Solo, por estas calles, me encuentro, cuando menos pensaba en la plaza
de los Caballeros. Entro en la iglesia de San Esteban y miro los
estandartes antiguos que fueron ganados en las batallas contra los
infieles. Al salir, en el palacio de los condes Finocchieti, un
especialísimo lugar me impresiona verdaderamente. Es el punto en que,
en la Torre del Hambre, Ugolino,
La bocca solevó dal fiero pasto.
Una persona pretende explicarme que la puerta de hierro que se descubrió
en 1884, y que se exhibe como perteneciente a la prisión, bien puede no
ser tal, sino que, etc., etc. Como Anatole France con sus reyes magos,
yo permanezco en mi creencia, y nada me haría dudar de la autenticidad
de lo que miro. Sí, ese viejo hierro vió la escena pavorosa, que para la
inmortalidad fundió Dante en el bajo-relieve de sus sublimes tercetos de
bronce. La visión del poeta cobra realidad a medida que pasa el vuelo de
los siglos. La fábula se encarna en la tradición; la tradición se
alimenta y vive con la sangre misma del pueblo. Ninguna demostración
histórica, ningún comento de centón, ninguna memoria de erudito,
destruirán lo que certifica la creencia de sucesivas generaciones. De
ahí la absoluta inutilidad de los intentos para borrar de la conciencia
popular la idea del milagro y el influjo de la leyenda.
Por las calles, recuerdo la aventura de Goldoni. Cuenta el célebre
comediógrafo que, encontrándose en Pisa, sin conocer a persona alguna,
salió a dar una vuelta por la ciudad. De pronto vió una gran puerta
abierta por donde entraba mucha gente. En el interior, un jardín, en
donde gran cantidad de personas estaba sentada. Un criado de librea, a
quien preguntara qué cosa significase tal reunión, le responde: «El
concurso que aquí miráis, oh señor, es una colonia de los árcades de
Roma, llamada colonia Alfea o de Alfeo, río célebre en Grecia, que
regaba la antigua Pisa, en Aulide». Como veis, el portero de los árcades
se expresaba como convenía. Goldoni, que era listo y abogado, pide
entrada y se le concede. Allí donde se decían versos y se discutían
cosas poéticas con corteses razones, desenvainó un soneto viejo que pasó
por inspiración, y le captó las simpatías y los abrazos de los nobles
circunstantes. Además, un puesto en la ciudad, con renta regular. Los
pastores apolíneos sabían entender las cosas. Yo no encuentro en mi
solitaria andanza sino zapateros de viejo que remiendan en plena calle,
una que otra hermosa muchacha asomada a la ventana de una casa vieja, y
en un almacén en que ciertamente no habitan ni laboran los geniales
artesanos de antaño, leo: _Marble Works_. Perfectamente. _All right!_