A Ardenza se va en carruaje; así llego sobre el brasero del suelo y
hostilizado por un sol implacable. Tiene razón el padre Malaspina con su
pomposa manera de decir; aquí en verdad «il cocente ardore del sole,
massime quando sferza dall’inflammato Leone, abbrucia come fornace le
aperte spiagge, e spariscono assorbiti dal suelo arenoso minori
ruscelli.» Me dirijo hacia el santuario de Montenero, en donde es
adorada desde pasados siglos una milagrosa virgen que, según es fama,
llegó providencialmente de la isla griega de Negroponto. Hay que pasar
por Antignano, y allí se alquila una diminuta calesa para hacer la
ascensión. Despacio subo el monte. En las puertas de las casas, viejas
hacendosas hilan en ruecas antiguas. Otras mujeres me ofrecen vírgenes
hechas de pasta azucarada, o racimos de uvas. Me como una virgen y me
refresca un negro racimo. Por fin, he ahí el santuario. Desde la cima
del monte se domina un espléndido panorama. Hacia el lado del mar, en el
azul flechado de plata, surgen Cerdeña y Elba, y las dos islas que
incitaban a Dante a moverse contra Pisa, la Capraia y la Gorgona; y a la
orilla del agua inmensa. Livorno, y más allá la ciudad del Arno, y el
Serchio; y en relieve sobre el fondo celeste, los Alpes apuanos. Al otro
lado se levantan los Apeninos, y más cerca los montes de Pisa, y a sus
pies la ciudad de la inclinada torre.
Un poeta del seiscientos cuyo nombre se ignora, dejó escrita en verso la
tradición de la virgen de Montenero. Sus octavas ingenuas cuentan que
siendo papa Clemente VI y césar romano Carlos IV, cansada esta virgen de
vivir entre otomanos, que no la honraban, abandonó Negroponto y se vino
al suelo toscano, a traer más esplendores al cielo y aliento a los
corazones fieles. Unos pastores, a la orilla del pequeño río de Ardenza,
apacentaban sus ganados. Vieron en una piedra, de pronto, un resplandor,
y encontraron en el hueco de ella la santa imagen pintada en campo de
oro.
Era in asse dipinta, e cossi bella
Che ritrata parea da un serafino,
Havea da parte destra aurata stella,
Et in bracio tenea Gesu bambino,
Con un incatenatta rondinella;
Sedera sopra un serico cuscino
Estava qu’angelica regina
Nel caro sen di quella selce alpina.
Un pastor oyó que alguien le llamaba, y no viendo a nadie, notó por fin
que la voz era de la imagen de María. «Pastor, alza esa pesada piedra y
condúcela a Montenero». El favorecido rústico era viejo y, para mayor
pena, cojo: mas ayudado por su fe, cargó con la pesada piedra. Subió al
monte y depositó la sacra carga.
Deposto il vasso il pastorel devoto
Come mai non avesse affaticatto,
Perché in prodigio tal non stesse ignoto,
E fosse al mondo tutto publicato.
Al popol di Livorno lo fe noto.
Essendo a quello in un momento andato:
Quindi sin fe per cosi lieto avisso
Il bel porto d’Etruria un paradiso.
La historia de este santuario es larga e interesante, desde su fundación
hasta nuestros días, en los cuales, carcomida de ciencia más o menos
segura, la fe de los pueblos va en mengua progresiva. Esta virgen es
famosa en toda Italia y aun fuera de la Península. Los marineros la han
tenido siempre especial predilección, como se ve por los profusos votos
que ornan el altar y una parte de la iglesia.
La madona, que logré ver, iluminada en su camarín, es de antiquísima
factura. Ha habido quien la haya atribuído al evangelista San Lucas;
otros opinan que es obra griega. Muchos la juzgan del aretino
Margheritone, aunque hay quien arguye en contrario, porque éste no pintó
nunca madonas. El estilo recuerda la escuela del Giotto, el origen
cimabuesco.
Estas vírgenes amadas y veneradas por los marinos, siempre me han
parecido las más maternales, las más dulces y las más potentes. Esto he
pensado una vez más, delante de las pinturas votivas de una ingenuidad
que hace sonreir en el santuario de Montenero. Y no olvido al saludar a
esta noble patrona que en la cima de este monte tiene casa de mármol y
oro y cirios y frescos, y que ha sido visitada por emperadores y reyes y
poetas, como Byron, a la Virgen Negra de Harfleur, que ví un día ya
lejano, allá en las costas normandas, toda de bronce, bajo el cielo,
curtida por las tempestades, de cara al mar.
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