18 de Octubre de 1900.

El Guirlanda ha colocado, en los frescos que narran la historia de

Ester, los retratos del gran duque de Toscana, Cosme, del emperador

Carlos V, del duque de Urbino y del príncipe de Carrara. Estas gloriosas

adulaciones indican el espíritu del tiempo. No estalla la presencia de

esos nobles señores en una escena bíblica. Cuando Jean Béraud ha

querido, en nuestra época, poner a odiosos contemporáneos en presencia

de Jesucristo, rehacer el Calvario en Montmartre y convertir en

Magdalena a una dama cualquiera de _chez Maxim’s_, la abominación del

intento ha sido igualada por lo absurdo del resultado, el estallido ha

sido súbito.

La concepción del mundo de Puccio de Orvieto, deriva de la Summa. El

fresco teológico que aquí conserva la memoria del pintor, está bien

custodiado por las figuras de Santo Tomás y de San Agustín. En _La

Creación_ el sentimiento místico se une ya al influjo de la naturaleza y

se traduce en un realismo sencillo e ingenuo. La narración del Génesis

está interpretada, o mejor dicho, ilustrada, en varias escenas, en que

la intención del artista se expresa en figuras de una ejecución todavía

balbuciente. Nada más «al pie de la letra» que la salida de Eva del

costado de Adán. El demonio, como muchas veces se nota en obras de la

época y aun posteriores, tiene, en el cuerpo de serpiente, la cabeza de

mujer. Caín, sufre la maldición de la fealdad, y tal concepción habrá de

continuar hasta que haya un artista que le reahabilite. Abel, el niño

mimado y hermoso, que en lo futuro ha de tener _stud_ y ha de ser

miembro del Jockey Club, ofrece su homenaje y el Señor le envía a su

altar el fuego del cielo, para la consumación del sacrificio. Caín, cara

de pobre diablo, quemado de sol y que da a Dios lo que puede, se ve

desdeñado por la divinidad parcial. Con el tiempo no será de extrañar

que Abel muera dinamitado, cuando la quijada de burro ha quedado en

desuso. Hay otra escena en que Caín, anciano, muere herido por una

flecha de su hijo Lamech. Es de señalar la singular habilidad de estos

decoradores para pintar de manera que produce ilusión de verdad, la

sangre.

Me detengo con Benozzo Gozzoli. Benozzo es un gran manejador de

sentimientos y un diestro animador de facciones. Ya es la _Embriaguez de

Noé_, con su interesante composición, su colorido aun conservado, su

delicioso paisaje y sus detalles, con la célebre _Vergognosa_ que no me

convence del todo; la _Torre de Babel_, en que veréis en un escenario

anacrónico a personajes contemporáneos del artista--Lorenzo el

magnífico, Policiano, Juliano y Juan de Médicis; Abraham y los

adoradores de Belo, muy decorativo y lleno de alegorías; _Lot_, _Abraham

Victorioso_, el _Incendio de Sodoma_, el admirable _Sacrificio de

Abraham_ y muchos más frescos de pintor de tantas excelencias, os

arrancan a la idea banal de una jira de turistas y gratifican vuestro

entendimiento con el efluvio de una vida de pura elevación, de gozo

mental, de sana humanidad.

Los Orcagnas encantan en su simplicidad. El _Triunfo de la Muerte_ es un

largo poema ante el cual el contemplador podría pasar días de deleite

estético. Nunca se ha expresado más claro el eterno contraste, que en

esta página de piedra en que el pincel relata la obra de la invencible

Perseguidora.

Por un lado la primavera de la vida, con sus amores y músicas, canciones

de placer, besos y pompas. Por otro la miseria, la áspera pobreza, en el

polvo del camino, el hambre, el dolor. Y la muerte con su hoz, en medio,

en los aires, que dará su golpe a quien menos piense en ella, y no oirá

la llamada de los miserables, y les dejará seguir padeciendo en lo duro

de la existencia. ¿Cuál figura más horrible que esta descarnada vieja de

alas de murciélago y pies de largas uñas, que maneja su arma inevitable

sobre la fiesta de las rosas y de los labios?

Taine es demasiado seco en su grandeza, demasiado frío en su fuerza. No

puedo olvidar su juicio neto y geométrico sobre este espectáculo de

arte, y su severidad profesoral ante el _Infierno_, por ejemplo, de

Bernardo Occagna. «Un mundo poético de donde la poesía se ha retirado,

una tragedia sublime que se convierte en una parada de verdugos y un

taller de torturas, he ahí lo que ese Dante sin talento fabrica sobre

los muros». Yo encuentro la elocuencia simple de un artista que expresa

con un lenguaje comprensible de la muchedumbre, las tendencias; los

temores, las ideas de una época. Hallo en estos frescos el mismo

espíritu y la misma expresión de los misterios, de las moralidades, de

los autos. Dice Conti estas palabras que concentran mis ideas respecto a

este arte primitivo en que miro una escuela de sinceridad: «Vi sono in

pittura scorrozioni, imperfezioni, contorcimenti che hanno vita e

bellezza assai maggiori di moltissime cose condotte a compimento nei piú

minuti particolari e secondo la piú fidele imitazione della realtá».

Es este uno de los lugares de la tierra en que no debían penetrar sino

los merecedores de la recompensa secreta, del oculto premio que en la

meditación y en el recogimiento ofrece el misterioso numen: el

encuentro, el hallazgo, en la profundidad del propio ser, de lejanas

señales, de signos perdidos en la complicación de largas

trasmigraciones, en que se reconoce algo de la personalidad vencedora

sobre el espacio y sobre el tiempo. Siento que salgo de este sagrado

recinto como impregnado de benéficas claridades. Sobre la tierra del

Calvario en que crecen hierbas y flores, con la fecundidad luminosa del

cielo azul.

Toda aristocrática alma vacilante debe venir aquí. Los ojos se anegarán

en la magnificencia severa de los frescos; los pies hollarán mármoles

funerarios, entre sarcófagos en que el arte antiguo pone en la misma

idea de la muerte, la floración inmensa de la vida. Toda noble voluntad

sentirá fuerzas nuevas. Alma que te has nutrido de desconocida savia,

que has encontrado aquí un refugio inesperado para el viaje de las

futuras ascensiones, ¿no sientes como un íntimo anhelo, como una

vivificante invasión de sangre pura y flamante? A las puertas, con

impaciencia, Pegaso piafa.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 41 / 73 题