25 de Septiembre de 1900.

El tranvía a vapor pasa por una parte de la ciudad, y sale a la campaña

entre sembrados y plantíos de coles y tomates, quintas modestas y

rústicas habitaciones. Luego una sucesión de bellos paisajes recrea la

mirada, hasta llegar al valle de Calei, donde el vehículo se detiene. De

allí, para ir a la Cartuja, hay que seguir a pie, por retorcida cuesta

que conduce a la altura en que se alza el antiguo edificio. Es la hora

del comienzo de la tarde y el sol hace brillar como polvo de plata el

camino trillado. Los montes pisanos marcan su relieve gris sobre el

azulado fondo del cielo, y en su cima, la Verruca, sobre su asiento de

rocas desgreñadas, calca su silueta de castillo de cuento. Voy en la

llamarada del sol y en el vaho ardiente del suelo. Un exceso de vida se

desborda de los campos circunstantes, y sigo mi camino entre verdores de

hojas, al estridente aserrar de las cigarras. El verde de las viñas a

un lado, y las uvas negras manchan, colgadas de las guirnaldas, las

ramas hojosas; el verde de los olivos al otro, y las hojas semejan

manojos de láminas argentadas y hacen un manso ruido al roce del viento.

¿Cuánto tiempo hacía que no escuchaba el bullicio de las cigarras? Era

desde los años que viviera en el caliente trópico, donde los mangos

sonoros se debaten al soplo de aires furiosos, y el sol violento y

calcinante hace humear los pantanos y gritar los bosques. Gritan las

cigarras como presas de desesperación o de locura. Aquí, más bien

paréceme que ponen en su ruido un ritmo, aunque no llego a comprender

los adjetivos flagrantemente aduladores que a estas borrachas de rocío

prodigaba la lírica griega. Hermoso de noble hermosura este campo en que

se muestra larga y magnífica la generosidad del cielo y de la tierra. El

valle cultivado y pintoresco, la Verruca delineada finamente y el Poemo

y el Serra, atalayando los horizontes. Sobre su altura, el edificio de

la cartuja es serio e imponente. A la entrada, un grupo de mendigos

espera. Es la hora en que se les da un plato de comida, según la antigua

costumbre.

Sobre la puerta, está el sabido religioso lema, escrito en grandes

letras: _O beata Solitudo! O sola beatitudo!_ Y a los lados, dos

leyendas tomadas de sendos elogios de la soledad, de Jerónimo y de

Basilio: _Habitantibus hic oppidum carcer est, et solitudo paradisus.

Solitaria vita celestis doctrina schola est, et divinarum artium

disciplina._

Llamé. Llevaba una carta de recomendación para D. Bruno el prior. No

estaba su reverencia, pero el portero, un macizo viejo dentro de su

blanco sayal decorado de una gran barba blanca, me hizo entrar.

Preparaba a la sazón unas cuantas escudillas de cierto arroz dudoso,

para los pobres. Un empleado me condujo a lo interior, no sin que antes

hubiese yo advertido otra inscripción: _Quanto varius tanto melius_.

No hay nada que verdaderamente pueda atraer por singular valor

artístico, en este convento, sobre todo, a quien va a visitar los

tesoros inmensos que el arte italiano guarda en sus ciudades ilustres.

Es el atractivo de esta vida monacal lo que llama, el misterio y la paz

que han conquistado el espíritu de Huysmans, en plenas agitaciones y

vacilaciones finiseculares.

Mi guía me conduce a través de un dédalo de capillas, después de hacerme

ver la iglesia. Pero yo insinúo que mi objeto sería poder hablar con

algunos de los reclusos. Mi interlocutor me gime imposibilidades. Los

monjes no hablan con nadie sino en días determinados, y con previo

permiso del padre superior. Sé después que tienen un día de salida cada

semana, y que van a los montes cercanos a herborizar y a hacer ejercicio

físico.

