Génova la Superba no parece a primera vista una ciudad grata. La masa
urbana es ciertamente soberbia, cuando se ve a la llegada, desde el
tren, en San Pietro D’Arena. Mas ya de cerca, esas casas altas, con las
cien manchas verdes de sus ventanas, esas casas descuidadas, esos
barrios sucios, nos dan la impresión marcada de una higiene en olvido,
de una aglomeración de conventillos. De algunas ventanas se cuelgan
ropas a secar, como en España. Ciertos rincones y ciertas callejuelas
tienen el mismo cariz de algunos puntos de la Boca. La parte vieja de la
ciudad es tortuosa, descuidada. En lo nuevo, se alzan construcciones, se
demuelen muros antiguos y se inician casas y palacios.
Vasto puerto, y relativamente escaso movimiento. Las fortificaciones
dominan, en las alturas. Castellaccio, Begato, San Benigno, llenos de
cañones. La ciudad, a la orilla del mar, sube hacia los montes. Ciudad
comerciante y marinera, aun conserva el orgullo de antaño y procura
mantener su vitalidad y su energía, guardando sus viejos recuerdos de
conquistas y de guerras, cuando sus estandartes fueron vencedores, o en
tiempos de duros reveses.
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Vía Garibaldi. La calle es estrecha, sus aceras flanquedas de palacios
históricos. Piedras de siglos, vetustos portones en donde podéis ver
esculpidas las armas heráldicas. Ahí está el palacio Rosso, regalado por
la duquesa de Galiera a la ciudad y que contiene valioso tesoro de arte.
Entre lo principal, un retrato del marqués de Brignole-Sale, de Van
Dyck, un Durero, y una copia muy buena del San Juan de Leonardo que hay
en el Louvre. En el Palazzo Bianco que está en frente, hay también obras
excelentes. No puedo, dado el plan de este diario, ni citar todo lo que
me interesa; pero me es imposible callar mi gozo ante un antifonario de
Neroni que se guarda en esta casa, entre muchas riquezas dignas de la
mayor atención.
He visitado la Catedral, en la vía San Lorenzo. Por ella ha pasado lo
romano, lo gótico, el renacimiento. La fachada gótica es de una
imponente hermosura; en ella alternan mármoles blancos y negros;
adórnanla leones y variadas labores y calados. Piadosos e ingenuos
escultores trecentistas han dejado figuras y símbolos. Es hasta ahora,
la más venerable fábrica que hayan visto mis ojos en la tierra de
Italia.
Soberbio es, asentado en la Piazza Nuova, el palacio Ducal, en que hoy
trabajan oficinas del gobierno; y en varias calles os dicen grandezas de
lo pasado los palacios Doria, Spínola, Parodi, Gambaro y Cataldi.
Génova, la de los suburbios infectos, está llena de mármol y de orgullo.
El palacio Rosozza, es un lugar deseable para la realización de una vida
de amor. Está dominando el mar, y a sus espaldas se extiende, en la
colina, un jardín bellísimo lleno de verdura y de flores, en donde los
chorros de agua dicen rimas de D’Annunzio. Y más palacios, y más villas,
sobre la ciudad que a la orilla del Mediterráneo mantiene el renombre de
sus comerciantes y de sus armadores.
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Tengo la mejor idea de los genoveses. Parécenme amables, obsequiosos,
atentos. No he podido certificar si tienen doblez o falsedad. No he
hecho ningún comercio con ninguno. Y el mal humorado padre Alighieri
creo que exageró cuando deseaba para ellos tantas terribles cosas:
Ahi genovesi, uomini diversi
D’ogni costume, e pien d’ogni magagna
Perché non siete voi del mondo spersi?
Las genovesas que he visto, son esbeltas, garbosas, gentiles, de grandes
ojos que se han embriagado de mar y de cielo.
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Paseo por la rada. El agua está serena y el horizonte está «histórico»
como diría Roberto Montesquiou. Amarrados a los muelles, los barcos
descansan, esperando sus cargas. Un acorazado italiano, el Garibaldi,
está de estación. Al lado, están remendando la cáscara de hierro de un
buque de guerra turco. Advierto que en una de las planchas de popa, un
salaz obrero sin duda, ha pintado, con tiza, con visible irrespeto por
la media luna, una figura obscena que cualquiera puede notar de lejos.
El bote que me conduce se dirige al lado opuesto, hacia la barrera de
piedra que se ha alzado a la rabia del mar, y que éste en ocasiones ha
mordido y despedazado por algunos puntos.
Hermoso de toda hermosura el panorama de la ciudad, recostada sobre su
vasto anfiteatro, dorada por el sol que se pone. Es una tarde azul
acariciada de fuego. Las alturas se destacan como labradas sobre el
cielo. En el Rhighi, comienzan a encenderse vivas luces. El cristal
marino refleja la ciudad y la luz celeste que declina. Hay una dulzura
pacífica e íntima que llama al silencio y al recuerdo. Mi compañero y yo
no nos decimos una palabra. Es uno de esos instantes en que se piensa,
al callado amor de la naturaleza misteriosa, en seres y cosas amadas que
están lejos... en la ausencia, o en la muerte. La suavidad del agua y
del firmamento compenetra nuestros cuerpos y nuestras almas.
La bondad y la ternura de la existencia ocupan un momento la máquina
hecha a los esfuerzos y a las luchas. Nuestro espíritu es en esos
instantes como un blanco palomar de donde se envían a lejanas
distancias, mensajes de cariño, de consecuencia, o de pasión. La
campana de la iglesia de los Ángeles, tocó el Ave María. El eco
religioso que iba en la brisa pasó como un soplo de bien sobre nuestras
frentes. El barquero dejó los remos y se descubrió. Cuando volvimos la
vista al horizonte crepuscular, habían aparecido las primeras estrellas.