Turín, nombre sonoro, noble ciudad. Severa, «un poco antigua», como el
español caballero de Gracia, aparece, para quien viene de enormes y
bulliciosos centros, tranquila y como retrasada. Mas luego sus calles
bien ordenadas y bien limpias, sus distintos comercios, sus plazas, sus
numerosos tranvías eléctricos, os demuestran la vida moderna. Después
sabréis de sus ricas y florecientes industrias, si es que no habéis
visto allá en la Exposición de París el triunfo de los telares
turineses.
Aquí se comienza a ver que hay una Italia práctica y vigorosa de trabajo
y de esfuerzo, además de la Italia de los museos y de las músicas.
Notamos en los edificios públicos banderas con lazos de luto. Es que
ayer ha entregado el duque de Aosta, en nombre del rey Víctor Manuel, a
la ciudad de Turín, la espada, las condecoraciones, el yelmo del difunto
Humberto. Pobre monarca de los grandes bigotes y de los ojos terribles,
que ocultaba tras esa apariencia truculenta un bello corazón, según me
dicen casi todas las personas con quienes tengo ocasión de hablar.
Turín, noble ciudad. Aquí todo es Saboya. No hay monumento, no hay vía,
no hay edificio que no os hable de la ilustre casa.
He visitado la Pinacoteca. La primera sala está llena de príncipes de
esa familia, desde la entrada, en donde un admirable retrato de François
Clouet perpetúa la figura de Margarita de Valois, hija de Francisco I y
mujer de Emanuel Filiberto, duque de Saboya. Nada más sugerente que esta
pintura en que esa princesa, que podría ser una priora, parece hablar
por toda una época. Así el retrato cercano, de Carlo Emanuel I, duque de
Saboya, obra del Argenta, que representa al principito de diez años,
exangue, casi penoso, apoyado en la cabeza de su enano.
El museo es grande y posee verdaderas riquezas. El catálogo oficial,
Bædeker u otro libro semejante, os dirá el nombre del fundador, el año
de la fundación, y datos semejantes. Yo os diré lo que me ha atraído,
detenido o encantado en la rápida visita. Ante todo, los primitivos, que
ya en la sala segunda están representados. Confieso no sentirme
fascinado ante la célebre Virgen con el Niño, de Barnaba da Modena, pero
Macrino d’Alba en más de uno de sus cuadros me hace sentir la impresión
de su arte, así como Defendente Ferrari me cautiva con los _Esponsales
de Santa Catarina_, y el _Giovenone_ me para, con su Madona entronizada
y sus místicos acompañantes. En la sala tercera, casi toda ocupada por
Gaudenzio Ferrari, hay muchas cosas bellas, pero lo que principalmente
admiro, al paso, es la Madona, Santa Ana y el Niño, en que el concepto
de la religiosidad unido a un ingenuo don de humanidad, forman la
excelencia de la obra artística. La figura de María sola es un delicado
y maternal poema.
En la sala tercera está el dos veces divino Sodoma, pintor de nombre
maldito y de incomparables creaciones de vida y de idealidad. La
idealidad está en su _Sacra familia_, con su pura y espiritual Madona y
el Dios Niño que juega; la vida en carnaciones estupendas como ese seno
de esa abrasante Lucrecia que en vez de la puñalada atrae el beso. Ante
este cuadro no puedo menos que recordar una reciente polémica, entre los
señores Groussac y Schiaffino. Este muy distinguido amigo mío, señalaba
a su terrible contendiente el error de haber confundido en una ocasión
una tabla con una tela. La cosa parecerá muy rara, pero al gran Vasari
le sucedió lo mismo. Hablando del cuadro la _Morte di Lucrezia_, del
Sodoma, dice el actual director de la Pinacoteca, Sr. Bandi di Vesme:
«Vasari lo annovera fra quelli eseguiti dal Sodoma nei suoi bei tempi:
«Similmene... una _tela_ que fece per Assuero Retori de San Martino,
nelle quale e una Lucrezia Romana che si ferisce, mentre e tenuta dal
padre e dal marito: fatta con belle attitudine e bella gracia di teste».
«_L’aver il Vasari chiamato questo cuadro una tela_», mentre dipinto su
legno, e una semplice inavvertenza, se pure non e per errore di stampa
che la edizione del Vasari hanno «tela» per «tavola».
Hay también del Sodoma, en esta misma sala, una _Madona e quattro santi_
de señalado mérito.
No dejaré de nombrar un cuadro de tema semejante, de Bernardino Lanino,
en que, con el encanto del suave color y del dibujo, se anima sobre
todo una sensual Santa Lucía que es una de las representaciones
femeninas más atrayentes que se puedan señalar en todas las galerías del
mundo.
En la sala quinta, una _Abadesa_ de Giovanni Antonino Molinari. En la
sexta, sobre un fondo de oro, un ángel de Frate Angelico canta toda la
primitiva gracia, la ingenua virtud de la concepción y ejecución
prerafaelitas. Una deliciosa Madona del mismo, con el bambino. Observo
que para poder rezar convenientemente delante de estas pinturas, sería
preciso un libro de horas escrito en verso por Dante Gabriel Rossetti, o
un antifonario de Ruskin, o de su vicario francés Robert de la
Sizerenne. Otra Madona. ¡Descubríos! La hizo Sandro Botticelli. Es la
pintura simple y al propio tiempo intensa y profunda que habéis oído
celebrar por tantos aedas del arte moderno, que levantaron a su mayor
gloria los prerafaelitas ingleses y que todos los _snobs_ y _prigs_ del
mundo se creyeron en el deber de admirar hasta el delirio.
