Del hervor de la Exposición de París, bajo aquel cielo tan triste que
sirve de palio a tanta alegría, paso a esta jira en la tierra de gloria
que sonríe bajo el domo azul del más puro y complaciente cielo. Estoy en
Italia, y mis labios murmuran una oración semejante en fervor a la que
formulara la mente serena y libre del armonioso Renán ante el Acrópolis.
Una oración semejante en fervor. Pues Italia ha sido para mi espíritu
una innata adoración; así en su mismo nombre hay tanto de luz y de
melodía, que, eufónica y platónicamente, paréceme que si la lira no se
llamase lira, podría llamarse Italia. Bien se reconoce aquí la antigua
huella apolónica. Bien vinieron siempre aquí los peregrinos de la
belleza, de los cuatro puntos cardinales. Aquí encontraron la dulce paz
espiritual que trae consigo el contacto de las cosas consagradas por la
divinidad del entendimiento, la visión de suaves paisajes, de
incomparables firmamentos, de mágicas auroras y ponientes prestigiosos
en que se revela una amorosa y rica naturaleza; la hospitalidad de una
raza vivaz, de gentes que aman los cantos y las danzas que heredaron de
seres primitivos y poéticos que comunicaban con los númenes; y la
contemplación de mármoles divinos de hermosura, de bronces orgullosos de
eternidad, de cuadros, de obras en que la perfección ha acariciado el
esfuerzo humano, conservadoras de figuras legendarias, de signos de
grandeza, de simulacros que traen al artista desterrado en el hoy
fragancias pretéritas, memorias de ayer, alfas que inician el alfabeto
misterioso en que se pierden las omegas del porvenir. Bendita es para el
poeta esta fecunda y fecundadora tierra en que Títiro hizo danzar sus
cabras. Aquí vuelan aún, ¡oh, Petrarca! las palomas de tus sonetos.
Aquí, Horacio antiguo y dilecto, has dejado tu viña plantada; aquí,
celebrantes egregios del amor latino, nacen aún, como antaño, vuestras
rosas, y se repiten vuestros juegos y vuestros besos; aquí, Lamartine,
ríen y lloran las Graziellas; aquí, Byron, Shelley, Keats, los laureles
hablan de vosotros; aquí, viejo Ruskin, están encendidas las siete
lámparas, y aquí, enorme Dante, tu figura sombría, colosal, imperiosa de
oculta fuerza demiúrgica, sobresale, se alza ya dominando la selva
sonora, los seres y las cosas, con la majestad de un inmenso pino entre
cuyas ramas se oye la palabra oracular de un dios.
Recorreré la divina península, rápidamente, en un vuelo artístico, como
un pájaro sobre un jardín. No esperéis largos e inquietantes solos
poéticos y sentimentales. _Solos_, en el sentido criollo, ni de
ruiseñor. Comenzaré diciéndoos, por ejemplo, cómo salí de París en un
tren del P. L. M., una alegre noche, en compañía de un caballero
argentino, a quien me acababan de presentar y que llevaba el mismo
itinerario mío. ¿Conocéis esos admirables _paniers_ que venden en las
estaciones francesas, verdaderos estuches culinarios que dicen los
laúdes de la previsión humana? En esas preciosas cajas se contiene desde
el pollo hasta el mondadientes, pasando por el vinillo y el agua mineral
y saludando los varios fiambres y postres. Canto estas ricas cosas
epicúreras. _Gaudeamus igitur._ Y entre el jamón y la manzana, mientras
unos señores franceses pretenden iniciar un sueño, mi compañero criollo
y yo somos los mejores amigos. Charlamos, recordamos, reímos, hacemos un
poco de Buenos Aires, mas hay que descansar, y a nuestra vez, cerramos
los ojos, al son de la música de hierro del tren. Os recomiendo que
hagáis la observación si no la tenéis ya hecha. Hay en el traqueteo
acompasado de los vagones, en ese ruido rudo y metálico, todas las
músicas que gustéis, con tal de que pongáis un poco de buena voluntad.
La sugestión luego es completa y casi tenéis la seguridad de que una
orquesta o una banda toca no lejos de vosotros, en algún carro vecino.
Al son, pues, de esa orquesta, me duermo, o nos dormimos. Muy buenas
noches.
* * * * *
Al día siguiente, en Modane, se llega al dominio italiano. Queda atrás
la sierra de la dulce Francia y se posesiona uno de la dulcísima
Italia. Los _carabinieri_ pasan, con sus colas de pato y sus pintorescos
bicornios. El tren bordea la ciudad, a la luz de un sol nuevo y
cariñoso, que nos ofrece la mejor vista de la Vanoise y la ondulación
graciosa y la vegetación y cultivo del valle del Arc. Los Alpes nos
hacen recordar los Andes.
Poco después entramos al famoso túnel de Mont Cenis, y a su extremo, nos
encontramos en Bardonachia. Flores recién abiertas, azul fino de un
zafiro glorioso, casitas de estampa, ojos que saben latín de Virgilio y
bocas que sonríen al ofrecernos café con leche y uvas de las próximas
viñas. Delicioso paisaje, deliciosas muchachas, delicioso Virgilio,
deliciosa copa de leche y uvas frescas.
El tren corre, sofocándose, pasa túneles y túneles. En los flancos de
las montanas se ven, cargadas de fruto, las viñas frondosas. En todo el
trayecto casi no se advierte un solo animal. Apenas allá, en un
vallecito, al paso, divisamos unas cuantas cabras conducidas por su
pastor. Más adelante, cuatro o cinco vacas. Gentes de estas Europas, que
vais a las lejanas pampas en busca de labor y de vida, ¡cómo se explican
aquí harto elocuentemente, los furiosos atracones de carne con cuero y
de asado al asador, con que os regodeáis allá, bajo el hospitalario sol
de América, en la buena y grande Argentina! Entre estos hondos valles,
entre estos amontonamientos ciclópeos de rocas, no turba el silencio ni
un mugido, no saluda al sol con su fuerte tuba el toro.
Estaciones pequeñas y más estaciones, hasta que se abre más el ancho
valle, y allá, en su altura, como un juguete, la Superga, nos anuncia
que hemos llegado a Turín.