El Duomo, el Baptisterio, la Torre o Campanile. Lejos de las arterias
principales de la población en que circula una escasa vida, esos
monumentos perpetúan la grandeza pasada, y halagan con el marmóreo
florecimiento de sus nobles construcciones. Os repetiré que delante de
estas obras, desde largos siglos bañadas de religiosas contemplaciones,
o bruñidas y lustradas de ojos de turistas y de estudiosos, no he de
comenzar con inoportunos datos técnicos, ni sumas de columnas, ni
medida de extensiones. Yo sólo sé que esto es bello, de una belleza
serena e imponente, que sobre la solidez de la fábrica se erige la pompa
de las formas; que los muros, las cúpulas, las arcadas, la labor de una
arquitectura graciosa y sincera, dicen en su cristalizada elocuencia,
tanto como los libros y los cuadros, las victorias orgullosas de aquella
Pisa industriosa, conquistadora y batalladora, que de todas partes traía
ideas y riquezas. Busqueto plantó los cimientos de la ilustre iglesia
sobre el botín de los bárbaros.
La fachada del Duomo es una página de piedra en que la «música» del
arquitecto seduce como la lectura de un armonioso poema. Las puertas son
a su vez, otras magníficas hojas de este libro soberbio, en que se
multiplican los temas, en el bronce fundido por Partigiani y Serrano,
según la fantasía de Juan de Bolonia. En la lateral, hay el encanto de
lo arcaico. De mi visita a lo interior traigo llena la retina, del gran
Cristo del mosaico del ábside; de una singular madona de Pierini del
Vaga; de deliciosas figuras del Sodoma que me exigirían un página por lo
menos para cada una; del Caín rojo de Sogliani, que dice la primordial
injusticia al lado de su papagayo. Y entre tantas cosas ¿cómo olvidar el
grupo de mármol del Moschino, el Adán y Eva del fondo?
El Baptisterio, tiara de piedra, relicario de mármol, joya de gracia y
de majestad. La perla que atrae en esta maravillosa concha labrada por
un poeta de arquitectura, es el célebre púlpito de Nicolás Pisano,
sobre el cual os recomiendo volváis a nuestro Vasari.
El Campanile, ya os lo he dicho: la rueca de Pisa. El indestructible
mono que hay en cada cual, y los ejercicios del sentido común ilustrado,
encuentran en este deleitoso lugar que reune tan preciadas
magnificencias, tres cosas que harán producir siempre reflexiones de la
más exquisita calidad: en el Duomo la lámpara de Galileo; en el
Baptisterio el eco; en el Campanile la inclinación.