Ahi Pisa, vituperio delle genti
Del bel paese là dove il _si_ suona;
Poiche i vicine a le punir son lenti
Muovanse la Capraia e la Gorgona
E facian siepe ad Arno in su la foce,
Si ch’egli annieghi in te ogni persona.
Estos versos de Dante no pudieron dejar de venir a mi memoria al entrar
en la vieja ciudad llena de historia y de arte. Va el Arno silencioso;
casi creeríais que sus aguas semiparalizadas no tienen curso. Río
turbio, río sin vida, entre las dos barreras de casas, bajo los puentes
que unen los dos famosos Lungarnos. Ciudad abuela, cargada de siglos,
que tiene su torre inclinada, como una inmóvil rueca. El movimiento
urbano es escaso. Uno que otro carruaje cargado de turistas; muchísimos
sajones a pie, con, en la mano, la insignia roja del Bædeker. Por la
vasta curva del Lungarno podéis ver tipos que conservan la antigua
hermosura de la raza, hombres de rasgos bellos, de elegantes talantes,
muchachas que andan graciosamente, con ese especial calzado un poco a
la turquesca, entre zueco y babucha, _zuccole_ o _pianelli_. Los pisanos
tienen el orgullo de su villa; y si no fuese el mal servicio del hotel
en que me alojo, y la perversidad de un cochero que ha estrujado mi
paciencia, no hallaría nada que vituperar, ni creo que tengan por qué
moverse ahora la Capraia y la Gorgona.
Traigo la mente llena de Benozzo Gozzoli, de los Pisano, de Giotto.
Poemas, lecciones, impresiones que he leído, inspirados en el Duomo, o
en el Campo Santo, cantan, reviven, se despiertan de nuevo en mi
cerebro. Antes de entrar en esos santuarios artísticos, siente el alma
como una sensación de primera comunión. Además, aquí, por todas partes,
el mármol dice con su presencia, la frecuencia de los héroes, de los
príncipes y de los dioses. Esta tierra es tierra sagrada; de su seno
maravilloso han brotado como en una primavera de formas, en esas
estaciones del arte en que floreal corresponde al renacimiento, un mundo
de estatuas, una teoría interminable de armoniosas figuras.
Los _badauds_ van a ver desde luego la casa de Galileo, con algo como la
esperanza de encontrar allí al famoso sabio. Los viajeros de la especie
de los dos inmortales amigos flaubertianos, se dirigen inmediatamente a
la torre inclinada, al Campanile: «Vamos a ver: ¿los arquitectos la
construyeron así, o esto es debido a un hundimiento del terreno?» Yo, no
bien me desembarazo del polvo del camino, vuelo al Campo Santo. Brilla
el sol, el sol glorioso italiano, caro a las ardientes mujeres, a las
dulces naranjas, a las sonoras cigarras. En la puerta del sacro
cementerio una anciana mendiga agita en un plato de lata unos cuantos
céntimos, demandando limosna. Me libro de la persecución de ciertos
cicerones parlanchines e importunos. Entro, y tengo el inmenso placer de
encontrarme solo en esos momentos, sin turistas, sin anglosajones, sin
visitantes, a pesar de que en el día de hoy, 20 de Septiembre,
celebración nacional, la entrada es gratuita.
En lo interior cae el sol sobre las piedras, sobre las hierbas que
crecen en la tierra santa. Cuentan que en tiempo de la expedición de
Soria por la república de Pisa, se hicieron traer, por disposición del
arzobispo Ubaldo Lanfranchi, cinco barcos cargados de tierra del monte
Calvario. La carga fué recibida en Porta a Mare, con regocijo y lujosa
ceremonia, por los pisanos.