Hay otro Botticelli, ante el cual largas horas debe haber pasado
Burne-Jones y el viejo profeta de las Piedras de Venecia. Es _El viaje
del hijo de Tobías_. Es el mismo expresivo amaneramiento de los gestos,
la traducción del íntimo sentido por la remarca de las actitudes, el
vago énfasis del estilo y la certeza de los lineamientos. Los dos
arcángeles de la composición son hermanos de las figuras alegóricas de
la «Primavera». Miguel precede, armado de su espada. Una madona de Credi
me disputa el tiempo con un Tobías y el arcángel Rafael, de los
hermanos Benci del Pollainolo. (Con este cuadro comete también el error
Vasari, de confundir tela con tabla.)
Imposible observar tanta y tanta obra meritoria. Mas en la sala séptima
me inclino delante del Mantegna, con su «Madona con il Bambino e sei
Santi», ante varios Tizianos; en la octava, Donatello llama con una
Madona bajo-relieve en mármol y alegran los ojos las fiestas de color de
los esmaltes de Constantín. No veo sino de un vistazo la sala nona, de
pequeñas dimensiones y que contiene algunos grabados y dibujos de
distintas épocas y de diferentes escuelas. Y en la sala décima al entrar
me impide continuar más adelante por algunos minutos. ¿Y una
«Visitación» de Vander Weyden, en que una idea naturalísima se traduce
tan poéticamente? Y Memling con su tumultuosa «Pasión». Y un desfile de
maestros: Teniers, Brueghel, Jordaens, Van Dyck: «Tres gracias», de la
escuela flamenca, que recuerdan las tres comadres brutalmente
encarnadas, de Rubens, en el Museo del Prado, y varios cuadros de ese
artista, entre los cuales el retrato notabilísimo de un «Magistrado
flamenco.»
En la sala undécima impera Van Dyck, con el cuadro que para muchos es el
mejor de todos los suyos, el grupo de «Los tres hijos de Carlos I de
Inglaterra». Los principitos fueron pintados con trajes lujosos, y todos
tres parecen hembras. La vida les anima; y es admirable la que hay en el
noble animal que les acompaña. Según está escrito, el rey no estuvo muy
contento de la obra por motivos mediocremente domésticos. El conde Cisa,
decía en carta al duque Víctor Amadeo I... «Le roy estoit fasché contre
le peintre Vendec, pour ne leur avoir mis leur tablié, comme on
accoustume aux petits enfans»... A este cuadro acompañan otros tantos
del mismo Van Dyck y varios de Teniers, de Brueghel y otros.
En la sala duodécima hay varios holandeses y alemanes. Se impone al
instante un retrato de «Desiderio Erasmo», de Holbein, que estuvo en el
Louvre durante la dominación francesa. Hoy Turín está orgullosa de su
reconquista y dice: _Hic Jacet Erasmos qui quondam pravus erat mus_.
Los españoles tienen representación honrosa en la sala duodécima, pero
es poco y de relativo valor lo que hay de Velázquez, Murillo, Ribera y
Sánchez Coello. Envío mi pensamiento a aquel soberbio tesoro de Madrid
que constituye, en el Museo del Prado, la sala Velázquez. Hay aquí del
gran maestro dos retratos, uno es uno de tantos Felipes Cuartos que
produjo su pincel. Del Españoleto hay un San Jerónimo. De Murillo el
retrato de un niño; una de las repetidas Concepciones y cierto expresivo
busto de capuchino. Sánchez Coello ha dejado con su singular manera la
imagen de la joven reina que más tarde retratara Van Dyck en su vejez:
Isabel Clara Eugenia de Austria.
Y en la sala décimotercia dos preciosos retratos de Coypel; el busto de
mujer de la Vigée Le Brum tan popularizado por las reproducciones; y en
la décimocuarta, entre cien cosas, el estupendo autorretrato de
Rembrandt, hecho de sombra y vida; y apenas hay un momento para el
naturalismo rústico de Paul Potter; y en la décimoquinta magistrales
paisajes, entre los cuales de Ruysdael. En la décimosexta sonríe el
Caravaggio con su _Sonatore di liutto_ y os llama Gentileschi con una
Anunciación; y Vanni hace perdurar la voluptuosidad de la más tentadora
Magdalena que pueda un pincel pintar y un hombre amar. En la
decimoséptima Albani, en varios cuadros, renueva el mito de
Il bello Hermafrodito adolescente,
como dice el verso de D’Annunzio. El Domenichino y Guido Reni y Albani,
llenan esta sala con bellas mitologías, a que Carracci y Guercino oponen
sus representaciones cristianas. En la decimoséptima se impone el grupo
de Apolo y Dafne, y la figura del dios crinado, de un colorido vivo y
luminoso, sobresale de manera vencedora. Del Guercino hay en la
décimoctava un _San Paolo Eremita_ que recuerda una igual tela
hagiográfica de Velázquez. Ambos grandes ingenios, poseídos más o menos
del fervor cristiano en la interpretación de los santos, demuestran que
no les es indiferente la naturaleza muerta: las galletas de ambos
cuervos solícitos, en ambos cuadros, son admirables y suculentas de
verdad. En la décimonona todas las miradas y contemplaciones son para la
riquísima _Danae_ del Veronese, a pesar de los grandes cuadros vecinos.
En la vigésima no dejéis de inclinaros ante el Veronese y Tiépolo, y en
la última soportad las varias batallas de Huchtemburg en que la mancha
roja y el caballo blanco del príncipe Eugenio de Saboya aparecen
irremisiblemente.