El Guirlanda ha colocado, en los frescos que narran la historia de
Ester, los retratos del gran duque de Toscana, Cosme, del emperador
Carlos V, del duque de Urbino y del príncipe de Carrara. Estas gloriosas
adulaciones indican el espíritu del tiempo. No estalla la presencia de
esos nobles señores en una escena bíblica. Cuando Jean Béraud ha
querido, en nuestra época, poner a odiosos contemporáneos en presencia
de Jesucristo, rehacer el Calvario en Montmartre y convertir en
Magdalena a una dama cualquiera de _chez Maxim’s_, la abominación del
intento ha sido igualada por lo absurdo del resultado, el estallido ha
sido súbito.
La concepción del mundo de Puccio de Orvieto, deriva de la Summa. El
fresco teológico que aquí conserva la memoria del pintor, está bien
custodiado por las figuras de Santo Tomás y de San Agustín. En _La
Creación_ el sentimiento místico se une ya al influjo de la naturaleza y
se traduce en un realismo sencillo e ingenuo. La narración del Génesis
está interpretada, o mejor dicho, ilustrada, en varias escenas, en que
la intención del artista se expresa en figuras de una ejecución todavía
balbuciente. Nada más «al pie de la letra» que la salida de Eva del
costado de Adán. El demonio, como muchas veces se nota en obras de la
época y aun posteriores, tiene, en el cuerpo de serpiente, la cabeza de
mujer. Caín, sufre la maldición de la fealdad, y tal concepción habrá de
continuar hasta que haya un artista que le reahabilite. Abel, el niño
mimado y hermoso, que en lo futuro ha de tener _stud_ y ha de ser
miembro del Jockey Club, ofrece su homenaje y el Señor le envía a su
altar el fuego del cielo, para la consumación del sacrificio. Caín, cara
de pobre diablo, quemado de sol y que da a Dios lo que puede, se ve
desdeñado por la divinidad parcial. Con el tiempo no será de extrañar
que Abel muera dinamitado, cuando la quijada de burro ha quedado en
desuso. Hay otra escena en que Caín, anciano, muere herido por una
flecha de su hijo Lamech. Es de señalar la singular habilidad de estos
decoradores para pintar de manera que produce ilusión de verdad, la
sangre.
Me detengo con Benozzo Gozzoli. Benozzo es un gran manejador de
sentimientos y un diestro animador de facciones. Ya es la _Embriaguez de
Noé_, con su interesante composición, su colorido aun conservado, su
delicioso paisaje y sus detalles, con la célebre _Vergognosa_ que no me
convence del todo; la _Torre de Babel_, en que veréis en un escenario
anacrónico a personajes contemporáneos del artista--Lorenzo el
magnífico, Policiano, Juliano y Juan de Médicis; Abraham y los
adoradores de Belo, muy decorativo y lleno de alegorías; _Lot_, _Abraham
Victorioso_, el _Incendio de Sodoma_, el admirable _Sacrificio de
Abraham_ y muchos más frescos de pintor de tantas excelencias, os
arrancan a la idea banal de una jira de turistas y gratifican vuestro
entendimiento con el efluvio de una vida de pura elevación, de gozo
mental, de sana humanidad.
Los Orcagnas encantan en su simplicidad. El _Triunfo de la Muerte_ es un
largo poema ante el cual el contemplador podría pasar días de deleite
estético. Nunca se ha expresado más claro el eterno contraste, que en
esta página de piedra en que el pincel relata la obra de la invencible
Perseguidora.
Por un lado la primavera de la vida, con sus amores y músicas, canciones
de placer, besos y pompas. Por otro la miseria, la áspera pobreza, en el
polvo del camino, el hambre, el dolor. Y la muerte con su hoz, en medio,
en los aires, que dará su golpe a quien menos piense en ella, y no oirá
la llamada de los miserables, y les dejará seguir padeciendo en lo duro
de la existencia. ¿Cuál figura más horrible que esta descarnada vieja de
alas de murciélago y pies de largas uñas, que maneja su arma inevitable
sobre la fiesta de las rosas y de los labios?
Taine es demasiado seco en su grandeza, demasiado frío en su fuerza. No
puedo olvidar su juicio neto y geométrico sobre este espectáculo de
arte, y su severidad profesoral ante el _Infierno_, por ejemplo, de
Bernardo Occagna. «Un mundo poético de donde la poesía se ha retirado,
una tragedia sublime que se convierte en una parada de verdugos y un
taller de torturas, he ahí lo que ese Dante sin talento fabrica sobre
los muros». Yo encuentro la elocuencia simple de un artista que expresa
con un lenguaje comprensible de la muchedumbre, las tendencias; los
temores, las ideas de una época. Hallo en estos frescos el mismo
espíritu y la misma expresión de los misterios, de las moralidades, de
los autos. Dice Conti estas palabras que concentran mis ideas respecto a
este arte primitivo en que miro una escuela de sinceridad: «Vi sono in
pittura scorrozioni, imperfezioni, contorcimenti che hanno vita e
bellezza assai maggiori di moltissime cose condotte a compimento nei piú
minuti particolari e secondo la piú fidele imitazione della realtá».
Es este uno de los lugares de la tierra en que no debían penetrar sino
los merecedores de la recompensa secreta, del oculto premio que en la
meditación y en el recogimiento ofrece el misterioso numen: el
encuentro, el hallazgo, en la profundidad del propio ser, de lejanas
señales, de signos perdidos en la complicación de largas
trasmigraciones, en que se reconoce algo de la personalidad vencedora
sobre el espacio y sobre el tiempo. Siento que salgo de este sagrado
recinto como impregnado de benéficas claridades. Sobre la tierra del
Calvario en que crecen hierbas y flores, con la fecundidad luminosa del
cielo azul.
Toda aristocrática alma vacilante debe venir aquí. Los ojos se anegarán
en la magnificencia severa de los frescos; los pies hollarán mármoles
funerarios, entre sarcófagos en que el arte antiguo pone en la misma
idea de la muerte, la floración inmensa de la vida. Toda noble voluntad
sentirá fuerzas nuevas. Alma que te has nutrido de desconocida savia,
que has encontrado aquí un refugio inesperado para el viaje de las
futuras ascensiones, ¿no sientes como un íntimo anhelo, como una
vivificante invasión de sangre pura y flamante? A las puertas, con
impaciencia, Pegaso piafa.