20 Septiembre.

Ahi Pisa, vituperio delle genti

Del bel paese là dove il _si_ suona;

Poiche i vicine a le punir son lenti

Muovanse la Capraia e la Gorgona

E facian siepe ad Arno in su la foce,

Si ch’egli annieghi in te ogni persona.

Estos versos de Dante no pudieron dejar de venir a mi memoria al entrar

en la vieja ciudad llena de historia y de arte. Va el Arno silencioso;

casi creeríais que sus aguas semiparalizadas no tienen curso. Río

turbio, río sin vida, entre las dos barreras de casas, bajo los puentes

que unen los dos famosos Lungarnos. Ciudad abuela, cargada de siglos,

que tiene su torre inclinada, como una inmóvil rueca. El movimiento

urbano es escaso. Uno que otro carruaje cargado de turistas; muchísimos

sajones a pie, con, en la mano, la insignia roja del Bædeker. Por la

vasta curva del Lungarno podéis ver tipos que conservan la antigua

hermosura de la raza, hombres de rasgos bellos, de elegantes talantes,

muchachas que andan graciosamente, con ese especial calzado un poco a

la turquesca, entre zueco y babucha, _zuccole_ o _pianelli_. Los pisanos

tienen el orgullo de su villa; y si no fuese el mal servicio del hotel

en que me alojo, y la perversidad de un cochero que ha estrujado mi

paciencia, no hallaría nada que vituperar, ni creo que tengan por qué

moverse ahora la Capraia y la Gorgona.

Traigo la mente llena de Benozzo Gozzoli, de los Pisano, de Giotto.

Poemas, lecciones, impresiones que he leído, inspirados en el Duomo, o

en el Campo Santo, cantan, reviven, se despiertan de nuevo en mi

cerebro. Antes de entrar en esos santuarios artísticos, siente el alma

como una sensación de primera comunión. Además, aquí, por todas partes,

el mármol dice con su presencia, la frecuencia de los héroes, de los

príncipes y de los dioses. Esta tierra es tierra sagrada; de su seno

maravilloso han brotado como en una primavera de formas, en esas

estaciones del arte en que floreal corresponde al renacimiento, un mundo

de estatuas, una teoría interminable de armoniosas figuras.

Los _badauds_ van a ver desde luego la casa de Galileo, con algo como la

esperanza de encontrar allí al famoso sabio. Los viajeros de la especie

de los dos inmortales amigos flaubertianos, se dirigen inmediatamente a

la torre inclinada, al Campanile: «Vamos a ver: ¿los arquitectos la

construyeron así, o esto es debido a un hundimiento del terreno?» Yo, no

bien me desembarazo del polvo del camino, vuelo al Campo Santo. Brilla

el sol, el sol glorioso italiano, caro a las ardientes mujeres, a las

dulces naranjas, a las sonoras cigarras. En la puerta del sacro

cementerio una anciana mendiga agita en un plato de lata unos cuantos

céntimos, demandando limosna. Me libro de la persecución de ciertos

cicerones parlanchines e importunos. Entro, y tengo el inmenso placer de

encontrarme solo en esos momentos, sin turistas, sin anglosajones, sin

visitantes, a pesar de que en el día de hoy, 20 de Septiembre,

celebración nacional, la entrada es gratuita.

En lo interior cae el sol sobre las piedras, sobre las hierbas que

crecen en la tierra santa. Cuentan que en tiempo de la expedición de

Soria por la república de Pisa, se hicieron traer, por disposición del

arzobispo Ubaldo Lanfranchi, cinco barcos cargados de tierra del monte

Calvario. La carga fué recibida en Porta a Mare, con regocijo y lujosa

ceremonia, por los pisanos.

