El tranvía a vapor pasa por una parte de la ciudad, y sale a la campaña
entre sembrados y plantíos de coles y tomates, quintas modestas y
rústicas habitaciones. Luego una sucesión de bellos paisajes recrea la
mirada, hasta llegar al valle de Calei, donde el vehículo se detiene. De
allí, para ir a la Cartuja, hay que seguir a pie, por retorcida cuesta
que conduce a la altura en que se alza el antiguo edificio. Es la hora
del comienzo de la tarde y el sol hace brillar como polvo de plata el
camino trillado. Los montes pisanos marcan su relieve gris sobre el
azulado fondo del cielo, y en su cima, la Verruca, sobre su asiento de
rocas desgreñadas, calca su silueta de castillo de cuento. Voy en la
llamarada del sol y en el vaho ardiente del suelo. Un exceso de vida se
desborda de los campos circunstantes, y sigo mi camino entre verdores de
hojas, al estridente aserrar de las cigarras. El verde de las viñas a
un lado, y las uvas negras manchan, colgadas de las guirnaldas, las
ramas hojosas; el verde de los olivos al otro, y las hojas semejan
manojos de láminas argentadas y hacen un manso ruido al roce del viento.
¿Cuánto tiempo hacía que no escuchaba el bullicio de las cigarras? Era
desde los años que viviera en el caliente trópico, donde los mangos
sonoros se debaten al soplo de aires furiosos, y el sol violento y
calcinante hace humear los pantanos y gritar los bosques. Gritan las
cigarras como presas de desesperación o de locura. Aquí, más bien
paréceme que ponen en su ruido un ritmo, aunque no llego a comprender
los adjetivos flagrantemente aduladores que a estas borrachas de rocío
prodigaba la lírica griega. Hermoso de noble hermosura este campo en que
se muestra larga y magnífica la generosidad del cielo y de la tierra. El
valle cultivado y pintoresco, la Verruca delineada finamente y el Poemo
y el Serra, atalayando los horizontes. Sobre su altura, el edificio de
la cartuja es serio e imponente. A la entrada, un grupo de mendigos
espera. Es la hora en que se les da un plato de comida, según la antigua
costumbre.
Sobre la puerta, está el sabido religioso lema, escrito en grandes
letras: _O beata Solitudo! O sola beatitudo!_ Y a los lados, dos
leyendas tomadas de sendos elogios de la soledad, de Jerónimo y de
Basilio: _Habitantibus hic oppidum carcer est, et solitudo paradisus.
Solitaria vita celestis doctrina schola est, et divinarum artium
disciplina._
Llamé. Llevaba una carta de recomendación para D. Bruno el prior. No
estaba su reverencia, pero el portero, un macizo viejo dentro de su
blanco sayal decorado de una gran barba blanca, me hizo entrar.
Preparaba a la sazón unas cuantas escudillas de cierto arroz dudoso,
para los pobres. Un empleado me condujo a lo interior, no sin que antes
hubiese yo advertido otra inscripción: _Quanto varius tanto melius_.
No hay nada que verdaderamente pueda atraer por singular valor
artístico, en este convento, sobre todo, a quien va a visitar los
tesoros inmensos que el arte italiano guarda en sus ciudades ilustres.
Es el atractivo de esta vida monacal lo que llama, el misterio y la paz
que han conquistado el espíritu de Huysmans, en plenas agitaciones y
vacilaciones finiseculares.
Mi guía me conduce a través de un dédalo de capillas, después de hacerme
ver la iglesia. Pero yo insinúo que mi objeto sería poder hablar con
algunos de los reclusos. Mi interlocutor me gime imposibilidades. Los
monjes no hablan con nadie sino en días determinados, y con previo
permiso del padre superior. Sé después que tienen un día de salida cada
semana, y que van a los montes cercanos a herborizar y a hacer ejercicio
físico.
