Anoche he presenciado la llegada del duque de los Abruzzos a su buena
ciudad de Turín. Turín es la villa de los Saboyas, la verdadera ciudad
del _Fert_. Con gran entusiasmo fué recibido el joven explorador, entre
calles de aplausos y bajo arcos de vivas. Como yo alabase la audacia
brava y el peligroso _sport_ de su alteza, indudablemente enamorado de
la gloria y de la ciencia, me dijo un distinguido caballero turinés,
mientras los cocheros rojos conducían al príncipe, a los Aosta y al
capitán Cagni:
--«Todo está muy bien. Pero ¿qué provecho práctico trae a Italia el
hecho de este joven que se gasta una buena serie de miles de liras y
pierde dos dedos en una exploración de la que no ha sacado sino ir un
poco más sobre el hielo que Nansen? La empresa es insegura, fantástica y
poco probable.»
Señor, contesté a mi interlocutor, todas las grandes y geniales empresas
son por lo general fantásticas, inseguras, poco probables: y vuestro
compatriota el genovés Colón es una prueba de ello. Poco ha perdido el
duque con perder dos dedos en donde muchos, hasta su compañero Querini,
han perdido todo el cuerpo. Por otra parte, todo eso vale más que las
ocupaciones generales de sus colegas: ver correr caballos flacos,
fusilar pichones, agitar raquetas y disputarse pelotas, a la manera
imperante de los ingleses, fomentar la cría de perros y entretenimiento
de señoritas joviales. El duque de los Abruzzos, a quien he visto en
Buenos Aires muy simpático y muy gentil, en esa obra de valor y de
singularidad, ha interpretado a su manera el _Sempre avanti Saboia_ de
su casa. Además le debemos que los estados Unidos, por medio de uno de
sus órganos de más páginas y de mayor tiraje, se haya admirado de que un
latino haya puesto antes el pie en un lugar que no ha sido hollado por
anglosajones. Lo cual debe mortificar al Sr. Demolins y alegrar a mi
amigo Arreguine.»
El duque pasó entre las sonoras ovaciones. Buen aspecto, aunque se nota
en él las durezas de la vida de la invernada. A su lado iba Cagni,
verdadero héroe del viaje. En la estación he visto a la risueña y bella
novia de Cagni, y al viejo general su padre. No he podido menos que
pensar en los que quedaron allá en la nieve, en la soledad, en la muerte
irremisible...
* * * * *
Comida con el _onorevole_ Gianolio, y otras distinguidas personas; un
_avvocato_ y el decano de notarios turineses. El diputado es un
excelente y filosófico caballero, que entre sus barbas llenas de años
deja salir las más sesudas razones; y junta a una cortesía un tanto
campechana, la más sincera amabilidad. No conoce bien la Argentina,
pero tiene informes de sus riquezas, de su hospitalidad, del desarrollo
fabuloso de Buenos Aires. Se sorprende cuando se le habla del número de
italianos que hay en nuestra capital, lo cual demuestra que no todos, en
el parlamento, están aquí muy al tanto de estos asuntos. Hablamos
política, estadística, un poco, muy poco de literatura, pues el elemento
no es propicio, a pesar de estar a la mesa un par de hermosos ojos
italianos. Mi calidad de poeta ¡a Dios gracias! permanece incógnita, y
un madrigal comenzado se desvanecería al olor de la _fonduta_. ¡La
_fonduta_! ¿no sabéis lo que es esto, el plato especial de Turín, rubio
como el oro, apetitoso y perfumado de trufas blancas?
No sé cómo el señor de Ámicis, que aquí reside, ha conservado sus
cualidades plañideras y sentimentales a pesar del frecuente encuentro
con esta invención que es gozo de los ojos y del paladar. La _fonduta_
va custodiada de un chianti noble y de un barolo viejo que exigen
respetuosas inclinaciones.
* * * * *
Paseo por las galerías de la ciudad, por la vía Roma, y entramos con mi
compañero de viaje, al Giardino Romano, teatro estival bastante
desmantelado. Impera aquí también el café-concert. Y pensamos en el
Casino de Buenos Aires, cuando después de varios números deplorables,
salen los dos Colombel, que acabamos de ver en el Alcázar d’Été de
París, y nos gratifican con la romance, la romance... _¡la romance du
Muguet!_