3 de Octubre de 1900.

Pasada la aridez del Agro romano llego a Roma al anochecer. La primera

impresión es la de una ciudad triste, descuidada, fea; pero todo lo

borra la influencia del suelo sagrado, la evidencia de la tierra

gloriosa. En el viaje de la estación al hotel, a través de los vidrios

del ómnibus, aparecen, ante mis ojos deseosos, una y otra visión

monumental, que reconozco, ya las arruinadas termas, ya la columna de

Marco Aurelio. Con el espíritu poblado de pensamientos y de recuerdos me

duermo en un cuarto de un hotel de la Piazza Colonna--, que, dejando que

desear por mil causas--, quizá por un exceso de arqueología, hace que

los clientes se alumbren con simples velas. Por mi parte, habría

preferido cualquier vetusto candil desenterrado, ya que no un noble

lampadario.

Por la mañana, un vistazo a la ciudad. El célebre corso me sorprende por

su modestia, exactamente como a Pedro Froment.

Una larga calle estrecha, llena de comercio, por donde, en las tardes,

se pasean las gentes; de cuando en cuando la imposición de un palacio,

cuyo nombre es una página de historia. Os advierto desde luego: el

pecado de querer convertir a Roma en una capital moderna, no podría

realizarse, so pena de padecer la verdadera grandeza de la capital

católica; pero como Roma, dígase lo que venga en voluntad, es a pesar de

todo, la ciudad del Papa y no la ciudad del rey, todas las disposiciones

gubernativas no prevalecerán contra ella.

Es la ciudad papal. Lo que han dejado, con raíces de siglos, los sucesos

religiosos, la larga dominación de los pontífices y una adoración

ecuménica que converge al lugar en que Cristo dejó su Piedra, no lo

pueden destruir hechos políticos de un interés parcial. Por la brecha de

Porta Pía entró poco y no salió nada.

Mientras me dirijo hacia la Piazza Venecia para tomar el tranvía que ha

de conducirme a San Pablo, un ejército cosmopolita pasa a mi lado, con

sus insignias en el pecho y sus guías en la mano. Hablan aquí en alemán,

allá en húngaro, más allá en inglés, en español, en francés, en

dialectos de Italia, en todo idioma. Son miembros de distintas

peregrinaciones que vienen con motivo del Año Santo. Se atropellan, se

estrujan, por tomar un puesto en los carros. Veo escenas penosas y

ridículas. Ramilletes humanos se desgranan al partir el vehículo. Una

vieja de rara papalina se ase a las faldas de un obeso cura y ambos

ruedan por el empedrado. Como los cocheros están en huelga, esta

irrupción es continua, fuera de verse a cada instante, carruajes de

_remise_ que pasan con cargas de peregrinos. Ancianos, hombres de

distintas edades, niños, nodrizas con bebés, frailes de todo plumaje,

curas de toda catadura, se han desprendido de los cuatro puntos del

globo, para venir a visitar santuarios, besar piedras, admirar templos,

y sobre todo, ver a un viejecito ebúrneo que alza apenas la diestra casi

secular, y esboza bajo la inmensa basílica, el ademán de una bendición.

Y todos traen, poco o mucho, oro que queda en la Villa Santa; y para el

tesoro del Vicario de Jesucristo y rey de Roma, la contribución de buena

parte de la humanidad. ¡Ah, bien saben los Saboyas que hay que conservar

esa misteriosa ave blanca encerrada en su colosal jaula de mármoles y

oro!

Ya en San Pablo, la basílica nueva, veo repetirse a las puertas las

mismas escenas de los tranvías. Todo el mundo pugna por entrar primero,

como si dentro se repartiese algo que debiera concluirse pronto. Yo

también hago palanca de mis hombros, y, lleno de atención--, _beware of

pickpockets!_--entro. Basílica enorme, llena de alegría fastuosa. Oro,

mosaicos, columnas de majestuosa elegancia; naves anchas y claras.