Penetramos a una celda vacía; celda no; más bien departamento amueblado,
modesto, pero confortablemente. Una especie de antesalita, un cuarto
comedor, con alacena y mesa; un cuarto dormitorio, con cama en que,
según me afirman, no se usa otro colchón que uno hecho de paja; una
puertecilla, por donde se puede hablar con el cartujo desde fuera, un
oratorio. En el oratorio veo un viejo libro abierto, que ha dejado allí
el padre que ocupó últimamente la habitación.
Es el _Apparechio alla morte_ de Liguori. La celda da a un pequeño
patio, al cual descendemos. Una verde viña a la sazón cargada de fruto,
da sombra fresca; en el reducido trecho de las cuatro paredes, cuelgan
de sus árboles peras doradas, manzanas, y jugosísimos higos; y cerca de
un pozo antiguo, tendiendo hacia el cielo sereno y fecundador,
misteriosa, como temerosa, amorosa, se abre la pasiflora.
Salimos hacia el gran patio del convento, en que una fuente, serena y
solitaria, vierte una agua diamantina y sabrosa. Decóranla testas de
becerros y delfines, y águilas enteras por cuyos picos caen los sonantes
chorros. Bajo el sol caliente que hace arder la piel, esa agua está rica
y fría, como sacada de una nevera. Vamos por los largos corredores;
resuenan nuestros pasos sobre las lisas baldosas; entramos de nuevo en
la nave de la iglesia. En un marco especial, cerca de un altar, está el
libro de indicaciones para los monjes. Leo en una caligrafía anticuada y
clara:
_Die 15e. sept.--Missae dicendae in conventu.--Feria II pro
Benefactoribus.--III de anniversaribus.--V de Beata.--Cœteris Diebus ut
in Calendario.--Abstinentia erit feria II.--In hac hebdomada securrunt
iejunia temporatia._
--A propósito--digo a mi acompañante--y ¿qué tal comen los reverendos?
--Cuando no ayunan, comen alimentos sencillos y sanos.
Y recordé que al pasar por el refectorio, había visto los frescos que
representan a los buenos religiosos de antaño servidos por princesas
piadosas, comiendo modestos platitos de sopa y huevitos pasados por
agua. Pero también recordaba al portero, vigoroso y sonrosado a pesar de
sus años; y los impagables ágapes a que he asistido en otras partes,
invitado por mis amigos los frailes; el _embonpoint des chanoines_ de
que habla en su _Lutrin_ el excelente Boileau; el chocolate de mis
primeros maestros los jesuítas, y las venganzas de la simpática gula
contra las terriblezas de la cuaresma. Místicas pinturas y la severidad
del recinto borraron mis inoportunas reflexiones epicúreas. Allí, dentro
de sus solitarios habitáculos, unos cuantos hombres, fatigados del
siglo, o consagrados a la meditación de Dios por vocación, sirven, como
dice Durtal, de pararrayos. Oran, piensan en la eternidad, saben domar
la bestia, ascienden perpetuamente, en la _beata solitudo_.
Al salir, oigo un coro de alegres voces en charlas y vivas, lo cual no
deja de sorprenderme. Y luego miro que las risas y las voces salen de
las más frescas y rojas bocas que pueden obstentar garridas y frondosas
adolescentes.
Sí, me explico. Es un colegio de niñas. El gobierno ha dispuesto que se
le ceda la parte derecha del local. ¡Dios de Dios!
Pero, ¿qué está pensando el gobierno? ¡Estos varones del Señor buscan
la soledad y se les planta junto a ellos la alegría en su más dulce
forma; estos pobres ratones se aislan y esperan la hora en que la
descarnada gata se los ha de llevar, y les vienen a poner a las puertas
de la cueva el queso! Pueden los fuertes religiosos luchar como
Jerónimo, como Antonio, como Pacomio, pero si luego aparece un proceso
famoso, echan las gentes la culpa a una comunidad de carne y hueso, en
que la debilidad humana o el imperio de la naturaleza, como gustéis, se
manifiesta.
El tranvía me lleva a Pisa, y hoy mismo partiré para Roma, pasando por
Livorno.