19 de Septiembre.

Génova la Superba no parece a primera vista una ciudad grata. La masa

urbana es ciertamente soberbia, cuando se ve a la llegada, desde el

tren, en San Pietro D’Arena. Mas ya de cerca, esas casas altas, con las

cien manchas verdes de sus ventanas, esas casas descuidadas, esos

barrios sucios, nos dan la impresión marcada de una higiene en olvido,

de una aglomeración de conventillos. De algunas ventanas se cuelgan

ropas a secar, como en España. Ciertos rincones y ciertas callejuelas

tienen el mismo cariz de algunos puntos de la Boca. La parte vieja de la

ciudad es tortuosa, descuidada. En lo nuevo, se alzan construcciones, se

demuelen muros antiguos y se inician casas y palacios.

Vasto puerto, y relativamente escaso movimiento. Las fortificaciones

dominan, en las alturas. Castellaccio, Begato, San Benigno, llenos de

cañones. La ciudad, a la orilla del mar, sube hacia los montes. Ciudad

comerciante y marinera, aun conserva el orgullo de antaño y procura

mantener su vitalidad y su energía, guardando sus viejos recuerdos de

conquistas y de guerras, cuando sus estandartes fueron vencedores, o en

tiempos de duros reveses.

* * * * *

Vía Garibaldi. La calle es estrecha, sus aceras flanquedas de palacios

históricos. Piedras de siglos, vetustos portones en donde podéis ver

esculpidas las armas heráldicas. Ahí está el palacio Rosso, regalado por

la duquesa de Galiera a la ciudad y que contiene valioso tesoro de arte.

Entre lo principal, un retrato del marqués de Brignole-Sale, de Van

Dyck, un Durero, y una copia muy buena del San Juan de Leonardo que hay

en el Louvre. En el Palazzo Bianco que está en frente, hay también obras

excelentes. No puedo, dado el plan de este diario, ni citar todo lo que

me interesa; pero me es imposible callar mi gozo ante un antifonario de

Neroni que se guarda en esta casa, entre muchas riquezas dignas de la

mayor atención.

He visitado la Catedral, en la vía San Lorenzo. Por ella ha pasado lo

romano, lo gótico, el renacimiento. La fachada gótica es de una

imponente hermosura; en ella alternan mármoles blancos y negros;

adórnanla leones y variadas labores y calados. Piadosos e ingenuos

escultores trecentistas han dejado figuras y símbolos. Es hasta ahora,

la más venerable fábrica que hayan visto mis ojos en la tierra de

Italia.

Soberbio es, asentado en la Piazza Nuova, el palacio Ducal, en que hoy

trabajan oficinas del gobierno; y en varias calles os dicen grandezas de

lo pasado los palacios Doria, Spínola, Parodi, Gambaro y Cataldi.

Génova, la de los suburbios infectos, está llena de mármol y de orgullo.

El palacio Rosozza, es un lugar deseable para la realización de una vida

de amor. Está dominando el mar, y a sus espaldas se extiende, en la

colina, un jardín bellísimo lleno de verdura y de flores, en donde los

chorros de agua dicen rimas de D’Annunzio. Y más palacios, y más villas,

sobre la ciudad que a la orilla del Mediterráneo mantiene el renombre de

sus comerciantes y de sus armadores.

* * * * *

Tengo la mejor idea de los genoveses. Parécenme amables, obsequiosos,

atentos. No he podido certificar si tienen doblez o falsedad. No he

hecho ningún comercio con ninguno. Y el mal humorado padre Alighieri

creo que exageró cuando deseaba para ellos tantas terribles cosas:

Ahi genovesi, uomini diversi

D’ogni costume, e pien d’ogni magagna

Perché non siete voi del mondo spersi?

Las genovesas que he visto, son esbeltas, garbosas, gentiles, de grandes

ojos que se han embriagado de mar y de cielo.

* * * * *

Paseo por la rada. El agua está serena y el horizonte está «histórico»

como diría Roberto Montesquiou. Amarrados a los muelles, los barcos

descansan, esperando sus cargas. Un acorazado italiano, el Garibaldi,

está de estación. Al lado, están remendando la cáscara de hierro de un

buque de guerra turco. Advierto que en una de las planchas de popa, un

salaz obrero sin duda, ha pintado, con tiza, con visible irrespeto por

la media luna, una figura obscena que cualquiera puede notar de lejos.

El bote que me conduce se dirige al lado opuesto, hacia la barrera de

piedra que se ha alzado a la rabia del mar, y que éste en ocasiones ha

mordido y despedazado por algunos puntos.

Hermoso de toda hermosura el panorama de la ciudad, recostada sobre su

vasto anfiteatro, dorada por el sol que se pone. Es una tarde azul

acariciada de fuego. Las alturas se destacan como labradas sobre el

cielo. En el Rhighi, comienzan a encenderse vivas luces. El cristal

marino refleja la ciudad y la luz celeste que declina. Hay una dulzura

pacífica e íntima que llama al silencio y al recuerdo. Mi compañero y yo

no nos decimos una palabra. Es uno de esos instantes en que se piensa,

al callado amor de la naturaleza misteriosa, en seres y cosas amadas que

están lejos... en la ausencia, o en la muerte. La suavidad del agua y

del firmamento compenetra nuestros cuerpos y nuestras almas.

La bondad y la ternura de la existencia ocupan un momento la máquina

hecha a los esfuerzos y a las luchas. Nuestro espíritu es en esos

instantes como un blanco palomar de donde se envían a lejanas

distancias, mensajes de cariño, de consecuencia, o de pasión. La

campana de la iglesia de los Ángeles, tocó el Ave María. El eco

religioso que iba en la brisa pasó como un soplo de bien sobre nuestras

frentes. El barquero dejó los remos y se descubrió. Cuando volvimos la

vista al horizonte crepuscular, habían aparecido las primeras estrellas.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 36 / 73 题