Sobre deshechos huesos aparecen hoy allí flores humildes. Y fortifica el
suelo y dora el recinto la «onda de sol» que deslumbró los ojos de
Taine. Por los vastos muros se desenvuelven los frescos; a los lados de
las galerías se ven las filas de sarcófagos, las estatuas, los antiguos
fragmentos de antiguos mármoles; la luz pasa por las arcadas
semicirculares, por los ventanales góticos. El techo de madera, de una
imponente sencillez primitiva, da idea de una resistencia secular. Hay
en los muros inscripciones latinas, promesas de gloria o advertencias
saludables. En una de ellas: «Mira, observa, desgraciado que pasas, lo
que eres. Todo hombre está contenido en esta mansión. Mortal, cualquiera
que seas, detente, lee y llora. Soy lo que serás, fuí lo que eres; por
favor, ora por mí». Hay aquí el atractivo severo de un museo, y la
solemnidad de un templo; y la gracia solar, como que hace, en la suave
gradación con que invade, más propicio el ambiente para altas
meditaciones, más pura la atmósfera para el vuelo de las ideas. Es un
lugar sacro en el mundo. _Rien de plus noble et de plus simple_, dice
Taine. _Verdadero y noble museo_, había dicho la reina Cristina
Alejandrina de Suecia. Yo he traído conmigo un libro moderno, rico de
esenciales armonías, florecido de pensamientos celestes, el libro de un
joven filósofo que maravillosamente pitagoriza, y a quien ha coronado de
lauros el Imaginífico. Y leo: «¿Cuál es la idea que vive y que se
manifiesta en el Campo Santo de Pisa?» Fuí muchas veces a contemplar el
misterio de aquella divina soledad en un estado como de estupor. Pero
una mañana de Agosto, atravesada la selva de San Rossore en medio del
coro ardiente de las cigarras y Pisa ardiente bajo la canícula, llegué a
la puerta del recinto monumental, y entré con el ánimo de quien espera
una respuesta a una ansiosa interrogación. Antes de partir había abierto
un libro de fragmentos de Leonardo, para encontrar un rayo de luz que
guiase mi espíritu en el viaje, y había leído las siguientes palabras:
«_El sol ilumina todos los cuerpos celestes que por el universo se
comparten; todas las almas descienden de él, porque el calor que está en
los animales vivos viene del alma, y ningún otro calor ni luz hay en el
universo_». Por toda la senda recorrida sentí repetirse en mi memoria
como un ritornelo incesante aquel laude del sol. El sol, que dominaba
sobre la llanura en donde surgen el duomo, la torre, el baptisterio,
estaba también en el Campo Santo; ¿pero era el mismo sol? Afuera había
un ardor de incendio y las cosas heridas por sus rayos parecían exhalar
una respiración de llama; aquí su luz, bien que más intensa por el
contraste de la sombra, parecía fría y calma como la luz de la luna.
«Ya no era el sol que fecunda los frutos de la tierra y dora las mieses
y torna enceguecedoras las vías polvosas y hace cintilar los vidrios de
las casas en el poniente; era otro sol. Su luz, del patio desierto había
penetrado en el gran espacio habitado por las figuras de Benozzo...» Y
así continúa, en un suave himno a la luz, que formaba un ambiente de
vida singular a las creaciones de los frescos, «...y por breves
instantes sentí verdaderamente mi corazón libre de toda angustia vana y
las cosas de que nace el tormento de la existencia, palidecer y tornarse
como sombras de sueño en aquella soledad, en aquel silencio y entre
aquellas formas de belleza». He de confesar que, a mi vez, me he sentido
como en una duda ideal, y poco han venido a mi mente las observaciones
de mis maestros de crítica. Más bien he dado curso libre a mi
imaginación y a mi sentimiento. He creído ver aparecer, de un momento,
por aquellos lugares solitarios, a Juan de Pisa, que consagrara tanto
ardor y voluntad a la elevación de esta casa venerable y fúnebre:
_Tempore Domini Federizi archiepiscopi Pisani et Dominis Tertati
potestatis, operario Orlando Sardella, Joanne magistro ædificante_. Y
todos los pintores que a su manera realizaron estos poemas de la luz
amable, que sobre los muros perpetúan tan varias y ricas imágenes y
escenas. No quiero saber si uno de los Orcagna es un «Dante sin
talento»; antes bien le miro como un sincero e ingenuo ilustrador del
poeta, sobre la larga página de piedra.
Sobre una de las puertas que dan ingreso a la galería, una _Asunción_ de
Memnis, inicia la obra de este consagrado hiogiógrafo del pincel que ha
de mostrar después en otros frescos y en unión de Antonio Veneziano, la
vida del patrón de Pisa, San Ranieri. Primero es la juventud alegre y
risueña del joven noble, entre las bellas damas de su tiempo, cantos y
amor; luego la nueva dirección de su espíritu hacia Cristo, y la partida
al convento de San Vito en que mora el bienaventurado Alberto
Leccapecore. Antonio Veneziano continúa la vida del santo en otra serie.
Ranieri se embarca para volver a Pisa y comienza la operación de sus
milagros en Mesina. Todo esto es de una sencillez primitiva, de una fe
simple. Como casi todos sus contemporáneos, el pintor retrata a
personajes conocidos en sus cuadros; y Antonio ha puesto a varios
eminentes pisanos, como Guido de la Gherardesca. ¡El milagro en que
descubre el santo la superchería del tabernero que agua el vino, es de
una moralidad municipal ejemplar! ¡Es todo esto tan natural y sin
malicia! Así en otras series, se narra la historia del santo hasta su
muerte, en escenas que necesitarían observaciones más detenidas.