Sobre deshechos huesos aparecen hoy allí flores humildes. Y fortifica el

suelo y dora el recinto la «onda de sol» que deslumbró los ojos de

Taine. Por los vastos muros se desenvuelven los frescos; a los lados de

las galerías se ven las filas de sarcófagos, las estatuas, los antiguos

fragmentos de antiguos mármoles; la luz pasa por las arcadas

semicirculares, por los ventanales góticos. El techo de madera, de una

imponente sencillez primitiva, da idea de una resistencia secular. Hay

en los muros inscripciones latinas, promesas de gloria o advertencias

saludables. En una de ellas: «Mira, observa, desgraciado que pasas, lo

que eres. Todo hombre está contenido en esta mansión. Mortal, cualquiera

que seas, detente, lee y llora. Soy lo que serás, fuí lo que eres; por

favor, ora por mí». Hay aquí el atractivo severo de un museo, y la

solemnidad de un templo; y la gracia solar, como que hace, en la suave

gradación con que invade, más propicio el ambiente para altas

meditaciones, más pura la atmósfera para el vuelo de las ideas. Es un

lugar sacro en el mundo. _Rien de plus noble et de plus simple_, dice

Taine. _Verdadero y noble museo_, había dicho la reina Cristina

Alejandrina de Suecia. Yo he traído conmigo un libro moderno, rico de

esenciales armonías, florecido de pensamientos celestes, el libro de un

joven filósofo que maravillosamente pitagoriza, y a quien ha coronado de

lauros el Imaginífico. Y leo: «¿Cuál es la idea que vive y que se

manifiesta en el Campo Santo de Pisa?» Fuí muchas veces a contemplar el

misterio de aquella divina soledad en un estado como de estupor. Pero

una mañana de Agosto, atravesada la selva de San Rossore en medio del

coro ardiente de las cigarras y Pisa ardiente bajo la canícula, llegué a

la puerta del recinto monumental, y entré con el ánimo de quien espera

una respuesta a una ansiosa interrogación. Antes de partir había abierto

un libro de fragmentos de Leonardo, para encontrar un rayo de luz que

guiase mi espíritu en el viaje, y había leído las siguientes palabras:

«_El sol ilumina todos los cuerpos celestes que por el universo se

comparten; todas las almas descienden de él, porque el calor que está en

los animales vivos viene del alma, y ningún otro calor ni luz hay en el

universo_». Por toda la senda recorrida sentí repetirse en mi memoria

como un ritornelo incesante aquel laude del sol. El sol, que dominaba

sobre la llanura en donde surgen el duomo, la torre, el baptisterio,

estaba también en el Campo Santo; ¿pero era el mismo sol? Afuera había

un ardor de incendio y las cosas heridas por sus rayos parecían exhalar

una respiración de llama; aquí su luz, bien que más intensa por el

contraste de la sombra, parecía fría y calma como la luz de la luna.

«Ya no era el sol que fecunda los frutos de la tierra y dora las mieses

y torna enceguecedoras las vías polvosas y hace cintilar los vidrios de

las casas en el poniente; era otro sol. Su luz, del patio desierto había

penetrado en el gran espacio habitado por las figuras de Benozzo...» Y

así continúa, en un suave himno a la luz, que formaba un ambiente de

vida singular a las creaciones de los frescos, «...y por breves

instantes sentí verdaderamente mi corazón libre de toda angustia vana y

las cosas de que nace el tormento de la existencia, palidecer y tornarse

como sombras de sueño en aquella soledad, en aquel silencio y entre

aquellas formas de belleza». He de confesar que, a mi vez, me he sentido

como en una duda ideal, y poco han venido a mi mente las observaciones

de mis maestros de crítica. Más bien he dado curso libre a mi

imaginación y a mi sentimiento. He creído ver aparecer, de un momento,

por aquellos lugares solitarios, a Juan de Pisa, que consagrara tanto

ardor y voluntad a la elevación de esta casa venerable y fúnebre:

_Tempore Domini Federizi archiepiscopi Pisani et Dominis Tertati

potestatis, operario Orlando Sardella, Joanne magistro ædificante_. Y

todos los pintores que a su manera realizaron estos poemas de la luz

amable, que sobre los muros perpetúan tan varias y ricas imágenes y

escenas. No quiero saber si uno de los Orcagna es un «Dante sin

talento»; antes bien le miro como un sincero e ingenuo ilustrador del

poeta, sobre la larga página de piedra.

Sobre una de las puertas que dan ingreso a la galería, una _Asunción_ de

Memnis, inicia la obra de este consagrado hiogiógrafo del pincel que ha

de mostrar después en otros frescos y en unión de Antonio Veneziano, la

vida del patrón de Pisa, San Ranieri. Primero es la juventud alegre y

risueña del joven noble, entre las bellas damas de su tiempo, cantos y

amor; luego la nueva dirección de su espíritu hacia Cristo, y la partida

al convento de San Vito en que mora el bienaventurado Alberto

Leccapecore. Antonio Veneziano continúa la vida del santo en otra serie.

Ranieri se embarca para volver a Pisa y comienza la operación de sus

milagros en Mesina. Todo esto es de una sencillez primitiva, de una fe

simple. Como casi todos sus contemporáneos, el pintor retrata a

personajes conocidos en sus cuadros; y Antonio ha puesto a varios

eminentes pisanos, como Guido de la Gherardesca. ¡El milagro en que

descubre el santo la superchería del tabernero que agua el vino, es de

una moralidad municipal ejemplar! ¡Es todo esto tan natural y sin

malicia! Así en otras series, se narra la historia del santo hasta su

muerte, en escenas que necesitarían observaciones más detenidas.

