Livorno, a la orilla del mar, comercia, se agita, vive en los afanes
modernos. Uno que otro viejo edificio, uno que otro monumento recuerda a
los reyes pasados. En cuanto al bravo Víctor Manuel, no ignoráis que
está en todas partes.
Una buena línea de tranvía eléctrico lleva hacia Antignano. Se va
bordeando el mar y se goza de vistas hermosísimas y pintorescas. Se ven
los astilleros de Ansaldo en donde unos cuantos barcos en construcción
muestran sus costillares de cetáceo mondados, entre los cuales aborda un
incesante martilleo. De aquí salió como sabéis, más de un barco
argentino. Ansaldo, el viejo senador que tanto hizo por este puerto,
tiene su estatua de bronce en la plaza que lleva su nombre. El tranvía
va, según os he dicho, a la orilla del mar. Paseos llenos de amables
verdores y boscajes decoran la ribera, en la que, más adelante, hay
establecimientos balnearios y hoteles y restaurantes de veraneo. Y al
otro lado, un buen número de villas, chalets y casitas, alegran y animan
el lugar con sus elegancias, lujos y primores. Se ve que es el barrio de
descanso de gentes ricas; se ve la consecución del esfuerzo, la
certificación del engrandecimiento de una población que cada día irá
aumentando su actividad y su energía.
Cuando el tren se detiene, después de pasado el parque principal, leo en
una casa cercana: _Orfeo, ristoratore_. Lección simbólica de vida
práctica.