Spinello, discípulo de Giotto, trata de la vida de San Efesio, y su
maestro ilustrísimo representa las desventuras de Job. Dice el Vassari:
«Percio dunque andato Giotto a Pisa, fece nel principio d’una facciata
di quel Campo Santo sei storie grandi in fresco del pazientissimo Jobbe.
E perchè giudiziosamente consideró che i marmi da quella parte della
fabbrica, dove aveva a laborare erano volti verso la marina, e che tutti
essendo saligni per gli scilocchi, sempre sono umidi e gettano una certa
salsedini, siccome i mattoni di Pisa fanno per lo piú, e che per ció
acciecano e si mangiano y colori e le pitture, fece fare, perchè si
conservasse quanto potesse il piú l’opera sua, per tutto dove voleva
lavorare in fresco, in arriciato ovvero intonaco o incrostatura che
vogliane dire, con calcina, gesso e matton pesto, mescolati cosi a
proposito, che le pitture che egli poi sopra vi fece, si no insino a
questo giorno conservate, e meglio starebbono se la trascurataggine di
chi ne doveva aver cura, non l’avesse lasciate molto offendere
dall’umido...» La pintura, hoy mismo, se conserva bastante bien; los
colores, sobre todo, a través del tiempo, han luchado por mantenerse, y
las bíblicas figuras dicen, si no el arte de recursos perfectos, las
intenciones cumplidas, la traducción completa de la voluntad y deseo del
artista. Refutando la crítica de Cavalcaselle que en su _Storia della
pittura in Italia_ afirma que «el arte imperfecto de Giotto puede
llamarse grande respecto a su tiempo», aquel a quien ha llamado
D’Annunzio «il dottore místico», afirma esta verdad que me parece
innegable: Es imperfecto el arte cuando la _forma no se acuerda_ con sus
_intenciones_; pero cuando la _materia_, no más _sorda_, _responde_ al
mandato del artista, el arte es grande, es perfecto, y la obra que crea
es una obra maestra.
En medio de mis meditaciones de arte, una banda militar me trae a la
vida presente. Recuerdo que es el 20 de Septiembre, día nacional
italiano; y el conde de Turín ha de presidir hoy maniobras, en un campo
cercano a Pisa. Volveré a ver a Benozzo y compañía.
El carruaje sale de los muros de la ciudad, después de pasar por la
plaza en que las Tres maravillas de mármol se destacan en el azul puro.
El largo _stradone_ llega hacia el punto lejano, en donde la caballería
ha de hacer sus ejercicios. El camino va entre dos filas de plátanos
vigorosos, cuyas pobladas copas de hojas frescas, menea un sutil viento.
En los campos cultivados, cuelgan, profusas, negras, las uvas que están
ya en tiempo de vendimia. A lo lejos se divisan las montañas, los Alpes
apuanos, los montes de mármol. A la derecha, en las praderas reales,
pasan relinchando y trotando yeguas y potros de hermosa estampa.
Al final del larguísimo _stradone_, un bosque admirable de pinos
obscuros; luego, una llanura, y allí, palcos que se han levantado para
las personas oficiales que presencian las maniobras. El público discurre
cerca de las barreras. La música militar toca. Del fondo de la llanura
se destaca un grupo de oficiales, a gran galope, o media carrera.
Los jinetes son airosos y parecen hechos a manejar con destreza sus
cabalgaduras. Los saltos de obstáculos se efectúan con todo éxito. Los
grupos desfilan, frente al palco en que está el conde de Turín, en
compañía de un coronel austriaco, y hacen el saludo de ordenanza. Los
ejercicios se prolongan, vuelvo al hotel, que encuentro revuelto,
invadido por gentes de la milicia. Por la noche, se ilumina el Lungarno,
suenan músicas por las calles, una banda da un concierto y el pueblo,
vestido de fiesta, circula, habla y ríe. Esto es en la Pisa que vive, o
parece vivir, en la vida moderna y actual, la Pisa que sabe que han
existido los hombres de la unidad italiana, la levita de Cavour, la
camisa de Garibaldi, el uniforme de Víctor Manuel. Allá al otro lado
duerme la señora de la vida antigua, la ciudad de los recuerdos de
gloria, la Pisa de mármol, la del duomo, la del baptisterio, la que
tiene su campanario inclinado, como una inmóvil rueca.