Spinello, discípulo de Giotto, trata de la vida de San Efesio, y su

maestro ilustrísimo representa las desventuras de Job. Dice el Vassari:

«Percio dunque andato Giotto a Pisa, fece nel principio d’una facciata

di quel Campo Santo sei storie grandi in fresco del pazientissimo Jobbe.

E perchè giudiziosamente consideró che i marmi da quella parte della

fabbrica, dove aveva a laborare erano volti verso la marina, e che tutti

essendo saligni per gli scilocchi, sempre sono umidi e gettano una certa

salsedini, siccome i mattoni di Pisa fanno per lo piú, e che per ció

acciecano e si mangiano y colori e le pitture, fece fare, perchè si

conservasse quanto potesse il piú l’opera sua, per tutto dove voleva

lavorare in fresco, in arriciato ovvero intonaco o incrostatura che

vogliane dire, con calcina, gesso e matton pesto, mescolati cosi a

proposito, che le pitture che egli poi sopra vi fece, si no insino a

questo giorno conservate, e meglio starebbono se la trascurataggine di

chi ne doveva aver cura, non l’avesse lasciate molto offendere

dall’umido...» La pintura, hoy mismo, se conserva bastante bien; los

colores, sobre todo, a través del tiempo, han luchado por mantenerse, y

las bíblicas figuras dicen, si no el arte de recursos perfectos, las

intenciones cumplidas, la traducción completa de la voluntad y deseo del

artista. Refutando la crítica de Cavalcaselle que en su _Storia della

pittura in Italia_ afirma que «el arte imperfecto de Giotto puede

llamarse grande respecto a su tiempo», aquel a quien ha llamado

D’Annunzio «il dottore místico», afirma esta verdad que me parece

innegable: Es imperfecto el arte cuando la _forma no se acuerda_ con sus

_intenciones_; pero cuando la _materia_, no más _sorda_, _responde_ al

mandato del artista, el arte es grande, es perfecto, y la obra que crea

es una obra maestra.

En medio de mis meditaciones de arte, una banda militar me trae a la

vida presente. Recuerdo que es el 20 de Septiembre, día nacional

italiano; y el conde de Turín ha de presidir hoy maniobras, en un campo

cercano a Pisa. Volveré a ver a Benozzo y compañía.

El carruaje sale de los muros de la ciudad, después de pasar por la

plaza en que las Tres maravillas de mármol se destacan en el azul puro.

El largo _stradone_ llega hacia el punto lejano, en donde la caballería

ha de hacer sus ejercicios. El camino va entre dos filas de plátanos

vigorosos, cuyas pobladas copas de hojas frescas, menea un sutil viento.

En los campos cultivados, cuelgan, profusas, negras, las uvas que están

ya en tiempo de vendimia. A lo lejos se divisan las montañas, los Alpes

apuanos, los montes de mármol. A la derecha, en las praderas reales,

pasan relinchando y trotando yeguas y potros de hermosa estampa.

Al final del larguísimo _stradone_, un bosque admirable de pinos

obscuros; luego, una llanura, y allí, palcos que se han levantado para

las personas oficiales que presencian las maniobras. El público discurre

cerca de las barreras. La música militar toca. Del fondo de la llanura

se destaca un grupo de oficiales, a gran galope, o media carrera.

Los jinetes son airosos y parecen hechos a manejar con destreza sus

cabalgaduras. Los saltos de obstáculos se efectúan con todo éxito. Los

grupos desfilan, frente al palco en que está el conde de Turín, en

compañía de un coronel austriaco, y hacen el saludo de ordenanza. Los

ejercicios se prolongan, vuelvo al hotel, que encuentro revuelto,

invadido por gentes de la milicia. Por la noche, se ilumina el Lungarno,

suenan músicas por las calles, una banda da un concierto y el pueblo,

vestido de fiesta, circula, habla y ríe. Esto es en la Pisa que vive, o

parece vivir, en la vida moderna y actual, la Pisa que sabe que han

existido los hombres de la unidad italiana, la levita de Cavour, la

camisa de Garibaldi, el uniforme de Víctor Manuel. Allá al otro lado

duerme la señora de la vida antigua, la ciudad de los recuerdos de

gloria, la Pisa de mármol, la del duomo, la del baptisterio, la que

tiene su campanario inclinado, como una inmóvil rueca.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 40 / 73 题