Penetramos a una celda vacía; celda no; más bien departamento amueblado,

modesto, pero confortablemente. Una especie de antesalita, un cuarto

comedor, con alacena y mesa; un cuarto dormitorio, con cama en que,

según me afirman, no se usa otro colchón que uno hecho de paja; una

puertecilla, por donde se puede hablar con el cartujo desde fuera, un

oratorio. En el oratorio veo un viejo libro abierto, que ha dejado allí

el padre que ocupó últimamente la habitación.

Es el _Apparechio alla morte_ de Liguori. La celda da a un pequeño

patio, al cual descendemos. Una verde viña a la sazón cargada de fruto,

da sombra fresca; en el reducido trecho de las cuatro paredes, cuelgan

de sus árboles peras doradas, manzanas, y jugosísimos higos; y cerca de

un pozo antiguo, tendiendo hacia el cielo sereno y fecundador,

misteriosa, como temerosa, amorosa, se abre la pasiflora.

Salimos hacia el gran patio del convento, en que una fuente, serena y

solitaria, vierte una agua diamantina y sabrosa. Decóranla testas de

becerros y delfines, y águilas enteras por cuyos picos caen los sonantes

chorros. Bajo el sol caliente que hace arder la piel, esa agua está rica

y fría, como sacada de una nevera. Vamos por los largos corredores;

resuenan nuestros pasos sobre las lisas baldosas; entramos de nuevo en

la nave de la iglesia. En un marco especial, cerca de un altar, está el

libro de indicaciones para los monjes. Leo en una caligrafía anticuada y

clara:

_Die 15e. sept.--Missae dicendae in conventu.--Feria II pro

Benefactoribus.--III de anniversaribus.--V de Beata.--Cœteris Diebus ut

in Calendario.--Abstinentia erit feria II.--In hac hebdomada securrunt

iejunia temporatia._

--A propósito--digo a mi acompañante--y ¿qué tal comen los reverendos?

--Cuando no ayunan, comen alimentos sencillos y sanos.

Y recordé que al pasar por el refectorio, había visto los frescos que

representan a los buenos religiosos de antaño servidos por princesas

piadosas, comiendo modestos platitos de sopa y huevitos pasados por

agua. Pero también recordaba al portero, vigoroso y sonrosado a pesar de

sus años; y los impagables ágapes a que he asistido en otras partes,

invitado por mis amigos los frailes; el _embonpoint des chanoines_ de

que habla en su _Lutrin_ el excelente Boileau; el chocolate de mis

primeros maestros los jesuítas, y las venganzas de la simpática gula

contra las terriblezas de la cuaresma. Místicas pinturas y la severidad

del recinto borraron mis inoportunas reflexiones epicúreas. Allí, dentro

de sus solitarios habitáculos, unos cuantos hombres, fatigados del

siglo, o consagrados a la meditación de Dios por vocación, sirven, como

dice Durtal, de pararrayos. Oran, piensan en la eternidad, saben domar

la bestia, ascienden perpetuamente, en la _beata solitudo_.

Al salir, oigo un coro de alegres voces en charlas y vivas, lo cual no

deja de sorprenderme. Y luego miro que las risas y las voces salen de

las más frescas y rojas bocas que pueden obstentar garridas y frondosas

adolescentes.

Sí, me explico. Es un colegio de niñas. El gobierno ha dispuesto que se

le ceda la parte derecha del local. ¡Dios de Dios!

Pero, ¿qué está pensando el gobierno? ¡Estos varones del Señor buscan

la soledad y se les planta junto a ellos la alegría en su más dulce

forma; estos pobres ratones se aislan y esperan la hora en que la

descarnada gata se los ha de llevar, y les vienen a poner a las puertas

de la cueva el queso! Pueden los fuertes religiosos luchar como

Jerónimo, como Antonio, como Pacomio, pero si luego aparece un proceso

famoso, echan las gentes la culpa a una comunidad de carne y hueso, en

que la debilidad humana o el imperio de la naturaleza, como gustéis, se

manifiesta.

El tranvía me lleva a Pisa, y hoy mismo partiré para Roma, pasando por

Livorno.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 44 / 73 题