como dice el Magnífico en su _Beoni_. Todo eso va aumentado con las
largas leyendas en forma monumental, con todos los circunloquios y
énfasis que son de ley en este país de la retórica latina. En algunas
tumbas el dolor ha tenido talentosos intérpretes en simulacros
personales, o en figuras simbólicas. Os recomiendo entre otros la figura
de un anciano encorvado, que llega al imperio de lo desconocido y bajo
el cual se lee un verso de la _Comedia_: (Inf. III).
Tutti convengnon qui d’ogni paese.
No recuerdo el nombre del escultor. En esa enorme población de finados,
los grandes habitan, como en la vida, palacios; los pobres, un hoyo en
la tierra. Pero como estamos en Italia, hasta los pobres tienen una cruz
de mármol o una lámpara graciosa; y entre las cruces, revientan a la luz
flores de un rojo violento, o florecillas blancas, que parecen salir de
sepulturas infantiles. Nada me indican los ángeles caderudos de
Monteverde, iguales al de la Recoleta de Buenos Aires; antes bien, la
obra de otros escultores sin renombre, en que aparece la tradición de
un arte sincero y piadoso, se impone en el silencio y en la paz de la
ciudad difunta. Mientras medito ante una melancólica estatua de mujer
junto a la cual una mano afectuosa ha colocado un ramo de flores frescas
y ha encendido un cirio, oigo cerca de mí unos pasos secos y un más seco
_yes_. _Voilà les Anglais!_
De la Zecca, asciendo en el funicular entre viñas y casitas, al Righi,
un restaurante situado en lo más alto del monte, al norte de la ciudad.
¡Soberbia vista de Génova la soberbia! La población se presenta en
frente, con sus macizos de construcciones, sus torres, sus villas; y su
rada, en que se erizan los grupos de mástiles y chimeneas. Se alcanza a
ver, en la confusión de calles lejanas, el reloj del Carlo Felice; se
divisan y reconocen los palacios conocidos; y se extiende el vasto mar,
el vasto mar azul y armonioso, por donde han partido a la gloria tantas
velas, tantas mentes, tantos corazones. El Righi es un establecimiento
lujoso y de loable buen gusto. Se imagina uno que vivir en un lugar como
ese, en esa situación excepcional, sería una delicia, si no fuese que no
hay panorama, ni delicia humana que no pida substitución en tiempo más o
menos lejano. Esa vista encantadora, esa perspectiva, ese mar y ese
cielo, y las ricas ostras y compañía que allí encontráis, por ineludible
ley humana, necesitan luego ser cambiados por otra perspectiva, por otro
mar, por otro cielo, por otros astros y compañía, so pena de caer en el
reino gris del fastidio. Nunca, sino en los viajes, se puede comprender
mejor el pequeño poema de Baudelaire _Any where out of the world_...
* * * * *
Al pasar por el palazzo Doria me señalan el segundo piso, en donde
habita o habitaba el maestro Verdi, que ahora está en Santa Agueda
veraneando.
Noto entre casa y casa por las calles genovesas, callejuelas a las que
se desciende por escaleras empinadas, pasadizos obscuros, estrechos,
sucios.
Suele acontecer que de un antro de esos surge de repente la cara risueña
de una fresca muchacha.
Al partir de Génova, en la estación, dos nombres que he visto encarnados
en dos estatuas, me vienen a la memoria, nombres absolutamente
representativos en lo antiguo, en lo moderno: Colón, Rubattino.
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