Alejan ciertamente la oración estas magníficas cosas y se piensa en la

orquesta que ha de atacar el primer vals, o en el _foyer_ de un

estupendo café-concert. Las gentes hormiguean sobre las baldosas,

admirando, calculando, clavando los ojos en las ricas techumbres, o en

los medallones de los papas, y desprendiéndolos, para asombrarse ante

los altares, ante las labores, ante los marmóreos simulacros. Y la

pregunta universal: ¿Cuánto habrá costado esto? Y la unción en el

bolsillo. Los sacerdotes, guías de sus distintas peregrinaciones, van

conduciendo sus rebaños llevándolos de un punto a otro; haciéndoles

rezar unos, y leyéndoles la guía, con uno que otro comentario, otros.

Salgo de San Pablo con otro espíritu, ya lo creo, que de la catedral de

Pisa o de Notre-Dame. San Pablo es la iglesia fin de siglo, en donde no

falta sino la nota liberty en arte. ¿Para cuándo la basílica

modern-style? Es la iglesia club, la iglesia tea-room, la iglesia del

five o’clock. Es la casa de la religiosidad mundana a donde se va a

buscar al _flirt_. Una, dos, tres, cuatro, cinco palabras inglesas,

absolutamente del caso. Ya veis que el lugar impone. ¡Oh, la

religiosidad serena y severa de las iglesias viejas, hechas para gentes

de fe, en siglos de piedad y de temor de Dios, y qué lejos está de estas

Alhambras pomposas, Empires imperiales y Casinos de Nuestro Señor! Y

fijaos que todo esto corresponde a las políticas de la cancillería

vaticana, a los paseos de turismo a Lourdes, a las exhibiciones líricas

del abate Perosi. En gran parte Zola tiene razón, y hay que venir aquí

para certificarlo.

Al caer el agua de las fuentes, entre el vasto hemiciclo de columnas,

voy acercándome a la basílica de las basílicas, que se alza gigantesca y

pesada. Parecía muy grande; a medida que me arrimo parece mayor. Y al

penetrar, y tender la mirada hacia el ábside, la enormidad se presenta

en toda su realidad. Es un edificio para pueblos. Las oleadas de

visitantes que se aumentan a cada momento, no se advierten sino como

pequeños grupos que van de un lado a otro. Allá, bajo la cúpula, cae la

luz a chorros anchos y dorados. El gran baldaquino de las columnas

salomónicas alza su magnificencia; la baranda que rodea la tumba de San

Pedro, con las lámparas encendidas, atrae una muchedumbre de curiosos. A

un lado, el Júpiter de bronce, el San Pedro negro, con su célebre dedo

gastado a besos, recibe el inacabable homenaje de los grupos que se

renuevan por momentos. Las tumbas de los papas, con sus distintas

capillas y sus estatuas, las telas, las magníficas decoraciones, dan la

sensación de un museo. Esto se siente más cuando por todas partes se ven

los visitantes provistos de anteojos, de libros de apuntes, de manuales

y de guías inglesas, francesas o italianas. Y una palabra vibra en

vuestro interior: Renacimiento. Desde el San Pedro negro, hasta las

estatuas con camisa, los ángeles equívocos, las virtudes y figuras

simbólicas que labraron artistas paganos para papas paganizantes, todo

habla de ese tiempo admirable en que los dioses pretendieron hacer un

pacto con Jesucristo. De allí empezó la fe a desfallecer, el alma a

disminuir sus vuelos ascéticos.

Esta magnificencia me encanta, pero no me hace sentir al doctor de la

Humildad--por muy otras razones que las que los Sres. Prudhomme y Homais

aducirían contra las riquezas de la iglesia, que juzgan innecesarias y

atentatorias.--Bajo el domo que llueve sol, siento a los Bramante, a los

Miguel Angel Esta pompa es oriental, es salomónica. Verdad es que

Salomón es más un visir que un sacerdote. Las figuras blancas de las

virtudes incitan más a abrazos que a plegarias y los querubines son más

olímpicos que paradisíacos. Los mármoles de colores, los mármoles

blancos, los ónices y las ágatas y el oro, y la plata, y el oro y el

bronce y el oro; y, hasta las colgaduras purpúreas, todo habla al

orgullo de la tierra, a la gloria de los sentidos, a los placeres

cesáreos y a la dicha de este mundo. Allá arriba se lee: _Tu es Petrus

et super hanc petram ædificabo ecelsiam meam_.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 48 / 73 题