacos. Los mármoles de colores, los mármoles
blancos, los ónices y las ágatas y el oro, y la plata, y el oro y el
bronce y el oro; y, hasta las colgaduras purpúreas, todo habla al
orgullo de la tierra, a la gloria de los sentidos, a los placeres
cesáreos y a la dicha de este mundo. Allá arriba se lee: _Tu es Petrus
et super hanc petram ædificabo ecelsiam meam_.