Los monumentos de Turín, confieso realmente, no me fascinan. Por todas
partes estos políticos, estos generales, estos príncipes, me aguan la
fiesta ideal que busca mi espíritu. Estos políticos son demasiado
conocidos y demasiado cercanos para que interesen a quien busca en
Italia sobre todo el reino de la Belleza, de la poesía, del Arte. Por lo
tanto, saludo con respeto al héroe Pietro Mica, a los hábiles y
esforzados patriotas y a los Saboyas de bronce, y me detengo ante el
monumento del Mont-Cenis, que, con su idea ciclópea, dice a mi alma, en
su simbolismo, más cosas que las que me puede decir el ilustre Mazzini y
el no menos ilustre Cavour.
En el parque--porque es un parque, aunque le llamen jardín--del
Valentino, deleitan las gracias de una acariciante naturaleza. El Po que
corre bajo los arcos de los puentes, pacíficamente; los montes cercanos,
feraces, cultivados, coronados por la Superga, sembrados de villas y
casitas. En la tarde dulce cae con la luz una paz y una melancolía que
hacen nacer luceros en el alma. Dichosa gente la que a la orilla de este
viejo río vive la perpetua juventud que se revela en la hermosura de
estos espectáculos.
Al ponerse el sol vuelven al club los _yachtmen_ que se ejercitan en su
_rowing_. Unos pescadores recogen sus cañas.
Antes he tenido tiempo de visitar un castillo medioeval que se ha
dejado para los turistas, desde que se construyó, con motivo de la
exposición de 1884. Es algo mejor que lo realizado por Robida en el
Viejo París. Todo, hasta los menores detalles interiores y exteriores,
dan la ilusión de un retroceso a la vida del siglo XV. Quisiera uno tan
solamente que los ferreros que abajo trabajan con gran habilidad sus
obras de un arte injustamente venido a menos, vistiesen y hablasen como
en lo antiguo.