28 de Septiembre.

A Ardenza se va en carruaje; así llego sobre el brasero del suelo y

hostilizado por un sol implacable. Tiene razón el padre Malaspina con su

pomposa manera de decir; aquí en verdad «il cocente ardore del sole,

massime quando sferza dall’inflammato Leone, abbrucia come fornace le

aperte spiagge, e spariscono assorbiti dal suelo arenoso minori

ruscelli.» Me dirijo hacia el santuario de Montenero, en donde es

adorada desde pasados siglos una milagrosa virgen que, según es fama,

llegó providencialmente de la isla griega de Negroponto. Hay que pasar

por Antignano, y allí se alquila una diminuta calesa para hacer la

ascensión. Despacio subo el monte. En las puertas de las casas, viejas

hacendosas hilan en ruecas antiguas. Otras mujeres me ofrecen vírgenes

hechas de pasta azucarada, o racimos de uvas. Me como una virgen y me

refresca un negro racimo. Por fin, he ahí el santuario. Desde la cima

del monte se domina un espléndido panorama. Hacia el lado del mar, en el

azul flechado de plata, surgen Cerdeña y Elba, y las dos islas que

incitaban a Dante a moverse contra Pisa, la Capraia y la Gorgona; y a la

orilla del agua inmensa. Livorno, y más allá la ciudad del Arno, y el

Serchio; y en relieve sobre el fondo celeste, los Alpes apuanos. Al otro

lado se levantan los Apeninos, y más cerca los montes de Pisa, y a sus

pies la ciudad de la inclinada torre.

Un poeta del seiscientos cuyo nombre se ignora, dejó escrita en verso la

tradición de la virgen de Montenero. Sus octavas ingenuas cuentan que

siendo papa Clemente VI y césar romano Carlos IV, cansada esta virgen de

vivir entre otomanos, que no la honraban, abandonó Negroponto y se vino

al suelo toscano, a traer más esplendores al cielo y aliento a los

corazones fieles. Unos pastores, a la orilla del pequeño río de Ardenza,

apacentaban sus ganados. Vieron en una piedra, de pronto, un resplandor,

y encontraron en el hueco de ella la santa imagen pintada en campo de

oro.

Era in asse dipinta, e cossi bella

Che ritrata parea da un serafino,

Havea da parte destra aurata stella,

Et in bracio tenea Gesu bambino,

Con un incatenatta rondinella;

Sedera sopra un serico cuscino

Estava qu’angelica regina

Nel caro sen di quella selce alpina.

Un pastor oyó que alguien le llamaba, y no viendo a nadie, notó por fin

que la voz era de la imagen de María. «Pastor, alza esa pesada piedra y

condúcela a Montenero». El favorecido rústico era viejo y, para mayor

pena, cojo: mas ayudado por su fe, cargó con la pesada piedra. Subió al

monte y depositó la sacra carga.

Deposto il vasso il pastorel devoto

Come mai non avesse affaticatto,

Perché in prodigio tal non stesse ignoto,

E fosse al mondo tutto publicato.

Al popol di Livorno lo fe noto.

Essendo a quello in un momento andato:

Quindi sin fe per cosi lieto avisso

Il bel porto d’Etruria un paradiso.

La historia de este santuario es larga e interesante, desde su fundación

hasta nuestros días, en los cuales, carcomida de ciencia más o menos

segura, la fe de los pueblos va en mengua progresiva. Esta virgen es

famosa en toda Italia y aun fuera de la Península. Los marineros la han

tenido siempre especial predilección, como se ve por los profusos votos

que ornan el altar y una parte de la iglesia.

La madona, que logré ver, iluminada en su camarín, es de antiquísima

factura. Ha habido quien la haya atribuído al evangelista San Lucas;

otros opinan que es obra griega. Muchos la juzgan del aretino

Margheritone, aunque hay quien arguye en contrario, porque éste no pintó

nunca madonas. El estilo recuerda la escuela del Giotto, el origen

cimabuesco.

Estas vírgenes amadas y veneradas por los marinos, siempre me han

parecido las más maternales, las más dulces y las más potentes. Esto he

pensado una vez más, delante de las pinturas votivas de una ingenuidad

que hace sonreir en el santuario de Montenero. Y no olvido al saludar a

esta noble patrona que en la cima de este monte tiene casa de mármol y

oro y cirios y frescos, y que ha sido visitada por emperadores y reyes y

poetas, como Byron, a la Virgen Negra de Harfleur, que ví un día ya

lejano, allá en las costas normandas, toda de bronce, bajo el cielo,

curtida por las tempestades, de cara al mar.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 46 / 73 题