11 de Septiembre de 1900.

Del hervor de la Exposición de París, bajo aquel cielo tan triste que

sirve de palio a tanta alegría, paso a esta jira en la tierra de gloria

que sonríe bajo el domo azul del más puro y complaciente cielo. Estoy en

Italia, y mis labios murmuran una oración semejante en fervor a la que

formulara la mente serena y libre del armonioso Renán ante el Acrópolis.

Una oración semejante en fervor. Pues Italia ha sido para mi espíritu

una innata adoración; así en su mismo nombre hay tanto de luz y de

melodía, que, eufónica y platónicamente, paréceme que si la lira no se

llamase lira, podría llamarse Italia. Bien se reconoce aquí la antigua

huella apolónica. Bien vinieron siempre aquí los peregrinos de la

belleza, de los cuatro puntos cardinales. Aquí encontraron la dulce paz

espiritual que trae consigo el contacto de las cosas consagradas por la

divinidad del entendimiento, la visión de suaves paisajes, de

incomparables firmamentos, de mágicas auroras y ponientes prestigiosos

en que se revela una amorosa y rica naturaleza; la hospitalidad de una

raza vivaz, de gentes que aman los cantos y las danzas que heredaron de

seres primitivos y poéticos que comunicaban con los númenes; y la

contemplación de mármoles divinos de hermosura, de bronces orgullosos de

eternidad, de cuadros, de obras en que la perfección ha acariciado el

esfuerzo humano, conservadoras de figuras legendarias, de signos de

grandeza, de simulacros que traen al artista desterrado en el hoy

fragancias pretéritas, memorias de ayer, alfas que inician el alfabeto

misterioso en que se pierden las omegas del porvenir. Bendita es para el

poeta esta fecunda y fecundadora tierra en que Títiro hizo danzar sus

cabras. Aquí vuelan aún, ¡oh, Petrarca! las palomas de tus sonetos.

Aquí, Horacio antiguo y dilecto, has dejado tu viña plantada; aquí,

celebrantes egregios del amor latino, nacen aún, como antaño, vuestras

rosas, y se repiten vuestros juegos y vuestros besos; aquí, Lamartine,

ríen y lloran las Graziellas; aquí, Byron, Shelley, Keats, los laureles

hablan de vosotros; aquí, viejo Ruskin, están encendidas las siete

lámparas, y aquí, enorme Dante, tu figura sombría, colosal, imperiosa de

oculta fuerza demiúrgica, sobresale, se alza ya dominando la selva

sonora, los seres y las cosas, con la majestad de un inmenso pino entre

cuyas ramas se oye la palabra oracular de un dios.

Recorreré la divina península, rápidamente, en un vuelo artístico, como

un pájaro sobre un jardín. No esperéis largos e inquietantes solos

poéticos y sentimentales. _Solos_, en el sentido criollo, ni de

ruiseñor. Comenzaré diciéndoos, por ejemplo, cómo salí de París en un

tren del P. L. M., una alegre noche, en compañía de un caballero

argentino, a quien me acababan de presentar y que llevaba el mismo

itinerario mío. ¿Conocéis esos admirables _paniers_ que venden en las

estaciones francesas, verdaderos estuches culinarios que dicen los

laúdes de la previsión humana? En esas preciosas cajas se contiene desde

el pollo hasta el mondadientes, pasando por el vinillo y el agua mineral

y saludando los varios fiambres y postres. Canto estas ricas cosas

epicúreras. _Gaudeamus igitur._ Y entre el jamón y la manzana, mientras

unos señores franceses pretenden iniciar un sueño, mi compañero criollo

y yo somos los mejores amigos. Charlamos, recordamos, reímos, hacemos un

poco de Buenos Aires, mas hay que descansar, y a nuestra vez, cerramos

los ojos, al son de la música de hierro del tren. Os recomiendo que

hagáis la observación si no la tenéis ya hecha. Hay en el traqueteo

acompasado de los vagones, en ese ruido rudo y metálico, todas las

músicas que gustéis, con tal de que pongáis un poco de buena voluntad.

La sugestión luego es completa y casi tenéis la seguridad de que una

orquesta o una banda toca no lejos de vosotros, en algún carro vecino.

Al son, pues, de esa orquesta, me duermo, o nos dormimos. Muy buenas

noches.

* * * * *

Al día siguiente, en Modane, se llega al dominio italiano. Queda atrás

la sierra de la dulce Francia y se posesiona uno de la dulcísima

Italia. Los _carabinieri_ pasan, con sus colas de pato y sus pintorescos

bicornios. El tren bordea la ciudad, a la luz de un sol nuevo y

cariñoso, que nos ofrece la mejor vista de la Vanoise y la ondulación

graciosa y la vegetación y cultivo del valle del Arc. Los Alpes nos

hacen recordar los Andes.

Poco después entramos al famoso túnel de Mont Cenis, y a su extremo, nos

encontramos en Bardonachia. Flores recién abiertas, azul fino de un

zafiro glorioso, casitas de estampa, ojos que saben latín de Virgilio y

bocas que sonríen al ofrecernos café con leche y uvas de las próximas

viñas. Delicioso paisaje, deliciosas muchachas, delicioso Virgilio,

deliciosa copa de leche y uvas frescas.

El tren corre, sofocándose, pasa túneles y túneles. En los flancos de

las montanas se ven, cargadas de fruto, las viñas frondosas. En todo el

trayecto casi no se advierte un solo animal. Apenas allá, en un

vallecito, al paso, divisamos unas cuantas cabras conducidas por su

pastor. Más adelante, cuatro o cinco vacas. Gentes de estas Europas, que

vais a las lejanas pampas en busca de labor y de vida, ¡cómo se explican

aquí harto elocuentemente, los furiosos atracones de carne con cuero y

de asado al asador, con que os regodeáis allá, bajo el hospitalario sol

de América, en la buena y grande Argentina! Entre estos hondos valles,

entre estos amontonamientos ciclópeos de rocas, no turba el silencio ni

un mugido, no saluda al sol con su fuerte tuba el toro.

Estaciones pequeñas y más estaciones, hasta que se abre más el ancho

valle, y allá, en su altura, como un juguete, la Superga, nos anuncia

que hemos llegado a Turín.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 30 / 73 题