El cementerio de Génova es famoso; veamos el cementerio de Génova. No me
place visitar a los muertos en su ciudad. He visto el presuntuoso Green
Wood, allá en los Estados Unidos, y el célebre Père Lachaise, en París.
Casi siempre he notado, aun allí, las injusticias de la suerte. Poe, en
Boston, tiene un pobre busto; Verlaine no tiene aún nada sobre sus
huesos. Los Sres. Bouvard y Pécuchet en todos los cementerios del mundo
ostentan mármoles y bronces por toneladas; y más que los Sres. Bouvard y
Pécuchet, los Sres. Chose y Machin. Pero jamás me ha chocado tanto lo
grotesco de la vanidad burguesa, en la muerte, como en este enorme
camposanto. Graciosas, elegantes, pintorescas, muchas de las capillitas
y mausoleos que decoran la pendiente de la colina, hermosean el lugar
fúnebre; así son admirables también y de mérito artístico, bastantes
sarcófagos y estatuas que se encuentran en las galerías. Pero la
profusión de lo contrario choca. Buenas gentes que poseen los
suficientes escudos, se hacen fabricar un papá de bronce, una mamá de
mármol, y se colocan ellas mismas en actitud dolorosa. Y así el cincel
o la fundición perpetúan máscaras codiciosas, faces de enfermos,
_bons-hommes_ satisfechos, imágenes de gordos rentistas o de secos
traficantes. Ello da al contemplador